Acerca de la literatura infantil

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    Escrito por A. S. Makarenko en Literatura infantil. Folleto metodológico. Selección de César Leante. Publicado en 1977.

    Importancia educativa de la literatura infantil

    Cada libro destinado a los niños debe perseguir ante todo objetivos educativos. Desgraciadamente carecemos aún de investigaciones sobre la influencia educadora de la literatura y en cada caso aislado debemos guiarnos tan sólo por nuestra experiencia pedagógica y literaria.

    Suele ser muy difícil determinar en la vida qué actos infantiles son consecuencia de la lectura. He observado con frecuencia que la lectura producía un efecto educativo completamente distinto del que podía esperarse por el contenido del libro. A una persona inexperta le resulta muy difícil predecir qué influencia —positiva o negativa— producirá sobre el joven lector. Preciso es confesar que semejante educación exige, en general, una lógica docente muy sutil. Y como es natural, deben tener esa lógica las personas que dirigen la edición de libros infantiles y aquellos que escriben para ellos.

    Nuestro objetivo, el objetivo de la literatura infantil soviética, debe ser el educar una personalidad comunista íntegra

    La literatura no debe desarrollar únicamente la imaginación del niño ni plantearse tareas cognoscitivas restringidas. Tampoco debe resaltar un determinado objetivo político, ya que todo libro nuestro tiene que ser político. Mas en el terreno de la educación política, precisamente, pecamos muchas veces de lógica “gruesa”, sin darnos cuenta de toda su torpeza y daño.

    Sé que a veces en los grupos de pioneros se confeccionan, en plan de emulación, álbumes consagrados a los acontecimientos de España. Los dirigentes están convencidos de que hacen una obra muy útil para la educación política. Los pioneros rebuscan fotografías en todas las revistas ilustradas, las recortan, las pegan en los álbumes, escriben notas al pie de ellas y contemplan con orgullo a sus rivales menos afortunados.

    La guerra de España, su tensión, dramatismo, valor y abnegación son muy sentidos por nosotros, confirman para cada ciudadano soviético la unidad del frente de los trabajadores y justamente por ello se debe abordar con toda responsabilidad la educación internacional del niño. Al encargar a los niños la confección de esos álbumes, ¿no se corre el riesgo de educar en ellos a unos observadores fríos capaces de “presentar” con las tijeras en la mano cualquier fenómeno social?

    Esa no significa, claro está, que todo libro o línea debe plantearse un objetivo tan grandioso como el de educar una personalidad íntegra y conseguirlo, además, en el acto. El proceso educativo es un proceso muy largo y complejo y la literatura por sí ‘sola no es capaz de resolver ese problema. No obstante, cada libro debe tener presente esa personalidad íntegra soviética como objeto general al que se debe tender.

    El distraído de la calle del estanque parece, a primera vista, un alegre verso para niños; sin embargo, contiene la imagen sintética del joven lector soviético que no bromea simplemente, sino que ríe con sana risa.

    Nos hallamos en condiciones excepcionalmente favorables, ya que la verdadera literatura ha sido siempre una literatura humanista, ha defendido siempre las mejores ideas de la humanidad.

    Por ello podemos dar a nuestros niños las obras de Mark Twain y Julio Verne, así como de otros escritores. A primera vista no parece que en Tom Sawyer haya nada valioso. Los adultos nada tienen de buenos, los chicos son muy traviesos y, a veces, pillos; sin embargo, hay tanto humanismo en ese libro, un sentimiento de vida tan jubilosamente activo que por principio está en ar­monía con nuestra época.

    Tan sólo los libros que tengan por fin la formación y educación de una personalidad humana íntegra poseen indudable valor para nuestros niños. Pero no todos los libros que tratan de un hermoso tema son por lo mismo buenos.

    Resulta difícil imaginarse, por ejemplo, un libro dedicado al camarada Kírov que no describa su carácter y su voluntad en la lucha política.

    Lo que más contradice ese requerimiento fundamental, que se debe exigir de todo libro infantil, es el tono vir­tuoso tan en boga entre nuestros escritores, que, frecuentemente, quieren ser “mejores” de lo que se precisa para nuestros niños. Esas virtudes no proceden de las ideas soviéticas ni de las humanistas, sino de las ideas de la moral cristiana. Se trata de lo sosa, gris, alisada e inactiva virtud cristiana, del “mérito” de la abstinencia, del “heroísmo” de la moderación y la no resistencia al mal. Son fuerzas extremadamente vivaces que siguen figurando en las páginas de nuestros libros y en la labor de algunos pedagogos. En nuestros libros debe haber mucha alegría, risa, mucho espíritu travieso que constituyen magníficos rasgos infantiles y determinan la fuerza del carácter, su tono mayor, su estabilidad y colectivismo. Nuestros libros infantiles deben estar saturados de radiante optimismo.

