
Escrito por Mirta Aguirre en Literatura infantil. Folleto metodológico. Selección de César Leante. Publicado en 1977.
“Leer es trabajar”, decía José Martí. Si aceptamos la definición, qué difícil es no considerar impecable este Fórum sobre literatura infantil y juvenil (Se celebró del 14 al 16 de diciembre de 1972), por cuya convocatoria merece las más cálidas felicitaciones nuestro Ministerio de Educación, puede y debe ser considerado como una reunión dedicada a una de las más importantes manifestaciones del trabajo desenvuelto por nuestros niños y nuestros jóvenes, en esta etapa de la construcción socialista de nuestro país. Y holgaría aclarar que el trabajo que constituye ese leer es —tiene que ser para nosotros— el trabajo concebido a la manera marxista: no aquel viejo castigo de “ganarás el pan con el sudor de tu frente” sino esa maravillosa chispa brotada del choque entre el homínida y las dificultades que le oponía la naturaleza, que logró transformar a aquél en hombre; y que ahora, tras la oscura y amarga historia del reinado de la propiedad privada, habrá de ser en la sociedad sin clases y comienza a ser en las que se encaminan a elle un goce, un disfrute, el más importante de los vehículos para el pleno y libre desenvolvimiento y “despegue” —despliegue— de todas las facultades humana.
Creo que mirando así las cosas es como podemos comprender toda la trascendencia de este Fórum. Bien sabemos, los que nos hemos dedicado a ella, sobre todo en determinados aspectos de sus diversas manifestaciones, la tremenda carga despectiva implícita en la frase “eso es literatura”, que muchas veces se pronuncia todavía entre nosotros, sin comprender que proviene de que, como dijeran los clásicos del marxismo, la burguesía es, por naturaleza, hostil a todas las manifestaciones de las artes y las letras porque lo que estas producen, aunque por virtud de determinadas maquinaciones puedan llegar a convertirse en ello, no son, por su esencia, mercancías: objetos obligadamente engendradores de plus-valía. Para el capitalismo, los que se dedican a escribir para que lean otros, han sido siempre, salvo cuando éstos se prestan a servirles de altoparlantes propagadores de ideas convenientes a sus intereses, nada más que parásitos más o menos molestos y, por consiguientes, merecedores de abandono y hasta de persecución.
De la misma manera, para la burguesía, a no ser que el asunto se refiriese a la selecta minoría a la que se encomienda la misión de los avances técnicos y científicos que en cada instante puedan rendir frutos al capital; de la misma manera, decíamos, para la burguesía leer no ha sido nunca trabajar. Al punto de que puede llegar a afirmarse que incluso lectura y trabajo le han parecido siempre, descarnadamente a veces y emboscadamente en cualquier tiempo, términos antagónicos. No es casual que todo país que efectúa una revolución anticapitalista se encuentre con altísimos índices de analfabetismo en el seno de las grandes masas populares, como bien le consta a nuestro país; y si se repasa un poquito el pasado, no da mucho trabajo el tropezarse con nombres ilustres que hace apenas un siglo clamaban abiertamente contra la enseñanza obligatoria primaria por estimar que el saber leer y escribir haría mucho más difícil la opresión y la explotación de la clase obrera y del campesinado: según ellos ese mínimo aumento cultural habría de afectar desaradablemente para los poderosos la relación capital- trabajo.
Con eso en mente es que hay que medir la significación de este Fórum, la que, sin duda, se acrecienta por el hecho de que no sólo vaya a tratar sobre la literatura sino, en especial, sobre literatura infantil y juvenil. Quiere decir que ya no hay desdén sino honor en lo de “eso es literatura” para quienes la practican; pero quiere decir, además, que nuestro Ministerio de Educación entiende de manera cabal lo que la lectura, ese martiano trabajar literario, representa para las generaciones del futuro. Leer es informarse y formarse, es desarrollar el lenguaje y con él la hondura y las perspectivas de horizonte del pensamiento, es ampliar la capacidad de la razón y del juicio, del conocimiento teórico y el aumento de posibilidades de la aplicación de éste a la práctica. Y si de lo que se lee no depende lo que se piensa ni lo que se hace, tampoco puede negarse la influencia ejercida en eso por la lectura.
