DOSSIER | Por una historia de la antropología sociocultural en Cuba: contribuciones de Joel James Figarola a la disciplina

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    Escrito por Adrian Fundora García, Investigador del Instituto Cubano de Antropología

    Entre 2011 y 2013 el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello convocó a tres encuentros de académicos cubanos con cierto recorrido en la  antropología sociocultural. Según el testimonio de una de sus participantes, la investigadora Niurka Núñez González[1], el objetivo que allí los reunió era debatir acerca de lo paradójico que suponía la ausencia de esta carrera en las universidades cubanas, a pesar de la existencia de centros de investigación, e incluso, de la asignatura en algunos planes de estudio. Pero más allá, aquellas reuniones suscitaron profundas reflexiones, acerca de tópicos medulares como: la presencia en el país de una tradición de pensamiento antropológico; el poco reconocimiento social de las disciplinas (que en ocasiones se extiende hasta dentro del campo de las ciencias sociales); y por último, el desconocimiento de la historia de esa tradición de pensamiento cubano.

    Cabe hacer un paréntesis sobre este último punto, por constituir una vieja polémica que aún persiste. Se trata de la apreciación irregular acerca de lo que es esta disciplina en Cuba, tanto desde el campo intelectual como desde el público general, lo cual  según Prieto Samsónov (2016) tiene mucho que ver con los “caracteres precarios” en que se ha desenvuelto y mantenido la antropología cubana. Las divergencias al respecto han  fomentado que en algunas ocasiones se niegue, no sólo acerca del status disciplinar actual sino más allá, acerca de la existencia de una tradición de pensamiento cubano dentro de la antropología social y cultural[2]. Tales planteamientos, en muchos casos, tiene que ver con cierta incomprensión sobre los saberes generados en las “periferias” de las antropologías hegemónicas, usualmente calificadas como “occidentales”, o más bien, occidentalistas. Aunque desde hace unos años estos enfoques han comenzado a perder argumentos, sobre todo a partir de la defensa de las llamadas antropologías del Sur, en búsqueda y persistencia de su identidad, como auténticas antropologías, sólo que  con polos y centros periféricos propios[3].

    Al calor de estos debates surgió en 2014 el proyecto La antropología sociocultural en Cuba: reconstruir el pasado para cimentar el futuro[4], con el objetivo de producir la necesitada historiografía de la disciplina en Cuba para recuperar lo acumulado por esa tradición de pensamiento cubano. Una que deberá darle participación a cada autor con resultados que tributen y hayan causado un impacto científico en relación a los saberes antropológicos, y que deberá recoger los diferentes modos de hacer y tradiciones de pensamiento que hayan prevalecido en cada región, sin los cuales no es posible definir ni mucho menos defender la existencia de una antropología nacional.

    Bajo esa visión, desde los inicios del proyecto, las diferentes búsquedas permitieron trazar una serie de etapas dentro de esta historiografía, con la definición de varias líneas de pensamiento. Una primera, transcurre desde el siglo XVI hasta el XVIII, con los precursores de este pensamiento, que se sitúan a  partir de las crónicas de Indias, en donde se da cuenta de la diversidad cultural encontrada en las Américas (incluida Cuba) y prosigue por la literatura de viajeros y por la obra de los primeros historiadores del siglo XVIII, en donde se aprecia  la consolidación de la identidad insular y aspectos de la vida social y cultural de ese criollo que cristalizaría en cubano[5]. Una segunda etapa constituye el siglo XIX, con figuras notables durante la primera mitad como Antonio Bachiller y Morales y José Antonio Saco, quienes produjeron textos significativos, como Los negros (1877) y Memoria de la vagancia en Cuba (1831). Durante la segunda mitad, merece atención el surgimiento en Cuba de las primeras instituciones dedicadas a la antropología, como la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana (1861) y la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba (1877-1895)[6]. Una tercera etapa representó el siglo XX, como una especie de parte-aguas a partir de la obra y de la vida académica impulsada por Fernando Ortiz y sus principales contemporáneos, como Rómulo Lachatañeré, Lydia Cabrera, Samuel Feijoo, Juan Luis Martin, y otros investigadores ligados al estudio de la identidad, como Elías Entralgo. El triunfo revolucionario marcó sin dudas otra etapa desde el punto de vista institucional. En los primeros diez años, con centros rectores como el Instituto de Etnología y Folklore (1961-1969), que reunió la vieja escuela con la nueva vanguardia, nutrida fundamentalmente por etnólogos[7]. En los próximos veinte años, marcó pauta en nuestra disciplina la influencia de la etnografía teórica soviética, cuyo fruto más notable es ese titánico e importantísimo proyecto que fue sin dudas el Atlas Etnográfico de Cuba[8]. Por último, una cuarta etapa comienza a partir de los años noventa de la pasada centuria, a partir de la cual puede enmarcarse, por sus características, la actualidad de la disciplina.

