La literatura y la creatividad infantil

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    Escrito por Elíseo Diego en Literatura infantil. Folleto metodológico. Selección de César Leante. Publicado en 1977.

    Nuestra urgente necesidad de técnicos hace comprensible, y por ello más alarmante aún, que pasemos por lo alto la decisiva importancia que tienen la imaginación y la sensibilidad en el proceso de formación del hombre. No basta con “comprenderlo” y correr enseguida a un problema más urgente. No hay nada más urgente. Porque no se trata de llenar la Isla de óleos, novelas y sin­fonías. Se trata de que sin imaginación la técnica y la conciencia no pasan de ser una rutina mecánica. Se trata de combinadas, de procesos de producción más eficaces. La ciencia no se reduce a la simple acumulación y trasmisión de los conocimientos. Es preciso, además, animarlos, asociarlos en relaciones imprevistas, darles, en suma, vida: sin imaginación no habría luz eléctrica, ni habrían llegado estas páginas a manos de quien se decida a leerlas.

    Y en cuanto a la sensibilidad, ¿qué otra cosa podría ser­virnos para distinguir al hombre de la bestia, o, para decirlo de otro modo, del “marine”? Sólo un hombre capaz de sentir los supremos valores humanos, de con­moverse con ellos, podrá orientar su vida fuera de cauces mezquinos y decidirá con prudencia y justicia sobre el destino último del ya incalculable poderío de la ciencia. No existe, por tanto, nada más urgente.

    Ahora bien: a la imaginación y a la sensibilidad no es posible “impartirlas”, como sucede con la geografía, la gramática y demás conocimientos. Sólo cabe apreciarlas facilitar su desarrollo, crear las condiciones para qué maduren por sí mismas. La imaginación sólo crece creando, y la sensibilidad sintiendo, de modo que las artes constituyen la vía idónea. Crear es inventar, poner uno ahí lo que antes no estaba; y apreciar lo que el arte crea es obra de la sensibilidad, y sobre ella obra; nadie puede hacer semejantes experiencias en lugar nuestro. Favorecer el crecimiento máximo de estas dos cualidades humanas fundamentales representa una de las más difíciles tareas en todo el proceso de formación del ser humano: por ello es digna de que la Revolución la acometa. Mucho se ha ¡hecho ya; pero queda mucho por hacer.

    Singularmente favorable a nuestro propósito nos parece la literatura, ya que trabaja con palabras, y las palabras son símbolos que necesariamente han de convertirse en imágenes y conceptos: quien lee, crea. Téngase muy presente que uno de los problemas más graves a que deben enfrentarse los educadores es el de esa lectura mecánica que se contenta con transformar los signos escritos en sonidos, y éstos en sus significados más elementales. Por el contrario, una verdadera lectura exige que vayamos desentrañando el sentido oculto en el símbolo de cada palabra, que le sigamos la alusión hasta el objeto, real o mental, cuyo sitio ocupa en la conciencia. Compárese la actitud mental de quien escucha un cuento con la del que contempla una cinta cinematográfica. Este último no tiene nada que hacer: las imágenes se suceden ante él y no le exigen más que registrarlas.

    En cambio, ¡qué distinta la situación de quien debe suplir, a cada estímulo sonoro, su propia imagen. Aquí todo es actividad, incesante movimiento. Al conjuro de la palabra es preciso crear todo un paisaje, las escamas del dragón, la penumbra del castillo, las botas que devoran leguas y el magnífico sombrero de un gato que habla. En resu­men, podríamos decir que quien escucha o lee un buen cuento se ve literalmente obligado a recrearlo, a repro­ducir el acto de creación originario.

    Esto, en cuanto a la imaginación. En cuanto a la sensi­bilidad, de sobra es conocida su estrecha vinculación con la palabra: quien leyó a Martí de niño, es difícil que más tarde sienta como un carnicero de hombres. No afirma­mos que sea imposible; pero sí que por lo menos le resul­tará incómodo.

