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José Rojas Bez: “Respetar la cultura en su plenitud vital, no sesgada ni truncada”

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    Escrito por José Poveda

    A pesar de la amistad y conocer durante años al ensayista y profesor José Rojas Bez, nunca han dejado de impresionarme sus continuas incursiones en obras, temas y momentos de la cultura que enfocan directamente o de manera considerable tópicos de la religión, incluso cuando ello no era nada común en nuestras páginas, exceptuando aquellas de otros que se editaban bajo el rubro de la ciencia y la educación “ateístas”.

    Un libro recientemente publicado por el Centro de Formación Laical de Holguín, dedicado al sacerdote verbita Julián, quien se relacionó mucho con los artistas e intelectuales de Holguín durante sus estancias en Cuba, incluye páginas de Rojas Bez que me corroboran que aún continúa trabajando en esta línea de pensamiento.

    A Rojas Bez se debe, por ejemplo, el primer ensayo sobre un libro bíblico publicado en ediciones de los predios oficiales. Aclaramos: el primer ensayo laudatorio y con recomendaciones para su necesaria lectura sobre tales textos. Nos referimos a Cinco notas al ‘Cantar de los Cantares’, aparecido en la revista Santiago, número 37 de la Universidad de Oriente, en 1980.

    Poco después, su primer libro, Un estudio sobre ‘La vida es sueño”, editado por la Editorial Oriente en 1981 ofrecería –junto a temas dramatúrgicos, literarios y culturales– reflexiones teológicas e historicistas sobre el libre albedrío, la predestinación y la gracia, con la atrevida tesis de que las propuestas de Calderón y el teólogo Miguel de Molina constituyeron las más avanzadas de su tiempo sobre esta problemática.

    Y ese mismo año, rememorando al Padre Las Casas (“Las Casas y Hatuey, Ercilla y Caupolicán: Suplicios, temas y visiones imbricadas”), primero una ponencia y luego una publicación en el Anuario de Artes y Letras, no. 3-4, 1985-86, de la Universidad de Oriente subrayaba puntualmente cómo la reivindicación y la imagen heroica de los aborígenes de América, conjuntamente con la crítica a los desafueros cometidos por conquistadores nacieron en sentimientos, conciencia y letras de auténticos cristianos y dignos guerreros entre las propias filas de los conquistadores.

    Fueron, según nos consta mientras no tengamos mayor información, las primeras páginas de una larga vena ensayística que esbozaremos pero que abren ya paso a algunas preguntas al autor.

    ¿Cuál o cuáles fueron los motivos fundamentales para que naciesen estos textos?

    Yo diría que, ante todo, motivos culturales. No se trataba, de modo estrecho aunque sí contenido, de reconocer la existencia y abogar por virtudes entre religiosos y religiones sino, de modo más inclusivo, enfocar miradas sobre obras y momentos ricos y basales de la cultura que tendían a soslayarse, cuando no, peor aún, a tergiversarse doctrinalmente. Recuerda que entonces primaba esa aberración llamada “ateísmo científico”…

    ¿Cómo salían entonces esas páginas?

    Siempre hay gente buena, honda y valiente, ¿no? La valentía es de los editores. Muchos escribimos pero no sabemos cuántos no hallaron editores. Por ejemplo, el ensayo sobre el Cantar de los Cantares fue admitido y editado por quienes entonces dirigían la revista Santiago, es decir, Isabel Taquechel y Luis Carlos Suárez. Dicho sea de paso, con ellos también tuve el honor de ser coautor del primer programa de Literatura y el primer texto para la enseñanza universitaria en Cuba (Apreciación de la Cultura Cubana I y II. La Habana, Edit. ENPES–Ministerio de Educación Superior,  2 vols, 1985 y 1986) que incluía en sus estudios a Lezama Lima y la generación de Orígenes, tan soslayada por su religiosidad entre otros factores.

    Teniendo a tu favor entonces a los editores, ya no habría tantas oposiciones.

    Las hubo, pero ellos se encargaron bien de conjurarlas. Te lo dije, el mérito es de ellos. Muchos censores pero también algunos defensores valientes siempre hubo. Un buen ejemplo es mi libro Las literaturas egipcia, mesopotámica y hebrea, que estuvo valorándose desde 1984, cuando fue entregado a la Editorial Oriente, hasta que por fin se editó en 1989. Imagínate, un libro encaminado a conocer, reflexionar y disfrutar literaturas alentadas por la religiosidad. Algo peliagudo, sobre todo respecto a la Biblia en tiempos en que “algunos” (ya sabemos) mantenían a las biblias incluso retiradas de las bibliotecas. Una vez más el mérito de los editores capaces de reconocer el valor fundacional y como pábulo espiritual de esos textos, me refiero a Manuel Cuesta, el entonces director de la editorial; a una de sus asesoras, la Dra. Adolfina Cossío; y a la jefa de redacción, Consuelo Muñiz.

