
Escrito por Enrique Pérez Díaz
Existe, lamentablemente, desde varias centurias atrás, una inadecuada, engañosa y polémica denominación que ya se ha acuñado por el uso más pragmático y la tradición, de nombrar aquello que presuntamente pueden leer los niños, literatura infantil y juvenil, que a nivel internacional se conoce por las siglas LIJ, categoría que de hecho segmenta cualquier obra solo en atención de su presumiblemente público receptor.
El fenómeno se da desde el siglo XVII, cuando se comienza a considerar a los niños personas y no meros y molestos animalitos que era necesario atender con riesgo de no perpetuarse la especie humana. De la mano de institutrices, pedagogos, abates, llenos cada uno de las mejores intenciones del mundo, se van elaborando textos -obviamente para las clases privilegiadas por el conocimiento y la lectura- que de alguna y mil maneras pretenden pautar una serie de valores, de índole algo russoniana en su búsqueda de la perfección, con tal de establecer los presupuestos de una educación humanista pero a la vez comprometida a los ideales de pureza y reafirmación de las virtudes de la clase dominante y, por supuesto, el clero.
Se cuenta en numerosos libros de historiografía, entre los cuales siempre descuella Los niños, los libros y los hombres, de Paul Hazard (traducido al castellano por Editorial Juventud de Barcelona en 1925), este ominoso precedente en favor por conseguir la «fabricación» de una infancia perfecta. Es frase acuñada la que reza: «de toda esa pléyade de institutrices, abates y preceptores» quedará por casualidad y fortuna una obra, que como suele suceder en la historia de la literatura, se escribe aún en contra de la tendencia de su autor: La bella y la bestia, de Madame Le Prince de Beaumont, que hoy consideramos un clásico y quien fuera émula de la Condesa Segur y otros personajes de tal linaje literario.
Pero el origen de esa hoy ya más cuestionada terminología «literatura infantil» suele estar lleno de singulares paradojas: en la misma época que ocurre esa cruzada en «favor» de la infancia, esta, irredenta, rebelde, curiosa, indisciplinada y ávida de saber por naturaleza y esencia, va haciendo suyos una serie de libros y/o textos que jamás fueron pensados para ella.
Se consagra así un personaje como Charles Perrault y sus Cuentos de mi madre la Oca, que inicia una innegable tradición de búsqueda infantil en pos de textos diferentes que sí dijeran algo. En realidad, suele suceder que las adaptaciones más conocidas de autor tan representado en todos los tiempos, dejan entrever con alguna palidez el contenido moralista de su creador, arropado benéficamente por los cánones de la literatura tradicional que nace de manera oral. El mismo destino tendrán los cuentos de los Hermanos Grimm, quienes se dedicaban al rescate del folclore de su tierra y estos precedentes fundan una línea de conducta en la infancia rebelde que intuía -pero ahora sabe muy bien y mejor cada vez- que detrás de ciertos libros (y no precisamente los escolares o del catecismo) se cuentan historias muy interesantes, de esas iguales a las que los adultos comentan en susurros cuando creen que nadie les oye…
No será hasta el XIX que de la mano de figuras como Hans Christian Andersen se piense en una literatura que degusten -si se me permite esta expresión-, unos niños eternamente hambrientos de emociones de toda índole. Poeta por esencia, pero también arraigado en las sagas de su tierra y en su curiosa y algo trágica biografía personal, Hans Christian Andersen, el hoy llamado «Príncipe de los cuentos infantiles», no vacila en afrontar, mediante el animismo o el antropomorfismo casi todas las penas del mundo, como también dijera nuestro Martí, un fervoroso lector suyo que tuvo el valor y la osadía de versionarlo con incuestionable creatividad y que fue su contemporáneo y émulo en más de una coincidencia.
Swift, Defoe, Melville por una parte, Alejandro Dumas, Rafael Sabatini, entre tantos y tantos, son fundadores de una literatura de crítica social ofrecida de manera elíptica o que recreaba los problemas reales y de actualidad mediante el folletín por entrega disfrazado de aventura, vitriólicas alegorías a los males de su tiempo, que pronto también serán pasto del apetito insaciable de esos niños ávidos de saber siempre la verdad.
Abundarían tantos ejemplos de las obras y autores que en virtud del público que más les amó a la postre, pasan a la dilatada nómina que hoy se conoce como LIJ, que llenaríamos páginas enteras de datos y anécdotas sobre ellos.
