Octavio Armand: “Mirar como cernícalo y absorber como esponja”

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    En el año 2011 estuve en Venezuela: Amazonas, Apure, Vargas y Caracas. Cuando desandaba por Puerto Ayacucho tuve contacto con Johan Goteras, amante de la cultura cubana y los cubanos. Él me hizo los días más llevaderos. Me dijo te voy a llevar a conocer “al monstruo” cuando estés acá, y te voy a llevar a conocer partes inolvidables de Caracas. No le voy a temer “al monstruo”, le respondí, le haré unas preguntas, si él está dispuesto, que se ponga en guardia. Claro que no sabía qué le iba a preguntar, solo lo conocía de referencia.

    Regresé a la capital venezolana antes del tiempo planificado y enseguida apareció Johan y ese mismo día fui a ver al monstruo a un café. Me habló de Cuba con una intensidad que no he visto jamás, cuánto amor por la patria, cuánto detenimiento del tiempo, cuánta congelación para vivir del recuerdo. Se llama Octavio Armand, vive ahora en Caracas, pero una vez anduvo por la calle Martí de Guantánamo, conoció a Boti, y conoce la historia de Cuba al dedillo. Sabe de las frutas cubanas y la geografía. Para hacer este cuestionario leí varios de sus libros y entrevistas en una habitación del hotel Alba Caracas. Aunque se llevó grabadora, esta entrevista se hizo por email, aquel día solo conversamos, oí, miré los ojos de Octavio Armand.

    ¿Cómo surge en Octavio Armand la necesidad del poema? ¿Se lo podemos atribuir a su afirmación de mirar como cernícalo y absorber como esponja?

    Claro que podríamos atribuírselo a eso, ¿por qué no? De alguna emoción, de algún instante que uno vive con intensidad vertical, con caída de cernícalo; o con delectación horizontal, de esponja que trata de henchirse con cuanto haya de verdad o belleza en derredor; nace el poema, que es primero una necesidad y luego una realidad tan palpable como el cuerpo y su sombra, ese esqueleto ocasional que lucimos por fuera.

    Esas emociones, esos instantes, que despiertan al poema como necesidad, son como los átomos de Epicuro y de Lucrecio, que por clínamen entrechocan y se acumulan hasta hacer visible lo invisible. Para decirlo en cubano, en taíno: son el humo del tabaco, las espirales con que el behíque hace visible lo invisible.

    En el niño que fue y que trata de seguir siendo, ¿cómo se mantienen Cuba, Guantánamo y la calle Martí?

    Desde hace algún tiempo me oigo decir que soy más guantanamero que cubano. Eso, creo, tiene una explicación tan sencilla como los Versos sencillos de Martí, pero no por ello menos desgarradora y difícil de explicar. Ya tendré que explicármelo a mí mismo, para luego ver si logro compartir lo que pudiera parecer una insuperable paradoja. Ha sido muy dura, casi cruel, la manera en que me ha tocado ser cubano. Ser cubano, para mí, ha sido una vocación tan difícil como la poesía. Por esta frase suelo comenzar al referirme al tema, desovillando una historia que hubiera preferido no haber protagonizado. 

    Usted. ha afirmado: «Mi interés por la superficie implica tanto la luz como el tacto». También en sus ensayos sobre pintura habla de la luz. ¿Cómo definiría, si es posible, la superficie del poema?

    Para los antiguos, toda sensación era táctil. Los átomos, existentes en todo, despertaban los sentidos, pues eran materiales las fulguraciones de lo creado. El color, el sonido, el olor, el sabor. Quizá yo sea tan antiguo como los antiguos. O más antiguo que ellos. Soy, digámoslo así, un primitivo. Toco con la vista y veo con la yema de los dedos. Tanto el lienzo en blanco como la página en blanco se prestan para la maravillosa definición de la superficie que nos da Parménides en su Poema: la superficie es el lugar donde la luz tiene lugar. Escribir, en este sentido, es un fenómeno físico. Una refracción de la luz, una modificación que esta padece al pasar de un medio a otro. Del aire al agua pulverizada, por ejemplo, que forma los arcoíris. Hay refracciones de lo embrionario, preverbal, vuelto visible en la palabra; refracciones al pasar por erizamiento de la prosa a la poesía; refracciones, en fin, cuando la palabra pasa por traducción de un idioma a otro. De ahí que la selección de poemas y ensayos míos traducidos al inglés lleve por título Refractions.

