
Escrito por Alga Marina Elizagaray en Literatura infantil. Folleto metodológico. Selección de César Leante. Publicado en 1977.
(fragmentos)
CONDICIONES QUE DEBE REUNIR. EL LIBRO INFANTIL
El libro infantil debe ser formativo. Se atribuye a Daniel Defoe esta frase: “El libro para niños es el encargado de formar lectores.” Y esto es cierto. Independientemente de cualquier otra función didáctica o recreativa que pueda tener —y que indiscutiblemente tiene siempre— el libro infantil tiene el deber de habituar al niño a la lectura. Por tanto debe informar y formar, o sea, contribuir a sensibilizar el mundo interior del niño y condicionarlo como lector. Cuando echamos una ojeada a la infancia de los grandes hombres, vemos que en ella ha habido muchos libros y buenos libros. “El libro infantil debe conciliar las dos aspiraciones contradictorias y, sin embargo, fundamentales de la infancia: el gusto de lo real y la necesidad de lo imaginario”, sugiere Marc Soriano al abordar este tema. Y efectivamente, el libro infantil debe ser realista, sin dejar de ser poético; ser tierno, y también dejar un margen para la fantasía y sus vuelos. Su estilo debe ser sencillo, con mucho diálogo y acción, evitando siempre las exageraciones descriptivas. Además —y este ya es un aspecto más práctico— tiene que ser a la vez fuerte, bien ilustrado y barato.
Los niños llegan a ser buenos lectores si los libros que han caído en sus manos le resultaron interesantes. La calidad del libro infantil está siempre determinada por el talento y el respeto que al autor le inspire el mundo de la fantasía, y también por el conocimiento científico que tenga de la peculiar sensibilidad de esa etapa tan compleja que es la niñez. Si los niños no leen más acerca de lo que deben y quieren es porque lo que se supone que ello sea casi nadie lo sabe ni lo escribe para ellos.
Resulta curioso que las cosas que desde siempre más han interesado a los niños sean los cuentos, los cuentos más sencillos, naturales y conmovedores, en fin, los cuentos en que merodean los distintos sentimientos y actitudes humanas exentas de ñoñería. Estos cuentos llamados populares, tradicionales o folklóricos, indiscutiblemente que en los primeros años influyen más en el niño que cualquier otro tipo de literatura. Estos cuentos, siempre que son inteligentemente seleccionados, forjan su sensibilidad, desarrollan su imaginación incipiente, y le enseñan acerca de la condición humana, y sus aciertos y desaciertos. De ahí que sea imprescindible el rigor más cuidadoso al escoger esos materiales de primeras lecturas y base formativa de su futura personalidad.
La primera dificultad que entraña una auténtica literatura para niños es la sencillez que debe poseer. Y ya sabemos de sobra que muy pocos hombres tienen la suerte de prolongar la sensibilidad poética de la infancia durante sus vidas. Estos elegidos del país de “nunca jamás”, de la isla mágica de Peter Pan son, en última instancia, los poetas: los seres que realmente logran ser atendidos y comprendidos por los niños de todas partes. En lo que respecta al género infantil huelga la buena intención si está ausente la gracia o eso que los españoles llaman “ángel”.
Y es que la literatura para niños es muy reciente, tiene poca tradición, apenas tiene historia comparada con el resto. Nace como una literatura clasista con el auge de la burguesía. En nuestro siglo en que la burguesía como clase está en quiebra o desaparecida —tal es el caso de los países socialistas o los que tratan de construir ese sistema— es necesario renovar la literatura infantil introduciendo sutilmente los elementos ideológicos que prevalecen en esta nueva etapa histórica que vivimos, así como nuevos temas de interés para el niño contemporáneo de los vuelos espaciales y de la desintegración del átomo y sus posibles usos inofensivos. Hay que encontrar nuevos mitos que sean tan buenos y hasta mejores que los del pasado en medio de nuestro convulso siglo que parece haber destapado una “caja de Pandora” más inquietante y peligrosa que la de los antiguos griegos.
Pero lo que resulta válido para cualquier tema o autor es evitar el lenguaje convencionalmente amanerado, los diminutivos innecesarios, la cursilería ñoña, usar el diálogo y la acción lo más posible, y describir en forma breve y gráfica cuando ello sea necesario.
VENTURAS Y DESVENTURAS DEL LIBRO INFANTIL
Aunque es cierto que abundan más los libros malos en este género, también es cierto que sin que sean perfectos hay una gran producción actualmente de libros más o menos aceptables y hasta algunos muy buenos. Si bien los cuentos tradicionales de hadas, príncipes, ogros, brujas y demás elementos de esa imaginación popular no deben ser lo único que un niño tenga entre sus primeras lecturas; tampoco pueden rechazarse las mejores producciones de la fantasía popular acumuladas durante siglos.
