Notas para una caracterización de la poesía infantil y juvenil cubana de la Revolución

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    Escrito por Ramón Luis Herrera Rojas. Universidad de Sancti Spíritus.

    Se ha vuelto un lugar común afirmar que la poesía infantil y juvenil cubana vive un extenso período de esplendor desde el hito formidable que constituyó Juegos y otros poemas (1974), de Mirta Aguirre (1912-1980). Como no abundan los estudios caracterizadores de enfoque sistematizador, se intentará ofrecer una visión de conjunto de esa producción lírica de tanta trascendencia en el conjunto de la literatura cubana toda.

    En una lista no exhaustiva de características básicas de esa ingente creación pueden destacarse:

    • La progresiva diversificación temática, desde un conjunto de asuntos en que son recurrencias los animales, la familia como entorno idílico, la escuela, los juegos y el patriotismo, hacia referentes históricos y culturales poco comunes, como el de las deidades del panteón yoruba transculturado en Cuba, pese a su trascendencia en nuestra cultura mestiza; la expresión de vivencias personales intensamente emotivas, a veces asociadas al tratamiento de problemas familiares y sociales conflictivos; el desplazamiento hacia un lirismo de lo sencillo y cotidiano y últimamente hacia otro que instaura mundos de ensoñación fantástica; la apertura a registros humorísticos, lúdicos, densamente líricos e incluso irónicos, en ocasiones combinados; el espacio creciente para las inquietudes ecológicas, que renueva la estereotipada temática zoológica y floral; la apelación muy frecuente a lo intertextual en un amplio abanico de variantes; la concesión de un lugar importante al amor, sobre todo al de los adolescentes y, en general, el protagonismo de una visión más aguda, crítica y ecuménica de los asuntos tratados, que rechaza la banalidad rayana en franca bobería en que ha incurrido mucha escritura supuestamente poética para la infancia.
    • La complejización estilística en direcciones como: la diversificación métrica que revitaliza tipos estróficos y formas genéricas antiguos; el empleo creciente de la décima y el soneto; las mezclas estróficas y los experimentos tipográficos varios; el cultivo de la poesía en prosa y de la prosa rimada,  sin olvidar que aún se tiende a reiterar las estrofas de cuatro versos octosílabos; el enriquecimiento metafórico mediante búsquedas que sin desconocer el necesario diálogo con el niño lector se apartan de los caminos trillados, de tenaces clichés retóricos que padece la poesía infantil al uso. Entre tales búsquedas se concede espacio a figuras como la sinestesia, la hipérbole, la aliteración, la anáfora y la antítesis y se renueva el símil en un esfuerzo asociativo más libre y audaz. La metáfora y el símbolo participan de esa misma voluntad innovadora, todo lo cual se halla en visible correlación con una captación más penetrante, más transgresora y sensible de lo circundante y de la espiritualidad personal.
    • La creciente presencia de nuevos caminos en la enunciación lírica, que reacciona contra la asepsia despersonalizada de mucha versificación, más que poesía, para la infancia, e incluye tanto la asunción de hablantes líricos niños con notoria autenticidad, como la expresión del sujeto adulto, en una complicidad dialógica y no autoritaria.
    • El logro de soluciones de equilibrio entre las necesidades comunicativas y la cualificación estética de los textos, que plantean, en la estela martiana, exigencias al joven lector, pero que no lo sobrepasan ni lo subestiman. Esa tensión, que tiende a resolverse desde las marcas en los textos como pilotaje intuitivo y anhelado de la recepción, da lugar en muchos casos a obras de excelente factura, al nivel de la mejor poesía toda de la época.
    • El surgimiento de estilos personales, en algunos casos inconfundibles, demostrativos del alto rigor artístico alcanzado por el género, con lo cual se deshacen prejuicios hacia modalidades de escritura en otro tiempo consideradas menores, lo cual parece confirmarse con la persistente dualidad, en varios autores, de la escritura para niños y adolescentes y la escritura para adultos.