Del mismo modo que se ha dicho que sin teoría revolucionaria no hay práctica que lo sea, puede añadirse que no hay teoría revolucionaria —ni, por tanto, lo otro—, sin lectura.
Un país empeñado en la construcción del socialismo no se preocupará, por tanto, nunca demasiado ni acaso lo bastante, en lo que toca a la literatura infantil y juvenil. Un país empeñado en la edificación de una sociedad comunista, lo que no es cosa de un día, no se preocupará nunca, ni acaso lo bastante, sobre la formación de sus relevos generacionales; y en esa preocupación nunca será demasiado ni bastante, el esfuerzo que se ejecute por asegurar a niños y a jóvenes la literatura adecuada.
Ese leer, en un país que afronta una coyuntura histórica como la que vive el nuestro, tiene al menos, un doble carácter: el que corresponde a la finalidad de formación del ciudadano que se necesita de manera inmediata; y el que de modo perspectivo ha de contribuir, al par, a la formación del hombre totalmente nuevo del porvenir.
Estas dos finalidades que, sin discusión, poseen muchos puntos comunes, poseen también sus matices diferencia- dores; y ambas cosas han de ser tenidas en cuenta al decidir qué deben leer nuestros niños y nuestros adolescentes, qué debe escribirse hoy para ellos y qué debe o no debe ponerse en sus manos de lo que proviene del acervo literario del pasado.
Aunque a ese respecto son muy numerosos los ángulos a considerar, en estos comentarios se ha decidido conceder la preferencia únicamente a dos que, a ocasiones, se consideran en riña el uno con el otro: lo que atañe a la verdad y lo que alude a la fantasía.
«Nuestros niños —dice Martí en una carta a Manuel Mercado— los hemos de criar para hombres dé su tiempo y hombres de América”. En general para hombres de América, más en particular para hombres de su tiempo y de su tiempo hoy en Cuba, hemos de modelar nosotros a nuestra juventud y a nuestra niñez. Y esto para decirlo con la velocidad que aconseja el que esta intervención sea lo menos posible, presupone que los modelemos fuertes y hechos a mirar cara a cara a la verdad, por dura que sea ésta. Niños que viven —y, al decir niños entiéndase que se implica siempre a los jóvenes— en el siglo de esa barbarie imperialista que tipifica Viet-Nam; niños que viven en una pequeña isla que, a noventa millas del gobierno más poderoso y más gánster!! del universo burgués, se permite ser libre y soberana y responsable de que el socialismo haya podido dar el salto a través del Atlántico, no son niños que puedan ser criados bajo campanas de cristal que los aíslen del conocimiento de la existencia del engaño, de la astucia, de la crueldad, de la maldad. Estos niños deben y tienen que aprender que hay lobos que se disfrazan de inofensivas abuelitas; deben estar avisados de lo que significan las abuelitas a quienes se les escapa de la cofia una oreja peluda o que muestran, al sonreír, un colmillo más largo de la cuenta; y deben saber muy bien que las Caperucitas tontas —para colmo, rojas— que se ponen a recoger florecitas por los bosques albergadores de lobos, terminan, sin remedio, siendo víctimas de éstos.