No debemos inducir al niño a vivir al margen de la realidad, ni a desarrollar una sensibilidad enfermiza o mórbida; pero tampoco podemos negarles su derecho a esas fábulas y al conocimiento de que en la vida existen la violencia y la muerte.
Debemos contribuir a crear una nueva literatura infantil en la que el niño encuentre sus propias inquietudes y en la que se le hable con su propio lenguaje. A este fin se encaminan las experiencias que se llevan a cabo en algunos países por medio de grabaciones a niños para conocer y utilizar su propio idioma, saber sus intereses, su vida interior, los asuntos que le importan, etcétera.
Está en vías de nacer una nueva literatura infantil que responda a las nuevas necesidades del niño de aquí y de ahora, que sea fiel a su peculiar idiosincrasia en las distintas etapas por que atraviesa, que se mantenga alerta y abierta a las diversas sugerencias cotidianas de la vida moderna y sus constantes transformaciones.
En cada niño hay un poeta; pero, por supuesto, las manifestaciones poéticas no aparecen por arte de magia en ninguno de ellos. La poesía surge en el niño con el descubrimiento del sentimiento de la belleza. Si no le ponemos en contacto con ese valor y se lo mostramos mediante el cultivo de la sensibilidad, será un pequeño monstruo de indiferencia ante cualquier aspecto hermoso o dramático que la vida le ofrezca, ya sea la naturaleza, el lenguaje, o los sentimientos humanos. Le dará lo mismo jugar a los escondidos que “matar a un ruiseñor”. Todo el caudal latente de su capacidad creadora se malogrará para siempre.
La literatura como arte es la más alta expresión cultural del lenguaje, y contiene en. esencia todas las manifestaciones de la cultura humana. La literatura infantil, el libro para niños, como resultante de una auténtica y alta creación poética, ayuda poderosamente a la formación ética y estética del niño, al ampliarle su incipiente sensibilidad. Y esta ayuda le servirá para el resto de su vida.
Como muy acertadamente expresa Vasili Sujomlinski -—pedagogo y escritor ucraniano, que dedicó treinta y tres años de su vida a la escuela rural como maestro— en su libro El corazón se lo entrego a los niños:
La persona que ama a Pushkin y Heme, Shevchenko ( y a Martí, nos atrevemos a agregar), la persona que quiere hablar con belleza de la hermosura que lo rodea, la persona para quien la búsqueda de la palabra es una necesidad como la de contemplar lo bello, la persona para quien el concepto de la belleza humana se expresa ante todo en el respeto de la dignidad humana, en el afianzamiento de las relaciones más justas entre los hombres —las relaciones comunistas—esa persona no puede ser ni un grosero ni un cínico.
INTERESES DE LOS NIÑOS SEGÚN LAS DISTINTAS EDADES: EDAD IMAGINATIVA, EDAD HEROICA Y EDAD ROMÁNTICA
Para que la literatura rinda sus mejores resultados en los niños es imprescindible: conocer sus intereses en las diferentes edades, elegir los libros de acuerdo con ese conocimiento y tener en cuenta no solamente la belleza del tema y del lenguaje, sino también los contenidos que la obra pone de manifiesto.
Si un niño se encuentra en la edad en que debe escuchar cuentos muy sencillos de animales y cosas familiares a su vida diaria, no podrá captar y mucho menos atenderá un relato a base de personajes mitológicos. Veamos la primera etapa que llamaremos edad rítmica. El niño está entre los tres y seis años; su atención no sobrepasa lo cotidiano inmediato. Un niño comprendido en este período está fascinado por todo lo que descubre diariamente a su alrededor, y si los personajes del cuento —y digo cuento o más bien narración de cuentos, porque es lo que entonces más apetecen y llega a gustarles a esta edad en que aún no saben leer, son otros niños como ellos, o animales que él conoce, como el perro y el gato, por ejemplo, se proyectará a través de las escenas que se les presentan y llegará a emocionarse con las distintas situaciones. Su reino es el de la sencillez, el de la inmediatez y el de la realidad que le rodea; otros niños, sus padres, los animales domésticos y los objetos de uso cotidiano. Este es el tiempo de “nombrar las cosas”; por eso gusta tanto de los cuentos de repetición, como La cucarachita Martina, La mujer chirriquitica, por ejemplo, y de rimas cuyos versos sean de gran musicalidad a sus oídos. Buen ejemplo de ellos tenemos en las “nanas” o canciones de cuna, cuyos temas son banales o absurdos, pero cuyas letras son sumamente musicales. Precisamente en esto estriba la enorme popularidad de las rimas infantiles inglesas reunidas bajo el título de Nursery Rhymes, que no ofrecen ni ogros, ni brujas, ni otros seres que sea necesario ver a los ojos de la imaginación; en su lugar aparecen personajes corrientes de la vida real de cualquier niño pequeño: los cochinitos que fueron al mercado, la mujer que vivía en un zapato y tenía un enjambre de hijitos, la ovejita de Mary que la acompaña a la escuela, etcétera, etcétera. También gustan mucho los cuentos con sonidos onomatopéyicos: el ladrido del perro, el maullido del gato, el cacareo de las gallinas, el croar de las ranas, el pito del tren, la sirena de los carros, etcétera. Mutíhos cuentos de gran éxito en el pres- colar, que carecen de valor literario, deben su estimación a dichos ruidos que encantan a los niños pequeñitos. Es conveniente señalar el cuidado que debemos tener al seleccionar estos cuentos, pues hay que tener presente la experiencia personal de cada niño y su esfera de conocimientos.