Entre fines del XIX y principios del XX es cuando se da un arraigo de hacer una literatura, que sin desdeñar del todo esta tradición, pero a la vez animada por ser más verídica -Martí fue uno más entre tantos con este propósito, aunque sus numerosas contiendas humanistas y ecuménicas en pos de la libertad de Cuba y América, apenas le dieron tiempo para tan noble afán-, pretenda llegar a un niño que ya hace rato es considerado persona, ser pensante, capaz de interactuar con su familia, escuela y sociedad.
Mark Twain, quien apuesta por una creación breve pero de espontáneo y nada gratuito humor, podría citarse como un epígono o también Loui- se May Alcott, que inspirada en una moral más liberal y permisiva existente en su época, introduce el elemento de la saga, la novela de continuidad o la recurrencia a los mismos personajes que tanto éxito mostrarán conseguir después, en su caso sin desapegarse, desde luego, de una prédica académica que reproducía los preceptos escolares de su padre y la ideas del filósofo Emerson y que no obstante, defendía la idea de que «Un buen libro es aquel que se abre con expectación y se cierra con provecho».
El año 1945 y la postguerra introducen, sin embargo, un despertar hacia los temas más difíciles. Será otro libro humorístico el encargado de ir sentando una tradición de protesta mediante la crítica divertida: Pippa Mediaslargas, de la sueca Astrid Lindgren, que puede considerarse un hito, polémico desde su inicio, sobre todo cuando unos afirmaron que era una historia «que arañaba el corazón», mientras otros sostenían que «ventilaba un cuarto donde ya todo olía a moho y guardado».
Colindando con esta línea se va dando un realismo crítico en la literatura de posguerra que toma al niño como su objeto y sujeto y consigue argumentos que pueden atraer a los adultos. Y ahí surge nuevamente otra gran paradoja, elemento más a tener en cuenta cuando se pretende desmentir la existencia de algo llamado LIJ y es que numerosos adultos, más cada vez, comienzan a prestar atención a la infancia, a estudiarla, seguirla de cerca para conocerla mejor y acaban convirtiéndose en devotos usuarios de una literatura que tampoco fuera pensada para mayores.
Los años de la postguerra también generan un interesante fenómeno comercial y será que, con independencia de obras muy logradas y veraces hasta la crueldad, se va instaurando una literatura cuyo único fin es el divertimento, la reiteración argumental y el manejo de técnicas muy efectivas y reconocibles por el lector, en virtud de lo cual se permite establecer todo un mercado para la validación de largas sagas de interminable extensión.
Las dos tendencias, esa que busca el escapismo a lo banal y aboga por preservar a los muchachos de sus crueles realidades y que la escritora y teórica argentina Graciela Montes llamaría «el corral de la infancia», negará la otra abierta y desprejuiciada y según la cual no deben existir tapujos o mentiras en cualquier hecho artístico- literario que involucre a una infancia. Para apoyar su tesis argumentará:
En realidad, es fácil darse cuenta de que todo los que los grandes hacemos en torno de la literatura infantil (no solo cuando la escribimos, también cuando la editamos, la recomendamos, la compramos… o la subrayamos) tiene que ver no tanto con los chicos como con la idea que nosotros -los grandes- tenemos de los chicos, con nuestra imagen ideal de la infancia.
También lo decía hace más de dos décadas la cubana, Mirta Aguirre, cuando pretendió establecer un poco de luz en nuestro proceloso paraje literario de los setenta que tendía a lo falso e insincero:
Por eso, respetando el criterio de quienes puedan pensar que es mejor otra cosa, votamos porque no se tema demasiado a que la literatura infantil y juvenil muestre los costados feos de la vida; no hemos terminado con ellos nosotros, y falta mucho para que se terminen en todas partes, siquiera sea en sus más graves manifestaciones.
Defendía asimismo el precepto de que «Estos niños deben y tienen que aprender que hay lobos que se disfrazan de inofensivas abuelitas», certeza que reafirma el desprejuiciado editor francés Francois-Ruy-Vidal: «Siempre hay lobos a nuestro alrededor… No se logran adultos equilibrados dando seguridad a los niños, sino por el contrario, exponiéndolos progresivamente a la vida».
Una buena literatura divide a los lectores, crea antagonismos, produce enfrentamientos y pasiones…
Ricardo Piglia
Un abanderado desde los años sesenta del siglo XX del realismo crítico para la LIJ, el escritor germano Peter Hártling, aseguró también:
Se echan de menos libros infantiles con referencias directas al entorno que hagan a los niños conscientes de los hechos sociales y políticos y que les estimulen a pensar también sobre ellos […] Existe una literatura infantil, cuyo hábito de mentir resulta ofensivo. La literatura para niños es también la realidad de los niños.