    Esos orbes creativos de perfil muy reconocible no significan homogeneidad, sino frecuente expresión de lo diverso en la esencial unidad de cada personal conjunto; por ello no es tarea fácil el establecimiento de líneas creativas precisas. No obstante, y para insistir en la proliferante riqueza de la poesía infantil y juvenil insular del último medio siglo, pudieran discernirse como visibles líneas maestras las siguientes:

    • La que recrea el legado de la tradición oral popular y del canto a la naturaleza (paisajes, frutas, árboles, animales…) del archipiélago, heredada del romanticismo del siglo XIX. (Mirta Aguirre, Dora Alonso, Adolfo Martí, Adolfo Menéndez Alberdi, Rafaela Chacón Nardi, Yoel Izaguirre, María del Rosario Basso).
    • La centrada en la captación vivencial, hondamente lírica, del entorno cotidiano y de la memoria de la infancia como paraíso perdido. (Eliseo Diego, Froilán Escobar, Dora Alonso, Francisco de Oraá, Aramís Quintero, Roberto Manzano, Nelson Simón).
    • La que renueva el tratamiento a los asuntos patrióticos y ofrece una imagen de los héroes y los acontecimientos revolucionarios con marcada compenetración afectiva. (Mirta Aguirre, Eliseo Diego, Dora Alonso, Nicolás Guillén, Excilia Saldaña).
    • La que exalta el juego como espacio para la alegría, la libre inventiva y el humor, que no excluye las eventuales notas líricas. (David Chericián, Nicolás Guillén, Eric González Conde, Josefina de Diego, Andrés Pi Andreu).
    • La que privilegia explícitamente la intertextualidad de temas, estructuras y estilos, de modo innovador e incluso transgresor. (Mirta Aguirre, José Manuel Espino, Alberto Rodríguez Copa).
    • La que se nutre del legado africano profundamente transculturado en Cuba (Nicolás Guillén, Excilia Saldaña, Marcia Jiménez Arce, Miriam Rodríguez).
    • La que se atreve, de manera cercana al realismo, con las zonas conflictivas de orden familiar, social y ambiental, sin renunciar al humor y a la vívida emoción personal. Se encuentra entre las aportadoras de mayor novedad para el género. (Luis Caissés Sánchez, Jorge Luis Peña, Ronel González Sánchez, Alberto Rodríguez Copa, Mildre Hernández Barrios, Alberto Hernández Sánchez, Eduard Encina, Raúl Hernández Ortega, Alexis Díaz-Pimienta).
    • La que amplía el espectro temático con asuntos del mundo del arte, históricos, geográficos, científicos u otros. (Mirta Aguirre, Aramís Quintero, Julia Calzadilla, Emilia Gallego Alfonso, Juan Nicolás Padrón, Ramón Luis Herrera).
    • La más próxima a las inquietudes de la edad adolescente, que tematiza el amor y el erotismo con vocación de espiritualidad. (Félix Guerra, Ramón Luis Herrera, Rosa María García, Julio Antonio Blanco Escandell, Lidia Meriño, Liset Lantigua).

    Como se aprecia, se repiten nombres en diferentes líneas y pudieran añadirse otros autores en cada caso; solo se ha pretendido poner de relieve el considerable ensanchamiento artístico, en las múltiples dimensiones de la escritura, que se ha verificado en la poesía infantil y juvenil cubana, lo cual, más que en este esquema de intención orientadora, podrá ser confirmado por el lector niño, adolescente o adulto, en la antología derivada de la presente investigación. (Ver Anexo 2, contentivo del proyecto de dicha obra).

    El anterior esbozo de tan significativos logros no puede pasar por alto que también se ha publicado y se sigue publicando una considerable producción de muy convencional y pobre factura estética, a tal punto que en la poesía infantil y juvenil se observa lo que pudiera llamarse una intertextualidad contagiosa de estereotipos temáticos y retóricos. Dichos estereotipos son visibles desde los títulos mismos de los poemarios, donde abundan hasta la fatiga los carruseles, las magias, las lunas y los arcoíris, y sobre todo los sueños, entre otros tópicos semejantes.

