12 años promocionando la Literatura Cubana

Promoción literaria: mi reino por una respuesta

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    Revivimos este artículo publicado en el libro Feria Internacional del libro de La Habana 2011 – Memorias 20, de la Editorial Científico-Técnica por el escritor y promotor cultural cienfueguero Ian Rodríguez.

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    ÍNDICE
    • ¡Ya estamos en feria!
    • Si algún día me faltaran mis historias estaría perdido
    • La Casa en la feria
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    262

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    Promoción literaria: mi reino por una respuesta

    Existe una coincidencia total en que la promoción literaria ha de estar encaminada a “lograr establecer una comunicación con el lector que lo informe, anime, oriente y acompañe” y que, si es deficiente (no es que pueda, al final de la jornada siempre resulta nefasta), no se consigue la realización de un libro, no se ganan adeptos a una obra, una revista o un autor determinado.

    Los caminos, entonces, comienzan a bifurcarse cuando salen a la palestra interrogantes del tipo: ¿Es solo una responsabilidad de las instituciones que se ocupan de la promoción literaria? —en­tiéndase el Instituto Cubano del Libro (ICL), la red de librerías y los centros de promoción literaria—. ¿En nuestro país, donde, pro­bablemente, exista la política editorial más benevolente que conozcamos, todos los autores están dispuestos, contribuyen a materializarla? ¿Sabemos en qué lapso se agotan los libros de X? ¿Cuál es el momento oportuno para que Z cuente con una reimpresión?

    A todas luces, se desprende que la promoción literaria, si bien es considerada el componente socializador esencial de la bibliología, parece ser la oveja negra, la que la sitúa en desventaja con respecto a su “hermana”, la bibliotecología, esa otra ciencia que se ocupa del libro y su resonancia para con los lectores. Ello se debe, en cierta medida, a la falta de estudios bibliológicos sustanciales en Cuba.

    Hay muchas “hermanas” de las cuales la bibliología debe comen­zar a asistirse. Todavía no nos aventuramos, hemos sido demasiado morosos o reticentes con miras a que la promoción en nuestro campo se haga acompañar de los estudios sociológicos. Para que (sin llegar a promover el consumismo ni crear autores falseados) dialogue, se retroalimente con los resultados de efectivas estrate­gias de mercadotecnia y publicidad que corroboren la originalidad aprobada por los lectores. Va llegando la hora de que nuestros au­tores conozcan realmente la magnitud de lo que han escrito con cifras objetivas, al punto que los lleve a cultivar, como aconsejaba el Tao Te King, la contención del río que, irremisiblemente, corre hacia el mar.

    Resulta admirable ver el modo en que Juan Rulfo, quien logró convertirse en un narrador paradigmático de las letras hispanoame­ricanas con solo dos títulos, sonríe  impasible al observar cómo, en el programa “A Fondo” de la Radiotelevisión Española, en 1998 (la única vez que al autor mexicano se le vio en la televisión), Joaquín Soler Serrano le muestra un ejemplar de Llano en llamas, en cuya faja la edición consigna con ostentación —pero no inmerecidamente, ¿a quién se le ocurriría después de haberlo leído hoy, pensarlo?— que ha vendido la para nada inestimable cifra de 400 000 ejemplares, y lo vemos acotar: “…así es, eso ha sucedido”.

    Asombra escucharlo confesándose frustrado porque las primeras ediciones eran solamente de 2 000 ejemplares. Inquieta aún más ver la naturalidad, ver con cuánta certeza responde a la pre­gunta de cuántos debe haber vendido de Pedro Páramo; da gusto verlo expresar, sin ninguna dificultad, sin ningún atisbo de incertidumbre, la difícilmente pronunciable frase para un autor cubano en nuestros tiempos de que con una subvención escribió esa novela en 4 o 5 meses, para terminar vendiendo de esta la cifra de medio millón de ejemplares, contando con una edición mexicana, una venezolana, una alemana y —para nuestro orgullo— insistió mucho en recordar la cubana…

    Con una entrevista como la citada uno se siente sinceramente disminuido por el dominio, por el modo en que, de alguna manera, el autor mexicano revela ante nuestros ojos de espectador deslumbrado que ha conseguido la verdadera retroalimentación con sus lectores, no existe otra que nos otorgue mayor satisfacción, porque un punto aparte merece la crítica especializada que tan vilipendiada ha sido y que todavía no se ha encontrado el modo de “ponerle cascabel” a ese gato que resulta más escurridizo que el viento gracioso de nuestro mítico Lezama.