    Condición fundamental será que la literatura lo sea de veras, respondiendo, claro está a las apetencias naturales de los niños según las distintas etapas de su desarrollo. Será útil, de entrada, distinguir entre la literatura para  los niños y la literatura de los niños, ya que las dos pre­posiciones ocultan realidades que no siempre coinciden, y postular que ninguna obra llegará a ser de los niños a menos que constituya una obra de arte por derecho propio; que ninguna obra pasará a ser de los niños a no ser que satisfaga lo que les pide, no en este caso el cuerpo, sino la mente. Un buen cuento fantástico es un instrumento precioso durante la etapa en que los niños rebasan la simple complacencia en el descubrimiento de la realidad que caracteriza a los más pequeños: si es bueno, ofrecerá una materia compacta en que la imagi­nación podrá ejercitar sus dientes. El mismo cuento, en cambio, será un fracaso sólo unos cuantos años más tarde: resulta ahora inverosímil, y lo que quiere es una aventura realista con un héroe en que el adolescente pueda crear, en que pueda encarnar su propio esbozo de vida- Pero debemos precaver contra una tentación a la que sucumbieron muchos pedagogos durante los siglos XVIII y XIX; es inútil tratar de sustituir la buena literatura por relatos edificantes prefabricados.

    Como se demostró durante los largos siglos en que aún no se había descubierto la literatura para niños, éstos son críticos, refinadísimos, y poseen un buen gusto infalible. La bienintencionada narración con enseñanza encu­bierta —el gato que ansía pasar por liebre— no alcanzará jamás su bienintencionada meta: se estrellará contra el tedio. El aburrimiento es el arma secreta de los niños.

    En nuestro país, los problemas relacionados con la literatura infantil son en realidad tres y de pareja impor­tancia: en primer término —citando lo dicho en una conferencia pronunciada en la Biblioteca Nacional—, puesto que el papel de la literatura infantil en la formación del hombre tiene que ver ante todo con el desarrollo de la imaginación y la sensibilidad, es indispensable que nuestros niños tengan acceso al tesoro de los libros sancio­nados por la máxima autoridad en la materia: los propios niños. Cuando se considera hasta qué punto las traduc­ciones usuales de estas obras, hechas bajo el viejo sistema sólo con el criterio del lucro, resultan no ya pobres, sino detestables, el hecho del bloqueo a nuestro país aparece más bien como una bendición que una conjura, ya que nos forzó a un cuidadoso trabajo de revisión, y, en el mejor de los casos, a emprender versiones propias. Hoy por hoy podemos afirmar que algunas de las versiones cubanas de los clásicos constituyen verdaderas aportaciones a la literatura infantil en lengua española. Entendemos que este trabajo no sólo debe continuar, sino alcanzar niveles aún más altos. Sólo el tesoro de los cuentos folklóricos de las varias nacionalidades que integran la Unión Soviética, representa ya una riqueza incalculable.

    Sería conveniente crear premios que sirviesen de estímulos —a la mejor traducción del año, por ejemplo, como es costumbre en los países más avanzados—, a fin de subrayar que la traducción entre nosotros no es ya un modesto renglón del comercio, sino una manifestación de la literatura tan digna como cualquier otra.

    En segundo término, y como exigencia natural de la misma necesidad que señalamos antes, es preciso editar obras de imaginación en que se contemplen temas cubanos. Esto es más fácil de decir que de hacer, ya que la buena voluntad no basta. Cuba posee, por ejemplo, un riquísimo folklore de origen africano; pero es un material sin desbastar, en espléndido estado salvaje. Para ofrecerlo a los niños no es precisamente un educador lo que se requiere, por muy sanas que. sean sus intenciones; lo que se requiere es un poeta, capaz de dar forma a la riqueza primitiva sin que en el trasiego se pierda la vida, nada menos.

    Aparte de la simple habilidad formal, es evidente, por los ejemplos del pasado, que la imaginación del poeta es muy afín a la del niño: no la entorpecen esas inhibiciones del moralista que, deseando eliminar toda impureza, sofoca diligentemente la poesía —en la honesta convicción, suponemos, de que el niño es un angelote cuyo “biscuit” es necesario preservar para formar con eso al hombre. Pero, por desgracia, los poetas no se construyen con “mínimos técnicos”. Es indispensable una larga labor de captación de nuestros escritores en que se vayan dejando atrás los viejos prejuicios que achican desdeñosamente la obra ofrecida a los niños. Mientras no lo logremos, seguirá siendo preferible La isla del tesoro a una bienintencio­nada chapucería del patio.