    Las literaturas egipcia, mesopotámica y hebrea fue un libro exitoso. Cinco mil ejemplares vendidos en cuatro semanas, según informes estadísticos de entonces. ¿A qué atribuyes tú este éxito? ¿A sus connotaciones literarias, religiosas u otras?

    A todos estos factores. En primera instancia, debió impresionar algo al amplio público un libro que expusiera y alentara tales lecturas. ¡Leed la Biblia! ¡Amad o  respetad la Biblia! Me imagino la sorpresa. Pero también a públicos especializados porque el libro está conformado por ensayos que valen como textos docentes. Una singularidad suya es que expone el desarrollo cronológico–literario de las obras egipcias, mesopotámicas y hebreas, a modo de historia crítica de la literatura, mejor dicho, a modo de historia crítica de la cultura porque las obras escritas siempre se conectan con otros aspectos de su cultura y aún en conexión con otras culturas. Sobre ello Manuel García Verdecia publicó entonces un breve ensayo en su columna del periódico ¡Ahora!

    Pero, ¿qué dirían los lectores religiosos?

    No tengo muchas informaciones; pero los mayores (y mejores) comentarios me llegaron desde iglesias llamadas “protestantes”, incluyendo el Seminario de Matanzas, así como de algunos judíos de la sinagoga del Vedado, conocidos desde mis tiempos de la Universidad de La Habana. Paradójicamente, aunque por tradición familiar tengo mucho mayor contacto con católicos, de aquí fueron pocos los comentarios aunque algunos tan vitales para mí como los del monseñor Peña y el Padre Aldama quien me abrazó y felicitó en nombre no de la Iglesia ni de la religión sino de la cultura toda. Y de eso se trataba, respetar la cultura en su plenitud vital, no sesgada ni truncada… y la religiosidad como parte suya.

    Rojas Bez, antes de este libro salió publicado un breve ensayo tuyo, éste sí más cercano al catolicismo o al cristianismo todo, dedicado al Padre Varela donde se le llama y se alaba su condición de Padre por primera vez en páginas oficiales: “Honrar, honra. (Un homenaje al Padre Félix Varela)”, Diéresis, Año II, no. 3,  Holguín, ago-dic.de 1988, pp. 3-9. Dime algo al respecto.

    Sí. Es el artículo presentación de ese número de la revista. Ya lo dijiste. Siempre me pareció una gigantesca falta de respeto al Padre Varela (y a muchísimos más) la coletilla de los “ateístas científicos” de que fue grande “a pesar de” sus trabas, limitaciones, acarreos… religiosos. ¡Increíble, pero cierto! Y el discurso de uno de estos fue precisamente la inspiración para el artículo, que dice más o menos lo que han dicho otros muchos, pero eso sí, insistiendo en que fue grande gracias a su fe religiosa, halló sustento y energías en su fe. Vivió entre lo sagrado y lo divino, nunca en lo groseramente profano, como dice el título de una versión más breve aparecida en el periódico ¡Ahora! unas semanas antes (Ámbito, suplemento cultural del periódico ¡Ahora!, Holguín, dic. 1988).

    Entonces ocurría…

    Perdona que te interrumpa. Algo importante. Volvemos a lo de antes: hondura y valentía de los editores, tanto del periódico como de la revista, no mía, que yo escribo pero otros se arriesgaron más. Llamarlo antes de 1990 grande o trascendente precisamente gracias al pábulo de su fe religiosa no era nada fácil. Mérito de ellos.

    Hemos hablado de páginas de Santiago de Cuba (Editorial Oriente, revista Santiago y Facultad de Filología) y Holguín (periódico ¡Ahora! y revista Diéresis); pero, ¿y otros sitios?

    En Cuba, yo diría, ante todo, la Universidad de Santa Clara, su revista Islas (no. 84, sept–dic. de 1986,  pp. 119-132), entonces dirigida por Aimée González Bolaños) y su Facultad de Humanidades, que publicaron en la revista y como separata para la docencia “Premisas esenciales para el entendimiento de la literatura mística española”. En México, escogería “Sor Juana y ‘El Divino Narciso’: Síntesis americanista del ‘Matrimonio Divino“. En: Cuadernos Americanos, Univ. Nacional Autónoma de México, Segunda época, no. 7  (Año II, Vol. I),  México,  ene-feb. 1988,  pp. 47-63.

    ¿Algunos percances que valgan la pena la pena recordar?

