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    Hay otro libro que acompañó al niño que fui alguna vez. Lo encontré en la biblioteca del colegio, mirando el fichero de tarjetas blancas que era como una puerta a las posibilidades. En una de mis excursiones, sin orden ni destino, encontré el nombre de un escritor que no me resultaba desconocido del todo. Era el autor de las novelas de las que se hicieron dos telenovelas en mi país que me habían atrapado: La tregua (en 1980) y Gracias por el fuego (en 1982). Aún guardo en mi memoria algunos de los actores que encarnaron a sus personajes: Pepe Sánchez, Álvaro Ruiz, Carlos Muñoz, Celmira Luzardo, Amparo Grisales… Como muchos otros, creo, estuve enamorado de Laura Avellaneda. Mi mamá compró las dos novelas y me las regaló. Aún tengo conmigo esos libros de la editorial Oveja Negra. El libro era Letras del continente mestizo, publicado (la segunda edición) el mismo año de mi nacimiento (Arca Editorial, Montevideo, 1969). Lo vine a encontrar, por fin, el 12 de noviembre de 1996. Fueron muchísimos años a la espera de un ejemplar en la misma edición que yo leí. Para un niño de trece o catorce años leer este libro resultaba una invitación a la aventura de la lectura. No conocía casi a ninguno de los autores que nombraba ahí, por supuesto. Me hice el propósito de leerlos. Eran tan convincentes las invitaciones a la lectura (así no supiera de qué se estaba hablando) que no podía permanecer indiferente o ajeno a esta posibilidad.

    A lo largo de cuatro o cinco años de bachillerato este libro estuvo permanentemente conmigo dándome claves, trazando derroteros, descubriendo tesoros, abriendo caminos. Había en esa época en Bogotá una librería de la editorial Oveja Negra que quedaba arriba de la quince con setenta y pico. No recuerdo exactamente. Iba allí cuando lograba ahorrar algo de dinero para, como corresponde, comprar libros. Eran muy baratos. Compré, ahora los veo haciéndome señas desde el estante de mis recuerdos, dos de Pablo Neruda: Tercera residencia y Los versos del capitán. Y otros de una colección de literatura latinoamericana de color verde. Eran libros muy mal editados, que se desbarataban con sólo abrirlos pero que, al lector que era yo, le permitieron conocer y tener autores fundamentales como Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Augusto Roa Bastos, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar (cuando hablo con lectores de “mis tiempos”. coincidimos siempre en que la primera vez que pudimos leer nuestra Rayuela fue la de esta colección. En mi libro bitácora había un ensayo que me permitió entender mejor algunas cosas: “Julio Cortázar, un narrador para lectores cómplices)… En una de esas visitas encontré un libro de poesía que cambiaría muchas cosas: Poemas de otros. ¿Por qué de otros?, fue lo primero que me pregunté. ¿No son acaso escritos por Mario Benedetti? Cuando los leí me di cuenta que no era así: los otros no eran él, eran otras voces, con otras vidas y otras historias, que narraban lo que les sucedía. Algunos de esos otros eran personajes ya para mí inolvidables: Martín Santomé, Laura Avellaneda… Este libro se lo regalé a una mujer a quien quise mucho. Años después, todavía, en el colegio, un profesor de religión (se llamaba Luis Miguel Tamayo, creo) me prestó una cantidad de libros suyos de la editorial Nueva Imagen para que leyera en unas vacaciones de mitad de año. Recuerdo especialmente dos que contribuyeron a la apertura de mis ojos a la realidad y a la historia de nuestra América: El escritor latinoamericano y la revolución posible (1974) y El recurso del supremo patriarca (1979). Los conseguí, tiempo después, en las mismas ediciones, el 15 de diciembre de 1993 y el 28 de noviembre de 1995. El lector que era ya no fue el mismo: el horizonte se amplió y mestizó.

