#LITERATURACUBANA360 | UN EVENTO DEL QUE NADIE PREVIO SU ALCANCE

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    Escrito por Doctor Rolando Rodríguez García

    La Habana, 2011 | A finales de los años cuarenta, el profesor universitario y doctor Raúl Roa García era director general de Cultura del Ministerio de Educación. Gracias a su esfuerzo, aquel fue un momento de flore­cimiento de la cultura cubana. El pensamiento siempre en ebulli­ción, de quien fue fundador del Directorio Estudiantil Universitario de los treinta, en lucha contra Machado, dirigente del Ala Izquierda Estudiantil y, después, decano de Ciencias Sociales y Derecho Público de la Universidad de La Habana, le dio un impulso notable a esa tarea. Una de sus ideas geniales fue la creación del tren de la cultu­ra que, con todas las manifestaciones posibles, viajó por la isla con un mensaje de esa fiesta que da al espíritu la cultura.

    Una de las grandes muestras de aquella labor fue la creación de las ferias del libro, que se llevaron a cabo en el Parque Central de La Habana. Como he dicho en más de una ocasión, Cuba era un país con grandes autores y sin ediciones propias: el siglo antes pasado, Cecilia Valdés se imprimía en Nueva Orleáns o Nueva York, y la poe­sía de Heredia, en México. Desde luego, una censura implacable no permitía que las obras de Martí se editaran en Cuba. Mas, si durante la colonia muchas de los textos emblemáticos de nuestra cultura no veían la luz en la Isla, no se debía a que la imprenta hubiese llegado dos siglos después que, a otros países de América, su desarrollo fuese escaso o la censura actuase, sino en buena medida por razones sociales: la educación estaba arrinconada por una sociedad achatada a cuenta de la falta de voluntad del régimen político del país por convertirla en patrimonio común del pueblo. Botón de muestra son las cifras alucinantes de 1887: según el censo de ese año, solo 26 % de la población estaba alfabetizado, pero si entre los blancos este porcentaje llegaba a 33 %, entre los no blancos alcanzaba únicamente 10,7 %. No por gusto, con su juicio afilado, inci­sivo, había sentenciado el presbítero Félix Varela: “Es imposible que un gobierno europeo promueva el engrandecimiento de estos paí­ses cuando este sería el medio de sacudirse el yugo. La ilustración en ellos inspirará siempre temores a su amo”. Como resultado, José Antonio Saco tenía que asegurar por suscripción o mecenaz­go la venta de sus obras, para que el editor aceptara el reto de su publicación.

    El libro en Cuba

    Con la república, prácticamente la situación empeoró; no fue para el libro mejor que para el pueblo. No existió en esta siquiera el asombro inicial ante el prodigio de “la máquina ingeniosísima y generosa”. La república fue la mediocridad, el cobijo donde la certidumbre de no ser editado solo quedaba sobrepasada por la de no ser leído. Lo verdaderamente extraordinario en ella fue a pesar de ella o, mejor todavía, contra ella. En El Libro en Cuba, publicado en 1949 por la Cámara del Cubana del Libro, se enumeraban, entre otros males que aquejaban a la edición, la falta de apoyo oficial a su producción, los presupuestos estatales ridículos para la compra de libros y la falta de hábito de lectura en la población. Pero, ¿cómo podía resultar de otra manera cuando se permitía que en el país hubiese más de 1,5 millones de analfabetos y muchos habitantes más con niveles inferiores al segundo y tercer grados de primaria? Entonces se editaba al año menos de un millón de ejemplares, había pocas editoriales, imprentas dedicadas a hacer libros y folletos, y las que existían, más que todo, se dedicaban a sacar propaganda comer­cial y envases de mercancías. Resultaba increíble que la patria de José Martí, Cirilo Villaverde, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, no fuera un país de lectores. Pero era lógico, los libros, además de caros, eran poco promocionados. Solo a Roa se le podía haber ocurri­do convocar a las librerías de la capital —en el resto del país había muy pocos de estos establecimientos— para que armaran casetas y exhibieran los libros, en su mayoría importados, los cuales se ponían en aprecio del limitado público lector que había en el país.

    La primera Feria del Libro en Cuba

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    Así fue que, en 1949, según creo, se inauguró en el Parque Central la Primera Feria del Libro, que constituyó todo un aconteci­miento. A la sombra de la estatua del Maestro, el pueblo tuvo fácil acceso al libro, y no pocos adquirieron un libro por vez primera en su vida. Pronto, descubrirían las maravillas que se ocultaban entre las tapas de la obra y devendrían para siempre lectores.