    El tercero de los problemas que confrontamos es el de cómo encauzar y satisfacer la curiosidad de los niños, lo que abarca todo el cúmulo de obras de carácter didác­tico. Aquí, por supuesto, hallamos una situación muy semejante a la que existe en el orden de las obras ima­ginativas: también aquí es sensible la carencia de obras de verdadero impacto sobre los temas que más de cerca nos afectan. En cuanto a los asuntos de interés universal, podemos disponer de un excelente material extranjero; pero en cuanto a lo típicamente nuestro la necesidad es tan urgente como en el caso anterior, lo que es más, requiere de idénticos cuidados. Pues no es posible olvidar que aún a la ciencia misma los niños se acercan sólo por la vía imaginativa, como lo demuestra la universal popularidad de las obras que escribió aquel grandísimo poeta que se llamó Julio Veme. No quiere esto decir que el tipo de obras a que ahora nos referimos tenga necesariamente que adoptar una apariencia de novela; pero sí que la amenidad, así como el enfoque imaginativo, la naturalidad y la elegancia en la expresión, constituyen requisitos indispensables. El arte con mayúscula estará también presente a través de la ilustración: es en este aspecto que nuestras posibilidades inmediatas son mayores, tanto en uno como en otro tipo de obras. Doloroso es reconocer que las hemos descuidado, porque, a dos defectos de viejo arraigo: la festinación y la improvisación, unimos aún el ancestral, inconsciente desprecio por el público a pequeña escala, olvidando el espléndido ejemplo de José Martí.

    No obstante, su excepcional valor formativo, la litera­tura resultará económica porque no requiere de maestros; en cambio, exige una abundancia de títulos. Nos referimos, claro, a la literatura que estimamos esencial para la formación de niños y jóvenes, la que escogen por sí mismo y leen por su propio gusto. Este quedará satisfecho si la literatura es, como postulamos, arte del mejor; pero la posibilidad de escoger no será menos importante: ¿cómo, si no, atenderemos la inestimable variedad de las diferencias individuales? a riesgo de repetirlo hasta el cansancio, diremos que la imaginación y la sensibilidad alcanzan sólo en la originalidad su pleno sentido: nadie puede crear ni sentir por nosotros, y mientras más diversos sean los aportes, mayor será la riqueza de la nación.

    Nos gustaría resumir de este modo nuestras recomendaciones:

    1. Que se reconozca expresamente el alto valor que co­rresponde al cultivo de la imaginación y la sensibili­dad en el proceso de la educación: habrá otros factores tan importantes, pero ninguno que lo sea más.
    2. Que se proporcionen a nuestros niños y jóvenes a las oportunidades y medios necesarios para que por sí mismos las ejerciten y desarrollen al máximo.
    3. Que al fin propuesto, en lo que respecta a la literatura infantil y juvenil, se dé a este tipo de libros la misma importancia que a los llamados “libros de texto”, ya que contemplan objetivos de tanta trascendencia como los que corresponden a éstos.
    4. Que los libros para niños y jóvenes se produzcan en la variedad necesaria para satisfacer las diferencias individuales, y en tal abundancia —dentro de lo posible— que cada uno obtenga y conserve aquellos que prefiera. Los libros no son mercancía: tenerlos, releerlos, subrayarlos en suma, usarlos, contribuye a Ja ejercitaeión que nos preocupa.»
    5. Que se estimule a los escritores y artistas cubanos a producir para nuestros niños y jóvenes. Sería preciso iniciar alguna campaña encaminada a situar la literatura para niños en el mismo rango que se concede a la literatura de adultos, propiciando la publicación de trabajos críticos en nuestras mejores revistas literarias y creando, quizás, un premio nacional coincidente con los de novela, ensayo, teatro, poesía, etcétera, a fin de romper el viejo hábito, muy arraigado en nuestros países de cultura latina, de menospreciar el arte que se dedica a los niños.

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    Naskicet Domínguez Pérez
    Naskicet Domínguez Pérez

    Licenciado en Computación y Matemática. Comencé el mundo del audiovisual desde el 2000 para luego terminar en el diseño gráfico. Miembro de la Oficina Nacional de Diseño y de la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales. Co-Fundador de Claustrofobias Promociones Literarias.

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