Cira Romero: “Cientos de documentos esperan en los fondos de nuestras principales bibliotecas”

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    Cira Romero es un nombre imprescindible para entender parte de la historia de la literatura cubana. Ha dedicado horas interminables a la investigación y a la docencia. Hay volúmenes que llevan su firma en prólogos y ensayos. Cira estudió Letras en su ciudad natal Santa Clara, me escribe que se graduó “en el primer curso de la carrera, en 1967. O sea, comencé en el que se inició en 1962-1963”.

    Cira es una de las asesoras del Instituto Cubano del Libro para evaluar los planes editoriales, los libros que se publican en Cuba; y ha formado parte de numerosos jurados en concursos literarios en el país. Sus intervenciones como conferencista en eventos como ferias de libros y otras jornadas literarias son muy esperadas por estudiantes, académicos e investigadores.

    ¿Cómo llegó Cira Romero a la lectura?

    Mi hermano jimagua, durante su niñez, fue lector asiduo, como tantos otros niños, de los entonces llamados muñequitos (hoy comics). Lo veía entusiasmado leyendo las aventuras de Batman, Tarzán, El llanero solitario y otros. Alguna vez traté de leer alguno, pero me resultó imposible. Ni Lorenzo y Pepita lograron sacarme una sonrisa. Tampoco me entusiasmé con los muñes de la tele, al punto de que hoy, cuando busco canales a través del mando y aparecen los muñes, me da como un corrientazo y cambio enseguida de canal. Los detesto desde niña. Quizás por eso no generé mucha imaginación. Entonces mi   opción era realizar otro tipo de lectura. Comencé con textos de Martí incluidos en La Edad de Oro, libro que me regaló mi madrina, de la que heredé mi nombre y, al ser paterna, el apellido. Después vinieron otras lecturas, inducidas por buenos profesores que tuve en el Colegio Martí, de Santa Clara, de donde soy nativa.

    ¿Qué representó en su vida profesional el escritor Manuel Cofiño?

    Siempre me ha gustado reconocer públicamente lo que significó Manuel Cofiño en mi vida profesional. Trabajaba en la delegación del Consejo Nacional de Cultura, en Santa Clara, donde terminaba el servicio social, y luego de conocernos y enamorarnos, como en un soplo pasé al Instituto de Literatura y Lingüística, en La Habana. Fue como volver a nacer, algo así como conquistar el mundo, un paso enorme, y eso se lo debo a él, que ya era un escritor que había ganado cierto nombre y tenía relaciones de amistad con José Antonio Portuondo, su director fundador. Se me abrieron sus puertas y nunca se me han cerrado hasta el día de hoy, aunque estoy jubilada, pero mantengo relaciones de trabajo.

    Allí comencé a fines de 1970 y con el paso de los años fui hasta su subdirectora, con Portuondo como director. Además, gracias a Cofiño conocí y traté de cerca a escritores esenciales como Nicolás Guillén, Onelio Jorge Cardoso, Félix Pita Rodríguez, Dora Alonso y otros muchos ya lamentablemente fallecidos.

    De ese modo fui entrando en el ambiente literario habanero, rico y complejo, propio de una gran ciudad, y en él me he mantenido hasta ahora. Por otra parte, aprovecho para lamentar el olvido en que ha caído la obra de Cofiño luego de su muerte en 1987. Solo se ha vuelto a publicar su libro Las viejitas de las sombrillas, texto para niños desgajado de una de las viñetas de su primera novela, La última mujer y el próximo combate, obra que, reconozco, responde a un momento peculiar de nuestro proceso literario, y aunque le dio fama nacional e internacional, adolece de maniqueísmo en el tratamiento del tema y de los personajes. Sin embargo, creo que su segunda novela, Cuando la sangre se parece al fuego es una obra valiosa y literariamente salvable, como algunos de sus cuentos. El tiempo dará su veredicto final.

    ¿Cómo valora el periodo en que dio clases en la Universidad de La Habana?

    Fue una bonita experiencia trabajar en el proyecto de universalización de la enseñanza. Tener como alumnos a personas muy humildes, que no estaban preparadas para dar ese salto, y ver su empeño para lograrlo me conmovía y conmueve todavía. Algunos lo consiguieron, otros no. La idea tuvo un propósito noble, quizás demasiado ambicioso y costoso, pero llegó a ser el objetivo uno de todas las universidades cubanas, incluyendo la de La Habana. Tener una mayoría de estudiantes de la raza negra me dio la oportunidad de constatar cuán marginados estaban de las aulas universitarias. Muchos son hoy excelentes profesionales.  