    Guantánamo, Nueva York, Caracas, ¿cómo han ejercido tiranías en usted a la hora de la escritura?

    Las tiranías que mi familia ha padecido —dos— no han sido ejercidas por el paisaje. Sin embargo, comprendo el sentido de tu pregunta. En buena medida nos define el paisaje: somos lo que somos por ser de donde somos. Digámoslo así: no siempre somos donde estamos, pero siempre estamos donde somos. He vivido largos años en esas tres ciudades mencionadas. Yo diría que ahora vivo en las tres simultáneamente, pues en realidad nunca he salido de Guantánamo, por ejemplo. Estoy dentro por fuera. Las tres ciudades habitadas simultáneamente trazan tres círculos concéntricos a mi alrededor. Tengo dos patrias, decía Martí, Cuba y la noche. Yo podría decir que tengo muchas más: Cuba, la noche, Nueva York, Caracas, Guantánamo, la infancia, la soledad, el sabor del níspero, las espirales del caracol, las del habano… En fin, soy un apátrida con muchos horizontes, aunque casi todos de juguete.

    ¿Las figuras de Octavio Paz, Severo Sarduy?

    Ambos fueron amigos. Ambos fueron muy generosos conmigo. Ambos pertenecieron al Consejo de Redacción de la revista escandalar desde el primer número hasta el final. Sobre Paz he escrito varias veces, siempre con signos de admiración. Severo es, sigue siendo, un documento vivo de lo cubano. Le tuve mucho cariño. Y él a mí. Hablo con frecuencia de su persona y su obra. Le debo un ensayo que refleje esas conversadas.

    ¿La vida y obra de Regino Boti y la obra de José Lezama Lima?

    Boti fue un inolvidable amigo de mi niñez. Un cómplice de mi niñez. Algo he escrito acerca de su presencia, siempre muy viva, en mi memoria. Eso, por lo visto, ya lo conoces. Quisiera escribir algo acerca de su poesía. Sin duda, la cultura cubana del siglo xx le debe a Arabescos mentales una raíz fundamental del espíritu moderno, rebelde, erizado. Sobre ladrillos como ese se pudo construir Orígenes. Y Lezama es fuente inagotable de asombro y admiración. Varias veces me he asomado a su obra. «Lezama Lima o la muerte de Narciso»,por ejemplo, fue recogido en Superficies, un libro de ensayos publicado por Monte Ávila en 1980.

    Usted afirma sentirse joven, ¿cómo mantiene la relación con los jóvenes poetas y ensayistas?

    Suelo decir a los jóvenes que se acercan que soy mucho más joven y más viejo que ellos. Lo de viejo, obviamente, resulta fácil de explicar: son los años, aunque no es solo cuestión de años. Pero ahí están de enero a diciembre, y suman. Y cuentan. Lo de joven es como un tenedor de dos púas con el cual, vuelto Cronos, amenazo con comerme a mis hijos. Una púa se refiere a mi deseo de mantenerme despierto en cuanto hago y vivo, asumiendo riesgos, buscando verdad y belleza sin sucumbir al letargo y a la mala costumbre de la costumbre que ritualiza en exceso. La segunda púa, creo, es la sombra de mi infancia provinciana. La sombra de una ceiba, donde me cobijo cuando resulta implacable el mediodía y donde me escondo hasta de mí mismo para jugar a los escondidos, como lo hacía algunas noches en las calles de Guantánamo, cuando en una lata llena de piedrezuelas colocábamos el centro del mundo en la esquina de Martí y Emilio Giro. Mantengo relaciones sin cancillería, o sea sin diplomacia, muy francas, con tres jóvenes venezolanos que se han acercado en los últimos años: José Antonio Parra, Leonardo Rodríguez y Johan Gotera. Con Johan he fundado un partido político que ha crecido enormemente: ya tiene dos miembros, él y yo. Quizá lo bauticemos muy pronto. Se llamará «Tú y yo», tú siendo el pueblo, la masa, y yo, yo (¿pero quién será este yo-yo, Johan o yo? Ojalá la cuestión no divida al partido. Sería cosa grave). Tengo contacto con algunos jóvenes escritores cubanos: Oscar Cruz, José Ramón Sánchez, Lizabel Mónica, Juan Carlos Flores y ahora mismo con Yunier Riquenes, a quien quizá conozcas. También con el nieto de Regino Boti, Regino Rodríguez Boti, a quien no conozco personalmente todavía pero ya lo quiero de memoria, o sea como si lo conociera de toda la vida. Lo incluyo entre los jóvenes, a pesar de sus años, por su actitud. En su irreverencia hay juventud. Ese divino tesoro, como decía Darío, aún no se ha ido.