    A pesar de que durante los años noventa en Cuba se vivió bajo una experiencia traumática de crisis económica, social y de sentidos, estos años significaron un «tiempo de cambios en las dinámicas de los saberes sociales», tras la desaparición de lo Prieto Samsónov (2015) denomina “gravitación de la academia y del iluminismo ideológico de la URSS”. Ello supuso, conjuntamente con el influjo de la globalización, una mayor apertura a los referentes externos y por ende, cierta diversificación en materia de saberes. De este modo -y quizás también por el profundo impacto de la crisis-, la disciplina cubana se volcó hacia el estudio del sujeto en el ámbito de las problemáticas sociales más apremiantes. Ello produjo que la antropología cubana saliera de los estudios etnológicos y etnográficos de comunidades hacia tópicos que usualmente tuvieron un enfoque marcadamente sociológico, como las desigualdades sociales, los prejuicios raciales, las actividades económicas de diferentes grupos poblacionales, la vida urbana y rural, entre otras. Por otro lado, se ponderaron los estudios referentes a la identidad y la preservación de la cultura nacional desde sus manifestaciones locales y regionales.

    En este contexto, no puede obviarse una figura realmente notable por sus resultados científicos y por la vida académica que impulsó. Y aunque cupiera la salvedad de que ya desde mediados del setenta y sobre todo en la década de los ochenta, el mundo académico tenía noticias suyas, fue durante los noventa cuando se expandieron sus principales tesis de carácter antropológico. En este sentido, a Joel James Figarola (1942-2006) le precedía una significativa obra literaria[9] y sobre todo historiográfica[10], porque su formación de pregrado fue de historiador. Y al igual que casi todos los investigadores cubanos que han tenido una obra antropológica, no fue una excepción al carecer de una formación de pregrado en antropología, con independencia de todas sus incursiones, no sólo en esta rama de las ciencias sociales, sino también en la sociología, la filosofía y los estudios culturales. En este sentido, según se testimonia en el número 48-49/2007 de la revista Del Caribe, su pasión era la historia. Según sus coterráneos, nunca se vio a sí mismo como antropólogo a pesar de que sí pensaba en términos antropológicos, lo cual, unido a una significativa obra con problemáticas antropológicas y trabajo de campo que así lo corroboran, ya basta para considerarlo como un antropólogo cubano.

    A pesar de esa formación, ya desde temprano no había tardado en acercarse a los estudios culturales, sobre todo desde lo más profundo y particular de las manifestaciones de raigambre cultural. Por esos senderos, de especial interés suyo fue todo lo relacionado con la cultura popular tradicional, que inicialmente tuvo como centro el folklore, el teatro y el carnaval[11], pero que en su conjunto lo fueron aproximando a las religiones de sustrato africano que pervivían en el medio por donde se movía. A ello habían tributado sus años de trabajo en el Conjunto Dramático de Oriente, que dio vida al Cabildo Teatral Santiago, cuyo baluarte se amplió, desarrolló y obtuvo un espacio propio en la Fiesta del Fuego/Festival del Caribe, y un año después en la Casa del Caribe; una institución fundada bajo iniciativa suya y por un grupo de personas que luego se desempeñaron como reconocidos investigadores, intelectuales y artistas. 