La segunda etapa es la edad imaginativa. Al salir de la etapa anterior realista, el niño entra en la de la imaginación y ya dejan de interesarle los cuentos y libros en general sobre cuestiones que le sean familiares. Comienza a soñar, le encanta imaginarse un importante personaje capaz de acciones sobrenaturales. Empieza a darse cuenta de la complejidad del mundo con el arribo a esta llamada edad de la imaginación, que coincide con la entrada en la “edad de la razón”. Esto implica que ante toda la presencia del conglomerado de cosas que lo rodean, empiece a hacer preguntas continuamente y concluyamos por decir que es también “la edad de los porqués”; es la etapa de las insólitas preguntas que a los adultos, a menudo, nos dejan perplejos. Pero su imaginación prácticamente se entrena —es bastante limitada aún—y su desarrollo mental no le permite comprender todavía, como es lógico, las teorías científicas que explican claramente todas esas cosas y fenómenos que lo asombran. En •este momento su interés se vuelve hacia los cuentos folklóricos primitivos, llamados a veces en un sentido genérico, cuentos de hadas, que los transportan al reino de lo fabuloso.
Guiado por su temor a lo desconocido y por su fantasías, el hombre primitivo, semejante a un niño, dotó de características humanas a las fuerzas de la naturaleza, y como estas eran menos obvias que las otras criaturas de los bosques, montañas y praderas, su mente las concibió como seres fantásticos, unas veces bellísimos y otras horribles. Así fue como surgieron las hadas y los duendes y toda una mitología de genios tutelares que lo protegían o amenazaban, igual que aquellas fuerzas desconocidas de la naturaleza. Fue de ese modo probablemente que surgieron los llamados cuentos de hadas, como expresión del hombre primitivo, y que en su forma más sencilla encantan a los niños en esta etapa también primitiva de su vida.
Como ejemplos notables de esos cuentos tenemos los de Perrault y los de los hermanos Grimm. Los niños nunca se cansan de oírlos y terminan por repetirlos al pie de la letra. Pero aún entre esos cuentos existen algunos que debemos desechar si vamos a destinarlos a los niños, pues el hombre primitivo era rudo y su vida se desarrollaba en medio de las luchas más feroces por la sobrevivencia; su literatura revela, a menudo, su crueldad y su espíritu vengativo que, a duras penas, la civilización a través de los elementos de la más alta cultura ha ido catalizando. No deben pues darse a los niños aquellos cuentos que destacan esos elementos nocivos, aunque pertenezcan al folklore más antiguo y hermoso.
Cuando los niños preguntan si los hechos que relatan los cuentos de hadas son ciertos, debemos decirles siempre la verdad “para que no les salga la vida equivocada”, como decía José Martí. Debemos decirles que no son ciertos, pero que en una época muy antigua los pueblos creían que lo eran; y aprovechar la ocasión para hablarles de aquellos tiempos primitivos y remotos en que los hombres estaban en plena infancia del progreso humano y se reunían silenciosos junto al fuego, su más preciado tesoro, para escuchar esos mismos cuentos de labios del hombre más culto de la tribu; como esa costumbre prevalece todavía entre los indios y los esquimales. Así uno puede lograr despertar su interés y simpatía por los pueblos antiguas y sus problemas y sus luchas, y hacerles comprender que esos cuentos no son meras fantasías, sino que tienen un profundo sentido. En la medida en que sólo podemos dar de lo que tenemos, quien se dedique a narrar cuentos a los niños, o a orientarles y facilitarles o sugerirles su lectura deberá conocer algo acerca de sus significados y su historia. Ha de saber cómo han llegado a nosotros en la forma actual, ha de enterarse de los trabajos de los folkloristas que los han coleccionado y conocer algo de la ciencia folklórica de ser posible.
