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Víctor Hugo Pérez Gallo: “Tengo tendencia a hablar con personajes históricos como si fuesen viejos conocidos”

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    Debo admitir algo desde el principio: nunca supe muy bien si escribo porque me gusta o porque no tengo escapatoria. Cuando me siento frente a la mesa —siempre con la sospecha de que la mesa también me mira y espera algo de mí— empiezo a recordar escenas que no viví o que viví de una forma tan torcida que ahora me cuesta reconocerlas.

    Escribir es un poco eso: ordenar recuerdos prestados, o disimularlos para que parezcan míos

    Escribir es un poco eso: ordenar recuerdos prestados, o disimularlos para que parezcan míos. Me pasa, por ejemplo, con Ignacio Agramonte. Lo imagino no como el héroe perfecto que enseñan en las escuelas, sino como un hombre que tenía momentos de silencio incómodo, tal vez una manía por alinear los mapas antes de una batalla, o un leve fastidio por los discursos demasiado largos. Lo veo así, casi doméstico, y entonces lo entiendo mejor: un hombre es siempre más real cuando se le descosen los botones.

    Algo parecido me sucede con Churchill. No el que aparece en las enciclopedias con el puro levantado, sino el otro, el que seguramente dudó antes de firmar algo decisivo, el que tuvo alguna pesadilla infantil que nunca contó. Y también Alfonso el Batallador, al que imagino cansado de tanto adjetivo épico, deseando por una vez entrar a Zaragoza sin fanfarria, comprar pan y desaparecer unos minutos en la calle estrecha de algún barrio medieval, solo para sentirse humano.

    Tengo tendencia a hablar con personajes históricos como si fuesen viejos conocidos

    Tengo tendencia a hablar con personajes históricos como si fuesen viejos conocidos. En parte porque los personajes reales a veces me desconciertan más. Hay días en que, sin saber por qué, escucho a alguien en la calle decir una frase insignificante —“ya vuelvo”, “no es tan grave”, “mañana vemos”— y esa frase se me queda pegada durante horas, contorsionándose en la memoria. No sé si es un defecto o una forma de defensa.

    También suelo perderme en la ciencia ficción soviética, que a muchos les parecerá un gusto excéntrico. A mí me reconcilia con cierta forma de futuro que no llegó, una utopía cansada que camina con las botas puestas, aunque sabe que no habrá triunfo final. Los Strugatski, por ejemplo, tienen la mala costumbre de recordarme que la realidad puede ser un experimento fallido; y que las ucronías, por muy descabelladas que parezcan, suelen decir más de nosotros que cualquier manual de historia. Por eso disfruto tanto imaginar qué habría pasado si un detalle mínimo hubiese cambiado: si Alfonso el Batallador hubiera leído a Schopenhauer, por ejemplo, o si Ignacio Agramonte hubiese tenido acceso a una novela de los Strugatski. Una locura, sí, pero la literatura vive de esas desviaciones.

    De Schopenhauer me atrae esa resignación altiva, ese modo de ver la voluntad como un animal caprichoso que no siempre obedece. A veces leo sus páginas como quien escucha un reproche merecido. Otras veces lo siento más cercano, como si él también hubiese sufrido esa manía de repetir una frase veinte veces hasta que suena justa. En eso nos encontraríamos, creo: en la testarudez de quienes intentan pensar más allá de la superficie y terminan atrapados en ella.

    Escribo como quien abre una puerta apenas entornada

    Mi familia aparece en mis escritos, aunque yo no quiera. No de manera literal —uno siempre intenta protegerlos—, pero sí en los ritmos, en ese humor seco que se desliza sin permiso, en los silencios que se parecen demasiado a los suyos. Cada tanto algún recuerdo me salteará en la memoria: una sobremesa en que alguien soltó una verdad demasiado desnuda, o una tarde en que comprendí, sin que nadie lo dijera, que cada gesto guarda su propio laberinto.

    No hablaré aquí de mis libros; esta sección no exige que lo haga. Prefiero confesar estas pequeñas obsesiones, estos desvíos que me sostienen. Si alguien leyera estas líneas pensando que voy a revelar grandes secretos literarios, se llevará una decepción. Lo único que puedo decir es que escribo como quien abre una puerta apenas entornada, sin saber exactamente qué encontrará del otro lado, pero dispuesto a entrar igual. Quizá porque siempre he sospechado que, en el fondo, la literatura es eso: una conversación a media luz entre uno mismo y sus fantasmas históricos, imaginarios o cotidianos.

    Si estas confesiones invitan a alguien a acercarse un poco más a esa conversación, entonces ya hicieron su tarea. Lo demás —los libros, los personajes, las historias— vendrá por añadidura, como esas sorpresas que Julio Cortázar decía que la vida deja caer sin previo aviso, solo para ver si estamos atentos.

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    Yunier Riquenes García
    Yunier Riquenes García

    Master en Estudio en Lengua y Discursos, Universidad de Oriente, 2022. Doctorando en Ciencias Lingüísticas y Literarias, Universidad de Oriente. Doctorando en Letras Modernas, Universidad Iberoamerica de México. Licenciado en Letras (2006). Cofundador de Claustrofobias Promociones Literarias con Naskicet Domínguez Pérez.

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