    Unas palabras sobre el estilo de nuestros libros para niños. A los críticos les encanta vociferar: “¡Los libros infantiles deben ser altamente literarios!” Esas afirmaciones son tan dignas de elogio que a nadie se le ocurre discutirlas.

    En efecto, ¿qué se puede objetar contra eso? Ahora bien, ¿qué quieren decir con altamente literarios? Os doy mi palabra de que nada. Esa manifestación no tiene ningún valor concreto. Sabemos perfectamente que tarde o temprano todos los niños empiezan a leer a Tolstoi y a Gorki. Algunos lo hacen a los quince años y otros a los trece. A una edad determinada los niños tienen acceso a la lite­ratura para “adultos”, a libros altamente literarios. Pero hasta entonces los niños necesitan literatura infantil especial.

    ¿Cuál debe ser su estilo? Debe ser literario en un sentido especial. No es suficiente que tenga sencillez en el relato, lógica consecuencia en el desarrollo y total ausencia de todo preciosismo. Los libros infantiles deben estar dotados de una intensidad y exuberancia peculiar de colorido, de un realismo totalmente evidente, de una exacta distribución del claroscuro; es impropio de los libros infantiles todo impresionismo y sobran los matices estéticos. En todo libro para niños debe haber la misma lucha directa de la luz y las sombras que existe en los cuentos; no hace ninguna falta el fino juego sicológico de un análisis demasiado detallista. Son más impropios aún el lirismo pasivamente contemplativo y las tristes reflexiones seniles sobre la naturaleza. La diferencia general entre el estilo de la literatura infantil en comparación con la destinada para “adultos” debe determinarse, a mi juicio, por cierta similitud, insignificante por otra parte (repito, de lo más insignificante) entre la primera con el folletín. Esa similitud la encontraremos en Cooper, Julio Veme y otros. Nuestra literatura se ha resistido siempre a esa tendencia, más lo cierto es que no ha conseguido con ello ningún beneficio. El folletín también tiene su estética indispensable, que no se debe desdeñar simplemente. Esa similitud exige del autor talento, inventiva y, sobre todo, intensidad de sentimientos.

    El estilo en la literatura infantil

    Estamos habituados a la idea de que el concepto de literatura artística sea algo completamente determinado. En todo caso, al concepto de literatura artística va ligada la idea de un arte auténtico y noble.

    Al hablar de literatura para niños percibimos simultáneamente dos características: por un lado, afirmamos que debe ser altamente literaria y, por otro, que posee ciertas peculiaridades que la convierten en literatura infantil.

    ¿Qué peculiaridades caracterizan la literatura infantil? ¿No serán debidas a la modificación del propio concepto de “artístico”? Este problema adquiere peculiar agudeza si recordamos que el término “infantil” agrupa toda una serie de criterios de edad: hay una literatura para niños de 8 años y otra para jóvenes de 16.

    Puede aparecer a primera vista que las divisorias de edad en la propia literatura infantil y la diferencia entre la infantil y la destinada a los adultos radica principalmente en la temática, en la nomenclatura de las ideas y en el contenido. Sin embargo, es difícil imaginarse un tema que no pueda ser ofrecido a los niños. Incluso el amor, el corriente amor sexual, no puede quedar excluido de la esfera temática “infantil”, en todo caso puede uno imaginarse un libro para niños en el que ponga: “Se casaron y se amaron toda la vida”.

    Si alguien indicase un tema admisible en la literatura para adultos, pero contraindicado para la infantil, eso significaría tan sólo que ese tema no ha sido aún elaborado para la literatura infantil y que se debe trabajar en ese sentido. En efecto, examinemos los temas actuales, los más importantes y seductores para nosotros: defensa del país, preparación de cuadros, el patrimonio, la edificación socialista, la amistad de los pueblos, la felicidad de los trabajadores, la vigilancia y la lucha contra los enemigos, el movimiento stajanovista y la democracia soviética.

    Todos esos temas no sólo pueden, sino que deben, ofrecerse a la atención del joven lector. Resulta imposible señalar alguna restricción seria y de principio a la temática “infantil”.

    Es interesante examinar el problema temático desde otro aspecto: ¿no habrá temas propios únicamente para niños e inadecuados para los adultos?