Existen muchas teorías sobre el origen de los cuentos. Según la más antigua, son viejos mitos del sol que provienen de los Vedas. Esta teoría explica que la similitud de los cuentos encontrados en pueblos muy lejanos entre sí es debida a que tienen ese común origen. Por ejemplo, La cenicienta se encuentra en todos los países europeos y en algunos del Oriente, mientras que un cuento germano, Rosa silvestre, y el francés La bella durmiente del bosque, son dos variantes o versiones para decir que todos los cuentos proceden de una fuente común, y que las variantes son producto de la necesidad de adaptarlos a las distintas condiciones de vida de cada país que los hizo suyos. Pero cualquiera que sea la teoría que más nos complazca, hay un hecho cierto: los incidentes que relatan dichos cuentos pueden ocurrir en cualquier parte, y los caracteres corresponden a tipos humanos universales; en la mayoría de ellos se castiga el egoísmo, se premia la virtud y, por último, el hada madrina, el príncipe bueno y valiente, y la princesa bella y generosa, aparecen en los cuentos de todas partes del mundo como símbolos de la condición humana, de sus virtudes y defectos.
Charles Dickens, autor del que nos ocuparemos más adelante, luchó en su tiempo porque los cuentos de hadas formaran parte de los planes de estudio de la escuela inglesa; pero al año de su aprobación y utilización pidió que fueran suprimidos, porque tal y como se usaban eran más dañinos que beneficiosos. Los maestros de entonces los narraban sin una selección y preparación previa, en forma indiscriminada, sin importarles que algunos pusiesen de manifiesto los instintos más salvajes del hombre. El resultado fue que entre los niños se acrecentaron los actos de crueldad inspirados por tan inadecuadas narraciones. Nunca se es demasiado escrupuloso en ese sentido, pues los niños tienen una gran tendencia mimética, son los clásicos “mono ve, mono hace” del refrán popular, y si no les escogemos bien las lecturas, estas no llegarán a cumplir el propósito que perseguimos, o sea el refinamiento de su sensibilidad, y el placer estético más depurado. Dada la abundancia de esos materiales, no puede haber excusa (posible para escoger los peores. Hay autores que son verdaderos maestros a propósito de los intereses de esta edad. Nos referimos a Lewís Carroll en sus dos libros sobre el personaje de Alicia: Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo, a Sir James Barrie y su Peter Pan y Wendy, a Keneth Graham y su poético mundo de El viento en los sauces, a los cuentos infantiles de nuestro Onelio Jorge Cardoso en su Caballito blanco, publicado recientemente por la editorial Gente Nueva del Instituto Cubano del Libro, y a Los cuentos del compay Grillo de Anisia Miranda, premio de cuento infantil en el concurso literario de la Unión de Escritores y Artistas de 1973, en fin, tantos más que harían bastante larga esta lista.
En la tercera etapa, llamada la edad heroica, el niño deja atrás el período imaginativo y entra de nuevo en una etapa realista, perdiendo todo interés por los cuentos de hadas, y la fantasía en general. Su situación, es ahora la misma del hombre primitivo, que, saturado de oír historias junto al fuego, siente la necesidad y el afán de buscar sus propias aventuras fuera del marco de su tribu. Esta etapa suele situarse aproximadamente entre los ocho y los doce años, aunque no hay un límite de edad fijo en ninguna de estas clasificaciones, que suelen variar de acuerdo con las características individuales del niño, su medio ambiente familiar y social, etcétera. Esta es una edad en que la literatura puede lograr sus más perdurables y mejores efectos, si se les orienta la lectura debidamente: no dejando que lean malos libros en cuya acción sólo, impere la fuerza bruta. Aunque la sed de acción y aventura no debe escandalizar a nadie, pues es propia de esta edad y puede ser muy beneficiosa si se le encauza debidamente. La naturaleza humana es la misma en todas partes y en todas las etapas, y hasta que el hombre no alcanza cierto desarrollo cultural, le interesa y emociona más la acción del valor físico que la del valor moral. En este momento el niño suspira por todo lo que sea acción y por las proezas extraordinarias; ir en contra de esa corriente sería inútil. Hay que dejarles que se identifiquen y proyecten a través de sus héroes predilectos, igual que lo haría un actor. Este es el momento de darles a conocer las epopeyas nacionales, los héroes positivos que ha tenido su país en forma sencilla y amena, los personajes heroicos de la mitología universal, cuidándose de no salir del reino de lo heroico a lo romántico, que le interesará después pero no ahora. Un buen material podría ser el de las biografías de los héroes que a ellos pueden interesarles en esta etapa: revolucionarios, exploradores, descubridores, etcétera. Existe una buena cantidad de libros con gran valor formal e ideológico destinados a este período. Podríamos citar algunos clásicos universales como el Robinson Crusoe de Defoe. Los viajes de Guilliver de Swift, La isla del tesoro de Stevenson, Robin Hood de Roger Lancelyn Green, Los tres Mosqueteros de Dumas, Veinte mil leguas de viaje submarino de Verne, El libro de las tierras vírgenes o Libro de la selva de Kipling, El llamado de la selva de London, El hombre de la luna de Chumachenko, Timur y su pandilla de Gaidar, Los conquistadores del fuego de Rosny, Cómo el hombre se hizo gigante de Ilin, Huckleberry Finn de Mark Twain… y también algunos títulos del patio, como Las aventuras de Guille de Dora Alonso y la compilación y selección editada por Gente Nueva: Moneada, epopeya heroica, hecha por las compañeras Georgina Cuervo y Ofelia Llenín.