Si a esos niños hemos de enseñarles lo que sucede con la población civil vietnamita, laosiana o camboyana; si esos niños tienen que saber del asesinato de Che en Bolivia y de sus manos cortadas; si esos niños tienen que enterarse de que, en determinado momento, una Angela Davis está a una pulgada de la silla eléctrica; si deben conocer, respetar y admirar las vidas y las muertes de un Frank País, de un José Antonio Echevarría, de un Vaquerito, de un Manuel Ascunce y un Conrado Benítez, de un Jesús Menéndez y un Julio Antonio Mella; si no deben ignorar que la libertad y la justicia que hoy reinan en Cuba se levantan sobre los huesos de veinte mil héroes; si para esos niños CIA, bloqueo, Girón, Crisis de Octubre, Base Naval de Guantánamo, traición, espionaje, conspiración y atentado deben ser hechos y términos familiares, ¿hemos de preocuparnos porque estén en sus manos Barba Azul o porque una fábula les muestre el triunfo de la malicia y de la hipocresía sobre la candidez? Si han de ser mañana ciudadanos recios y alertas de una nación revolucionaria, ¿debemos pretender que sean menores espiritualmente, blandengues? ¿Hemos de temer hablarles de la tristeza, de la sangre o de la muerte?
¿O debemos los adultos, actuando como intermediarios inteligentes, afrontar todo eso, explicar todo eso y aprovechar todo eso de manera tal que lo literario pueda ser utilizado como puente para que la dura, implacable verdad histórica pueda ser asimilada por la inteligencia y la sensibilidad de los hombres del mañana con el mismo vigor de los cuerpos vigorosos que también debemos propiciar? ¿Mejor que edulcorar literariamente la realidad a los niños, no es que éstos sepan pronto de memoria la vieja y sabia copla española?
Vinieron los sarracenos
y nos molieron a palos;
que Dios protege a los malos
cuando son más que los buenos
No hay que derivar de aquí que lo que se propugna es que conduzcamos a nuestros niños a moverse, de manera exclusiva y constante, en un mundo literario de horror. Lo que hay que entender es que no queremos que la literatura seleccionada para ellos los lleve al error. Infeliz quien no crea que lo hermoso y lo tierno forman parte de la verdad de la vida; pero la vida tiene también su cara maligna, y esa no debe ser disimulada nunca, porque una verdad a medias no es verdad. Y no debe ser disimulada ni escondida, menos que a nadie, a aquellos que un día u otro tendrán que encontrarse con ella y que incluso están llamados a buscarla, donde quiera que se embosque, para presentarle batalla y ayudar a destruirla. En la verdad, como en un yunque —y nuestros más altos dirigentes nos han acostumbrado a ello, diciéndole siempre que ha llegado la hora amarga— ha de forjarse el temple revolucionario; y ese ejercicio de valerosa aceptación de la verdad dolorosa y de valerosa reacción contra ella, debe ser iniciado tan pronto el ser humano es capaz de comenzar a pensar.
Por eso, respetando el criterio de quienes puedan pensar que es mejor otra cosa, votamos porque no se tema demasiado a que la literatura infantil y juvenil muestre los costados feos de la vida; no hemos terminado con ellos nosotros, y falta mucho para que terminen en todas partes, siquiera sea en sus más graves manifestaciones. Por desdicha no podemos escandalizarnos, como Juan Jacobo Rousseau en su Emilio, de que la infancia descubre en El zorro y el cuervo de La Fontaine, que “hay hombres que adulan y mienten para su provecho”; por el contrario, deben saberlo, puesto que es una verdad. Y, ya que se ha mencionado a Rousseau, dicho sea de paso, que el apego a lo verdadero no ha de conducirnos, como le sucedía a su Julio en La nueva Eloísa, a la condenación de los recursos poéticos.
