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Confesiones de un Frankestein literario

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    ● Primer Premio del VI Concurso Caridad Pineda In Memoriam de Promoción de la Lectura. Santiago de Cuba, 2023. Auspician: Asociación Cubana de Bibliotecarios (Ascubi) y Biblioteca Elvira Cape, con el coauspicio de Claustrofobias Promociones Literarias, Uneac y Radio Siboney)

    Reinier del Pino Cejas

    Aquello no era un libro. Era una mala noticia. Las últimas vacas van a morir, aseguraba Ulises Rodríguez Febles en la portada y no logré siquiera simular indiferencia ante aquel anuncio fatídico. Tengo que confesar que ya conocía la enjundia de Ulises, su trabajo como narrador y dramaturgo me alentaba a buscar aquel texto que, desde las redes sociales, se presentaba por el todoterreno de López Sacha como un imprescindible para entender los vericuetos de la ganadería cubana y sus derroteros en el tiempo.

       La primera odisea fue encontrarlo. Para este artemiseño viajar hasta Matanzas no era una posibilidad por aquellos días. El trabajo en la emisora absorbía todo mi tiempo. Alguien me dijo que en la librería de la sede nacional de la Uneac quedaban ejemplares y una amiga me hizo el favor de comprármelo.

       Cuando agarré en mis manos el libro lo sostuve con fuerza, pensé en las vacas, en la profecía de Ulises. Pensé en mi amigo escritor en su finca de Guamacaro, erigido un experto en ganadería y agricultura, sorteando las complejidades de la administración de tierras y animales con la misma maestría con la que timonea la Casa de la Memoria Escénica, desde hace años.

      Las últimas vacas van a morir era más que un tratado sobre el devenir de la industria ganadera cubana, aunque también era eso. Era más que la historia novelada de planes coyunturales y fórmulas generalizadas, aunque tenía algo de ello. Las últimas vacas… era también un asomo a mi historia, a la vivencia de un muchacho criado en el campo, en uno de esos campos cooperativizados, con edificios cuyas estructuras no se podían modificar, con doctoras que se iban de misión, gente viviendo de la industria, celebraciones de aniversarios cerrados y más de un viejo sentado en el portal, relatando en las tardes su añoranza, con la mirada perdida y las preguntas agolpándoseles en la garganta.

       A mi abuelo nunca le salieron raíces como a Francisco de la Cal. Sin embargo, una protuberancia desconocida brotó en su mano izquierda un año antes de su adiós. Nunca supimos de qué se trataba, aunque el médico aconsejó no tocárselo para evitar males mayores. Mi abuelo no tuvo nietos pintores. Pero en mi hoja de vida, en mi biografía de periodista reorientado también hay maestros que abandonaron la enseñanza para  buscar en el campo un mejor futuro, hay hombres que se fueron a Europa detrás de la nieve y el final del arcoíris, hay cerdos que desaparecieron de sus cochiqueras y escenas del agua  arrasando a su paso con las pocas pertenencias de algunos y la voluntad de muchos.

       Como uno de los personajes de Las últimas vacas van a morir, he tenido mis días de cuestionarme el ejercicio del periodismo al que me dedico. Como en la novela de Ulises también tuve en la familia a un internacionalista salvando vidas y unos quince que celebrar. Como en el texto del matancero vi a la manigua tragarse las huellas de un lugar en el que fui feliz, en el que fuimos familia antes de que nos pasara por encima ese fenómeno indetenible que es el tiempo con su traje de desidia y sus promesas de una vida “mejor”.

       Fue extraño vivir la sensación de leer mi historia en una novela ajena. Me sorprendí muchas veces sonriendo por las introspecciones de los personajes de Ulises, ese halo teatral de sus diálogos, ese constante cuestionar su propio razonamiento o la realidad circundante.  Fue de esos libros que lo atrapan a uno y no lo sueltan, que prevalecen sobre el sueño y el hambre, que hacen a la esposa de uno sentir celos porque “que ganas tengo de que te termines el dichoso librito a ver si me haces caso”.

       Luego de la primera lectura regresé al inicio. Me quedé en la sala oscura para una segunda tanda. Repetí la cinta para vivir nuevamente la experiencia. Este es un libro que me habló de la tierra. De las raíces. Fue el libro que me llevó a pintarme de tierra y convidar a mis hermanos a un viaje hasta los Limpios de Banao, en Sancti Spíritus, para conocer dónde nacieron mis abuelos y mi padre.  Este es el libro que me ayudó a extender esa mirada otra a la realidad de que negar lo viejo por el simple hecho de representar lo nuevo no es siempre dialéctica. También puede ser  arrogancia o ingenuidad.

       En Las últimas vacas van a morir me encontré frente a frente con la apología de la semilla. Me enfrenté a muchos fantasmas y me vi en muchos personajes, como una suerte de Frankestein literario salido de la imaginación y del talento del dramaturgo matancero. Y lo más importante es que el libro me enseñó a aferrarme a mi vaca,  a mi Patria que puede estar delgada, ojerosa y  sin fuerzas, pero es mi vaca. Patria es a Francisco como la rosa al Principito. ¿Acaso no tenemos todos una Patria?  ¿No hemos nombrado una a la que queremos más allá de sus lastres y sus imperfecciones por saberla leal, nuestra, sobreviviente en un camino en el que nos asaltan, cada día más nítidos, la soledad y el desarraigo?

       Yo también tengo mi Patria. Mi símbolo. Mi pedacito de esperanza y a esa me aferro como Ulises a su talento, a su capacidad incuestionable de producir belleza, historias, arte.

       Las últimas vacas van a morir obtuvo el Premio de Novela Ítalo Calvino. También el Premio de  la Crítica y seguro le esperan otros premios.  Yo me marqué la piel y las entrañas con este texto y soy seguro una cabeza más en el rebaño de los que disfrutamos su lectura.

       Ahora le recomiendo a todos la novela. Les digo que la busquen, la compren, la persigan antes de que se agote. Mi ejemplar está seguro en el librero, en el anaquel de abajo que es el más cercano. Quiero tenerlo cerca por si se me antoja la lectura de una novela conmovedora con la que conectar desde la primera página y aclaro que no la presto, para que ni lo intenten.  

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    Equipo Editorial
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    El personal editorial de Claustrofobias Promociones Literaria esta coordinado por dos amantes del mundo literario cubano. Yunier Riquenes, escritor y promotor cultural y Naskicet Domínguez, informático y diseñador.

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