     ¿Y su ingreso a la Academia Cubana de la Lengua?

    Un reconocimiento a muchos años de trabajo, con algunos resultados. También una responsabilidad.

    ¿Cuánto pueden aportar los epistolarios a las investigaciones literarias?

    Muchísimo. Piensa que es una especie de conversación entre dos, privada e íntima, donde poco o nada se calla, pues hay libertad absoluta, pues los dos que participan, emisor y receptor, no tienen idea de que esos textos serían publicados al paso de los años. Disponer del de Novás Calvo, por ejemplo, me dio la oportunidad de entender mejor sus angustiados cuentos, porque él fue un hombre muy sufrido y en permanente congoja emocional. Leer las cartas de Alfonso Hernández Catá, reitero, es respirar la cubanía que muchos han querido negarle, además de conocer su trabajo como diplomático en diversos lugares de Europa y América. Las cartas a Portuondo, aquellas de los años 40 y 50, sobre todo, me permitieron conocer interioridades culturales del PSP, o leer del modo en que Mirta Aguirre le narra un encuentro a puños entre Guillén y Augier. ¡Quién lo iba a decir! Conste que le pedí permiso a este último para publicarla. Se rio mucho y me dijo que sí, que la incluyera. Los epistolarios aportan muchos poquitos que, a la postre, hacen un gran todo.

    ¿Qué vacíos siente que hay que cubrir en la literatura cubana? ¿Qué figuras hay que estudiar y promover para darle un justo lugar?

    El siglo XIX está casi virgen de investigación. Cientos de documentos esperan en los fondos de nuestras principales bibliotecas. ¿Hasta cuándo estaremos repitiendo que el cuento es de aparición tardía en Cuba? Incierto. Lo es si se compara con Europa y con otros países de nuestro continente. A los que les interese el asunto, que investiguen. El Departamento de Colección Cubana de la Biblioteca Nacional es un emporio de posibilidades. Un solo ejemplo: allí hay nueve álbumes manuscritos debidos a Anselmo Suárez y Romero, o de él transcritos por Vidal Morales y Morales. Están casi vírgenes de estudio, excepto lo que hizo Manuel Moreno Fraginals en los años 50, que los indizó, lo cual facilita mucho el trabajo, amén de alguna otra persona que los haya trabajado.

    Cuando hice la edición de Francisco o las delicias del campo, del citado autor, consulté el manuscrito original de esa novela, que se encuentra en uno de esos álbumes, y constaté que faltaban algunos párrafos en la edición príncipe de 1880, y como esa es la que después se ha publicado en ediciones sucesivas, el error se mantuvo hasta esta que debe aparecer en breve.  Es solo un ejemplo. En la biblioteca del Instituto de Literatura y Lingüística existe un fondo llamado Archivo General que contiene documentos muy interesantes. En cuanto a promover figuras, muchas lo merecerían y están por descubrir o redescubrir. Por ejemplo, y siempre me refiero al XIX, el que conozco mejor, Ramón de Palma como narrador.

    Asimismo, estudiar a fondo nuestras revistas y periódicos, las relevantes y las menos relevantes. Habrá muchas sorpresas al abrir esas páginas. Acabo de entregar, para publicar por Cubaliteraria, un volumen que titulé Atravesar los umbrales. Cuba: crítica, ensayos y otras vecindades (1791-1922), donde reuní casi un centenar de textos desconocidos o apenas conocidos con esas características, sacados sobre todo de revistas, donde figuran trabajos tan interesantes y desconocidos como «¿Será preciso ser poeta para ser crítico?» o «Yo soy clásico», ambos de José Fornaris, o «De la literatura considerada como un medio de industria», del citado Palma.  Solo con revisar los índices ya publicados de nuestras revistas literarias, o que están sin publicar, pero disponibles, en la Biblioteca Nacional, tendremos un universo inmenso de posibilidades de investigación.   

     ¿Cuáles son los retos que debe asumir un investigador literario y un ensayista?

