ENTREVISTA | José Luis Estrada Betancourt: “Alicia Alonso me hablaba de la vida”

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    El día que a José Luis Estrada Betancourt lo llevaron al ballet en su provincia natal Las Tunas, se quedó dormido. Sin embargo, el ballet comenzó a formar parte de su camino. Tanto, que hoy no puede narrarse la historia del Ballet Nacional de Cuba, ni de Alicia Alonso, sin mencionar ni escribir su nombre. Él ha publicado dos libros imprescindibles que recogen la historia, las palabras de los protagonistas: De la semilla al fruto: la compañía y El mundo baila en La Habana, que ya merecen reediciones.

    En 2008 publicó el libro de entrevistas De la semilla al fruto: la compañía, una coedición de la Casa Editora Abril y el periódico Juventud Rebelde; y luego, en 2010 reunió otras entrevistas en El mundo baila en La Habana. En el prólogo De la semilla… el crítico Rufo Caballero escribe que José Luis es “uno de los mejores periodistas y editores en la escena cultural de la Cuba de los 2000”. Y en el prólogo de El mundo baila en La Habana, Eduardo Heras León afirma que José Luis “se ha convertido en un maestro del género o ¿por qué no?, de este arte de la conversación que es la entrevista periodística”.

    Con el editor y periodista cultural José Luis Estrada Betancourt tengo muchos temas para diversas conversaciones. Pero sirva esta brevísima conversación como homenaje a Alicia Alonso en el centenario de su natalicio, a los 55 años del periódico Juventud Rebelde y a reconocer a este amigo que vive para la Cultura Cubana. A él ya le exigimos más libros de entrevistas de escritores, bailarines, músicos, pintores…

    ¿Las entrevistas que forman parte De la semilla al fruto… ya se habían publicado en el periódico Juventud Rebelde?

    Cuando por fin me dieron el anhelado “sí”, ya había entrevistado a tres de las Cuatro Joyas: Josefina, Aurora y Loipa; al gran coreógrafo Alberto Méndez, a los primeros bailarines Bárbara García, Víctor Gilí, Viengsay Valdés y Rolandito Sarabia, la revelación del momento que no demoró mucho en abandonarnos… Creo incluso, estoy casi convencido de que me tocó el honor de introducirles a los cubanos a uno de los más extraordinarios bailarines de todos los tiempos: a Carlos Acosta, el negro de oro, una celebridad ya para entonces a nivel planetario pero un completo desconocido para sus coterráneos…

    ¿Cuándo llegas a Alicia Alonso por primera vez?

    Habían transcurrido cinco o seis años desde que mostrara mis cartas credenciales como periodista, ya guiaba los pasos de la Redacción Cultural de Juventud Rebelde, y por supuesto que había intentado muchas veces llegar a la artista más regia de Cuba, a la primera dama de las artes, pero evidentemente esperaron para comprobar si se trataba de un profesional confiable, digno de su altura, y lo entendí, ¡claro que lo entendí!

    Recuerdo que me pidieron que enviara con antelación el cuestionario y así lo hice. Era muy ambicioso. “Pero yo no le responderé todo eso”, aseguran que expresó la Alonso. “No importa, esclarecí, hasta donde esté dispuesta”, me apuré a decir. ¡Un minuto que me hubiera concedido me habría bastado, de veras! Ella me prometió solo una hora.

    Llegué a la hora pactada a Calzada entre D y E, en el Vedado, sede del Ballet Nacional de Cuba. Ya Alicia me esperaba en su oficina. Se veía impresionante. Vestía un elegante juego color mamey de chaqueta y saya, perfectamente cortado, y una blusa en un tono “menor”, idéntico al de la banda de pelo que solo dejaba al descubierto la cabellera que adornaba su nuca. Yo me “disfracé” que daba pena: un jean, una camisa con motivos ¿chinos? y mis acostumbradas sandalias. Llevaba una grabadora de casete, las preguntas impresas en unas hojas y un bolígrafo.

