¿Cómo viven y califican los escritores a Santiago de Cuba?

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    Santiago de Cuba es motivación para el poema, la novela, la crónica y la vida; para ser más exactos para abordar en cada uno de los géneros literarios. Y así ha sido a lo largo de los 505 años que cumple. Desde que fue capital y se llamó Cuba hasta nuestros días. Hay quienes nacieron aquí, hay quienes vinieron aquí y se quedaron a vivir para siempre; y están los que vinieron de visita y dejaron parte de su espíritu. 

    Revisando el libro Imaginarios de una ciudad Interminable, selección de León Estrada y publicado en el 2015 por Ediciones Santiago, encuentro varias huellas. Entre los calificativos que ha recibido la ciudad se encuentra Capital de Oriente en varias cartas, documentos y poemas; el poeta Ramón Zambrana y Valdés la define en un poema como Perla de nuestro Oriente. Armando Leyva Balaguer titula un texto “La ciudad simpática” y de ella describe calles y lugares.  Santiago de Cuba, “La ciudad dormida”, como la llamara Caignet en sus bellos pregones santiagueros, dice Enma Escanaverino. Y más adelante en el tiempo, Reynaldo García Blanco, uno de los poetas que llega para quedarse define a Santiago de Cuba, como una ciudad para Héroes; mientras el propio León Estrada, en las palabras introductorias del libro, lo titula: Santiago de Cuba: la ciudad interminable.

    ¿Qué han sentido los escritores al llegar a Santiago de Cuba?

    Gertrudis Gómez de Avellaneda al llegar a Santiago de Cuba destaca que los objetos nuevos le dieron vida y destaca el bellísimo cielo, sus campos pintorescos y magníficos, su concurrido puerto y la cultura y amabilidad de sus habitantes; Max Henríquez Ureña afirma:

    “Pocas veces me ha producido la naturaleza tropical una sensación estética tan deliciosa, como en el radioso despertar de la alborada que iluminó la entrada del barco que me conducía a Santiago de Cuba”. 

    Y nuestra Premio Cervantes, Dulce María Loynaz, escribe en una carta: “…aquí estoy en Santiago de Cuba. Hace calor y polvo; el mar se esconde”. “Creo que estaré aquí unos días más; no sé cuántos; quisiera que fueran muchos”. Y años más tarde, refiriéndose a Santiago de Cuba, le escribe al poeta y periodista Reinaldo Cedeño en una dedicatoria: “la tierra donde las palmas son más altas y los corazones más abiertos”.

    El Premio Nacional de Literatura Luis Marré escribe: “Después de todo Santiago bien merece que la amemos, a pesar de los bochornos de las primeras horas de la tarde, por su gente generosa, alegre”.

    ¿Pero cómo definen los poetas a la ciudad?

    Jesús Cos Causse, en el poema “Mi ciudad”, apunta estos versos: “La ciudad es una piedra y un rostro en el tiempo”, “La ciudad es además un lucero”, “La ciudad es el alma de un hombre //. Cuando digo Santiago de Cuba resulta que estoy evocando mi presencia”.

    Reynaldo García Blanco escribe: “Delirante y mística. Estridente y aguda. Escandalosa y recatada, Santiago de Cuba me cobija, me aborrece, me persigue. Yo me quito el sombrero bajo la luz del plomizo agosto y me postro a sus pies, pues como los hombres, ella tiene un misterio que ignora”.

    En las palabras introductorias del libro citado, y tomadas como nota de contracubierta, León Estrada dice: “Plácida y sofocante, caliente y ruidosa, mas nunca indiferente. Dueña de un verano que la distingue, de un carnaval que la privilegia, con su propia Historia grande y otras que forman parte de sus tradiciones populares, Santiago es carismática y sensible. Hospitalaria, rebelde, solidaria, cosmopolita a su manera, asentada en el sur y bañada por el mar Caribe”.

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    100

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    Lino Verdecia, profesor universitario, inolvidable para muchas generaciones de estudiantes en la Universidad de Oriente, y ahora lejos de la urbe, afirma en unos versos:

    Que vayas conmigo es el castigo más dulce
    de todas las condenas
    que seas andén y recorrido

    Las adopciones que hizo Santiago de Cuba

    Relevantes escritores e intelectuales cubanos y extranjeros se quedaron a vivir en Santiago, unos vinieron a estudiar a la Universidad de Oriente e impartir clases; otros llegaron por otras razones. Entre ellos: Daisy Cué, Marino Wilson Jay, Reinaldo Suárez, Reinaldo Cedeño.

    Según Aida Bahr, la profesora universitaria y escritora para niños Adolfina Cossío decía que ella era santiaguera por adopción, que era mejor que serlo de nacimiento. Y una de las ensayistas cubanas, Beatriz Maggi, escribe:

    “Ni nací en Santiago, ni mis padres eran santiagueros, ni podría considerarme típica de Santiago. ¿Por qué, entonces, digo que aquella ciudad me dio el ser que soy? Porque la ciudad induce su singular noción de la vida, insertada en la naturaleza”.

    Gladys Horruitiner, reconocida en el mundo de los talleres literarios en Santiago afirma: “No soy de Santiago, pero Santiago vive en mí. Su historia me fortalece, su cadencia va conmigo, su voz me fascina, su acento me marca profundo, allá donde no llegan las palabras, ni el olvido”.