     ¿Qué le aconsejaría al joven poeta y al ensayista?

    Que sea joven, poeta y ensayista. Es decir, que sea inconforme, pero empecinadamente capaz de la forma y de cuestionar las formas.

    ¿Cómo ve, si es posible, la literatura cubana posterior a los noventa? ¿Tiene conocimiento y alcance de ella?

    Sería temerario opinar, puesto que lamentablemente conozco poco. Me ha sorprendido y he leído con enorme gusto el regalo de Navidad que anticipadamente me hicieran Judith y Johan Gotera: El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura, en la edición de Tusquets.

    Algunas revistas marcan la historia literaria de nuestros países. Algunas ignoran su importancia. ¿Cómo lo valora usted?

    Las revistas, si logran su expresión, si colman su horizonte, cumplen su destino, dándole un presente a eso que llamas la historia literaria de nuestros países. O sea, encarnan un presente que puede trazar un arco entre dos orillas. Un arco voltaico o un puente que hacen visible el rumor del tiempo, el flujo de la historia. No creo que haya revistas que ignoren la importancia de una historia literaria. Pero seguramente muchas no se proponen referirla. Ni tienen por qué hacerlo. No se trata de referir sino de hacer. La historia va implícita, se da por supuesta, en el imperativo y el presente indicativo de hacer. De hacerla.

    ¿Y cómo fue el trabajo en escandalar más allá de las figuras que publicó la revista? 25 números. Usted dice: yo mismo me ocupé de cerrarme el paso.

    La revista, por su título, sugería escándalo. A pesar de esa insinuación, que adrede provocaba una falsa carambola, nos proponíamos todo lo contrario. El escandalar es la cámara donde estaba la brújula en las galeras. Implica orientación, búsqueda, rumbo, norte. En aquellos años se hacían revistas supuestamente literarias para abrirse paso en la academia, publicando cualquier cosa que ayudara a abrir puertas en ese mundo, hasta poemas de profesores nostálgicos de antiguas ambiciones. Nunca lo hicimos. De ahí lo que dije. En escandalar supimos decir que sí y que no. A qué, sí, y a qué, no. Eso tuvo un precio.

     Apollinaire, Huidobro, ¿la figura en el poema?

     Supongo que te refieres a los caligramas. Como leer, ver el poema es otra forma de oírlo. Oír sobre todo la vastedad de su silencio, que es el lenguaje en su totalidad, el infinito de su potencial. Dibujar con las palabras quizá sea una forma muy particular de callarlas. De representar la representación. El signo como diseño es un vano ejercicio de silencio. Altazor está en mi altar. Y Apollinaire es uno de mis dioses tutelares. En él todo es fresco. Las palabras parecen recién nacidas. Andan desnudas. Y juegan como los niños. Leerlo es retomar la palabra por sus raíces: uno ve lo que oye, uno ve hasta con el laberinto del oído. No solo por sus caligramas sino por sus imágenes. Su fabulosa imaginación.