    Si esos temas existiesen podrían caracterizar, en cierta medida, las peculiaridades de la literatura infantil, así como sus diferencias con la literatura para adultos. Sin embargo, y pese a las búsquedas más concienzudas de temas ultrainfantiles, no hay ninguna razón para afirmar que esos temas puedan hallarse. Incluso relatos tan absolutamente desdentados como los que describen los saltos de un pajarillo en la rama o representan un idilio apacible fuera del tiempo y del espacio, incluso esas ideas “infantiles” pueden ofrecerse libremente a los adultos, entre los cuales hay bastantes aficionados a pescar las lampreas con la mano y, en general, a gozar de la naturaleza sin accesorios o consideraciones auxiliares. Tal vez sea difícil hallar en la literatura para adultos libros enteros dedicados a semejantes placeres, más algunas páginas y fragmentos se encuentran con fre­cuencia.

    Las peculiaridades que distinguen la literatura “infantil” de la “adulta” radican no en lo que cuenta, sino en cómo se cuenta.

    Habitualmente los escritores que trabajan para la gran literatura gozan de la más completa libertad de estilo. Más aún, exigimos que cada escritor tenga su propio estilo, distinto de todos los demás. No exigimos del escritor detalladas descripciones del paisaje, ni la práctica de las digresiones líricas. No le imponemos por fuerza el diálogo y podemos citar a muchos autores que casi no lo emplean. Dejamos a cada escritor en libertad de elegir las metáforas que quiera y no protestamos si no las emplea. Hablando en propiedad, resulta muy difícil nombrar o enumerar los cánones estilísticos que se consideren generalmente admitidos y permitan formar una especie de compilación de reglas literarias. La prosa de Pushkin y la prosa de Leonid Leónov ocupan diversos extremos de la regla estilística, siendo altamente literaria cada una de ellas. Lo que exigimos obligatoriamente del escritor se sale del marco del estilo como tal. Lo que esperamos de una obra literaria es el contenido realista de su tema, la brillantez y la expresividad de las imágenes y los caracteres, la emotividad del texto y del subtexto, dejando plena libertad al autor para hacer frente a nuestras esperanzas por los medios que quiera.

    Ese mínimo artístico, que de no ser cumplido priva a la obra de su jerarquía literaria, es también obligatorio para los libros destinados a los jóvenes lectores.

    También para ellos debemos exigir una verdad realista pletórica, imágenes brillantes, expresivas y énfasis emocional.

    En el caso de que se den esas cualidades reconocemos como suficiente el valor artístico de la obra. Pero ya no podemos ofrecer al escritor la misma libertad de elección de recursos plásticos, o sea, le restringimos en el sentido estilístico. Si esas limitaciones no se cumplen, amenazamos al autor. . . le amenazamos, en el mejor de los casos, con incluir su obra en la categoría de las destinadas a los “adultos”. De hecho, semejante amenaza existe, ya que las cosas habitualmente resultan peor: al satisfacer nuestras exigencias de estilo en un sentido, el autor deja de cumplirlas en otros y la obra queda estancada entre el lector adulto y el infantil.

    Así pues, con respecto a la literatura infantil, cabe ha­blar de una cierta compilación de reglas o limitaciones de estilo.

    En el fondo son medidas pedagógicas, completamente na­turales, siempre y cuando se refieran al niño o al adolescente. Su origen radica en la propia naturaleza del niño, que no hay necesidad de describir en el presente artículo, bien porque se conoce más o menos sintéticamente, bien porque esa naturaleza se refleja en las propias leyes de nuestros requerimientos estilísticos. Las dimensiones del presente artículo no me permiten presentar un amplio cuadro lógico, ni relacionar las peculiaridades estilísticas del libro infantil con imo u otro rasgo de la infancia. En la mayoría de los casos no conviene deducir esa relación por lógica pedagógica, sino de la experiencia directa, bastante amplia y conocida en nuestro país. En el terreno de la literatura infantil, lo más adecuado sigue siendo la lógica inductiva, que en la realidad soviética debe estar dirigida por las ideas marxistas sobre el individuo y la colectividad y las leyes dialécticas del desarrollo. Por ello, precisamente, debemos renunciar, ante todo, a cualquier idea sobre “la infancia estancada” (defecto habitual de la deducción pedagógica. El niño se desarrolla cada día que vive. El libro que lee hoy y ese mismo libro leído unos días después, halla de hecho distintos lectores y diversa acogida. Por ello, nuestros libros no deben atenerse estrictamente al complejo sicológico de la edad, sino rebasarlo y conducir el niño hacia adelante, a lugares donde no ha estado todavía. Por eso en nuestra literatura infantil no tienen importancia las leyes estilísticas de la forma, sino las leyes estilísticas del movimiento. No se debe hablar- de los cánones del estilo, sino de las tendencias del estilo, que adopten las más diversas expresiones según sea el niño, la preparación que tenga y el interés con que toma el libro en sus manos. La infancia es tan multifacética que de hecho resulta completamente convencionales nuestras ideas de la edad. Un mismo libro es leído con idéntico interés por muchachos de 11 años u jóvenes de 17, e incluso por muchos adultos. Hay muchos libros así y son los mejores. Un libro que sólo interese a un lector de edad estrictamente determinada, es un libro flojo, pues su conjunto de ideas e imágenes está demasiado restringido.