    Expreso con profundo dolor que cada vez hay menos investigadores que se dediquen a la literatura cubana, al menos lo que yo llamo investigar de verdad, ir a las fuentes directas que se localizan en las publicaciones periódicas, en manuscritos, etc. A muy pocos jóvenes les interesa sentarse en el Departamento de Colección Cubana de la Biblioteca Nacional, o en la biblioteca del Instituto de Literatura y Lingüística, las dos con los mayores fondos, para consultar documentos «en vivo».

    Siempre hay excepciones, por supuesto, y menciono entre ellas al Dr. Leonardo Sarría, profesor de la Facultad de Artes y Letras de la UH, pero, sobre todo, un investigador con aportes esenciales, como su reciente epistolario de Julián del Casal. Cuando uno concurre a esos espacios citados ve a jóvenes consultando diversos documentos, pero no son cubanos. Suelen ser españoles, norteamericanos, cubano-americanos… Los cubanos sí asisten, pero solo los de mayor edad, como la siempre imprescindible Ana Cairo, lamentablemente fallecida, Luisa Campuzano, Luz Merino, Ricardo Luis Hernández Otero, Jorge Domingo, los historiadores María del Carmen Barcia, Pedro Pablo Rodríguez y Berta Álvarez, entre unos pocos nombres que ahora se me escapan.

    Creo que el interés por los papeles viejos ha ido desapareciendo entre los cubanos más jóvenes, a pesar de los adelantos tecnológicos de los que algunos pueden hacer uso para sacar mejor y más rápido provecho. Y conste que el citado Departamento de Colección Cubana brinda las mayores facilidades para fotografiar documentos, además de un servicio óptimo. No frecuento el Archivo Nacional, así que no sé si ocurre igual. En más de una ocasión traté de vincular a jóvenes investigadores del Instituto de Literatura y Lingüística a proyectos relacionados con archivos literarios, pero confieso que no lo logré.

    Un investigador puede o no puede ser un ensayista. Ejemplos hay muchos. Hay quien investiga y plasma en un espléndido ensayo de investigación, hay un investigador que plasma en una bibliografía, disciplina, por cierto, que debe volver a ocupar el lugar que siempre tuvo en Cuba, hoy poco explotada, a pesar de las bondades que brinda la tecnología. ¿Quién dice que Carlos Miguel Trelles, Joaquín Llaverías o Fermín Peraza no fueron investigadores y dejaron enormes contribuciones mediante bibliografías y otras expresiones donde no media un discurso, sino la plasmación de datos? Hicieron verdaderos ensayos bibliográficos. ¿Quién dice que una edición crítica o comentada de una obra literaria no es ensayo de investigación?  Ejemplos tenemos de sobra a lo largo de nuestra historia.

    Ahora bien, cuando se trata de ensayo literario puro se puede prescindir de contar con un aparato de fuentes. Es el ensayista dialogando con la obra escogida y consigo mismo. Tenemos ejemplos: Leonardo Acosta con su libro Alejo Carpentier en tierra firme, o Antón Arrufat con Las máscaras de Talía, a propósito de la obra de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Por supuesto, hay ensayos, los más, que sí utilizan fuentes y eso es muy válido, sea para apoyar o refutar ideas de otros. Pero el principal reto, si nos gusta lo que hacemos, es trabajar con ahínco. Mirta Aguirre siempre decía que nuestra profesión es «de culo en silla», y tal afirmación es una gran verdad. Hoy veo muy poca disposición para emprenderla con seriedad. Tal parece que estar entre papeles y libros viejos no resulta nada atractivo para nuestros jóvenes. Conste que, a mi parecer, en las aulas universitarias se debe incentivar la investigación, pero no es una asignatura a examinar. Hay que tener vocación.  

     ¿Cuáles han sido las mayores alegrías en su carrera como profesora y ensayista?

    Como profesora ver graduarse a alumnos pertenecientes al pueblo más humilde, luego saber que se hicieron másteres y más tarde doctores. Es cierto que son los menos, pero es un triunfo indudable de aquel sueño que fue la universalización de la enseñanza, proyecto que hoy apenas tiene visibilidad. Como ensayista ver mis textos reflejados en algunas bibliografías pasiva, o que me consulten para algún proyecto.

    ¿Cuáles son los libros que atesora con cariño en su mesa de trabajo o biblioteca personal?