    Mi Mario Benedetti 2
    La casa y el ladrillo

    La primera vez que quise ver a un escritor y pedirle un autógrafo fue a él, en junio de 1985, cuando vino a Bogotá para presentar “Nacha canta Benedetti”, en el Teatro Nacional junto a Nacha Guevara y Alberto Favero. Mi papá me regaló de cumpleaños la boleta para verlo. Ese día, lo recuerdo claramente, fuimos con mis amigos a ver (a las tres de la tarde en el cine Astor Plaza) la película Rocky IV, después de un ensayo del grupo de teatro. Luego de la película me fui al teatro a esperar que llegara Benedetti. Me senté frente a la puerta. En algún momento una de las acomodadoras me vio y me preguntó qué estaba haciendo ahí. Le dije que esperaba que llegara el poeta para saludarlo y pedirle que me firmara un libro. Tenía conmigo La casa y el ladrillo (Siglo XXI Editores, México, 1977), que había comprado alguna vez en la librería de la “Cooperativa de Profesores de la Universidad Nacional”, que quedaba en el segundo piso del Centro Granahorrar. Fue mucho el tiempo que esperé. En un momento me levanté y fui a buscar un teléfono público para llamar a mi casa. Cuando volví la muchacha que me había visto sentado gran parte de la tarde esperando a que llegara el poeta me dijo: “Benedetti ya entró. Lo hizo hace un momento. ¿Dónde estabas?”. Me sentí tan estúpido y tan frustrado que me puse a llorar. Ella se acercó y me dijo nuevamente: “No te preocupes, yo le llevo tu libro al camerino para que te lo firme”. Lo llevó y lo volvió a traer. Dice, con tinta azul: “para Álvaro, con un saludo de Mario Benedetti”. Así empezó mi colección de libros autografiados, con el autógrafo de un poeta querido y admirado. Ese recital me reveló otro de sus libros fundamentales: Poemas de la oficina.

    Ya no recuerdo si fue en segundo o tercero de bachillerato. “Moncho” Viñas, el hijo de Leda, la amiga de mi mamá, me prestó por primera vez un libro de cuentos suyo: Todos los cuentos (Casa de las Américas, Cuba, 1980. Lo conseguí en San Victorino en 1995). El me dio dos de los consejos fundamentales de mi vida: “si alguna vez va a perder un año piérdalo por muchas materias, es ridículo que pierda el año por una sola materia”. Y: “salga a la calle, vea al mundo, camine, no se quede encerrado en su casa”. Los dos consejos los tomé casi al pie de la letra: ya no perdía en el colegio una sola materia sino seis o siete. Eso sí: jamás perdí un año. Los habilité y rehabilité todos. Me pude graduar con mucha ayuda. Empecé a caminar por la ciudad de arriba para abajo. Me retaba a mí mismo para ver hasta dónde era capaz de llegar. Empecé a descubrir los placeres del paseante solitario. Hay un cuento que todavía recuerdo perfectamente: “Inocencia”, del libro Montevideanos. La biblioteca de “Moncho” fue fundamental para mi formación de lector (como lo fue también la de los papás de David). Él tenía muchos de los libros que yo quería leer. Había dicho en su casa que tenía autorización para tomar los libros que quisiera. Fueron muchos los que pasaron por mis manos y regresaron a las suyas, sin que él lo supiera, sin jamás preocuparse porque alguno no volviera.

    En segundo o tercero de bachillerato tenía, como de costumbre, que habilitar matemáticas o álgebra. Me consiguieron una profesora para que me enseñara. Tampoco recuerdo su nombre. Era muy joven y andaba con una mochila y una bufanda al cuello. Después de las clases (o en lugar de ellas) nos poníamos a hablar de escritores y de libros. Entre ellos, por supuesto, de Mario Benedetti. Alguna vez sacó de su mochila Inventario, un libro grueso de color negro, desconocido para mí. Me di cuenta que para ella era un “libro compañero”, una especie de oráculo que se podía consultar en cualquier momento y siempre se tendría la certeza de que alguna respuesta o rumbo nos podría dar. Era un niño, un muchacho, con tantas ganas de leer… Creo que mi emoción y avidez convocaba a ciertas personas que sin jamás pretenderlo se convirtieron en mis guías y maestros. Mi primer Inventario lo pude comprar en 1988 en la librería “El Lago” (en edición pirata, como corresponde. Antes había tenido uno humildísimo y desbaratadísimo que encontré en un clóset de un salón del colegio. ¿Qué hacía allí? ¿De quién era? No me detuve mucho a preguntar. Se fue conmigo. Por supuesto alguna vez alguien lo vio y siguió su destino errante). Ahora que veo lo que acabo de escribir me doy cuenta que estoy reconstruyendo no sólo mi relación de lector con Mario Benedetti sino también mi relación con unas librerías de mi ciudad que ya no existen. Gracias a la memoria traigo de nuevo espacios que fueron fundamentales para el lector que fui y que buscaba libros que pudiera comprar por todas partes. Aun puedo ver los estantes de esas librerías, repletas de libros que esperaban a que algún día yo pudiera encontrarlos.