    La temática de los sueños ilustra como ninguna otra el riesgo de anquilosada retorización que acecha constantemente la poesía infantil. La recurrencia de esta palabra y su familia en los títulos muestra proporciones de avalancha, pues se ha podido contabilizar su presencia en la denominación de más de veinte cuadernos y recopilaciones antológicas entre los años 2000 y 2018. Esa tenaz, obsesiva propensión a repetir los mismos códigos expresivos sin parar mientes en lo gastado o no que pueden resultar, es uno de los desafíos que encara el poeta verdaderamente comprometido con la creación. A veces se tiene la impresión de que se pierde toda perspectiva de pensamiento crítico y se adopta la actitud de quien está inventando desde cero la literatura. En este específico contexto parece olvidarse que la noción simbólica de sueño como vuelo libre de la imaginación es eminentemente adulta, y que, de partida, les dice muy poco a los infantes. Además, se obvia el hecho de que esa manifestación de la psiquis, literalmente hablando, no es siempre una experiencia satisfactoria, como cualquiera sabe por vívida experiencia propia y como desde hace ya tanto tiempo estudiaron los psicoanalistas. Muchos niños sufren pesadillas y sueños recurrentes que transparentan fobias, frustraciones e infelicidades diversas. Sirva esta apresurada digresión para poner de relieve la necesidad de una cierta conciencia teórica y crítica al acometer la escritura poética infantil y su trabajo de edición, conciencia tanto más necesaria cuanto parece ser extraña a muchos de los que a esos trascendentes quehaceres se dedican.  

    Aun en el ámbito de la lírica más innovadora no deben pasarse por alto ciertas distorsiones que afectan la escritura. Un riesgo que subyace en el creciente afán de complejización del discurso de la poesía infantil y juvenil cubana es su solapamiento con la destinada a lectores adultos, por olvido de las características de su potencial lector. Una tonalidad a veces demasiado difusa, unas imágenes un tanto desvaídas, un estatismo muy pronunciado, una chatura del tono tienden a crecer, en favor de una literariedad mal entendida.

    Un cliché que algunos escritores y críticos consideran ya casi un deber ser imperativo, es el de convertir todo libro de poesía en una unidad narrativa, a la que se le inventa una historia más o menos desplegada, muchas veces insulsa o traída por los pelos. El peligro mayor de la reiteración de un esquema de ese tipo radica tanto en lo forzado que muchas veces resulta, como en el hecho de que los poemas tienden a perder autonomía, por estar al servicio de una débil diégesis abarcadora del conjunto.

    Como el niño no suele recorrer los libros de poesía de modo íntegro y seguido, en razón de sus características como lector en formación, sino de forma más bien discontinua y azarosa, es bastante probable que pierda su funcionalidad tal sujeción a una estructura argumental que no llega a ser tampoco la del cuento en versos.

    La unidad de un libro no tiene por qué estar atada a lo narrativo y ni siquiera a un asunto común. Como demuestran tantos libros magistrales, esa visión de totalidad puede sustentarse en otros principios de orden tonal o estilístico, que más bien articulan, en beneficio del interés del receptor, lo uno en lo diverso.

    La poesía infantil y juvenil no debe darse el estéril lujo de devenir —como grandísima porción de la publicada para adultos— solo poesía para poetas. Lo de infantil y juvenil no es un simple rótulo; es una esencial vocación comunicativa con seres en necesario crecimiento y una expansión de las posibilidades de la poiesis hacia unas edades en que la espiritualidad se gana para lo más raigalmente humano o se pierde arrasada por el consumismo, la indiferencia, la frialdad de corazón y la superficialidad dominantes a escala global.

    Bibliografía

    • Como las aguas del mar. Antología de la poesía infantil y juvenil cubana. (Selección, notas, estudio y cronología de Ramón Luis Herrera). Manuscrito inédito).
    • Dice el musgo que brota. Antología de poesía para niños. Jóvenes escritores cubanos. (Selección y notas de Eldys Baratute; presentación de Enrique Pérez Díaz). Ediciones La Luz, Holguín, 2018.
    • En Julio como en Enero. Nos. 1-30. (Colección completa). Editorial Editorial Gente
    • Herrera Rojas, Ramón Luis; Estupiñán González, Mirta. Diccionario de autores de la literatura infantil cubana. Editorial Gente Nueva/ Ediciones Unión, La Habana, 2015. (Tomos I y II).
    • Herrera Rojas, Ramón Luis y otros. Panorama de la literatura infantil y juvenil. Editorial Universitaria Félix Varela, La Habana, 2018.
    • Instituto de Literatura y Lingüística “José Antonio Portuondo Valdor”, Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente. Obras y personajes de la literatura cubana. Tomos 1 y 2. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2016.
    • ___________________________. Historia de la literatura cubana. Tomo III. La Revolución (1859-1988). Con un apéndice de la literatura de los años noventa. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2008.

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