    La idea de conformar una línea de estudio sobre la obra de Joel James dentro de un proyecto de historia de la antropología fue planteada por Dmitri Prieto Samsónov[12], uno de los integrantes del proyecto y quien además definió algunos de sus fundamentos básicos. Para ello se basó en el presupuesto de que a Joel James ha sido el antropólogo cubano[13] más notable después de Fernando Ortiz, Lydia Cabrera y Calixta Guiteras, y uno de los exponentes de lo que dio en llamar la «originalidad conceptual». ¿Qué significa exactamente esto? Pues, en palabras suyas, James es autor de una serie de nociones y propuestas originales que le hacen ocupar un auténtico lugar en el pensamiento antropológico y científico cubano en general de los últimos años.

    A raíz de mi incorporación al proyecto y movido por arribar a una definición más exacta sobre lo anterior, de manera fortuita hallé una cita del recientemente fallecido investigador e intelectual cubano Fernando Martínez Heredia[14] en donde casualmente una arriba a una expresión parecida sobre Joel James:

    Como trabajador intelectual, Joel James fue sumamente original. (…) son muy pocos los intelectuales realmente originales.

    Joel lo fue, tuvo la honestidad tremenda y el desapego suficiente de sí para ser muy original. (…)

    Para ser intelectualmente original hay que tener audacia intelectual y creatividad, mantener la búsqueda infatigable de las buenas preguntas, ser un inconforme permanente con lo que ya “se sabe” y con lo establecido, y, si es necesario, con lo que se considera conveniente o correcto. Es imprescindible leer sin tasa, practicar o conocer más de un tipo de labor intelectual o artística, labrarse una cultura que sea más amplia que el terreno en que se trabaja. Joel James tuvo todas esas cualidades.

    Parte de esa originalidad pudiera haberse originado de una de las características que marcó su desempeño intelectual: la contingencia. Y no podría haber sido de otro modo cuando se analiza su historia de vida, marcada por una pertenencia activa a la lucha clandestina durante la dictadura de Fulgencio Batista, y luego del triunfo de la Revolución, dedicada a asumir variadas tareas dentro de su compromiso con la Revolución y sobre todo con la sociedad cubana, en pleno cambio social. Sus propios  contemporáneos han testimoniado que Joel era ante todo un hombre “de acción” con una obra esencialmente “de combate”, encaminada a hacerle frente, con rebosante pragmatismo y rebeldía, contra no pocos dogmas empedernidos del academicismo que descansan en lo “correctamente aceptado” o en los “procesos concluidos”[15].

    Quizás la contingencia no ha tenido tan “malos” resultados para el pensamiento  antropológico desarrollado en Cuba, cuando en ocasión del Congreso Anual de la Sociedad de Antropología de Canadá CASCA-CUBA, celebrada en Santiago de Cuba, con sede en la Universidad de Oriente, el antropólogo social Martin Holbraad dedicó su conferencia magistral, precisamente, a los méritos de la «conceptualización contingente», presente en la antropología cubana[16]. En este sentido, salta a la vista que casi todas las propuestas formuladas por Joel James fueron originadas en el terreno, desde la necesidad y desde su alto sentido de compromiso social; como una especie de antropología que se hace y se rehace de la contingencia. Se movía con pragmatismo por aquellas ramas de las ciencias sociales que mejores explicaciones le daba a los fenómenos que describía. Como ejemplos claros en su obra de nociones surgidas de la contingencia, citemos: los mecanismos de intercambio cultural entre cubanos y haitianos y su principio rector[17]; la categoría sistemas mágico-religiosos con sus principios rectores y el conjunto de relaciones entre dioses y muertos[18] su concepto propio de cultura[19] y su noción de la soberanía radicada en la cultura[20]. Y por supuesto, en esta relación no puede dejarse de mencionar como parte de esa antropología que se nutre de la contingencia, una noción que mantiene su vigencia en todos los tiempos: el contra sí. La misma fue presentada por su autor como una tendencia «nociva» que al decir de su autor: «obra dentro de nosotros» y ha estado presente «en más de una coyuntura de nuestra historia» como un factor deformador que denota «problemas de cultura en lo político, en lo económico y en lo moral». Todas las propuestas anteriores pudieran pensarse como auténticas contribuciones del Director-fundador de la Casa del Caribe a la antropología sociocultural en Cuba, que una historiografía de esa tradición de pensamiento no debiera prescindir.

