DOSSIER | Reflexiones en torno a la formación de una cultura política en los jóvenes desde la visión de Joel James Figarola

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    Escrito por Dakaris Pérez Merencio

    Los momentos actuales en que vive la Revolución Cubana y la consecución del objetivo de salvaguardar el socialismo y sus conquistas en estas seis décadas, demandan de cada revolucionario una alta capacidad de entrega al cumplimiento de sus principales deberes patrios. Hoy día, y cada vez más, se acrecienta en millones cubanos, la necesidad de participar en el perfeccionamiento de nuestro sistema político, de sus formas y métodos de dirección y gestión.

    Unido a la solución de las tareas y problemas que en el orden interno deben resolverse, resulta necesario el logro de una salida exitosa y eficiente en la guerra ideológica que sobre nuestro país se cierne en la actualidad, todo lo cual depende en manera decisiva de cómo nosotros, en los órdenes político e ideológico, formemos a nuestro pueblo, y dentro de éste, de cómo se comporten los niveles de cultura política del segmento de la juventud.

    Nociones teóricas y antecedentes investigativos

    El estudio de la cultura política ha recibido diferentes tratamientos teóricos, dependiendo de los contextos sociales, generacionales e ideológicos específicos.

    En el marco de las ciencias sociales soviéticas, después de medio siglo de silencio, tras los aportes de Lenin, el tema de la cultura política comenzó a recibir un tratamiento teórico hacia mediados de la década de los años 70, como una respuesta a las teorías basadas en el estructural funcionalismo, que ya desde inicios de los años 60 se desarrollaban en Estados Unidos y Europa.

    Un nuevo paradigma de la cultura política surgiría, en Inglaterra, representado por politólogos radicales de izquierda de la talla de Ralph Miliband (1973,1983), Frank Parkin (1972), Stuart Hall (1976,1988)[1], como respuesta crítica al paradigma funcionalista de la cultura política, apoyado básicamente en la idea gramsciana de “hegemonía”, con la cual se designa al proceso por medio del cual la élite dominante consigue imponer sus valores al resto de la sociedad, a través de diversos mecanismos de control y manipulación que se ponen en marcha durante el proceso de socialización política de los subordinados.

    En consecuencia, las definiciones de cultura política han sido abundantes y  diversas; en el presente artículo, sin embargo, nos acogeremos al siguiente concepto, elaborado por la autora: La cultura política constituye un conjunto de orientaciones, pautas y valores socio-sicológicos relativamente estables que caracterizan a las relaciones que se establecen entre los distintos sujetos sociales con respecto al poder político, y que condiciona la experiencia del desarrollo político de la sociedad.

    En el caso de la formación de la cultura política en jóvenes, su tratamiento por parte de los científicos sociales ha sido bastante limitado. Tal vez sean las investigaciones desarrolladas por Ronald Inglehart (1977, 1991)[2], uno de los principales exponentes de la socialización política dentro de la llamada “psicología humanista”, las que mayor impacto alcanzaron dentro de los estudios de cultura política realizados en Europa durante los años 80.

    Entendiendo la motivación de la conducta política a partir de la concepción de A. Maslow sobre la “jerarquía de las necesidades”, Inglehart llega a la conclusión de que había surgido una nueva generación de jóvenes, que había crecido en condiciones de existencia de un relativo bienestar material, la cual privilegiaba la adopción de valores tales como participación, amor, sentido de pertenencia, cultura, educación, etc.; o sea, las necesidades de tipo espiritual. De ahí que denominase a ésta como una generación “postmaterialista”, a diferencia de la generación “materialista” constituida por sus padres, para quienes lo principal era la satisfacción de las necesidades materiales básicas: alimentación, vivienda, vestido, altos estándares de vida, seguridad, etc.

    A pesar de sus aportes, el paradigma inglehartiano, desarrollado sobre la base de la supuesta existencia de una cultura política “postmaterialista” como resultante del proceso de socialización política por el cual habían atravesado los jóvenes de aquella generación de los años 70, fue más un reflejo de lo deseado que de lo real. Tal concepción pretendió complementar, desde el punto de vista psicológico, la visión liberal tradicional acerca de los cambios que en las mentalidades de los individuos se producen como consecuencia del incremento de las transformaciones en la estructura socioeconómica y política, sin embargo, la misma no logró confirmarse totalmente en la práctica.