    Al paso de los años, con el triunfo de la Revolución, en la escalinata de la Universidad, la secretaría de Cultura de la Federación Estu­diantil Universitaria (FEU), volvió a organizar ferias del libro. Por entonces fue tremendo el relámpago que constituyó la Imprenta Nacional de Cuba, en un mundo devastado por la incultura: Don Quijote de la Mancha, a impulsos del creador de aquel maravilloso organismo —el Comandante en Jefe Fidel Castro— salió, por su indicación… en ¡100 000 ejemplares! Sí, 100 000 ejemplares, en cuatro tomos (a 25 centavos cada uno); he aquí otra vez el milagro: la obra se agotó en pocos meses. Luego, se creó, en 1962, la Editorial Nacional de Cuba, cuyo director fue Alejo Carpentier; constante lidiador con el libro, desde el comienzo de la Revolución se le había ocurrido sacar paquetes de cinco títulos importantes a un precio reducido. Ahora, al frente de la Editorial Nacional, dio al lector cubano una cantidad de obras literarias de un valor extraordinario. Según recuerdo, las obras de Proust, de Babel, las antologías modé­licas de la literatura estadounidense o francesa o El Principito de Saint Exupery, salieron de sus manos. En 1967 se creó el Instituto Cubano del Libro (ICL). El Instituto del Libro volvió por los fueros de la Imprenta Nacional; las tiradas fueron monumentales. La Colección Centenario constituyó un hito en esta tarea, la cual comenzó su singladura al arribar el centenario del Grito de La Demajagua. Las reediciones de obras de Máximo Gómez, Manuel de la Cruz, Fernando Figueredo, José Miró Argenter, Bernabé Boza, Enrique Collazo y James O’Kelly abrieron el camino del conocimiento masivo de los sucesos de las guerras de indepen­dencia. También se editaron obras de Várela, Saco, Varona, Igna­cio Agrámente, Luz y Caballero, Manuel Sanguily y Roa. Fue un logro poner al alcance de nuestro pueblo obras clásicas de nuestra historiografía, como las de Ramiro Guerra, José Luciano Franco, Julio Le Riverend, Juan Pérez de la Riva, Luis Felipe Le Roy y otras más, entre las que se destacaron las de Moreno Fraginals y Sergio Aguirre o las pertenecientes a más recientes historiadores, hoy día figuras mayores, como Tabares del Real, Pino Santos, Ibarra, Torres-Cuevas y Pérez Guzmán. En el terreno de la literatura, y con la misma cuer­da de darles una nueva dimensión a las ediciones de los escritores cubanos de antaño, hay que recordar la publicación de obras prácticamente desconocidas, de Miguel de Carrión, Carlos Loveira, José Antonio Ramos, Anselmo Suárez y Romero, Ramón Meza, Martín Morúa Delgado, Jesús Castellanos, Luis Felipe Rodríguez, Enrique Serpa, Nicolás Heredia y Miguel de Marcos. Por supuesto, sin descui­dar las ediciones de la Avellaneda, Milanés, Carpentier, Guillén, Poveda, Boti, Ballagas, Félix Pita, Eliseo Diego, Fernández Retamar, Fayad Jamís, Dora Alonso, Pedroso, Onelio Jorge, Cintio Vitier, Lisandro Otero o Samuel Feijóo.

    Si un antecedente meritorio había tenido la tarea editorial en la Isla, fue, sin duda, la Colección de Libros Cubanos, dirigida por Fernando Ortiz y publicada, inicialmente, por Librería Cervantes, a finales de la década de los años diez. De manera que resultó de verdadero orgullo para el Instituto poder comenzar la edición de las obras del gran sabio cubano, en una colección propia. De inicio, aparecieron Los negros esclavos, El engaño de las razas e Historia de una pelea cubana contra los demonios. Otros tomos en mar­cha, sin que los mencionemos todos, afloraron después de 1980, como Los negros curros, Nuevo catauro de cubanismos, Con­trapunteo cubano del tabaco y el azúcar. Una contribución a la formación del pensamiento teórico la tuvo, sin duda, la Colección Polémica, en la que se publicaron obras como La polémica indus­trial en la URSS; La nueva económica, de Preobrashensky; Stalin, de Isaac Deutscher y El hombre unidimensional, de Herbert Marcuse. Mas la información que proporcionaba el Instituto tras­cendía a esa colección. Tanto en las Ediciones Revolucionarias, como en las publicaciones de Ciencias Sociales, habían aparecido obras muy importantes, sobre todo para el magisterio universitario. De ahí que se puedan enumerar, a manera de muestra, las obras publicadas de Max Weber, John Kenneth Galbraith, Emile Durkheim, Ralph Turner, Vere Gordon Childe, Antonio Gramsci, Rodolfo Mondolfo, Frederie Hegel, Thompson, Lúkacs, Luxemburgo, Kautsky, Eric Williams; los tomos de Paideia, de Werner Jaegger; La rama dorada, de Frazer; el Diccionario filosófico, de Nicola Abaggnano; y hasta una selección de Científico-Técnica, en dos amplios volúmenes, de la obra de Freud, con vistas a completar la información necesaria de nuestros intelectuales y profesores. Puesto que no disponíamos de capacidades para todas las ediciones que se hacía necesario poner a la disposición de los estudiosos, se importaron no pocas obras del pensamiento contemporáneo. La extensión de las ideas de Marx, Engels y Lenin fue posible por la adquisición (traduccio­nes muy cuidadas) de sus trabajos en-la entonces Unión Soviética.