    Temblé hasta que abrió su boca roja para darme la bienvenida, después de que Mauricio Abreu, el Jefe de Prensa, nos presentó oficialmente. Había tanto calor en esa voz que me era tan familiar, que el susto se me quitó al instante. Nancy Reyes, de “mis fotógrafos” la más cómplice, inmortalizó aquel momento histórico (histórico para mí, por supuesto).

    ¿Qué tiempo conversaste con Alicia Alonso y de qué temas?

    No puedo precisar cuánto tiempo estuvimos conversando. Fue mucho, pero mucho más que una hora. Me atreví a indagar hasta por temas complejos como las operaciones a las cuales se sometió, su pérdida de visión, sobre su aparente exceso de confianza en los jóvenes, sobre aquellos que se marchaban abandonado la compañía, acerca del retiro, su necesidad del mar… “¿Sabes? Cuando estoy fuera de Cuba extraño terriblemente al mar, mi cabeza se alza tratando de encontrar el olor a salitre…”. Alicia me hablaba de la vida y a mí me sonaba a pura poesía…

    ¿Hubo otros encuentros con Alicia Alonso?

    Después de ese inolvidable encuentro de febrero de 2006 hubo varios más. Con frecuencia acaricié en las mías sus manos “hablanchinas” de expresivos dedos largos y finos. “Alicia, José Luis Estrada quiere saludarte”, le anunciaba Pedro Simón, y sin demora me obsequiaba una sonrisa. Porque supe que se le antojaba, la prima ballerina assoluta se dio el gustazo de comer en Las Tunas hasta los espectaculares tamales en cazuela de Juana, mi madre, una genio de la cocina; y yo de estar bien cerca de esa leyenda cuando la Capital de la Escultura le llenó las calles de flores. También me asistió el privilegio de llevarla de mi brazo el día que presidió la presentación de mi primer libro, De la semilla al fruto: la compañía, ese orgullo mío que no solo recogió aquella conversación que no me canso de reproducir en mi mente, sino también esas otras cuantas que mantuve con bailarines, coreógrafos, maîtres, diseñadores de vestuarios y escenografía, director de orquesta, jefes de escena, sonidistas, costureras, encargados de confeccionar las zapatillas… y que me ayudaron a contar una historia extraordinaria de 60 años de gloria.

    Era curioso: me había pasado buena parte de mi existencia negando el ballet, afirmando sin bochorno que “esa cosa no la soportaba”, luego de que en mi Tunas natal me quedara dormido en la mullida luneta del teatro cuando me dispuse a acompañar a mi abuela para que disfrutara de una función de uno de esos clásicos cuyo nombre nunca he conseguido recordar, y, sin embargo, allí estaba yo, fascinado al lado de Alicia, fascinado con un arte que no puedo desligar de mi vida.

    José Luis Estrada ha acompañado las alegrías y tristezas del Ballet Nacional de Cuba…

    Puede sonar a cliché, pero no me importa: cada alegría y cada tristeza del Ballet Nacional de Cuba han sido también sonrisas y lágrimas mías. Por eso mi corazón asintió feliz, satisfecho, al comprobar que tras no pocos años, la fabulosa Lorna Feijóo, quien había permanecido sin la posibilidad de acercarse al Ballet Nacional de Cuba, viajaba desde Estados Unidos para regresar por fin a su tierra a participar en el prestigioso Festival Internacional de Ballet de La Habana, el más reciente, el último en el cual Alicia aún vivía.

    Tuve que esperar casi al último día para acercarme a la eterna estrella de la escuela cubana de ballet. Busqué la manera de que nos encontráramos frente a frente, y se lo dije: “Gracias, Lorna. Cuando el público deliraba contigo, enloquecía, tú no lo sabías, pero en ese momento nos salvabas con ese don tuyo de repartir esperanzas con tu danza mágica, milagrosa”. No le resultó difícil percibir que quien le agradecía con palabras entrecortadas no era, exactamente, uno de sus fanáticos, de esos que contó por miles en Cuba. Con solo mirarme comprendió que le hablaba un sobreviviente. Y lloró.

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