    En relación con la conceptualización de la cultura política en nuestro país, debemos señalar que los estudios que se han emprendido son muy escasos, en los cuales predomina fundamentalmente un corte teórico-descriptivo. Dentro de estos estudios destaca la propuesta realizada por el investigador Rafael Hernández al considerar a la cultura política “como un punto de referencia clave para comprender el sustrato del sistema político cubano, sus perspectivas de evaluación, y la definición de las modalidades de participación de los ciudadanos en la vida social[3],” la misma también es entendida “como sistema interconectado de conocimientos y de valores políticos, así como de conductas concretas, se conforma en un proceso de socialización que va más allá de la inculcación de valores, de las instituciones y de los aparatos políticos.´´[4] Posiciones próximas a la anterior, son las asumidas por otros investigadores cubanos que han incursionado en esta problemática como son los casos de Miguel Limia, Carmen Gómez, entre otros.

    En relación con las investigaciones sobre juventud, podemos señalar el trabajo de la investigadora María Isabel Domínguez[5], en el cual analiza el espacio que ocupa este importante grupo, a partir del triunfo de la Revolución, dentro de la amplia gama de temas de reflexión y discusión que desde entonces tiene lugar tanto en el plano académico como social y político. La autora en este sentido distingue tres etapas desde el punto de vista temporal y de los actores involucrados.

    Una primera etapa, que se inicia en el año 1969, con la creación de un Equipo de Investigaciones en la Unión de Jóvenes Comunistas, cuyo objetivo central consistió en el estudio de aspectos del desarrollo ideológico de la juventud y su incidencia en el desarrollo de las tareas socioeconómicas y políticas a ella encargada. La segunda etapa comprendida entre 1981 y 1985, se caracterizó por la conversión de la Comisión de Investigaciones Sociales en lo que se conoce hoy como el Centro de Estudios sobre la Juventud para abordar una mayor amplitud de temas, a la vez que se produjo un crecimiento del número de instituciones e investigadores que abordaron las temáticas relativas a la juventud. La tercera etapa, iniciada en 1986 y que se extendió hasta 1994, significó un despegue tanto desde el punto de vista metodológico como de los contenidos, al brindársele la mayor prioridad a la temática juvenil y constituirse como objeto del primer Programa Nacional de Investigaciones en Ciencias Sociales. Sin embargo, ninguna de las investigaciones consultadas trata específicamente el tema de la formación de la cultura política en los jóvenes.

    ¿Por qué el énfasis principal en este sector de la sociedad?

    La formación y preparación ciudadana de los jóvenes ha sido históricamente una preocupación de primer orden dentro del pensamiento social y político en general. La preparación para la vida política adulta fue asunto priorizado ya desde la antigüedad en figuras del relieve de Platón, Aristóteles, Confucio, y otros. Ya en su tiempo, Marx veía en la juventud la fuente de vida del pueblo, y la historia política confirma tal valoración en el transcurso de los años. Varela, Luz y Caballero, Martí veían en la formación cultural de la juventud una importante premisa para el cumplimiento exitoso de las tareas que deberían acometerse ulteriormente.

    El sujeto social impulsor de las transformaciones revolucionarias durante más de 130 años de heroica lucha ha sido siempre la juventud. Dentro de ese contexto la juventud universitaria estuvo siempre en el centro del quehacer político nacional. Mella y Villena fueron dirigentes políticos de dimensiones relevantes dentro del movimiento estudiantil universitario. José Antonio Echevarría, Fidel Castro y otros, retomaron este ideario y desde la universidad fueron capaces de vertebrar movimientos políticos de alcance nacional, los cuales devinieron importantes vehículos en el proceso de acumulación de esa cultura política revolucionaria radical que sirviera de fuente inspiradora a las generaciones formadas en ese nuevo contexto que inauguró la Revolución Cubana en el poder.