    Guardo mi cariño para obras como El libro en Cuba. Siglos XVIII y XIX, de Ambrosio Fornet, espléndida investigación sobre su origen y desarrollo en la Isla en ese lapso. Los epistolarios que he hecho los consulto, siempre que se avengan con lo que estoy trabajando. Pedro Blanco el negrero, de Novás, Calvo, lo releo cada cierto tiempo y algunos de sus cuentos. Por razones de trabajo consulto a diario la Historia de la literatura cubana que elaboró un colectivo de investigadores del Instituto de Literatura y Lingüística (tres tomos, 2002, 2003 y 2008). Imperfecciones aparte, propias de una obra de esta magnitud, es un libro indispensable para estudiar el proceso literario cubano. Quizás mi criterio sea parcial, porque participé en ella, pero me parece un libro de consulta esencial, como otro que le antecedió, donde también participé, vilipendiado, con razón, por sus omisiones imperdonables, y solo por razones políticas, de autores como el propio Novás Calvo, aunque la decisión de eliminar nombres relevantes no provino de la institución misma. Me refiero al Diccionario de la literatura cubana (1980, 1984).  

    Hay otros que me despiertan interés porque me ayudan a descubrir informaciones que no tenía, cubren zonas en blanco u ocultas de nuestra cultura, como el más reciente de Iván Giroud titulado La historia en un sobre amarillo. El cine en Cuba (1948-1964), que no es precisamente una historia puntual del cine en ese lapso, sino que le sirve de antecedente, en algunos de sus aspectos, para llegar al centro de sus intereses. Es también un trabajo de investigación porque recupera revelaciones hasta ahora desconocidas. Lástima que tenga una edición tan deficiente. Allí se recogen informaciones trascendentales.

    ¿Qué cree que necesita la literatura cubana para una mejor circulación y promoción?

    Necesita, en primer término, crítica responsable y valiente en espacios públicos: periódicos, revistas, radio, televisión. Por años la promoción ha sido muy pobre y mal diseñada, solo la coyuntural que responde al momento en que un libro se presenta en algún lugar y aquí finaliza. Las editoriales no se preocupan por promover sus propios títulos, o al menos aquellos que son premios.

    La promoción de un libro no es una tarea más. Necesita de una estrategia en tanto proyecto y de una intencionalidad, requiere exista cultura y sensibilidad por parte de quienes la ejecutan y saber qué hacer en cada momento. Ediciones La Luz, de la AHS, de Holguín, es un ejemplo inteligente y atractivo de lo que considero una buena promoción del libro sin emplear grandes recursos.  En este orden estamos menos que en pañales. Habría que aprender mucho, salvando las distancias de todo tipo que nos separan de ellas, de las editoriales extranjeras, muy eficaces porque saben que si no venden no ganan, aun cuando promuevan un libro de calidad mediocre. Como en Cuba las editoriales no están sometidas a ese régimen, no hay preocupación al respecto y uno ve libros excelentes que duermen el sueño eterno en las librerías.

    Siempre he dicho que cuando una editorial sabe que va a sacar a la luz un buen libro, antes de que eso suceda tiene que ir creando expectativas para, cuando llegue el momento, todos estemos ansiándolo y se adquiera. La inercia de nuestras editoriales asusta. Hay autores, los menos, como Leonardo Padura, que no necesitan de una gran promoción, aunque siempre es bueno y justo que se realice, porque han conquistado un espacio gracias al valor de su obra. Un libro de Padura, nuevo o no, siempre tiene público garantizado y ventas seguras. Otros con una obra también importante, son menos conocidos, y a esos hay que promoverlos más desde el centro mismo de la intencionalidad.  Podría citar muchos ejemplos al respecto.

    En cuanto a la circulación del libro es pésima. Los libros de las ediciones territoriales, por ejemplo, no se venden en las librerías de otras provincias, y tampoco llegan a las de la capital. Conste que en esas editoriales se publican obras importantes e, incluso, se descubren autores excelentes residentes en esos territorios.

    Yunier Riquenes García

    Licenciado en Letras (2006). Ha obtenido, en el género de cuento el Premio Cauce, Premio Razón de Ser, Premio La Isla en peso, la Beca de Creación Fronesis y la Beca de creación. Cofundador de Claustrofobias Promociones Literarias con Naskicet Domínguez Pérez

    1 Comentario
    1. Muchas gracias por esta entrevista. Excelente.

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