    ¿Y la ironía como recurso de todo buen cubano? En el poema «Pobreza dice»: «Todo es mío y soy menos./ Soy lo que respiro./ Lo que me falta./ Lo que debo». ¿Qué, quién es Octavio Armand?

    No sé. En cuanto lo vea, le pregunto.

    ¿Cree usted que el poema debe asumir la realidad del poeta o escapar de ella?

    Lamentablemente la poesía no es un Boeing 747. No tiene salidas de emergencia. Es más bien una entrada de emergencia a la realidad.

    Una realidad crecida, complementaria: paralela, no para lelos.

    Creo que se puede sentir en muchos de sus textos cómo los narradores y obras narrativas marcan su poética, ¿qué me dice? ¿Y qué opina del poema en prosa? ¿La historia que se encuentra o no en cada poema?

    Para mí no hay tajo entre prosa y poesía. Al contrario, creo que la poesía es una intensidad de la prosa. Un erizamiento. Escribo poesía y ensayo. En ambos ciertamente hay elementos narrativos, casi siempre embrionarios. Antes, creo, rehuía de lo narrativo porque me acercaba por paralelo a la historia. La anécdota era como un átomo o una molécula de historia con h mayúscula. Esa historia con h mayúscula, en mi caso, ha sido sacudida por dos explosiones atómicas. Yo tuve mi Nagasaki y mi Hiroshima en el 58 y el 60, cuando a los doce y luego a los catorce y medio tuve que salir de Cuba. Narrar me acerca a esas fechas. A esos átomos convulsos. No me resulta fácil.

     ¿Y cuándo escribirá Octavio Armand su novela? Usted tiene un aliento narrativo en sus entrevistas y también en el texto sobre Regino Boti. Descripciones, ubicaciones de personajes reales… Espero desde ya su novela.

    El patio de Boti fue un jardín del Edén. Un pequeño paraíso. Evocar ese patio, sus árboles, sus sombras, sus lagartijas, su gallinero, el cuarto, muy al fondo, donde se guardaban, empotrados en la pared, los curiosos aparatos de madera que servían para hacer ejercicio, todo eso es parte de mi historia con h minúscula, muy minúscula. La personalísima historia de un niño guantanamero amigo de un enorme guantanamero. Un enorme cubano. Enorme pero tan capaz del asombro como el niño que ritualmente lo visitaba. Más que novela, se trata de los dos primeros capítulos del Génesis. Es decir, antes de la caída. Otra historia comienza a partir del tercer capítulo. Ojalá algún día pueda abrir esa puerta. El tercer capítulo y los siguientes. Pero me falta casi completamente la gracia que han tenido Lezama y Severo y Cabrera Infante; y que ahora, con asombrosa naturalidad, luce Leonardo Padura. Ya veremos, como a veces dicen los ciegos.

    ¿Por qué tantos poemas dirigidos a una segunda persona?

    Tengo más de dos patrias, como dije. También, sin ser bífido, dos lenguas. Soy un equinodermo esquizoide. Un pez volador, amenazado tanto fuera como dentro del agua, tanto en las palabras como en los márgenes de la página. Además, si como se ha dicho «poesía eres tú»,¿qué de raro ser primera y segunda persona? A otro de mis dioses, Rimbaud, le oí decir «yo es otro».En Biografía para feacios, de 1980, hay un poema titulado «Yo, la tercera persona». Ahí estoy retratado.

    «Había una vez una isla», ha dicho. El 24 de diciembre de este año, día de Noche Buena, se cumplirán 50 años de no estar en Cuba…

    Cierto. Tengo más años fuera de Cuba que tú fuera del vientre de tu madre. Y de paso estaba nevando cuando llegué al aeropuerto Idlewild, que así se llamaba entonces el Kennedy. Me esperaban mi hermano, Luis, y Frank y Jenny Suppa, que fueron durante cuatro años mis padres italianos. Así que también tengo algo de italiano, como ves. Y de italiano del sur, nada menos. O sea, nunca he dejado de ser del sur.