    Con el triunfo revolucionario de enero de 1959, se produjo un rápido crecimiento demográfico, experimentado en la década de los años 60. La mayoría de los jóvenes cubanos que con la Revolución en el poder adquirieron el privilegio de formarse en una nueva civilidad, como rasgo esencial de la cultura política en este nuevo contexto, no conocieron en carne propia al capitalismo y su disciplina del hambre, teniendo sólo una referencia fragmentada y un tanto difusa de lo que en la práctica este significó para nuestro pueblo, a diferencia de anteriores generaciones que en el período pre-revolucionario adquirieron una cultura política muy permeada por un contexto nacional caracterizado por las agudas diferencias existentes en lo económico, social, racial y cultural dentro de nuestro pueblo, así como por profundas campañas de propaganda basadas en el anticomunismo y el antisovietismo, y el afán de promover un sentimiento pro-norteamericano cada vez mayor.

    El actual contexto socio-político en que se desarrolla la Revolución encierra no pocas dificultades y desafíos que demandan de nuestra juventud, su destacamento potencialmente más capacitado en el orden político e ideológico, el ocupar y mantener las posiciones de vanguardia que en diferentes etapas de nuestro proceso revolucionario siempre les ha correspondido.

    Sin embargo, tal demanda no puede ser cumplimentada con la eficiencia requerida a partir del simple deseo o voluntad de cumplir con una tarea más del presente, por muy loables que estos fuesen. Se requieren, además, elevados niveles de conocimientos políticos, de información política, se precisa la presencia de sólidos valores políticos que les permitan a los jóvenes configurar sus universos de significado para trazar sus estrategias y guiar sus propias acciones en la vida política, se demanda el desarrollo de una participación política efectiva, así como adoptar posiciones y comportamientos políticos acordes con las exigencias de las actuales circunstancias.

    Las condiciones específicas en que históricamente se ha desarrollado la juventud ha devenido elemento catalizador de profundos y radicales cambios sociales, al tiempo que han constituido sus condensadores principales al estar generalmente mejor preparados, tanto desde el punto de vista de su capacidad, como de su disposición, para asimilarlos y conducirlos hasta sus últimas consecuencias. Es por esto que la formación política no puede estar divorciada del estudio de la historia local, las tradiciones y la cultura popular. Es en este sentido, que la obra de Joel James adquiere especial relevancia.

    En su libro Alcance de la cubanía, expresa: “La política, como teoría y como técnica, consiste en crear o cualificar los medios conducentes a la toma de conciencia, por personas que en ocasiones no se conocen entre sí, sobre esa conciencia; pero los objetivos tienen que estar ahí, en la sociedad, desde antes. No pueden ser creados por la política.”[6]

    Y en relación a la cultura, ha afirmado: “La cultura —afirma—, en el sistema categorial con la nacionalidad y la nación fuera del cual no se puede dar como cultura, es una específica expresión de espiritualidad que nos define en nuestra individualidad independiente como país[7].”

    Nótese que Joel entiende y aborda la “Cultura”, en el sentido más amplio del término, incluyendo por supuesto, la cultura política. Así lo refleja:

    La plasticidad de semejante actitud —dice Joel— ante la integridad y la dignidad humanas ha permitido a la cultura cubana un sucesivo enriquecimiento con aportes provenientes de otras proposiciones organizadas, sin merma de sello peculiar de lo cubano. Esto no es casual, como no lo es tampoco que en Cuba tampoco hayan existido expresiones significativas ni de xenofobia ni de malinchismo, aun cuando por el hemisferio corrientes de uno u otro tipo hayan sentado sus fueros.

    La cultura cubana ha poseído en todo trance elementos referenciales en términos de humanidad, incluso cuando en ocasiones el mundo ha parecido indiferente hacia los sacrificios y angustias del pueblo de la Isla.

    Las vanguardias políticas desde antes del 68, han estado integradas por hombres —Varela, Céspedes, Gómez, Maceo, Martí, Varona, Mella, Guiteras, Fidel— que han tenido simultáneamente una idea de la patria y —del entorno, tanto cercano como lejano, de la patria, del contexto particular y del mundial.

