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¿Qué dice “Palabras a los intelectuales”?

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    En realidad, ¿qué sabemos nosotros?  En realidad nosotros todos estamos aprendiendo.  En realidad nosotros todos tenemos mucho que aprender.

    Y nosotros no hemos venido aquí, por ejemplo, a enseñar. Nosotros hemos venido también a aprender.

    Había ciertos miedos en el ambiente, y algunos compañeros han expresado esos temores.  En realidad a veces teníamos la impresión de que estábamos soñando un poco, teníamos la impresión de que nosotros no hemos acabado de poner bien los pies sobre la tierra.  Porque si alguna preocupación a nosotros nos embarga ahora, si algún temor, es con respecto a la Revolución misma.  La gran preocupación que todos nosotros debemos tener es la Revolución en sí misma.  ¿O es que nosotros creemos que hemos ganado ya todas las batallas revolucionarias?  ¿Es que nosotros creemos que la Revolución no tiene enemigos?  ¿Es que nosotros creemos que la Revolución no tiene peligros?

    ¿Cuál debe ser hoy la primera preocupación de todo ciudadano? ¿La preocupación de que la Revolución vaya a desbordar sus medidas, de que la Revolución vaya a asfixiar el arte, de que la Revolución vaya a asfixiar el genio creador de nuestros ciudadanos, o la preocupación por parte de todos debe ser la Revolución misma?  ¿Los peligros reales o imaginarios que puedan amenazar el espíritu creador, o los peligros que puedan amenazar a la Revolución misma?  

    No se trata de que nosotros vayamos a invocar ese peligro como un simple argumento.  Nosotros señalamos que el estado de ánimo de todos los ciudadanos del país y que el estado de ánimo de todos los escritores y artistas revolucionarios, o de todos los escritores y artistas que comprenden y justifican a la Revolución, es qué peligros puedan amenazar a la Revolución y qué podemos hacer por ayudar a la Revolución. 

    Nosotros creemos que la Revolución tiene todavía muchas batallas que librar, y nosotros creemos que nuestro primer pensamiento y nuestra primera preocupación debe ser qué hacemos para que la Revolución salga victoriosa.  Porque lo primero es eso:  lo primero es la Revolución misma.  Y después, entonces, preocuparnos por las demás cuestiones.

    Esto no quiere decir que las demás cuestiones no deban preocuparnos, pero que el estado de ánimo nuestro —tal como es al menos el nuestro— es preocuparnos fundamentalmente primero por la Revolución.

    El problema que aquí se ha estado discutiendo —y que lo vamos a abordar— es el problema de la libertad de los escritores y de los artistas para expresarse.  El temor que aquí ha inquietado es si la Revolución va a ahogar esa libertad, es si la Revolución va a sofocar el espíritu creador de los escritores y de los artistas.

    Se habló aquí de la libertad formal.  Todo el mundo estuvo de acuerdo en el problema de la libertad formal.  Es decir, todo el mundo estuvo de acuerdo —y creo que nadie duda— acerca del problema de la libertad formal. 

    La cuestión se hace más sutil y se convierte verdaderamente en el punto esencial de la cuestión, cuando se trata de la libertad de contenido.  Es ahí el punto más sutil, porque es el que está expuesto a las más diversas interpretaciones.  Es el punto más polémico de esta cuestión:  si debe haber o no una absoluta libertad de contenido en la expresión artística.

    Nos parece que algunos compañeros defienden ese punto de vista.  Quizás el temor a eso que llamaban prohibiciones, regulaciones,   limitaciones, reglas, autoridades para decidir sobre la cuestión.

    Permítanme decirles en primer lugar que la Revolución defiende la libertad, que la Revolución ha traído al país una suma muy grande de libertades, que la Revolución no puede ser por esencia enemiga de las libertades; que si la preocupación de alguno es que la Revolución vaya a asfixiar su espíritu creador, que esa preocupación es innecesaria, que esa preocupación no tiene razón de ser.

    ¿Dónde puede estar la razón de ser de esa preocupación?  Puede verdaderamente preocuparse por este problema quien no esté seguro de sus convicciones revolucionarias.  Puede preocuparse por ese problema quien tenga desconfianza acerca de su propio arte, quien tenga desconfianza acerca de su verdadera capacidad para crear.

    Y cabe preguntarse si un revolucionario verdadero, si un artista o intelectual que sienta la Revolución y que esté seguro de que es capaz de servir a la Revolución puede plantearse este problema.  Es decir, que el campo de la duda no queda ya para los escritores y artistas verdaderamente revolucionarios; el campo de la duda queda para los escritores y artistas que sin ser contrarrevolucionarios no se sientan tampoco revolucionarios (APLAUSOS). 

    Y es correcto que un escritor y artista que no sienta verdaderamente como revolucionario se plantee ese problema, es decir, que un escritor y artista honesto, honesto, que sea capaz de comprender toda la razón de ser y la justicia de la Revolución, se plantee este problema.  Porque el revolucionario pone algo por encima de todas las demás cuestiones, el revolucionario pone algo por encima aun de su propio espíritu creador, es decir:  pone la Revolución por encima de todo lo demás.  Y el artista más revolucionario sería aquel que estuviera dispuesto a sacrificar hasta su propia vocación artística por la Revolución (APLAUSOS).

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    Equipo Editorial
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    El personal editorial de Claustrofobias Promociones Literaria esta coordinado por dos amantes del mundo literario cubano. Yunier Riquenes, escritor y promotor cultural y Naskicet Domínguez, informático y diseñador.

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