    En 1988 hice mi primer viaje solo fuera del país. Fui a Ecuador. Fue el inicio de una pasión y necesidad permanente de desplazarme por los caminos de América. Con el paso del tiempo, año a año, las rutas y los horizontes se fueron ampliando. En algún lugar de Quito (ya no recuerdo) encontré un disco que iba a mostrarme muchas nuevas cosas: A dos voces (1985), Daniel Viglietti-Mario Benedetti. Cuando lo pude escuchar descubrí, gracias a un poema y una canción, “A Roque” y “Daltónica”, a uno de los poetas más originales y entrañables que he leído: Roque Dalton. Siempre soñé con poder asistir a alguna de sus presentaciones. Nunca coincidí. En Buenos Aires o en Montevideo siempre se presentaban generalmente el mismo día de mi partida.

    De la misma manera en que me encontraba con el amor y la complicidad que suscitaban sus poemas también iba descubriendo el menosprecio (y en algunos casos desprecio) que muchos tenían por su obra. Juan José de Narváez (a quien le debo la lectura de El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia de Selma Lagerloff y el descubrimiento de ese mundo solidario y duro que es John Berger) me leyó una vez en su casa un poema que le encantaba y del que desconocía el autor: “A la izquierda del roble”. Cuando lo terminó, emocionado, le dije: “¿Quieres saber quién lo escribió?”. “Sí, dime”. “Mario Benedetti”. “Es imposible que él haya escrito ese poema tan bueno”. Me tocó, días después, mostrarle en mi Inventario (ya convertido en uno de mis libros de cabecera) que el poema sí era de Benedetti y que pertenecía al libro Contra los puentes levadizos (Editorial Alfa, Montevideo, 1966). Este es, hasta hoy, el último libro de Benedetti que ha llegado a mi colección (30 de octubre de 2008). Me contrataron para avaluar una biblioteca. Era inmensa. Encontré (o me golpeó) la primera edición de Arte de pájaros (1966), de Pablo Neruda. Les propuse a los dueños cobrarles barato y que, a cambio, me dieran unos libros. Estuvieron de acuerdo. Tomé el de Neruda, otros en francés también de Neruda, y el de Benedetti. No me dieron el de Neruda, por supuesto. El de Benedetti sí llegó conmigo a su estante de mi biblioteca. Podría reconstruir gran parte de mi vida mirando sus libros. En todos ellos, en la primera página, al lado derecho está la fecha y el lugar en donde los compré. Los subrayados también corresponden al que fui en ese momento. Los recorro de cuando en cuando. En algunos todavía me reconozco. Otros no los entiendo. Sus libros hacen parte del rompecabezas de mi biblioteca que llevo en mi mente: uno a uno van llegando, armando su rostro bonachón y valeroso.

    La segunda vez que estuve en Montevideo, en febrero de 2003, fui a visitar (gracias a Elsa y Carlos Moreno) al profesor Daniel Vidart (padre de Martín, lector de novelas negras y policíacas, quien el 12 de febrero de 1997 me trajo de Montevideo El aguafiestas (Seix Barral, Argentina, 1995), de Mario Paoletti, la biografía de Benedetti). Pasé un rato maravilloso en su casa con él, Nilda y la Yaya. Hablamos de muchísimas cosas. Entre otras, por supuesto, de Benedetti. Me contó de su amistad de casi toda la vida. Al oírme hablar con tanto entusiasmo de él me dijo: “Te voy a dar el teléfono para que lo llames la próxima vez que vengas”. Así lo hice. Lo llamé y él me contestó. Hablamos unos minutos. Le conté de mi admiración y el agradecimiento inmenso que le tenía pues su obra había acompañado toda mi vida, abriéndome los ojos y dándome las palabras que muchas veces me hicieron falta. Pude agradecerle todo lo que le debía. Fue un momento muy emocionante para mí. Sus poemas hacen parte de la memoria de todos, pertenecen a todos. Esto, creo, es algo que no le pueden perdonar muchísimos de los poetas colombianos que conozco. Más allá de las altas y bajas de su inmensa producción, lo que jamás se podrá negar o ignorar es que es un poeta realmente popular, que pertenece a los lectores que llevan sus poemas como una divisa o una clave. El amor que suscitan sus versos y su obra es difícil de igualar. Una vez escuché decir a una directora de revista y a un poeta por televisión: “Yo odio a Benedetti” y “¿Quién es Benedetti?”. Me dieron ganas de reír. Benedetti es, caballero, el poeta de todos. Siempre he creído que esta antipatía por él y su obra se resume en una sola palabra: envidia.