En un pasaje de esta última obra que, con seguridad habrán de recordar todos los dedicados a la educación infantil, refiriéndose al mismo poema de La Fontaine, Julio escribe que ha resuelto no leer más fábulas a su hijo, porque al finalizar aquélla el niño hubo de preguntarle si los cuervos hablaban. “Al instante —comenta ella— vi la dificultad de hacerle sentir con toda claridad la diferencia entre el apólogo y la mentira”; y con tal motivo resuelve no volver a tocar a La Fontaine, porque “a los niños hay que decirles siempre la verdad desnuda”. Si Julio o su padre Rousseau hubiesen sabido, como por entonces ya sabía Juan Bautista Vico, que los mecanismos poéticos —mitos, fábulas, apólogos, parábolas— eran instrumentos para poner “las cosas grandes al alcance de los pueblos niños”, se habrían dado cuenta de que el pecado no estaba en La Fontaine sino en la limitación de la “intermediaria” incapaz de lograr que la criatura fuese aprendiendo a separar el apólogo de la mentira y no habrían creído que la presentación desnuda de la verdad presuponía —como cuestión de esencia que es— la abolición de toda apariencia que no fuese enemiga jurada de la fantasía. Si algo puede conducir a fabricar mentes adultas incapaces de una adecuada comprensión de la literatura en su función artística, es la aplicación, a la educación infantil, de criterios como estos rusonianos que acabamos de citar, y que tienen más de dos siglos de vejez.
Más serio que lo anterior, respecto al problema de lo verdadero, es el que plantea la llamada novela histórica, de tan abundante y atractiva presencia en el pasado siglo y que tan pocas veces merece, en rigor, ese nombre. Aparte la desfiguración de la verdad en los detalles, asunto de poca monta, nunca o casi nunca ese tipo de obras responde al enfoque deseable para la formación de un joven socialista. Y, sin embargo, sería peligroso colocar el índice condenatorio sobre toda esa producción. Para no ir más lejos, habría que barrer del mapa a todo Alejandro Dumas, empezando por declarar que hizo muy mal nuestro Instituto del Libro al editar Los tres mosqueteros. Pero ¿es que hay derecho a exigir que nuestros niños crezcan sin haber conocido las hazañas y el “todos para uno y uno para todos” de d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís? ¿Está haciendo mal, acaso, nuestro Instituto de Radiodifusión al televisar sus aventuras? ¿Existe el riesgo de que Los tres mosqueteros conviertan en monárquicos a nuestros jóvenes?
En este terreno, sin duda resbaladizo y riesgoso, en el cual como en todo lo que reza a la cultura, debe huirse de la estrechez de criterio como de la estampa del diablo, lo que resulta indispensable —como en todo lo que roza a la cultura— es una vigilante delimitación de campos que determine, con seguro criterio marxista, hasta dónde se puede llegar y qué es lo que resulta inadmisible. Bien, por ejemplo, que el Instituto del Libro brindase a nuestra población infantil —y, vamos a ser francos, en muchos casos adulta— Los tres mosqueteros; más, ¿sería lo mismo, si lo que hubiese puesto en circulación hubiese sido Pimpinela escarlata o El misterioso Pimpinela, de la señora Baronesa d’Orczy, con su malintencionadísima y ultrarreaccionaria pintura de la Revolución Francesa? Indudablemente, no. En el primer caso se desfiguran hechos y personajes que, aunque pertenecientes a la historia, no significaron en ella nada parecido a lo que estalló en Francia en 1789, y es lo segundo lo que se calumnia de manera intolerable en la pimpinélica serie.
Se dirá que, de todas maneras, hace falta aplicar la censura. No hay que temer a declarar que eso es totalmente cierto. Lo es para los niños y los jóvenes y lo es para los adultos. Un país que construye el socialismo no puede permitirse la tontería de dejarse penetrar por el diversionismo ideológico por caminos literarios ni por ningún otro camino; y la vigilancia que ejerza en ese sentido es tan justa y tan indispensable que ni siquiera tiene que justificarse con la denuncia de que tal censura se practica, si bien en dirección opuesta y perjudicial al progreso del mundo, aún en los países que más presumen de respetar la libre emisión del pensamiento y demás zarandajas atribuidas a la democracia burguesa. Ahora bien: lo decisivo para el futuro cultural de un pueblo constructor del socialismo es que esa censura sea ejercida, para todas las edades y en todos los terrenos, por cuadros políticos suficientemente desarrollados, tanto desde el punto de vista de la teoría ¡marxista como de la práctica dirección revolucionaria y desde el punto de vista artístico y literario. De otro modo se corre el riesgo de no distinguir entre lo que Martí definía como “el instante raro de la emoción noble o graciosa” y lo raro que, según él mismo, no se debía decir; se corre el riesgo de llegar a estimar que deben ser extirpados de La Edad de Oro el romancillo de “el palacio está de luto y en el trono llora el rey. o el hacha y la nuez encantadas de Meñique o, pese a su excelente moraleja, el cuento de “camaroncito duro sácame del apuro”; y hasta podría arribarse a pensar que La rosa blanca debía desaparecer de futuras ediciones de los Versos sencillos, no fuese a inducir a nuestras criaturas a presentar la otra mejilla cuando reciben un bofetón en la primera.