    Sobre la revista Islas nada. En aquel entonces la Universidad de Villa Clara se caracterizaba por grupos de pensamiento de gran vigor, con relativa diversidad y amplitud de acogimiento considerable para los tiempos. Hoy no sé, te confieso mi ignorancia y me avergüenzo y comprometo a enmendarla, porque he ido perdiendo contacto debido a mis sucesivos trabajos. Pero en Holguín, todo lo contrario. Este y otros ensayos que tenían que ver con la mística española fueron productos de una investigación inscripta en el Superior Pedagógico gracias a la defensa de Oscar Luis Torres, jefe de Extensión Universitaria, y el hoy reconocidísimo doctor José Vega Suñol, investigación que nunca gustó a los prepotentes censores “ateístas” (ese era tema de ellos y solo de ellos y ellos lo decían todo sobre eso). Siempre fue bloqueada y por eso mismo, bien que me hicieron, fue a parar a la Universidad Central de Las Villas y también a ganar un premio en un evento científico del Instituto Superior de Arte, en La Habana.

    ¿Tienen tales publicaciones algo que ver con que fueses uno de los invitados al encuentro de Su Santidad Juan Pablo II con el Mundo de la Cultura en el Aula Magna de la Universidad de La Habana en 1998?

    Pues mira que no sé. Supongo que algo indirectamente tenga que ver. Son obras escritas por mí, ellas y yo tenemos que ver unas con el otro y, en fin, así es. Pero nunca oí referir nada de eso directamente.

    Para terminar, recuerdo que fuiste también uno de los invitados a participar en la llamada “guerra de los e-mails” ocurrida en 2007 sobre el llamado “quinquenio gris”. Algunos de tus planteamientos se conjugan con esta línea de trabajo y pensamiento tuyo. Reproduzco un fragmento:

    “¿Y qué decir sobre las oportunistas visiones tergiversadas de nuestra  historia y nuestros próceres, como aquella deplorable imagen de Martí (en realidad antimartiana) cada vez más oficial y entronizada de un Martí demócrata-popular “pre-marxista”? ¡Pobrecito el inmaduro de Martí, que no había alcanzado aún las luces del marxismo, quedando en el “pre”! ¡¿Qué  lector de Martí ignoraba que éste no sólo supo del marxismo y el socialismo,  sino que no le dio el visto bueno, en la más raigal tradición del  pensamiento cubano, la del Padre Félix Varela, la de Agramonte, et al, y no  era un simple estudiante de pre-universitario!? ¡Valiente el editor (no el escritor) que publicó ensayos sobre el idealismo martiano o sobre el fecundo influjo del idealismo en Martí! Y tampoco reclamamos tanto cuando el mencionado Padre Varela se quedó ofensivamente sin el “Padre” porque, decían, fue patriota y grande “a pesar”  de religioso. ¡Valiente el editor (no el escritor) que publicó algún ensayo afirmando que  patriota y hombre de fe fueron uno inseparable, y mientras más fe más grande  era!  ¡Y qué difícil era publicar ensayos  relacionados con los libros bíblicos (claro, cuando era para alabarlos o ameritarlos) aunque fuese desde planos estrictamente literarios!  No olvidemos, de paso, cómo se sostuvo durante décadas una única educación  atea (no laica, lo cual estaría bien, sino agresivamente atea). ¿Cuándo, entre otros miles de ejemplos posibles, exigimos tan airadamente,  durante años, que se publicara a Dulce María Loynaz, y que tan ilustre  creadora, como muchos otros, digamos el propio Lezama Lima, no fuesen  “inexistentes” en nuestros programas y textos de estudio de la literatura cubana?

    Sí recuerdo el momento de posible polémica abierta, fue raro en nuestro país y muchos pudieron plantear muchas cosas aunque, de todos modos, los censores y oficialistas de siempre no mejoraron sus ojerizas.

    Pensé terminar ya, pero aquí me vino a la mente un ensayo tuyo sobre Martí, al que te referiste en esos emails, también audazmente publicado por la revista Santiago (no. 46,  junio de 1982,  pp. 55-106), “Martí: Vigencia y trascendencia  de la estética clásica”, en el que se “reconoce” (es el mejor término y sobre todo para entonces) el carácter idealista del pensamiento martiano, entre otras facetas suyas…

    Vuelvo a apelar a nuestra confianza para interrumpirte con algo que considero vale la pena decir. El título parece indicar que el ensayo se constriñe a una correlación de la estética de Martí con la grecorromana, pero fue una especie de bien intencionado ardid para un estudio general sobre la estética martiana. Se acentúa la correlación con la estética clásica antigua para poder “reconocer” dicho idealismo y ciertas “raíces” a veces ocultadas en nombre de ya ni se sabe qué.

    Pero, dejémoslo aquí. Muchas gracias por recordar estas publicaciones…

    Ahora te interrumpo yo a ti para recalcar, antes de despedirnos, aquello por donde comenzamos, la preocupación no solo por las libertades religiosas entre otras sino más aún, incluyéndolas, por la riqueza y hondura de la cultura, el saber y el espíritu. Esas publicaciones develan actitudes y conceptos dados históricamente pero aleccionadores para actuales y futuros. Gracias, sin objeciones, a ti.

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