    Otro de los puntos que interesa resaltar a razón de los objetivos expresados, es la fuerte presencia –que en ocasiones llega a tener una centralidad casi hegemónica- de lo ontológico en las reflexiones antropológicas de Joel James. ¿Cómo esto se produjo y halla su explicación? Pues, a grandes rasgos se aprecia que los senderos de su propio pensamiento abstracto, más cierto influjo hegeliano y heideggeriano –no siempre declarados[21]– le condujeron a concebir al hombre elevado a la categoría filosófica del Ser. Ello, unido a su búsqueda insaciable del sentido de la vida ante la muerte; del ser y estar; y de lo que nos define; parece haber condicionado que sus cuestionamientos hayan partido casi siempre de consideraciones ontológicas.

    De este modo lo advierte en varios de sus trabajos el investigador de su obra, Carlos Lloga Domínguez, esta visión es lo que caracteriza la antropología ontológica de la Casa del Caribe, fundada por James[22], la cual define sin dudas -como una especie de escuela de antropología- un estilo particular (y original) de pensar y hacer la antropología en Cuba. Precisamente, Lloga es uno de los primeros investigadores en resaltar el alcance ontológico de la obra de Joel James, desde la necesidad y utilidad de tal desentrañamiento[23]. Se trata, sin dudas, de una antropología ontológica que se hace, rehace y se crece de la contingencia.

    A partir de los elementos anteriores, un aspecto llama la atención y es la interpretación de la perspectiva antropológica desarrollada por Joel James a la luz del llamado “giro ontológico” -en apogeo desde hace algunos años, como una “revolución callada”[24] aún en pleno debate de conceptualización[25]– por la antropología social contemporánea, desarrollada en los polos “occidentales”. Al respecto, Prieto Samsónov[26] advierte ciertas afinidades entre las «preocupaciones socio-ontológicas» de Joel James y la tendencia de la “antropología del Ser”, inaugurada por Maurice Bloch, Eduardo Viveiros de Castro, Michael Scott y Martin Holbraad en países «con tradiciones socio-antropológicas más “establecidas” que la cubana». Lo que presenta este giro, según la definición de Holbraad, es una “tecnología de descripción”, que opera únicamente en el ámbito metodológico y que no cambia nada de lo acumulado por la historia de la antropología, sino que profundiza -o en sus palabras más bien, “radicaliza”- tres viejos aspectos presentes desde los tiempos de Evans-Pritchard en la descripción etnográfica; a saber: la reflexividad, la conceptualización y la experimentación[27]. Entonces, a partir de estos elementos: ¿cómo dialogarían las propuestas de Joel James en el panorama general del “giro ontológico”? Y a su vez: ¿sería legítimo hablar de su obra como parte de ese giro?

    Pudiera pensarse en que la antropología desarrollada por Joel James llegó a la reflexión y descripción ontológica por sus propios senderos, según sus motivaciones y cuestionamientos científicos. Ello, con independencia de que venía desarrollando esta perspectiva desde mucho antes del advenimiento del llamado “giro ontológico”; distante además de en temporalidad, en contexto, con respecto a los saberes cultivados en Cuba. Estos elementos no niegan que las contribuciones de Joel James puedan haber antecedido o haber estado en pleno diálogo con las propuestas del “giro”.  Estas son sólo algunas sugestiones que quedarán pendiente en la agenda propuesta en esta línea de investigación para una etapa posterior de su desarrollo.

    No caben dudas de que en una historiografía que se proponga una revisión sobre la actualidad del pensamiento cubano, no puede faltar la figura de Joel James Figarola; por el conjunto de sus contribuciones apreciables en nociones, categorías, modos de hacer y propuestas de investigación; por haber marcado pautas en las maneras de concebir y hacer antropología en Cuba; así como por la originalidad impresa en su pensamiento científico. Y mucho más cuando tales contribuciones contienen plena vigencia en los campos del saber, con suma utilidad para quienes continúen sus pasos y apliquen sus conocimientos.

