TABÚ OR NOT TABÚ: Ese es el tema

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    Escrito por Joel Franz Rosell

    Demasiado se ha citado a Mirta Aguirre cuando, en 1972, pidió que la literatura infanto-juvenil cubana no le ocultara a nuestros niños y adolescentes las “aristas duras o costados feos de la vida”. No he encontrado esta frase en el volumen que contiene lo esencial de las intervenciones del Fórum sobre literatura infantil y juvenil, pero sí esta otra que me parece más completa puesto que presenta los dos aspectos, inseparables, de la cuestión:

    ¿…Hemos de temer hablarles de la tristeza, de la sangre o de la muerte? O debemos los adultos, actuando como intermediarios inteligentes, afrontar todo eso, explicar todo eso y aprovechar todo eso de manera tal que lo literario pueda ser utilizado como puente para que la dura, implacable verdad histórica pueda ser asimilada por la inteligencia y la sensibilidad de los hombres del mañana.[1] (VARIOS: Primer fórum sobre literatura infantil y juvenil. Boletín para las bibliotecas escolares. La Habana, marzo-junio de 1973, Año III, nro. 2-3, p. 173)

    En ese evento, que resultó de uno de los acuerdos del Congreso Nacional de Educación y Cultura de 1971, destinado a enmarcar la política cultural cubana en el marxismo-leninismo ortodoxo de la época, la misma lúcida poeta y ensayista reaccionó a la “cacería de hadas” que allí asomó su peluda oreja advirtiendo: “¿Qué es lo que tenemos que evitar? Que eso nos conduzca a una estrechez que borre toda la imaginación, toda la fantasía, todos los recursos poéticos de esa literatura que estamos llamados a crear”[2].

    El destacado papel que desempeñó Mirta Aguirre en el Fórum (con luminosos aliados como Eliseo Diego y Onelio Jorge Cardoso) se apoyaba en su preocupación, ya entonces con amplios antecedentes, por la existencia en Cuba de buenos y variados libros para niños y jóvenes. De ahí que en varias ocasiones destacara la necesidad de una literatura que hablara de todos los aspectos de la realidad, al tiempo que subrayó algo que los paladines de los “temas tabúes” callan interesadamente:

    …No hay que derivar de aquí que lo que se propugna es que conduzcamos a nuestros niños a moverse de manera exclusiva y constante, en un mundo literario de horror (…) Infeliz quien no crea que lo hermoso y lo tierno forman parte de la verdad de la vida…[3].

    ¿Acaso no deja Mirta Aguirre suficientemente claro la importancia de la adecuación del discurso a las capacidades y necesidades de los niños y adolescentes, reconociendo plenamente que la implacable verdad histórica ha de ser transformada en destellante verdad literaria y lo ha de hacer desde el conocimiento y reconocimiento de su destinatario explícito?

    El investigador, editor, promotor y escritor Enrique Pérez Díaz ha expresado innúmeras veces su convicción de que la visión crítica de la familia y el ambiente escolar son los rasgos que definen y engrandecen la LIJ cubana de las últimas dos décadas y media:

    Hace poco, conversando con Eudris Planche Savón, evocaba mis inicios en el mundo de la literatura cubana para niños en una época feliz donde pequeños y mayores vivían en total armonía, en el mejor de los mundos posibles y sin contradicción alguna que resolver o dilemas existenciales por enfrentar.

    En ese mundo no había adultos abusadores y llenos de prejuicios que, con la mejor de las intenciones posibles, llevaran a sus menores por el peor de los caminos. Los niños eran obedientes, siempre decían “sí”; se consideraba pecaminoso no estudiar o no entender a las excelentes maestras y escapar de casa (o del aula) si te sentías maltratado y hasta era algo impensable dudar de las verdades que esgrimían los grandes o creernos que, siendo bajos de estatura, no estuviéramos equivocados. [4]

    ¿Es posible aplicar esta caricatural descripción a un cuento como “Caballito blanco” (1974) de Onelio Jorge Cardoso, que es la historia de un niño enfermo y confinado, que desobedece a una tía miedosa y ridiculiza a un médico viejo, bueno y vanidosillo, y se atreve a correr el mundo que le está prohibido? El libro (homónimo) está compuesto por cuentos en que todos los personajes se rebelan contra lo que les aconsejan, contra la costumbre, contra la tradición e incluso contra el poder político, para trazar su propio camino.