    Al pasar a describir directamente esos requerimientos de estilo de los libros infantiles, debemos recordar una vez más que no nos referimos a la forma, sino a las tendencias del estilo.

    Para mayor comodidad consideramos conveniente analizar las peculiaridades estilísticas del libro infantil en diversos apartados.

    Argumento y fábula

    Con respecto al argumento y a la fábula propondríamos la siguiente fórmula: el argumento, en lo posible, debe tender a la sencillez y la fábula a la complejidad. El argumento es un esquema del desarrollo de las ideas y relaciones. En edad infantil la experiencia de la vida ideológica y de las relaciones humanas es muy insignificante todavía; el niño desconoce casi por completo la síntesis e ignora las excepciones y deformaciones. El argumento de Crimen y castigo o el de Anna Karenina es demasiado complicado para una experiencia juvenil, pues pre­supone en el lector un mayor conocimiento de la vida espiritual.

    Para un lector joven se precisan esquemas de lucha moral sencillos (más o menos sencillos), totalmente accesibles a su comprensión y fantasía. En libros destinados a los niños sobra la coloración “sicológica” del argumento. Se les deben presentar cuadros de relaciones completamente claros y sanos. Incluso la temática de los conflictos internos, las vacilaciones y tentaciones, aquello que en una literatura para adultos constituye la base de argumentos dramáticos muy complejos, debe expresarse en un libro infantil en forma sencilla y breve. Tanto más impropios son para el joven lector los complejos y refinados lances arguméntales acerca de la corrupción, sufrimiento o placer moral.

    La fábula, es decir, el esquema de los acontecimientos, de los conflictos exteriores y de la lucha, puede ser, por el contrario, todo lo compleja y activa que se quiera. A los niños les gusta el movimiento, les encantan los sucesos, buscan con ojos ardientes los cambios y las aventuras en la vida; su voluntad exige acción y mudanza de lugares; por ello en los libros infantiles no se debe temer la complejidad de la fábula por enrevesado que sea, ni los más vertiginosos acontecimientos. Siempre que el argumento sea sencillo, no son de temer diversos lances de la fábula, ni de misterios, ni interrupciones de movimientos, ni misteriosas paradas.

    Por triste que sea, debemos confesar que en nuestra literatura (rusa) hay pocos maestros de la fábula y debido a eso siguen en primer plano escritores como Mark Twain, Verne, y Walter Scott que atraen al lector por su intensa multifacética acción.

    De esa exigencia a la fábula se deduce, entre otras cosas, un requerimiento más que, a primera vista, puede incluso parecer extraño. A los niños no les gustan los libros cortos. En un libro de pocas páginas es difícil que se desenvuelva la acción; tan pronto como empieza, termina. Incluso si la trama es muy compleja y dramática, la acción resulta insignificante cuantitativamente, no engloba el suficiente número de personajes y pese a todo no resulta complicada ni capaz de abarcar un territorio considerable.

    Es muy tenaz la exigencia infantil respecto a la complejidad de la fábula: no se trata solamente de su pasión por la acción intensa sino también por la variedad de los personajes, lugares, tiempos; circunstancias y tensiones. Por ello, justamente, gusta más a los niños Los hijos del capitán Grant que la Isla misteriosa. Pese a su antigua fama, Robinson, que no se mueve de un mismo sitio, no goza en realidad de un cariño especial por parte de los niños y pertenece a los libros que los adultos, por su cuenta y riesgo, han decidido que deben agradar obligatoriamente a los pequeños.

    Los niños tampoco son muy amigos de leer Don Quijote, sobre todo en su edición completa. El argumento de ese libro, esa auténtica poesía del espíritu humano que tanto atrae a los mayores, casi no es percibida por los niños; la fábula, a su vez, pese a toda su movida acción, es muy monótona.