    Nueva época en la Feria del Libro

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    A todas estas, un hito fue Ediciones Huracán; en rotativas de periódicos se editaron miles y miles de libros de los más importan­tes autores cubanos y extranjeros. En 1980 resurgió la idea de volver a organizar las ferias del libro. Se montarían en el mismo lugar, el Parque Central. El 7 de junio de 1980, cuando reabrió sus puer­tas, recuerdo sentado a mi lado, para mi orgullo, a mi gran amigo Raúl Roa; aquello devenía un homenaje más a sus 70 años recién cumplidos. Era la segunda época de las ferias del libro. Había en­tonces, según divulgaba la prensa de la época, doce quioscos, con libros de precios rebajados —increíble que los hubiéramos rebaja­do, con lo baratos que ya eran— y un nutrido público agolpado ante los quioscos. No podía suponer lo que sucedería con los años en La Cabaña. Entre los nuevos títulos que se presentaron —le comenté a la prensa— estaba la edición facsímil de La Edad de Oro, de José Martí; General a caballo, de Lisandro Otero; y las novelas De Peña Pobre, de Cintio Vitier y Explosión en Tallapiedra, de Armando Cristóbal Pérez. Hubo títulos de humor como Amor a primer añejo, de Héctor Zumbado; Ayer de hoy, de Mirta Aguirre; Comercio-clandestino de esclavos, de José Luciano Franco; la biografía de Guillermo Moneada, de Abelardo Padrón; Sombras y compañías, de Luis Amado Blanco; una reimpresión de Bertillón 166, de Soler Puig; y Prosa, de Enrique Piñeiro. También obras cubanas de ganadería, química y medicina. Además, se presentaron más de 2 000 títulos agotados en librería, como La revolución del 30 se fue a bolina, de Roa, y Abrapalabra, de Luis Brito, de Venezuela, y una montaña de libros infantiles, encabezados por Camilín, de Dora Alonso.

    Según destaqué entonces, la mayor dificultad había sido la reco­pilación en toda la isla de los títulos que se presentaban; también el apuro que pasamos para poder presentar (en cuatro idiomas) el libro con los discursos de los jefes de Estado en la Conferencia de Países no Alineados en La Habana. Declaré que a partir del año siguiente la feria sería anual y se celebraría en todas las capitales de provincia —de ser posible, algunas comenzarían ya en ese propio año— y recalqué que la feria no solo sería para vender libros. Habría recitales, conferencias, lanzamientos de libros y se había expuesto en el Liceo de La Habana Vieja una exposición de los más de 8 000 títulos y 400 millones de ejemplares editados en los 21 años de Revolución. El objetivo básico del Instituto del Libro había sido descolonizar la lectura, y creía que se había logrado. En 1958, toda la literatura colocada en los estantes de las librerías era de occidente; ahora, el Instituto, con sus 1 200 títulos editados anualmente, trataba de ir abarcando el mundo entero. El lector cubano había dejado de ser un mutilado mental. Hacía poco había inaugurado (en la librería Fernando Ortiz) el Día de África y, al tomar en las manos varias de las ediciones expuestas de autores africanos, comprobé que las traducciones habían sido realizadas en el Instituto del Libro. Llamaba a nuestro orgullo legítimo el hecho de que los cubanos conociéramos mejor a los autores africa­nos, asiáticos o latinoamericanos, que a los europeos o estadounidenses.

    Aquel día estaban allí, entre muchos autores, Nicolás Guillén, Elíseo Diego, Onelio Jorge, Angel Augier; todos firmaban sus libros. Fue la primera gran alegría para el espíritu de esta segunda época de las ferias del libro. Ya vendrían esas otras tumultuosas que en el presente, asombran al mundo por la multitudinaria presencia de pueblo lector, agolpado cada febrero en La Cabaña.

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