    Y de los jurados… ¡ni hablar!: los anaqueles de nuestras librerías acumulan polvo sobre varios títulos, a pesar de las horas que con dedicación se ocupan de aliviar su peso los libreros más consagra­dos, preguntándose, seguramente, dónde estará el grupo de entendidos que le auguraron al premiarle, los lectores que, se supone, hayan sido los de mayor experiencia lectiva.

    Para nuestro alivio, Rulfo habla de cómo su generación no com­prendió la novela, y dice, en el momento de ser entrevistado, que todavía suscitaba las lecturas más inimaginables, aunque reconoce que es una novela difícil de leer, compleja por la técnica utilizada, inimitable. ¿Contradictorio, no? que el mexicano arguya los mismos argumentos que, en ocasiones, oímos echarles en cara a algunos libros de nuestros autores, bien sea por lectores desinformados, bien sea por los libreros que no rara vez se prejuician con ciertos títulos y(o) por la crítica más aturdida, preferible a la apologética. Yo preferiría aclararles a los primeros que tener que vivir agrade­ciéndoles a los segundos su mirada misericordiosa, una actitud legítima solo cuando proviene de la más ética divinidad.

    Todavía no he podido conversar con el primero de nuestros au­tores que sepa decirme la cifra exacta de ejemplares vendidos de cualquiera de sus libros; acceder a esa información en nuestro país pareciera uno de los misterios destinados a resolver solamente por la astucia de un juvenil Harry Potter.

    ¿De qué vara mágica tendremos que asistirnos si no acabamos de instrumentar los tan reclamados estudios de mercadotecnia con la sistematicidad que se necesita, si no elaboramos el modo de llevar las estadísticas imprescindibles para su seguimiento y, sin embargo, los especialistas de nuestras instituciones se ocupan, se desgastan emborronando cuartillas con otras que aún ignoro el sentido con el cual se exigen por las diferentes instancias y en moldes que hay que traducir de una a otra tratándose de lo mismo: la venta de los libros, la asistencia de público y la cantidad de acciones culturales realizadas con el bondadoso propósito de promover a autores e incentivar el hábito de la lectura?

    El poeta italiano Giuseppe Ungaretti, al escribir la nota de autor en su cuaderno Sentimiento del tiempo, con la lucidez propia de quien se reconoce como uno de los renovadores de la lírica moderna apuntó:

    De los centenares de ensayos, de ataques, de alabanzas, de censuras, he hecho una estadística. La estadística es la ciencia de nuestros tiempos, y puede servir, incluso en nuestro terreno, para algunas consideraciones útiles sobre las costumbres.

    Ocuparse de sacar cuentas, sumar y restar, configurar por parte de un autor una estadística de la naturaleza por Ungaretti descrita, pudiera hacernos pensar que se ha desaprovechado el tiempo del mismo modo que la burocracia impone a los especialistas engrosar informes que no conducen a una retroalimentación apro­piada, lo que queda aclarado cuando, párrafos más adelante, este iluminado de quien Benito Mussolini, en la edición de El puerto sepultado publicada en 1923 (todas las demás que le sucedieron nunca más incluyeron el prólogo), dijo era un ejemplo de cómo “no siempre burocracia y poesía, burocracia y arte son términos irreconciliables”. Expone:

    El cincuenta por ciento pues de esas críticas, para bien o para mal, estaban hechas de observaciones y de juicios mezclados tan a troche y moche, que no mostraban en sus autores sino una carencia total de lógica, o bien una ignorancia total del libro… examinado.

    En otros, todo es motivo de reducir a discusiones bizantinas los eternos problemas del arte: contenido y forma; sentimien­tos e intelecto, etc. No ha sido, para mí, poca mortificación ver también a mis libros servir de pretexto a semejantes haraganes. Pero 10 % de sus críticas me han ayudado a corregirme de muchos defectos, a ver claramente en mí, a sentir mejor mis posibilidades de desarrollo y a reconocer mis limitaciones.