    Tampoco puede ser que Pérez Díaz se refiera a Memorias de una cubanita que nació con el siglo (1964), de Renée Méndez Capote, que desde el primer párrafo deja claro el tono y los sucesos anticonvencionales de ese inigualable libro de memorias que los jóvenes cubanos supieron apropiarse: “Yo nací inmediatamente antes que la República. Yo en noviembre de 1901 y ella en mayo de 1902, pero desde el nacimiento nos diferenciamos: ella nació enmendada y yo nací decidida a no dejarme enmendar.”[5]

    Ya en fecha tan temprana como 1963, el premio del II Concurso La Edad de Oro (no confundir con el lanzado nueve años después) recaía en Nachito[6], de Antonio Vázquez Gallo, historia de un niño campesino huérfano, que vive con su padre y la abuela. Si ninguno de los adultos es alcohólico o violento, como parece obligado hoy, tampoco están idealizados. Al contrario: sus personalidades se definen a través de las anécdotas y son coherentes con sus modos y medios de vida, lo que los hace muy verosímiles. Tampoco el protagonista está idealizado: es ingenuo, caprichoso y avanza por el relato entre trastadas, errores y asombros.

    No menos ideales son las familias en Dora Alonso. Huérfanos de madre (dicho explícita o no) y en permanente búsqueda de trascendencia son los protagonistas de Aventuras de Guille: en busca de la gaviota negra (1966) y de El cochero azul (1974), por no hablar de Ponolani (1966), libro basado en la vida de dos generaciones de mujeres negras y pobres, que con poderosa fuerza testimonial reconstruye alguien que conoció sus destinos de cerca.

    Otro buen ejemplo de representación poco satisfecha del mundo es Niños de Viet Nam (1968), de Félix Pita Rodríguez. Este libro, tan intensamente realista que se sitúa a las puertas del periodismo, presenta sin dudas niños y adultos que luchan de manera ejemplar -pero no sin miedo y errores- contra la tremenda violencia del invasor norteamericano y sus títeres del régimen de Saigón. “Si mañana tus hijos viven en un mundo en el que sea imposible que se escriban libros como éste, enséñales que los niños vietnamitas de hoy pagaron un duro tributo para que ese mundo fuera posible”[7], dice el autor en la dedicatoria a su nieta.

    Y ¿cómo calificar de conformista a Kike (1984), de Hilda Perera, primer libro juvenil en abordar el exilio cubano, revelando la terrible experiencia de niños que fueron exilados (solos) por sus familias, temerosas de una presunta intención del gobierno revolucionario de privarlos de su autoridad parental? En esa valiente novela, no solo los adultos les fallan gravemente a sus hijos, sino que éstos se muestran duros e incomprensivos cuando al fin llega la hora de reconstruir el vínculo filial.

    Por su parte, Cuentos de Guane (1976), de Nersys Felipe, ¿es un mundo idóneo y sin conflictos en su abordaje sin precedentes de la muerte en el seno de la familia? Tampoco lo es Roman Elé (1978), que narra la difícil vida de un niño negro, pobre, huérfano, nieto de esclavos, en la finca donde se le hace trabajar sin escuela, y se le discrimina y maltrata…?

    Los libros que he mencionado (en su mayoría elegidos por una representativa muestra de autores y especialistas en literatura infantil como los más importantes publicados antes de 1987), contienen conflictos humanos y personajes negativos. ¿Acaso no cuentan a los ojos de los “tabuístas” porque las contradicciones de clase predominan sobre las contradicciones internas? En realidad en los libros de los primeros 30 años de la LIJ cubana moderna hay a menudo conflictos más sólidos (y basados en situaciones reales muy concretas) que en muchos de esos libros que hoy se pondera porque dejan ver la estructura carcomida de la familia o la escuela… incluso si el edificio narrativo en cuestión se desploma porque pesan más las ideas, intenciones y mensajes que la trama y la coherencia de los personajes.

    No pretendo negar el hecho indudable de que entre 1959 y 1989 las editoriales cubanas publicaron un elevado número de textos promotores del modelo de comportamiento y justicia social enarbolados por la Revolución. Pero resulta de una simplificación inaceptable concluir que TODA o incluso una ABRUMADORA MAYORÍA de esa producción estaba sometida a tan limitados objetivos y falta de ambición estética.

    Ciertamente (en los 60 y 70, sobre todo) domina la LIJ cubana (y también en no poca literatura extranjera, de países socialistas o capitalistas) la vieja idea de que los libros para chicos deben ser globalmente ejemplarizantes y tranquilizadores, y constituir un nido de paz en el que los chicos puedan acumular fuerzas antes de lanzarse a la dura realidad de la vida. Pero de ahí a menospreciar a las generaciones que debieron cumplir la hazaña de crear, casi desde la nada, la literatura cubana para chicos de la que somos herederos (en la que aprendimos a leer y a escribir) me parece tan inverosímil como ingrato.