    Para concluir, no hallo mejor homenaje hacia su memoria que reivindicar la utilidad de su obra y pensamiento, de cara al estudio de problemáticas antropológicas en la sociedad cubana actual. De esta forma, se estaría continuando con esa tradición de pensamiento nuestro que, en palabras de otro antropólogo cubano, Pablo Rodríguez Ruiz, no ha tenido que trasladarse hacia lugares exóticos ni pueblos lejanos, sino que ha sido capaz de identificar al “otro” entre “nosotros”; a la “otredad” dentro de la “mismidad”.


    [1]              Ver: Niurka Núñez González: La antropología sociocultural en Cuba. Apuntes para una historia necesaria. En: Perfiles de la Cultura Cubana, nº18, agosto-diciembre 2015; “Introducción”. En: Colectivo de autores: Antropología sociocultural en Cuba. Siglos XVI-XVIII. Los precursores. Instituto Cubano de Antropología, Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello. Informe de resultados científicos.

    [2]              Se recomienda consultar al respecto: Leif Korsbaek y Marcela Barrios Luna: “La antropología en Cuba”. En: Cuicuilco, vol.16 no.46 México, mayo-agosto, 2009; “La antropología en Cuba. Origen y desarrollo”, pp. 68-92.En: Estudios sociales, nº7, 2011; “La antropología en Cuba: nacimiento, desarrollo, ausencias y su posible renacimiento”. En: Pacarina del Sur, año 4, núm. 14, enero-marzo, 2012.

    [3]              Ver: Esteban Krotz, Gustavo Restrepo, Jacqueline Clarac de Briseño, Esteban Emilio Mosonyi, Nelly García Gavidia: Antropologías del Sur. Cinco miradas. Red de Antropologías del Sur, Venezuela, 2017.  Gustavo Lins Ribeiro y Arturo Escobar Medina (coords.): Antropologías del mundo. Transformaciones disciplinares dentro de sistemas de poder, Clásicos y Contemporáneos en Antropología, 2009.

    [4]              Aunque cabe referir que un principio el proyecto estuvo ajeno a los debates epistemológicos y metodológicos generados por los defensores de las antropologías del Sur, lo que sucedió al haber surgido de cuestionamientos científicos propios, originados de la situación de la disciplina en el contexto cubano. Recientemente, el colectivo de autores del proyecto debate sobre las coincidencias del mismo con los enfoques y planteamientos básicos de las antropologías del Sur. 

    [5]              Durante la XIV Conferencia Internacional Antropología 2018, convocada por el Instituto Cubano de Antropología, se presentó un panel en donde se expusieron los resultados alcanzados durante esta etapa. En el próximo año debe publicarse este resultado en formato de libro impreso.

    [6]              Aunque en estas instituciones resulta visible el influjo de la antropología europea, que como se conoce, fue marcadamente positivista y estuvo ligada a los caracteres biológicos y físicos de la especie humana. No obstante, ya desde 1894 Arístides Mestre (1999:142 [Citado por: Núñez González, 2015]) da cuenta que la antropología no sólo se ocupaba de estudiar «los caracteres físicos y los fisiológicos, las facultades intelectuales del grupo humano, sino que también lo referente al estado social y moral».

    [7]              De esta escuela surgieron notables figuras como Rafael Leovigildo López Valdés, Miguel Barnet, Dennis Moreno, Argeliers León, Alberto Pedro Díaz, Rogelio Martínez Furé, entre otros.

    [8]              Colectivo de autores (2000): Atlas Etnográfico de Cuba, CD ROM, Centro de Antropología,
    Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello y Centro de
    Informática y Sistemas Aplicados a la Cultura, La Habana.

    [9]              En aquel entonces tenía publicados varios cuentos y novelas, como: Los testigos (La Habana: Editorial Arte y Literatura, 1973); Enramadas y San Félix. (Santiago de Cuba: Dirección Sectorial de Cultura, Asesoría de Literatura y Publicaciones, 1977); Los testigos y otros cuentos (La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1979); Hacia la tierra del fin del mundo. (La Habana: Ediciones Unión, 1982); El caballo bermejo. (Santiago de Cuba: Ediciones Caserón, 1987).

    [10]            Joel James Figarola: Cuba 1900-1928. La República dividida contra sí misma. (La Habana: Editorial Arte y Literatura, 1976); Aproximaciones al Diario de Campaña de José Martí (Santiago de Cuba: Ediciones Uvero, 1979); y Un episodio de la lucha cubana contra la anexión en el año 1900 (Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 1980).