    La holguinera Aida Bahr, narradora, profesora y directora de la Editorial Oriente muchos años escribe: “Me encantó porque no se parecía a las otras ciudades que conocía, porque tenía personalidad propia. Pero tal vez lo más importante entonces fue que Santiago me hacía sentir adulta: aquí estaba sola y debía tomar decisiones por mí misma”. “Vivir en Santiago ha sido, todo este tiempo, aprender, trabajar duro, crear, compartir”.

    ¿Qué significa vivir en Santiago de Cuba?

    En la revista literaria y cultural SiC, aparece: “Nacer en Santiago es un azar. Vivir en Santiago una aventura. La ciudad no es mejor ni peor que otras, sencillamente es ella, con su carácter y tradiciones, con una imagen que entraña compromisos”.

    Y en otro número:

    “La ciudad es mucho más que las casas coloniales y las calles empinadas, más que la espléndida bahía con su Morro majestuoso a la entrada y Cayo Granma en el centro para deleitar a los turistas; es mucho más que el ron y la conga, los parques, los museos, las tarjas y los monumentos, el Moncada y la Granjita, las tumbas sagradas y los numerosos títulos ganados a través del tiempo. La ciudad es algo vivo que ha formado un carácter a lo largo de sus (…) años, lleva con orgullo el peso de su historia y sus tradiciones y se empeña día a día en seguir pareciéndose a sí misma, porque ahí están sus hijos, los que la aman y han elegido vivir en ella, los que la hacen posible”.

    Cuando se habla de vivir y sentir a Santiago no pueden obviarse los símbolos literarios, los libros, las revistas, los periódicos, los poetas, historiadores y novelistas. Se menciona, por ejemplo, el poema Para una definición de la ciudad, de Waldo Leyva:

    Si encuentras alguna piedra
    que haya sido lanzada contra
    el enemigo
    si descubres una calle por
    donde no haya pasado un héroe
    si desde El Tivolí no se ve el mar
    si hay alguna ventana
    que no se haya abierto nunca a
    las guitarras
    si no encuentras ninguna puerta
    abierta
    puedes decir entonces que
    Santiago no existe

    Y otro símbolo es el escritor José Soler Puig, le dedicó toda su obra a Santiago. Vive, denuncia y describe en sus novelas a la ciudad y su gente, entre ellas: Bertillón 166, primer Premio de novela Casa de las Américas, El pan dormido, Un mundo de cosas, entre otras. Cuando se habla de definiciones y defensa de Santiago de Cuba hay que evocar a Soler. Evocarlo es honrar también a Santiago, ese Santiago que como diría él es la franqueza y la capacidad de lucha.

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    100

    Publicado

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    Yunier Riquenes García

    Licenciado en Letras (2006). Ha obtenido, en el género de cuento el Premio Cauce, Premio Razón de Ser, Premio La Isla en peso, la Beca de Creación Fronesis y la Beca de creación. Cofundador de Claustrofobias Promociones Literarias con Naskicet Domínguez Pérez

    1 Comentario
    1. Muy buena introducción a un tema que habría de ser vasto. Santiago de Cuba es algo más que la segunda ciudad de Cuba. Dejando aparte La Habana, demasiado grande y heterogénea, me dije al llegar allí por primera vez en diciembre de 1980 (invitado a uno de sus fabulosos Encuentros de Narrativa) que era la única verdadera ciudad de Cuba. Así me lo hicieron sentir su dimensión, coherencia geográfica y personalidad tan propia, esencialmente cubana pero distintamente caribeña. Confirmé esa primera impresión cuando me instalé allí en julio de 1981 (por más de tres años) casándome con una santiaguera de adopción, la poeta y profesora de origen cienfueguero Josefa (Conchita) Hernández Azaret.
      Tuve el honor de ser elegido vice-presidente de la Brigada Hermanos Saíz que dirigía por entonces el gran escultor Alberto Lescay (no olvidaré nunca que Conchita y yo le ayudamos a terminar la maqueta de su formidable grupo escultórico de la plaza Antonio Maceo, la víspera del cierre de la convocatoria) y de dirigir la sección de literatura de la Dirección Provincial de Cultura. En una de las épocas más brillantes de la cultura santiaguera, ocupar tales cargos era algo que superaba largamente mis méritos.
      En Santiago se publicó mi segundo libro: “De los primeros lejanos tiempos la lechuza me contó” (Editorial Oriente, 1987) y se contrató el que debió ser mi tercer libro (la crisis editorial de principios de los 90 impidió su publicación). También en Santiago escribí el que sigo considerando mi mejor libro “La leyenda de Taita Osongo” (con el título de “La leyenda del algarrobo y la orquídea” ganó el premio Heredia en 1983… que solo vine a publicar 17 años más tarde con la adición de apenas un capítulo).
      En Santiago viví experiencias irrepetibles e inolvidables, y sin dudas mi obra está marcada por los escasos, pero intensos años que allí viví. Algo de eso está en algunas de mis páginas (particularmente en “La canción del castillo de arena”, que concebí en la playa Siboney, en 1984, escribí en 1989, ya viviendo en La Habana y estrené en Brasil dos años después).
      Cuando un cubano pone los pies por primera vez en Santiago siente un calor que no conoce y respira un aire que no existe en ningún otro lugar de la Isla. Absorbe una hoguera íntima que ya no le abandonará jamás.

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