    Del sur de la provincia de Oriente, dicho así porque la Cuba que recuerdo, la mía, tenía seis provincias, siendo Oriente por supuesto la más importante de ellas. De hecho, mientras viví en Nueva York, que está en el noreste de Estados Unidos, esa maravillosa ciudad no estaba en el norte sino en el sur, conmigo. Solo cuando me fui de allá y cuando no paso por ella, está en el norte. Yo soy el sur. El sur del norte. El sur del este. El sur del oeste. El sur del ser.

    Me parece que su poesía es un pez sobre la mesa, abre y cierra las agallas, desesperado por respirar, me parece que su poesía es una red de araña que se teje constantemente y apresa…

    Hay poesía en tu observación, en la pregunta que estás a punto de formular. Y te contestaré con un poema, «Carta a una araña»,que figura en Clinamen, un libro que acaba de salir en Caracas. Es un poco extenso el poema, así que enrédate en las líneas que prefieras, todas de seda y emboscada.

    Carta a una araña: un poema de Octavio Armand

    La sombra de tus hilos atrapa
    a quien te admira. Solo a quien te admira.
    En sombra repites el dibujo de la seda
    y no escapa la sombra de tu presa.
    Ni siquiera la mirada que pasa como un río
    sobre la luz, salpicando lado a lado
    la sed impaciente del tinte y el perfil
    que se evapora. La mirada se remansa
    y lame el tablero como un alfil
    perdonado por su reina ensangrentada.
    Un cuerpo de repente retratado
    poro a poro en llovizna fija y cenizas de cielo.
    Si fuera una mosca caería dos veces
    en tu trampa. Si fuera una mariposa
    entregaría un ala a la seda
    y otra a la delicada sombra de la seda.
    Tu astucia merece dos muertes
    por lo menos. La carne en tu apetito
    y en el espejo la imagen desmayada.
    Hilar fino, hilar en vano, amarrar nubes
    al légamo y al musgo, azorado el paso
    por la sombra, sus retículas colgadas
    de la luz y lanzadas como tarraya 
    a través del viento que la mece,
    la dibuja, la retoca, confundiendo
    la escarcha con la escama que seduce,
    hamaca para siestas que en tu abrazo
    despiertan como un pulpo, empatando
    a ocho patas sus tentáculos
    hasta rendirse al jaque minoico.
    Peldaño a todas partes, eso dices; 
    y gracia para remontar el plomo
    que nos atraviesa con su flecha.
    La ley de la gravedad abolida
    por un chorro de champaña
    que flota si lo pisas.
    Un chorro de geometría mansa 
    que se vuelve trapecio y fiesta.
    Un puente a todas partes, el trayecto
    de una piedra suspendida mientras cae
    su sombra, más pesada y obediente.
    La abolición de tus hilos
    por la sombra de tus hilos
    es el humo de tabaco que asciende
    para huir de las cenizas
    y recordar hoja y candela,
    como si caminaras por tu aliento 
    para llegar a una burbuja que acaricias.
    Así voy de espaldas en el tiempo.
    Regreso a haber nacido y crecer
    de buenas a primeras.
    Regreso en estas líneas como sombras
    sin tu seda, sombras de tu sombra.
    Te abrazo con pulpo y te descorcho.
    Vibren al paso de tus ojos
    ocho veces atrapados estas líneas.
    Cuelguen de la luz como tus hilos
    y tu sombra bajo el cuerpo ajeno
    que devoras. Recuerdos bamboleantes
    que dibujan sus escaques con los labios
    y galopan esos labios como caballos ciegos.

    Caracas, 2011

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    Yunier Riquenes García
    Yunier Riquenes García

    Master en Estudio en Lengua y Discursos, Universidad de Oriente, 2022. Doctorando en Ciencias Lingüísticas y Literarias, Universidad de Oriente. Doctorando en Letras Modernas, Universidad Iberoamerica de México. Licenciado en Letras (2006). Cofundador de Claustrofobias Promociones Literarias con Naskicet Domínguez Pérez.

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