Aquí hemos reconocido antes la influencia de la lectura en el desarrollo y la orientación del pensamiento; pero también se ha dicho que lo que se piensa y lo que se hace no depende exclusivamente de ella. Por tanto, la importantísima, la fundamentalmente importante preocupación por la presencia de una literatura infantil y juvenil que coadyuve al fortalecimiento de una conciencia revolucionaria en nuestros menores, no debe arrastramos a mutilar en ellos el conocimiento de las letras universales de ayer y de hoy, más que en lo estrictamente justo e ineludible. Descuidar que, tanto en la literatura científica como en la de ficción, el cerebro y la sensibilidad de nuestras criaturas se encaucen por senderos acordes con los que sigue hoy y debe proseguir Cuba mañana, podría costamos lágrimas de sangre dentro de quince o veinte años. Pero nos costaría muy caro, asimismo, fabricar comunistas romos para el arte y las letras, sectarios de la cultura, incapaces de ir más allá de Tchaikowsky en música, incapaces de situar a un Tolstoy como lo hiciera Lenin o capaces —y consta que esto proviene de una anécdota real— de asegurar que la sonrisa de la Gioconda “refleja la satisfacción de la burguesía en ascenso”.
Por eso, si defendemos ardorosamente la presencia de la verdad en la literatura infantil y juvenil, con el mismo ardor defendemos la salvaguardia de la fantasía y Tle’El imaginación en ella. Defendemos en ella, apasionadamente’, la supervivencia de la riqueza poética. Defendemos la cultura marxista que ordena salvar y revalorizar para la cultura de la sociedad sin clases, amén de los avances técnicos y científicos del capitalismo, cuanto de estimable y valioso ha sido creado por la humanidad en literatura o en arte, desde los días prehistóricos hasta el presente. Si no, enfrentarse hoy al “arte por el arte” o a “la literatura por la literatura”, presupone traición ideológica a los principios revolucionarios, hace a éstos un daño incalculable quien interpreta eso como declaración de guerra a cuanto no sea creación panfletaria o a cuanto no traiga consigo eso que a veces denominamos “mensaje”. Y esto es bueno decirlo, porque, aunque no se extienda a nuestras altas esferas de gobierno, en ocasiones no deja de manifestarse. Refiriéndonos al propio gobierno hay quien no comprende, por ejemplo, la protección que éste brinda al Ballet Nacional de Cuba y el alto aprecio que otorga a su arte. ¿Quién no ha oído eso de que, si el ballet tiene cuna aristocrática, de que, si el ballet es un arte de reyes y de cortes, de que, si en Giselle hay hadas y magias, de que, si el Lago de los cisnes es, en una sociedad de trabajadores, tan incongruente como las historietas de Cenicienta o de Blancanieves y los siete enanitos?