Tal fenómeno se da hasta nuestros días, con el agravante del rol preponderante que vuelve a tomar la escuela, manifiesto en listas negras de obras o nóminas de autores prohibidos, sustentada por el encargo editorial de lo más trivial y ameno y el establecimiento de otros soportes que ya en el XXI amenazan incluso con obtener la dominante y el predominio más violento y legalizado, en el gusto popular.
El tema de cómo se suelen violar los derechos de expresión de un creador auténtico lo evidencia el escritor francés Michel Tournier cuando recuerda: «editoriales especializadas que viven bajo el terror de la vigilancia que ejercen las asociaciones de padres de familia y de libreros, cierto tipo de periódicos y revistas y una vasta red de opinión en la que desempeña un papel importante el comentario de boca en boca. La publicación de un libro para niños que no se adapte a las exigencias de esa censura, entraña no solamente un boicot de la prensa y de los libreros, sino, además, un desprestigio que se extiende a toda la producción de la editorial responsable, considerada desde ese momento como sospechosa». Tournier, agrega que al respecto que «cabe suponer que cualquier audacia y todo tipo de creación original quedan así rigurosamente eliminadas por las comisiones de lectura». En la mayoría de los casos se fabrican «moldes» llamados colecciones, con un director de colección -en las que pseudo-escritores vierten incansablemente un producto pedido y programado de antemano.
Con el movimiento de ideas que cualquier postrimería finisecular trae consigo, en el año 1998 se legaliza el fenómeno Potter y con él toda una corriente de rescate de la literatura fantástica que se ha convertido, con apoyo del cine, etc. en moda y ejercicio y a la vez hace más elocuente los que ya venía surgiendo: la atención preferencial del adulto sobre cuánto se escribe para niños, bien sea para promoverlo/censurarlo; visualizarlo/ocultarlo, gustar de esta producción / negarla.
Pero es indudable el hecho de que la enorme saga del desvalido Harry, (antihéroe por antonomasia al carecer como tantos niños y niños lectores del mundo -de la elección de su destino, sino remitirse solo al que le confiere su estirpe-), genera un fenómeno global muy interesante y atendible: el lector no tiene edad. Si antes unos elegían lo que presuntamente les superaba en conocimiento y preparación de vida para leer, serán otros ahora quienes caigan rendidos frente a las otrora historias consideradas menores.
Mírese desde el prisma que se desee, definitivamente, la infancia nunca ha sido libre de un genuino poder de elección sino depositaría de una praxis acorde al gusto de los «mayores», pues tantas paradojas y equívocos no pueden ser fruto de casualidad. Si bien Harry Potter significó una redención entre el otro mundo adulto (y siguiendo su propia jerga: muggle -palabra que asumo para definir de otra índole u especie-) el enorme fenómeno de globalización que representa, tampoco será el ideal de una buscada libertad de elección ganada en buena lid. De alguna manera viene como peligroso y encubridor espejismo para legalizar lo más comercial, ocultar verdaderos clásicos (y clásicos vivos) de legítima literatura, sin apellidos, sin sufijos, sin destinos preconcebidos, una LITERATURA per sé, sin visiones etarias o mercantiles o de índole educativa o utilizada con segundos fines, cada vez más engañosos.
Cabría recordar ya a estas alturas de nuestra reflexión una elocuente idea de Ricardo Piglia que reivindica una literatura en contra de la estandarización embrutecedora establecida como constante:
Una buena literatura divide a los lectores, crea antagonismos, produce enfrentamientos y pasiones… es una forma privada de la utopía. Se lee para convertirse en poeta, para amar, para madurar, para mejor morir. Sólo a los lectores (se ofrece o se niega el mundo… hay que leer la literatura con fe, es decir, como modelo de vida, como un oráculo personal.
En una palabra, quisiera cerrar con una pregunta, que sea puente, abismo, interrogante sin fin hacia el infinito y más allá: ¿consiguió finalmente su libertad de elección, la posibilidad real de leer lo mejor, más edificante y enriquecedor la infancia del «mundo mundial», para utilizar la célebre frase del castizo Manolito Gafotas, de Elvira Lindo, o aún permanece cautiva en una engañosa jaula que le confina y oprime?