    En realidad, lo que ocurre en la literatura cubana, como reflejo del cambio ideológico, económico, social y político de las últimas tres décadas es un cambio de paradigma. Pasamos de ver como enemigos del progreso social al capitalismo, el imperialismo y las “lacras del pasado” (un enemigo exterior), a detectar como enemigos a las contradicciones e inconsecuencias del propio modelo (un enemigo interno). De ahí que la literatura cubana (tanto la infanto juvenil como la destinada a adultos) pasara de un período “épico” en que nuestra sociedad hacía frente común a su enemigo externo, a un período “patético” en que Cuba se analiza a sí misma y denuncia sus males internos.

    Concluir que la LIJ actual es mejor que la de las anteriores décadas por el simple hecho de que cambie de paradigma social y refleje con más realismo la familia, la escuela y algunos otros estamentos sociales, equivale a revestir un avatar del viejo didactismo y mantener la visión pragmática y utilitarista que reduce la calidad literaria a su capacidad de reflejar la realidad objetiva, en vez de asumir que buena literatura es la que crea una consistente verdad estética.

    Una lectura atenta de los libros más representativos del período 1959-1989 nos permite descubrir que la familia, la escuela y la sociedad cubanas no fueron siempre representadas en términos tan estereotipados como pretenden quienes, visiblemente, no se han tomado el trabajo de releer. En aquellos 30 años se llevó a cabo un largo y complejo proceso de creación que incluyó, por supuesto, numerosos fiascos; pero no en mayor medida que la literatura actual. No hay generación superior a otra, sino generaciones distintas, con objetivos que corresponden a su tiempo. Es dentro de cada generación y dentro de la obra de cada autor, que se puede atisbar una mayor o menor originalidad, pertinencia y rigor.

    En todo caso, el deseo o necesidad de hacer una literatura que refleje de manera más realista –o crítica– nuestra realidad, tampoco surgió de la nada. Algunos autores que posteriormente desarrollarían lo que se ha dado en llamar “temas tabúes” publicaron, a fines de los ochentas, relatos con personajes anti modélicos, en particular brujas buenas o alternativas, que marcaron la transición de uno a otro paradigma.

    Las entrevistas incluidas en el volumen El fuego sagrado (2006) reflejan una obsesión ética que resulta en realidad bastante problemática: “Un autor de LIJ ha de ser una persona sin vicios, cumplidor de sus deberes, ejemplo dentro de la sociedad en que vive. Para enfrentarse a lo mal hecho que critica en sus obras, tiene que actuar consecuentemente”[8]. Si la primera frase de Celima Bernal exige de la condición de escritor una perfección moral no solamente inalcanzable sino desmentida por la historia de la literatura universal; la segunda presupone que la Misión de la literatura es criticar y mejorar la sociedad… lo que tampoco responde a la concepción y práctica generales (en Cuba y en el resto del mundo occidental, hoy y en otras épocas). No muy diferente es la posición de Pablo René Estévez cuando define al autor ideal como: “un ente con profundas convicciones éticas y estéticas, portador de altos valores humanos y orgánicamente insertados en su realidad social”[9].

    La literatura, como toda actividad artística, suele tener entre sus grandes motivaciones la compresión del ser humano, pero convertirla en instrumento de reforma moral nos devuelve a los tan criticados tiempos en que la LIJ cubana se fijaba el objetivo de “formar y desarrollar en nuestros niños y jóvenes una personalidad integral y cabal, como debe corresponder a los futuros comunistas”[10].


    [1]VARIOS: Primer fórum sobre literatura infantil y juvenil. Boletín para las bibliotecas escolares. La Habana, marzo-junio de 1973, Año III, nro. 2-3, p. 173

    [2] Op.Cit., p.147

    [3] Idem, p. 174

    [4] PÉREZ DÍAZ, Enrique. http://www.caimanbarbudo.cu/literatura/resena-de-libros/2017/10/las-ninas-sus-abuelas-y-los-libros-para-ninos-que-quizas-no-entiendan-las-abuelas/

    [5] MÉNDEZ CAPOTE, Renée: Memorias de una cubanita que nació con el siglo. Ediciones Unión, La Habana, 1976; p. 9

    [6] VÁZQUEZ GALLO, Antonio: Nachito. Editora Juvenil. La Habna, 1965

    [7] PITA RODRÍGUEZ, Félix: Niños de Viet Nam. Gente Nueva. La Habana, 1968; p. 5

    [8] BERNAL, Celima. In: Pérez Díaz, Enrique: El fuego sagrado. Los escritores cubanos para niños se confiesan. Editorial El Mar y la Montaña. Guantánamo, 2006, p. 18

    [9] ESTÉVEZ, Pablo René. In: Pérez Díaz, Enrique (2006), p. 80

    [10] ROMERO, Cira y COFIÑO, Manuel: Primer fórum sobre literatura infantil y juvenil. Op.Cit., p.147

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