    [11]            Sobre estos temas se pueden encontrar artículos suyos publicados en la revista Del Caribe y ese importantísimo libro suyo para los estudios culturales que es: En las raíces del árbol (Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 1988).

    [12]            En: Colectivo de autores: Antropología sociocultural en Cuba. Revisiones históricas e historiográficas (compilación de artículos), Instituto Cubano de Antropología, Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, La Habana, 2018. [La compilación recoge textos escritos entre 2014 y 2018].

    [13]            Al igual que casi todos los investigadores cubanos que han tenido una obra antropológica, Joel James no tuvo una formación de pregrado en la antropología, con independencia de todas sus incursiones, no sólo en esta rama de las ciencias sociales, sino también en la sociología, la filosofía y los estudios culturales. Ante todo, fue un historiador, y tal como se testimonia en el número 48-49/2007 de la revista Del Caribe, dedicada en homenaje a su vida y obra, su pasión era la historia. Por otra parte, sus coterráneos aseguran que nunca se vio a sí mismo como antropólogo a pesar de que sí pensaba en términos antropológicos, lo que unido a una significativa obra con problemáticas, trabajo de campo y profundas reflexiones antropológica, basta para considerarlo como un antropólogo cubano.

    [14]            Fernando Martínez Heredia: “El pensamiento filosófico de Joel James” En: A la mitad del camino. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2015, pp. 258-261.

    [15]            Contra todas estas categorizaciones Joel James no escondió en mostrar sus recelos como pensador, los cuales son traslúcidos, inclusive, en su obra escrita. Por ejemplo, afirmaba que los procesos inconclusos tenían tanto valor y escondían tantas relaciones como aquellos dados por “concluidos” o “cristalizados”; vocablo que usualmente utilizaba para calificar estos últimos procesos.

    [16]            Martin Holbraad: No sugar please! Tobacco Anthropology and the Merits of Contingent Conceptualization. Conferencia magistral CASCA, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba, 17 de mayo de 2018.

    [17]            En: Joel James, José Millet y Alexis Alarcón: El vodú en Cuba (Santiago de Cuba, Editorial Oriente: 1998); Joel James Figarola: “Cuba y Haití en la historia y la cultura”. En: El Caribe entre el ser y el definir, República Dominicana, Editora Tropical, 2000, pp. 110-186.

    [18]            Joel James Figarola: Sobre dioses y muertos (Santiago de Cuba: Ediciones Caserón, 1989); Sistemas mágico-religiosos cubanos: principios rectores (La Habana: Ediciones Unión, 2001).

    [19]            Joel James, José Millet y Alexis Alarcón, ob. cit.; Joel James Figarola: El Caribe entre el ser y el definir (ob. cit.).

    [20]            Joel James Figarola: Fundamentos sociológicos de la revolución cubana (siglo XIX) (Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 2005).

    [21]            Salvo algunas excepciones en que James mencionaba los textos: Crítica de la razón pura, de Hegel; y El Ser y el tiempo, de Martin Heidegger.

    [22]            Carlos Lloga Domínguez: La antropología ontológica de la Casa del Caribe. Ponencia presentada en CASCA, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba, 17 de mayo de 2018.

    [23]            Carlos Lloga Domínguez: Universo de cubanía. Reencuentro con Joel James Figarola (Santiago de Cuba: Ediciones Claustrofobias, 2017).

    [24]            Martin Holbraad: “Tres provocaciones ontológicas”. En: Ankulegi 18, 2014, pp. 127-139.

    [25]            Cabe referir que actualmente coexisten varias perspectivas que se debaten dentro de esta misma denominación, aunque la principal, a partir de la cual se han desprendido todas las otras, parece ser la de Martin Holdbraad, quien a su vez declara que es muy probable que él mismo haya sido el responsable de tal denominación, hace unos años. Ver: Martin Holbraad, ob. cit.

    [26]            Ob. Cit.

    [27]            Martin Holbraad y Morten Axel Pedersen: The Ontological Turn: An Anthropological Exposition. Cambridge University Press, United Kingdom, 2017.

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