Cuatro tipos de bibliotecas cubanas

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    Hay cuatro tipos de bibliotecas cubanas que me han marcado en la vida. Las fui descubriendo poco a poco. La primera es la biblioteca escolar; cuando entras a ella por primera vez y te la muestran bien, nunca más te alejas. Fue mi maestra en una escuela del campo cubano la que me enseñó el valor de la biblioteca. Allí no había bibliotecaria. Eran unos estantes solitarios y repletos de libros que nos invitaban a revisar y descubrir lecturas.

    Había días en que nos íbamos a montar en zancos en las horas del recreo, y nos íbamos a jugar al burrito 21, pero había días en que nos discutíamos el libro de Hortensia Pichardo que nos hablaba de José Martí. Allí leímos Las Aventuras de Tom Sawyer, que quedaron para siempre en nuestras memorias. En la secundaria básica tuve bibliotecarias y una biblioteca más grande. Allí formaron un círculo de interés, y descubrí otras lecturas. Y en el preuniversitario, en la vocacional de Granma Silberto Álvarez Aroche, descubrí a Julio Cortázar, Juan Rulfo y Ernest Hemingway. Por cierto, estando en aquella escuela salió en la prensa mi primera entrevista que se titula “El Hemingway del Silberto”; me pasaba días leyendo públicamente al autor de París era una fiesta, El viejo y el mar, y Por quién doblan las campanas. Allí descubrí la revista cultural La Gaceta de Cuba.

    Y después llegué a la universidad de Oriente. Uno aprende que si estudias Letras debes morir, permanecer, reinventarte, en la biblioteca. Hay que buscar fichas en los catálogos, entonces no había catálogos digitales. Hacíamos largas colas en la biblioteca de la Universidad para pedir prestado un libro; y descubrí la hemeroteca y pasaba días leyendo revistas, sobre todo la argentina, Revista Sur, dirigida por Silvina Ocampo. Recuerdo que en la universidad teníamos tres carnés necesarios para gestiones importantes: el de becado, el de la FEU, y el de la biblioteca.

    Otra biblioteca cubana importante es la biblioteca pública. La primera vez que tuve carné de una de ellas fue en 1998 en mi pueblo natal, Jiguaní. Recientemente, leí con alegría una noticia de su reinauguración. Había libros que solo estaban allí, y otros que no podía sacar de la biblioteca de la escuela. Entonces me saqué el carné de la biblioteca pública. Me quedaba lejos de la casa, pero me hice amigo del equipo de bibliotecarias y llevaba y traía los libros. Quisiera recordar el nombre de todas ellas que fueron tan amables y no dudaron jamás en un préstamo. Toda biblioteca es grande y útil siempre y cuando tenga a bibliotecarias y bibliotecarios que amen su profesión. Tal vez no recuerde todos sus nombres, pero sí recuerdo su gentileza.

    Después tuve carné de la biblioteca provincial 1868, de Bayamo. Había escuchado hablar del Club Minerva, allí había ediciones extranjeras que se veían poco en Cuba, ediciones especiales. Y en la Universidad los que estudiamos Letras también debíamos tener el carné de la biblioteca provincial Elvira Cape, una de las más importantes de Cuba. Allí conocí a Eduardo Delgado, ejemplo de bibliotecario cubano. En la Elvira Cape revisé la prensa y trabajé parte del libro Eduardo Heras León en el aula inmensa de la vida.

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    Cinco han sido las grandes pasiones que han dominado la existencia y por las que transita una y otra vez en estas páginas: la literatura, el ballet, …
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    Páginas 268
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    A la Biblioteca Nacional José Martí llegué por Amauri Gutiérrez Coto. Él me llevó y me hizo tener un carné. Allí vi a la doctora Ana Cairo en su tiempo de biblioteca; sentada en una mesa, pasaba horas interminables para terminar sus libros. Amauri me enseñó a moverme en aquella biblioteca y a realizar algunas búsquedas. Me dio una clase de bibliógrafos cubanos: Carlos Manuel Trelles fue el punto de partida. Y mencionó a Omar Perdomo, Araceli García Carranza, Tomás Fernández Robaina y Emilio Cueto. En la Biblioteca Nacional pude encontrar la información para terminar la tesis de diploma y el libro de entrevistas Las respuestas de José Soler Puig. Todavía guardo información de ese periodo. Recuerdo que en tiempos de universidad algunos del Oriente de Cuba teníamos que irnos un tiempo a La Habana para poder terminar los trabajos de diploma.

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    Recoge 15 entrevistas que le realizaran a José Soler Puig en varios períodos de su vida. El novelista cuenta del Premio Casa de las Américas, revela …
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    Editorial
    Páginas 100
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    Hay un momento en que te das cuenta de que la biblioteca personal es la mejor solución a muchos problemas, a muchas dudas, a necesidades de consultas. Por eso muchas veces para hacer la biblioteca personal, usaba el dinero para comprar libros y limitaba mi alimentación. Había que tratar de tener las historias de la literatura latinoamericana, cubana, universal, los diccionarios, enciclopedias, y revistas. Todo lo que brindara información. Entonces no había internet y mucho menos soñaba con tener una computadora.

    La biblioteca personal comenzó a crecer con los libros y revistas que compraba en las librerías de Santiago, y mencionar aquí la desaparecida librería Renacimiento; algunos amigos escritores me regalaban parte de sus libreros. También me ayudaron las bibliotecas personales de diferentes escritores: Reynaldo García Blanco (que ponía a viajar casi toda su biblioteca entre los estudiantes universitarios), Aida Bahr, León Estrada, Félix Sánchez, Alfredo Zaldívar, Obdulio Fenelo, y otros. Y por supuesto mi amigo Delis Gamboa, que puso su biblioteca personal a mi servicio. Siempre recuerdo que tenía marcados los libros que yo debía leer.

    En tiempos de internet tengo una biblioteca digital con mucha información y muchos de aquellos libros que compré los pongo a recorrer otros caminos. Con estas nuevas herramientas se pueden consultar en línea catálogos de bibliotecas en varias partes del mundo, y algunas tienen documentos que pueden descargarse gratis. Por cierto, estos son retos urgentes para las bibliotecas cubanas.

    Después me di cuenta de la necesidad de una biblioteca comunitaria. Si deseas transformar tu comunidad y promover el libro, la existencia de los libros debe comenzar por nuestras casas; si quieres que tus hijos lean, deben tener contacto con los libros.  

    Cuando fundamos Claustrofobias Promociones Literarias también se creó un espacio para una miniblioteca comunitaria. Prestamos algunos títulos impresos que dejan escritores y promotores. Construimos una biblioteca digital que tuviera en su repositorio una gran cantidad de títulos. Y se sumaron varias bibliotecas digitales que circulaban por el país como los Mil y un textos, de Desiderio Navarro, la biblioteca digital que existía en la librería Alma Mater y una biblioteca que compiló Víctor Fowler, entre otras. Después, para acompañar los tiempos de Covid-19, Naskicet Domínguez creó el grupo La Estantería Cubana en Telegram, con fondos extranjeros, pero con el sueño de crear una biblioteca digital para la literatura cubana.

    Las bibliotecas de mi vida: la escolar, la pública, la personal y la comunitaria siempre me recuerdan que las personas sin una buena biblioteca no pueden trazar bien su destino. Cada vez es más necesaria una biblioteca que contenga fondos impresos y digitales tan importantes para conocer nuestras historias, y para poder transformar nuestras realidades.  

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