    Según mi experiencia de apenas cuatro años, esas estadísticas, las cuales he tenido que traducir en tres idiomas con un carácter mensual, se detienen solamente a reflejar los datos antes expues­tos y a consignar —lo que para mí sí resulta conveniente— el nivel de las ventas, según los diferentes grupos temáticos. Pero ningu­na indaga qué pasa con los géneros, con las colecciones de deter­minadas editoriales y, mucho menos, con los autores. A ese nivel de especificidad debiéramos llegar si es que realmente queremos cambiar el panorama mercantil, en el mejor sentido del término, en nuestra red de librerías.

    Cabe preguntarse cuántos de nuestros libreros habrán podido acceder al boletín que para ellos, durante años, ha estado entregando Víctor Fowler con el propósito de convertirlos en los verdaderos amantes del producto que promocionan y buscan realizar comercial­mente. ¿Ya habrán consultado todos el Manual del librero —porcierto, el más actualizado data de 2009—, su herramienta básica, como lo es la puntilla para el zapatero, la llave 13 para el mecánico, la fresadora para el cerrajero, el serrucho para el carpintero?

    ¿Qué exclamaría Gabriel García Márquez si se entera, por los más recientes estudios del Centro Juan Marinello, que ya el cubano promedio no dedica 17 % de su tiempo libre para leer, y que, como en casi todo el mundo, en el país subdesarrollado donde exis­te una producción estabilizada de libros, el hábito de la lectura va en detrimento, balaceado sin misericordia por el desarrollo de las nuevas tecnologías y la tendencia en crecimiento desmesurado que experimenta nuestra población al elegir entregarse noches y madrugadas enteras, reunido un grupo de amigos, la familia, los vecinos de toda una cuadra, obnubilados frente a la pantalla por programas tan inverosímiles como deprimentes, al estilo de un “Caso cerrado”, o envueltos en llanto, sorprendidos del modo en que responde preguntas a los mayores, y para el bolsillo de los mayores canta o baila, un pequeño gigante, sin percatarse que a su alrededor está el Meñique, el David de hoy, que, sin la gracia de la lectura no podrá enfrentar mañana adversidades, no sabrá a qué conjuros acudir ni cuál es el verdadero Goliat que deberá derribar con una idea?

    ¿Cómo es posible que teniendo los niveles de instrucción media y cultural que tanto sorprenden a los intelectuales de otros países que nos visitan… contando con una Feria Internacional del Libro que se extiende a casi todas sus ciudades y con tanta Noche del Libro durante el período estival, donde el amigo alado del logo es un farol incandescente, con las continuas ediciones del Festival Universitario del Libro y la Lectura (FULL) en las universidades y en las regiones montañosas… cómo es posible que otra no sea la situación que algunas estadísticas de las encuestas —como las ins­trumentadas por el Observatorio Cubano del Libro y la Lectura (OCLL) del ICL— revelan… que no se muestren resultados más halagüeños que los que hemos podido consultar?

    No sabemos, ignoramos, nos resistimos a asimilar de una vez lo útiles y efectivos que desde su lenguaje, desde su cómoda especificidad, pueden ser los soportes digitales (multimedias, sitios web, blogs) y hasta el correo electrónico, tan pocas veces bien empleado, inutilizado al quedar en manos de informáticos y secretarias de instituciones culturales y direcciones municipales de cultura que, mes por mes, engrosan mi carpeta “Atención a Usuarios” porque solicitan de favor que no les envíe más ese tipo de información.

    ¿Cuándo comprenderemos que esa es una vía ideal para lograr una promoción mucho más atractiva y abarcadora, con mayor im­pacto en los lectores del presente, que han preferido trasladarse no a abandonar el hábito, sino que eligen legítimamente leer con las bondades que les ofrecen las nuevas tecnologías?