Estos son criterios que deben ser combatidos con la mayor energía, porque, a sabiendas o no, lo que pretende es el empobrecimiento cultural del hombre nuevo, llamado a serlo no por desprecio a esas cosas sino por el disfrute de ellos en su histórico significado y por el justo *calibramiento de sus valores estéticos más puros, tal y como disfrutamos y juzgamos hoy a Homero; y, en primer término, por la posesión de esa nueva conciencia social —e individual— comunista, que hoy luchamos por crear y a la que en nada obstaculizan las zapatillas de puntas de una Alicia Alonso o El maravilloso viaje de Nils Hólgersson a través de Suecia de una Selma Lagerloff o El libro de las tierras vírgenes de un Kiplíng, aunque ese Kipling sea, en otras partes, el glorificador de las victorianas expansiones imperialistas.
Aunque este no es un Fórum de acuerdos y se ha aclarado muy bien que de él no emanarán conclusiones, por eso mismo reiteramos la importancia y la oportunidad de su convocatoria. La forma en que se ha organizado este coloquio indica que el Ministerio de Educación tiene profunda conciencia de lo complejo que resulta el abordaje de cualquier problema relacionado con la formación de la juventud y de la infancia. Lejos de culminar en apresuradas determinaciones, lo que de aquí emanará será una masa de informes y de opiniones que, con certeza, habrán de analizar con profundo detenimiento los llamados a resolver, en definitiva, lo que Cuba habrá de hacer, de aquí en adelante, en literatura infantil y juvenil.
En conexión con ello, restaría decir que escritores que produzcan o quieran producir para jóvenes y niños, no nos faltan. Lo que sí falta y ha faltado —y lo decimos porque aquí se viene a ser franco— es el estímulo para que esa producción se desarrolle debidamente. Aunque sea bien desagradable hablar de uno mismo, yo pregunto: ¿qué puede impulsar a proseguir escribiendo para niños, a quien tiene hace seis años un tomo de casi un centenar de poemas durmiendo el sueño de los justos, en espera de una impresión que ahora, por fin, parece dispuesto a llevar a cabo el Instituto del Libro? ¿Qué puede alentar a los escritores y musicalizadores de cuentos infantiles a continuar en ese empeño, si esas grabaciones de discos no se hacen jamás ni se repiten cuando se agotan? ¿Para qué escribir textos para los buenos compositores de música infantil que no nos faltan, si esas canciones no se editan?
Muchas cosas más y cosas más serias podrían añadirse a lo anterior: pero basta eso, ya que el propósito no es el de polemizar ni menos el de formular quejas sino el de solicitar atención a hechos que no propician la dedicación y el entusiasmo que la creación de una literatura para niños y jóvenes debía promover en nuestra mejor gente de pluma. E insistimos en eso: en nuestra mejor gente de pluma, la de más afilada orientación ideológica y la de mayor talento. Porque para niños no debe ni puede escribir cualquiera. No debe tolerarse que escriba cualquiera. Ya se trate de versos o de prosa, un buen libro para niños o adolescentes, es el libro que puede leer con gusto el adulto cultivado. Un buen libro para niños únicamente puede hacerlo quien sea un buen escritor; y un buen escritor que, además, posea aptitud para ello, la que no siempre poseen todos. Un buen cuento para niños se llama La muñeca negra; un buen libro juvenil se llama Platero y yo; un buen poema para niños comienza:
El lagarto está llorando.
La lagarta está llorando.
El lagarto y la lagarta,
con delantalitos blancos. . .
A nuestro Ministerio de Educación se plantean, hoy centenares de gravísimos problemas a los que tiene que dar solución.
De este coloquio habrán de surgirle unos cuantos más. Todos sabemos lo difícil que es su tarea y la necesidad en que se ve de colocar a veces, en planos secundarios, asuntos a los que, en condiciones menos agobiantes, concedería el primer lugar. Hay que saber, pues, que mucho de lo que se trata en este Fórum no podrá ser objeto de medidas óptimas y de inmediata aplicación. Pero de que esa vendrá un día u otro, tan pronto como sea posible, todo el mundo tiene la certidumbre. Y poder tenerla, es ya una gran cosa.
PATRIA O MUERTE. Venceremos.


