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Roberto Méndez Martínez: Yo fui una especie de niño precoz para acercarme a la escritura

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    Yo fui una especie de niño precoz para acercarme a la escritura, pero tuve una maduración muy lenta.

    Cuando tenía dos años de edad enfermé de poliomielitis y el médico ordenó reposo absoluto. Mis padres me leían cuentos durante sesiones larguísimas para poder retenerme en la cama. Sané, pero las lecturas continuaron. Antes de saber leer ya había escuchado estrofas de los Versos sencillos de Martí y fragmentos de Platero y yo. Eso me preparó para ser un lector constante hasta hoy, pero en mi infancia y juventud era además un lector voraz, sin fatiga. Entre mis mejores recuerdos está el disfrute de obras tan diversas como Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas, las comedias de Aristófanes, mi primer acercamiento a La Ilíada de Homero en la traducción neoclásica y encartonada de Hermosilla y el descubrimiento de Don Quijote, primero en una edición íntegra en miniatura que me regalaron y después en una monumental edición ilustrada de la biblioteca de mi abuelo.

    Y el lector llevó al escritor. Comencé a escribir poemas enfáticos, en versos libres, a veces de muchas sílabas y cuentos llenos de peripecias, donde lo mismo había espadachines que dioses de la mitología clásica, gracias a que había leído Mitos y leyendas de la antigua Grecia, de Anisia Miranda y Oros viejos, de Herminio Almendros.

    Ya a fines de la Secundaria Básica me consideraba poeta. Escribía espaciadamente. Como yo creía entonces fielmente en la inspiración, esperaba a que el poema me estuviera cantando dentro de la cabeza para sentarme a escribirlo. Las lecturas de Darío, Casal, Martí, Lorca, el descubrimiento de Lezama, me fueron llevando a búsquedas y tanteos muy variados. Algunos de esos textos fueron publicados en mi Camagüey natal, en el suplemento literario del periódico Adelante cuando aún no había concluido el preuniversitario.

    Estudiar en la Universidad de La Habana amplió notablemente mi horizonte. No tanto por la carrera de Sociología que yo cursaba con fidelidad, pero sin demasiado entusiasmo, sino porque amplié mis lecturas en la Biblioteca Central de la Colina y en la Nacional. Me volví habitual de las librerías de viejo “Cuba científica”, más conocida como “La Polilla” y “Canelo” en la calle Reina. Frecuentaba las funciones de ballet, ópera, conciertos, exposiciones de arte y presentaciones teatrales. Comencé a publicar críticas y comentarios en El Caimán Barbudo.

    Aunque una parte notable de los poemas que componen mi primer libro, Carta de relación, fueron escritos durante los años universitarios o en los dos o tres años siguientes, el volumen solo fue publicado por Letras Cubanas en 1988.

    Por muchos años creí que me bastaba como experiencia expresiva escribir y publicar algún poemario y dedicar tiempo a la crítica de arte. Si se mira mi quehacer en los años 80 y 90 del pasado siglo, predomina la poesía: Manera de estar solo (1989), Desayuno sobre la hierba con máscaras (1991), Conversación con el ciervo (1994), Música de cámara para los delfines (1995), además de una buena cantidad de artículos publicados en el periódico camagüeyano y en diversas revistas del país. Entre 1988 y 1989 escribí, casi de un tirón, una novela breve y experimental llamada Variaciones de Jeremías Sullivan que sufrió muchos avatares y desencuentros editoriales antes de que Letras Cubanas la diera a la luz en 1999.

    Nunca me he planteado con mucha seriedad el asunto de ser un escritor entre dos siglos, pero en último caso, cuando me casé – con 39 años cumplidos- en 1999 y comencé otra época de mi vida, comprendí que había vencido una larga etapa formativa y que podía y debía pasar de una escritura dispersa, de ser un aficionado más o menos reconocido a convertirme en un escritor profesional, aunque eso no significara dedicarme únicamente a la escritura, pues ya se sabe en esta parte del mundo casi nadie puede vivir exclusivamente de lo que escribe.

    Decidí, sin embargo, invertir las cosas. Nada de ser escritor dominical y nocturno. Las horas más lúcidas del día debían ser para la escritura. Lo demás, lo de ganar el pan: escribir periodismo cultural, impartir clases, vendría en horarios extra.

    Desde entonces escribo cada mañana salvo grandes imprevistos. Da lo mismo escribir mucho o poco. Lo importante es la constancia. No he dejado de creer en la inspiración que es como una disposición especial para redactar un texto, pero no se trata de esperarla con las manos cruzadas. He perdido el terror mallarmeano a la página en blanco. Repito continuamente que más vale una página medianamente escrita que la cuartilla genial que nunca se redactó.

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    Este ensayo toma distancia de las actitudes tradicionales sobre el autor y procura restituir al poeta una amplia parte de su obra que parecía …

    Eso me ha permitido, sin abandonar la poesía, no solo ampliar mi frecuentación del ensayo breve – como los reunidos en Elogio de la noche (2002) y Castillo interior (2003)- sino los más extensos y ambiciosos que dediqué a José María Heredia, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Plácido y Lezama que me valieron premios nacionales e internacionales y aquellos de carácter didáctico, dedicados a la apreciación de una manifestación artística como El ballet, su mundo y Los misterios de la ópera, editados más de una vez y muy bien acogidos en diversas partes del mundo.

    Desde el inicio de este siglo, que considero el de mi maduración como persona y como escritor, he dedicado bastante tiempo a la novela. Si los cuentos y noveletas que acumulé en la centuria pasada parecían auténticas pérdidas de tiempo, me atreví a incursionar en un género que sentí a mi medida: la novela extensa, de gran densidad cultural, vinculada a procesos históricos y personajes singulares en diálogo con ellos. Así fueron viendo la luz sucesivamente: Callejón del infierno (2010), Ritual del necio (2011), Música nocturna para un hereje (2015), El fuego de Ruán llueve sobre La Habana (2016) y hay otras dos en espera de su momento de ver la luz.

    Nada de eso ha impedido persistir en la poesía, en cuadernos que creo que me definen mejor que los precedentes: Cuaderno de Aliosha (2000), Viendo acabado tanto reino fuerte (2001), Libro del invierno (2002), El Rostro (2007), Epístola para una sombra (2013), Libro de la Ventura (2013), Fiestas de otoño (2016), Superstites (2020) y Diario de la epidemia (2022). Guardo en mis gavetas otros tres volúmenes que siguen esperando por un editor. ¿Es mucho o poco? No lo sé. El tiempo dirá.

    Sigo definiéndome como poeta, pero como un poeta de expresión diversa, que procura aprovechar el tiempo de vida que me ha sido concedido para expresarme simultáneamente a través de varios géneros. No creo en los genios que viven una vida dispersa y como accidentalmente dejan unas páginas iluminadas. Las dotes que uno tiene necesitan trabajo, constancia, para manifestarse. Un mes bien aprovechado en la soledad ante el escritorio puede ser mucho más útil que un año de vida pública. Si logras algo que valga la pena vendrán después los premios, las presentaciones de libros, los eventos. Pero la clave no está en vivir bajo los focos de la atención pública, sino en la modesta y rica cotidianidad.

    Equipo Editorial
    Equipo Editorial

    El personal editorial de Claustrofobias Promociones Literaria esta coordinado por dos amantes del mundo literario cubano. Yunier Riquenes, escritor y promotor cultural y Naskicet Domínguez, informático y diseñador.

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