    Un componente importante de la cultura política cubana que le otorga coherencia singular a la consecución de la independencia, es la validez del concepto de Revolución única referido al proceso iniciado el 10 de octubre del 68 y el cual todavía nos alcanza. No considero necesario precisar las singularidades de los tres momentos más comprometidos en ese transcurso —el momento de Céspedes, el de Martí y este en el cual vivimos, pues una simple ojeada las evidencia; no obstante, hay un extremo, entre otros posibles,que se asoma como común a todos: el pueblo cubano durante importantes espacios de tiempo en cada uno de los períodos más significativos de su lucha por la independencia se ha visto solo, lamentablemente solo, abandonado incluso por aquéllos más comprometidos a ayudarlo, por incomprensión o por indiferencia o desidia.

    La cultura cubana ha encontrado en esas circunstancias tan comprometidas, fuerzas para valerse en su propia soledad a partir de un severo código valorativo de la solidaridad interna para la cual el más estricto respeto a la equidad ha sido condición de ser.[8]

    Otra característica de la visión de Joel en relación con la cultura política y que resulta muy valiosa para la formación de nuestros jóvenes, es el papel protagónico que le otorga al ser social; es decir, la necesidad de formar no a una élite intelectual, sino al hombre común. Así lo sugiere cuando nos dice: “el individuo es al mismo tiempo resultado y elemento activo, constructor de la cultura, la tradición y la historia.”[9] Lo afirma, también, al analizar y refrendar la obra de José Martí:

    Todo hecho cultural parte del ser humano y regresa al ser humano; de que es necesario sostener la voluntad de mejoramiento humano; de que es preciso perfeccionar la sociedad para perfeccionar las personas; de que es indispensable mantener la lucha por un mundo mejor.

    Su preocupación por elevar al hombre a los niveles más altos de espiritualidad —de la espiritualidad que cada persona lleva dentro de sí, pero que resulta como aplastada por la falsa conciencia, el consumismo y la explotación— es el cimiento de la ética y la poesía de Martí y, sobre todo, de su teoría política.[10]

    Como hemos visto, el poder ofrecer un cuadro general del fenómeno de la formación de la cultura política en cualquier contexto o grupo social resulta una tarea harto difícil, y esto se complejiza todavía más si se trata de analizar el mismo en la actual etapa de nuestra Revolución y dentro de un sector social tan complejo como resulta la juventud.

    En este sentido, la obra de Joel James ha sido de vital importancia para la comprensión de este tema, pues éste destaca la relevancia que adquieren la cultura, la historia, la política; como elementos que conforman un entramado único que nos permiten llegar a valoraciones acertadas sobre la formación de la cultura política un nuestro actual contexto histórico social.


    [1]           Cabrera Rodríguez, Carlos (2001.): Cultura política en jóvenes estudiantes de la Universidad de La Habana. Tesis presentada en opción al grado científico de Doctor en Ciencias Políticas. La Habana.

    [2]           Inglehart, R (1991): The Silent Revolution, Princeton, Princeton University Press. passim

    [3]           Hernández, R., Dilla, H (1990):   Cultura política y participación popular en Cuba, en: Cuadernos de Nuestra América, # 15, p. 101.

    [4]           Hernández, R (1994): “La sociedad civil y sus alrededores”, en: La Gaceta de Cuba, # 1, p. 31

    [5]           Domínguez, María Isabel (2003): Las investigaciones sobre la juventud en Cuba. Algunos apuntes para su comprensión. Texto publicado en Boletín Academia, Colegio de Ciencias Sociales, UH, La Habana. passim

    [6]              James Figarola, Joel (2001): Alcance de la cubanía. Editorial Oriente, Santiago de Cuba. Pág. 129.

    [7]              James Figarola, Joel (2001): Alcance de la cubanía. Editorial Oriente, Santiago de Cuba. Pág. 20.

    [8]              James Figarola, Joel (2001): Alcance de la cubanía. Editorial Oriente, Santiago de Cuba. Pág. 134

    [9]              James Figarola, Joel (2001): Alcance de la cubanía. Editorial Oriente, Santiago de Cuba. Pág. 18

    [10]            James Figarola, Joel: José Martí, la cultura popular tradicional y el equilibrio del mundo. Revista Del Caribe año 2003 No.42. Santiago de Cuba pág. 3-6

    Consejo editorial integrado por periodistas y colaboradores de toda Cuba que gustan del mundo literario.

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