    En buena medida —considero—, ello se debe a que la promoción no ha llegado a ser entendida como una de las vías más efecti­vas para que los libros se realicen y los autores gocen de mayor reconocimiento. No hemos diseñado aún, de manera científica, no ya el modo de ponerla en práctica, sino los métodos imprescindibles para evaluarla y corregirla con agilidad. Incluso, más lamentable es que no la presupuestamos: sin invertir en esta, jamás obtendremos los dividendos espirituales a los que tanto aspiramos.

    ¿Y las revistas..?

    ¿Por qué, mientras suele venderse con mayor facilidad las revis­tas de corte científico y hasta las socioculturales, una publicación como Marx Ahora se acumula de manera desproporcionada en los anaqueles de las librerías? ¿A nadie le ha llamado la atención el poco interés que despiertan, contradictoriamente, las singularísi­mas Amnios, La Siempreviva, o La Isla Infinita? Obsérvese que son estas nuestras revistas específicamente literarias y, por cierto, presilladas a caballete.

    ¿Será que no acabamos de percatarnos que nuestra literatura vive, está inmersa, se autocomplace, padece de antropofagia? O ¿será que no contamos con el personal idóneo, con la experiencia imprescindible para promover este tipo de producto cultural, que no apetece superarse ni estar al día y deja que el libro gotee por su propio peso, inmerso en conversaciones triviales o mirando al cielo raso mientras los lectores desconcertados caminan la librería sin conocer de un gesto amable, sin ver que existe la intención de orientarles y se van sin un “amigo” bajo el brazo?

    ¿Quién ha dicho que se ha puesto en desuso el suelto, el plega­ble? Ediciones La Luz, de Holguín, es ejemplo de lo que en materia de promoción literaria puede hacerse desde una editorial que no ostenta lujo por ningún lado, que apela a los recursos más conven­cionales y donde la única riqueza visible es la creatividad invaluable: cada texto publicado orienta al lector acerca de sus colecciones, anuncia cuáles serán los títulos que se editarán en el año.

    A estas alturas, puede parecemos una perogrullada, pero el di­seño promueve… Empero, de tanto que se ha cacareado, existen todavía editoriales que no se animan a prestarle atención al tema y que no atinan a “mirarse en el espejo” de Reina del Mar Editores o de Ediciones Matanzas; ambas, desde su especificidad, constituyen —en mi opinión— dos modelos paradigmáticos, en este sentido, dentro del Sistema de las Ediciones Territoriales (SET).

    ¿Qué pasa que no se publican catálogos editoriales? Ninguna li­brería cuenta con estos para informarse y, a la vez, orientar a los lectores. ¿En cuántas bibliotecas se encuentran actualizados los in­ventarios de las ediciones territoriales, y —seamos incluso más agu­dos— los de las llamadas ediciones nacionales?

    ¿Cómo estimulamos al autor cuyo libro se agota rápidamente, sin que hayan mediado el mercenarismo ni el compadrazgo? ¿Por qué si en la red de librerías existen ejemplares de determinado título, al año siguiente, este vuelve a editarse o reimprimirse? ¿Por qué saturamos una librería con casi toda la obra escrita de un autor nuestro y, en cambio, a otros no los encontramos en los estantes de este local?

    Quisiera que alguien, alguna vez, pudiera detenerse a explicar por qué pasó el Centenario de José Angel Buesa y los lectores cu­banos no contamos con la posibilidad de obtener un libro ideal para regalar el Día de San Valentín. Al menos, como promotor cul­tural, duermo hoy día con la satisfacción de haber suscitado un foro digital (en septiembre de 2010, por la vía del correo electrónico) donde personas de variado nivel intelectual le rendimos homenaje y compartimos poemas poco conocidos, deslumbrantes, de esos que revelan el calibre de cierta zona de su obra poética que bien merece una edición crítica, que desmitifique, arroje luz y desatanice de una vez la figura del poeta crúcense. Como ven —parafraseando a uno de los autores cubanos más reconocidos de los ochentas del siglo pasado—, yo también daría mi reino por una respuesta atinada

    Equipo Editorial
    Equipo Editorial

    El personal editorial de Claustrofobias Promociones Literaria esta coordinado por dos amantes del mundo literario cubano. Yunier Riquenes, escritor y promotor cultural y Naskicet Domínguez, informático y diseñador.

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