    En ese segundo viaje, también, tuve la suerte irrepetible de encontrar una primera edición de Felisberto Hernández: El caballo perdido, con la siguiente dedicatoria: “Para mi amigo Juliá (sic.) Alvarez con un viejo e inalterable aprecio. Homenaje de Felisberto Hernández Enero de 1944”, la tarde anterior a emprender mi regreso a Buenos Aires. Le había recomendado al librero (a quién había conocido en mi primer viaje a Uruguay) libros autografiados. Me dijo que volviera en la tarde. Después de pasar casi todo el día revolviendo en la calle de Tristán Narvaja me acerqué a la librería. Tenía él dos libros en la mano, El amor, las mujeres y la muerte, de Benedetti y el de Felisberto. Pregunté los precios. El primero una locura, ya no recuerdo cuánto. El segundo, por el que estaba al borde de una taquicardia, veinte dólares. “¿Veinte?”, recuerdo que le pregunté contradiciendo toda la prudencia que debe guardar quien encuentra un tesoro. “Y bueno…Sí, veinte”. Los pagué y me fui sin todavía poder creerlo.

    He seguido comprando sus libros conforme han ido saliendo. Otros me los ha regalado Zoraya Peñuela, la jefe de prensa de la editorial Planeta. He comprado también, cuando he podido, discos o CDS con su voz. Escucharlo leer sus poemas es una experiencia inolvidable: su voz suena cercana, cómplice, solidaria. Esa cercanía es creo el gran secreto que se establece en su relación con sus lectores. Está ahí al lado, de nuestro lado. Una vez en Cuba le pregunté a mi amigo Arquímedes Nuviola (se escribe Arquímides, esto lo supe después de su muerte) por Benedetti. Me habló con un afecto inmenso y entrañable por él. Lo consideraba su amigo. Yo también lo consideré mi amigo, aunque nunca lo conocí. Acompañó mi vida. Fue el primer escritor al que quise saludar y pedirle un autógrafo. Lo primero no lo logré ese día. Lo segundo sí. Ayer, 17 de mayo, estaba en mi casa con Potota viendo televisión. Sonó mi celular. Un teléfono desconocido. Era alguien de la agencia Colprensa. Juan Felipe Robledo les había dado mi teléfono (con quien hemos leído en voz alta muchos de los Poemas de la oficina). Querían que les dijera algo sobre Mario Benedetti pues acababa de morir. Me quedé de una pieza. Respondí lo que siempre he creído y dicho. Colgué. Llamé a Juan Felipe. Me dijo que había dado mi teléfono porque sabía cuánto lo quería y que yo era el indicado para hablar de él. Empecé a evocar recuerdos. Empecé a contarle, contándome, esto que ahora escribo, gran parte de mi vida acompañada por un poeta al que siempre consideré mi amigo, al que siempre leí, cuyos libros están en mi cuarto, junto a los más queridos, aquellos que me gusta ver cuando despierto y cuando me acuesto, los que encierran en sí al compañero que da la mano y está y permanece y cree y espera y ama y no olvida. No olvido nada de todos estos años en que me has acompañado, Mario Benedetti, mi amigo a quién siempre he leído. Abro al azar tu novela Primavera con una esquina rota (1988). Página 95: “(…) morir no es después de todo tan jodido si se muere bien, si se muere sin recelos contra uno mismo”. Así es.

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