    Carácter

    En el libro infantil las leyes de representación de los caracteres se deducen de las consideraciones más arriba expresadas. La simplicidad del argumento y la complejidad de la fábula sólo son posibles con una representa­ción muy económica de los caracteres. El análisis sicológico complica obligatoriamente el argumento y frena el movimiento de la acción. Por ello se debe exigir que en un libro infantil actúen personajes dotados de carácter claro, determinado y abierto. Describir en un libro destinado a niños la formación gradual de un. personaje, su estructuración, es empresa bastante desesperada. Irton de Julio Verne, de pirata y bandido pasa a ser una persona decente en formas muy ocultas; los niños están dispuestos a creer de buena fe que en el fondo de su alma estuviese padeciendo largo tiempo.

    Esta distribución de las fuerzas morales del ser humano tiene también su justificación pedagógica. Nuestros niños deben formarse como personalidades íntegras; no conviene darles a conocer muy temprano tipos humanos indeterminados y confusos. Los héroes de un libro para niños deben ser hombres íntegros y la lucha entre ellos debe ser igualmente íntegra e intensa. Las simpatías del lector han de ser ganadas, sin vacilaciones de ninguna clase, por el personaje positivo.

    Eso no significa, sin embargo, que todos los personajes del libro infantil carezcan de peculiaridades características o de un lenguaje característico. Conviene que el lector distinga a sus héroes y los reconozca a la prime­ra mirada.

    Esos héroes deben suscitar sentimientos positivos o negativos, pero siempre con diversos matices. Unos debe­rán suscitar veneración; otros respetos; los terceros, admiración; los cuartos; jubilosa sonrisa; los quintos, preo­cupación y ternura, etc. Mas esos característicos recodos del sentimiento deben ser sólo típicos y nunca indivi­dualistas. Tan sólo un lector muy calificado está en con­diciones de gozar con las raras peculiaridades individua­les, que complican la representación del individuo y le hacen único en su género. Los niños no son capaces de sentir ese placer estético. La individualidad del héroe no les importa por sí sola, por su personalidad original, sino exclusivamente como el portador de la acción, como un participante de la lucha. Por divertido que parezca una u otra figura del libro, el niño la admite tan sólo por su índice de acción. No existen para él las peculiaridades personales, incluso le estorban en la lectura si son estáti­cas, si no se reflejan en la acción. El joven lector admite con alegría el humor, la burla, la ironía, el sarcasmo si todas esas expresiones se refieren a la acción y no están destinadas a realzar la belleza del individuo;

    Ese problema ofrece muchos aspectos difíciles e interesantes para el autor. Debe organizar en el libro una acción importante y compleja; para ello necesita introducir la mayor cantidad posible de personajes activos. Todos ellos deben distinguirse radicalmente entre sí y tener distinto aspecto.

    Pero esas diferencias no deben ocultar la acción, no deben existir por sí mismas y por lo tanto tienen que ser, en lo posible, claras y efectivas.

    Paisaje

    El paisaje, el retrato, la naturaleza muerta y otras muchas secciones de la pintura deben tener su lugar en el libro infantil, pero expresadas de un modo especial. No tendría ningún sentido como lectura recomendar la descripción de un paisaje de Bunin o de un retrato de Chejov. A un estilo refinado le corresponde siempre un argumento refinado. El paisaje refleja siempre la presentación del héroe, sencilla o voluptuosamente. En un sencillo argumento infantil son impropios los matices del paisaje e imposible todo impresionismo, por leve que sea. El cristal de una botella rota no hará de noche lunera en ningún libro infantil. La luna tiene que ser nombrada y se tiene que decir lo que ilumina.

    Pero eso no significa, ni mucho menos, que en un libro para niños no se describa un bello paisaje; en ese caso siempre debe haber alguien que admire esa vista. En el retrato son imprescindibles tinos rasgos que permitan al niño imaginarse el aspecto exterior del personaje y que suscite hacia él simpatía o antipatía directa. He aquí lo que, aproximadamente, quería decir sobre el estilo del libro infantil. Sería una pena si mis palabras fuesen consideradas como un llamamiento a la simplificación. Más arriba he señalado que el libro infantil puede tratar de cualquier tema e insisto en esa idea. El concepto de acción no se limita al tema de las aventuras y la guerra, es decir, de contiendas directas en el campo. El interés de los niños es multifacético. Incluso los descubrimientos científicos, los detalles más complejos de la técnica, los más profundos problemas de moral pueden ofrecerse a la atención infantil. Y el escritor hallará siempre esa atención, si su obra es sencilla de argumento y compleja por la acción, si sus personajes son personas claras, interesantes, si saben ganarse el afecto de los lectores e inspirarles el deseo de imitarles

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