Sigfredo Ariel: Me quedé esperando tu llamada prometida

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    Claustrofobias no quiere que tantas palabras de elogios y amor hacia Sigfredo Ariel se pierdan en el mar de internet, por lo que seguiremos publicándola por aquí, para un día regresar y ver que la luz nunca se apagó ni se podrá apagar.

    Escrito por Nelson Simón, en homenaje a su amigo Sigfredo Ariel

    Nuestra última foto. Nuestro último café. Marcia Jiménez, Miguel Izquierdo, Eloy Enrique Valdés, tú y yo. Esa tarde del 10 de marzo de 2020, fuimos felices. Reímos cómo siempre, dijimos versos, invocamos amigos comunes como Blady porque era la forma de no soltarlo, no dejarlo ir. Hicimos planes: tu regreso a Pinar [del Rio], un taller de Eloy para enseñarnos el cosido y confección de los libros manufacturados, tu exposición y recital en FaKtoría de Letras y un viaje juntos a Viñales. Esperábamos a Victor Cuní, artesano y vicepresidente de la ACAA, un café y otro llenaron la espera porque planeabamos cosas importantes entre los Cuadernos del Bongo Barcino y FaKtoría, y necesitábamos de su consejo.

    He empezado por el final porque el principio de nuestra historia es tan lejano!!! Viene de 1985 cuando te leí por primera vez en aquella antología: Usted es la culpable. Luego estuvo el Blady, él me llevó hasta ti y en la Gaveta, en El Caimán, en los bares de Centro Habana o la Avenida del puerto, aprendí a escucharlos con la atención de un hermano menor, con la humildad del que admiraba “tu luz”. Junto a él aprendí a amarte. Recuerdo una tarde con Damaris y María Elena, el pollo frito comprado en alguna esquina, la perga de cerveza, el Hotel Ambos mundos. Aquella vez que siempre me recordabas en que me criticaste unos versos y llore por casi dos cuadras mientras Bladimir me consolaba, y nos invitaba a tomar “a pico de botella” y fuimos a parar a casa de Puchi. Y yo no lloraba porque me ofendiera tu crítica sino porque te admiraba tanto y quería crecer como poeta ante tus ojos. Tu aprobación era importante entonces y lo ha sido hasta hoy. Por eso no estaba tranquilo hasta que me decías “me gustó” ese libro o ese poema, como me dijiste hace solo unas semanas cuando publiqué algo en mi muro [de Facebook].

    Entre mis mejores años están los que compartimos aula en el ISA en la facultad de medios audiovisuales, junto a Wendy Guerra Torres, a Yan, Delso Aquino, Adriana París… Eran los terribles años 90 y yo viajaba, en lo que pudiera, para ir a aquellos encuentros. Nos escapamos tantas veces a la playita 16, a los cafés y bares de la zona, a la casa donde vivías junto a Zaida del Rio. Ella es otro de los regalos que me dejaste. Tú quizás no lo sabias pero te pasaste la vida regalándonos a todos los que te conocimos: poemas, dibujos, canciones, discos, abrazos, amores, la gracia, la alegría, la luz.

    El amor te trajo a Pinar y aquí también pasamos momentos inolvidables con tu manera campechana de hablar y de querer. Eras el poeta y sin embargo hablábamos de tantas cosas. La poesía era para después. Para leerla, para escribirla. La poesía era como eso que se queda en la mano después de exprimir la vida.

    No hubo una sola vez que te encontrara que no paráramos de reír. El humor, la ironía, la picardía hacía de nuestros encuentros una fiesta que no quería terminar. Uno de los últimos fue en Bellas Artes, en la entrega del Premio Nacional de Artes Plásticas a nuestra querida Lesbia [Vent Dumois], yo me hubiera quedado hasta el final porque de seguro hubiera vuelto a caminar por La Habana contigo y con Eloy, riéndonos “de los peces de colores” y y viendo una ciudad que pocos ven. Pero siempre las prisas. Siempre esa errónea manera de pensar que habrá otra vez.

    Ahora mismo yo pararía en tiempo en cualquiera de nuestros encuentros, de ser posible en ese último café que tomamos juntos en esta ciudad que te tuvo tantas veces y que no te tuvo. Quedan muchos sueños inconclusos. Quedan años, sucesos, ruinas y glorias por contar y ya no estarás tú para hablar de ese espíritu nacional, para estar en el centro de todos como un tronco del que todos fuimos ramas. Yo creía que tú estarías siempre porque este tiempo y todos nosotros necesitábamos formar parte de tu memoria. Siempre te creí eterno. Necesitaba estar atento a tu nuevo poema, a tu nuevo libro, a tu hallazgo o propuesta musical, necesitaba que estuvieras para tener con quién “sacarle filo a esta realidad” de bordes tan romos que nos ha tocado vivir. Para que me escribieras por privado o me llamaras, aconsejando no hacer caso a “la molesta limalla que se mete en el ojo”.

    Hace unas semanas me quedé esperando tu llamada prometida, pero nada me resultó extraño. Te supuse armando otro cuaderno del Bongo Barcino, oyendo música, escribiendo, dando sentido a esta absurda etapa de aislamiento. Todo estaba bien hasta esta mañana cuando recibí ese mensaje. Desde entonces me envuelve una terrible soledad que me hace recordar a Puchi, a Bladimir, al tiempo que se nos ha ido. Si estuvieras aquí te reirías de mí, de mi sentido trágico, de mis maneras “tremendas”, cuando te dijeras que, desde esta mañana, me siento parte de un dibujo que alguien ha comenzado a borrar y quiero creer, mi querido niño, mi hermanito mayor, mi poeta, que como nos anunciate hace tiempo, al menos quedará la luz. Me conformó con que me digas que es cierto.

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