Por último, llegamos a la edad romántica. Más o menos a partir de los doce o trece años, el niño comienza a refinarse en la medida en que se desarrolla su afectividad y su espíritu crítico. El niño habitualmente descuidado en su ¡aspecto físico hasta ese momento, comienza a preocuparse por su acicalamiento. Empieza a vestirse cuidadosamente y a la moda, a interesarse por las muchachitas, en el caso de los varones y viceversa en el caso de las hembras: Comienza a arreglarse con el propósito de llamar la atención. Es el momento en que se inician las rebeldías y extravagancias, que persiguen una reafirmación de su personalidad. El niño entra en el umbral de la adolescencia. Su gusto literario, a menudo cambia tan drásticamente como sus hábitos de vida. Al sufrir esta transformación, comienza a interesarle un tipo de heroísmo superior al que le interesaba en la etapa anterior; empiezan a gustarle los libros de corte romántico y caballeresco. Ahora podemos ofrecerles la épica de todas las grandes aventuras. Hasta ahora sólo había oído cuentos basados en ella y en los aspectos relacionados con la acción y la aventura; en este momento está apto para penetrar en la comprensión de sus altos ideales. Es elemento idóneo para explicarles cómo en su origen todas las grandes gestas de la literatura universal fueron concebidas como obras poemáticas, y despertar en ellos el interés y gusto por la poesía, partiendo de obras como El cantar de Mío Cid Campeador, que nos puede servir de enlace directo con lo mejor del romancero español, La Filada, La Odisea, El cantar de los nibelungos, y también, por supuesto, con documentos históricos de la envergadura de La historia me absolverá de Fidel Castro, etcétera. Esta iniciación a través de la gran épica universal y de la historia nacional, terminará por llevarlos a la poesía lírica y a la historia de su patria y a un disfrute más refinado de toda la gama de sentimientos humanos posibles a su edad. A propósito de la poesía lírica, recordamos un precioso libro publicado el año pasado por Gente Nueva; De mi patio al cielo, escrito por un niño poeta vietnamita (Trun Dang Khoa). Este poemario es una muestra admirable de belleza y funcionalidad de la poesía infantil. También gustan durante esta etapa de las biografías. Es la oportunidad de ofrecerles las vidas ejemplares de los hombres y mujeres que han transformado a la humanidad por medio de las ideas y el sentimiento: los grandes pensadores, científicos, artistas, por ejemplo. En cuanto a obras literarias de grandes maestros del género para este período, hay multitud de sugerencias posibles. Es el momento de leer la voluminosa obra de Julio Veme, lo mejor de Charles Dickens, obras escogidas de José Martí (La Edad de Oro debido a su carácter original de revista reúne materiales valiosísimos que pueden suministrarse desde la edad de la imaginación hasta la romántica). El último de los mohicanos de James Fenimore Cooper, El pequeño príncipe de Saint-Exupery, Historias de Shakespeare de Charles y Mary Lamb, Allá lejos y hace tiempo de Guillermo Enrique Hudson, La sirenita de Hans Christian Andersen, Nuestro Martí de Herminio Almendros, etcétera. Las obras sugeridas para las distintas etapas de la infancia hasta la adolescencia están todas publicadas por la Editorial Gente Nueva del Instituto Cubano del Libro o en proceso de edición


