
Escrito por Herminio Almendros en Literatura infantil. Folleto metodológico. Selección de César Leante. Publicado en 1977. (fragmentos)
El Realismo
No aludo al carácter o al estilo de la obra total de José Martí, tan amplia y rica de matices; quiero referirme particularmente, al realismo que yo encuentro como nota cardinal del estilo dominante de la Edad de Oro; que yo veo en la elección de los temas: en la manera personal de enfocarlos y proyectarlos, en la preferencia de unos elementos y menosprecio de otros, en la que creo advertir intenciones y normas que orienten y guíen en general los escritos de la revista.
¿En qué sentido digo que el estilo de Martí al escribir para niños es realista? ¿Cómo definir ese carácter y justificarlo y enlazarlo en un hombre que nos aparece nombrado por el sumo idealismo?
¿Realismo? ¿Idealismo? En nuestro tema —quizás holgaría decirlo— son dos actitudes humanas perfectamente compatibles, que no necesitan de una relación de conllevancia, que puedan convivir y completarse como se completan el sol y el aire, o, en nuestra vida, la cabeza y el corazón.
Pues el idealismo de Martí es idealismo moral —es de ideal y no de idea, su raíz próxima—; de anhelo de la perfección y el bien de todos; de ansia y sed de justicia; de sueño y de lo que debe ser y no es; de agonía por la vida pura de intenciones. . . ¿Y cómo no ha de tener de raíz y sostén ese idealismo del corazón la visión clara y real de lo que es, de la vida tal y como la sentimos, viviéndola? En ese sentido de enfrentar la realidad sin trampantojos de yermas lucubraciones metafísicas; en su arte de posarse en las cosas y en los hechos reales, y, ni para perfilarlos y embellecerlos con su soberana fantasía, desasirse de ellos, Martí me parece un recio espíritu realista.
¿En qué sentido digo que el estilo de Martí, que el pensamiento o el criterio de Martí al escribir para niños son marcadamente realistas?
Yo entiendo por literatura realista aquella que compone y contribuye captando y manejando sobriamente los datos y las particularidades de las cosas y los hechos de la vida real inmediata, y relaciona felizmente el pensamiento con esas cosas, ideas y hechos objetivos.
A alguien con criterios demasiado encasillados y sinópticos le saldrán aquí al paso, de repente, las múltiples y complejas razones tan debatidas de aquello que el camino del realismo defrauda y traiciona lo estético, siempre subjetivo y no objetivo, siendo lo bello platónicamente trascendente o fenoménicamente kantiano, etc., etc. . .
Yo no entro ni salgo en tan graves cuestiones, ni siquiera en aquella tan vagamente debatida oposición entre la objetividad y la veracidad del realismo, y la fantasía y subjetivismo del arte idealista.
Creo que esos esquemas estrictos, cómodos quizás para uso didáctico tienen no poco de artificioso y convencional, y no reflejan la realidad con sus demasiados terminantes trazos. Me parece que la cuestión puede reducirse a términos más claros, sin la cargazón enmarañada de infladas filosofías. La raíz del realismo es el mundo real, racionalmente percibido y conocido; y de todos los datos de ese mundo la vida como hecho primordial; y como condición primera y necesaria, la verdad. Sí, la verdad; allá los filósofos le den vueltas a la esencia de la verdad, a ver si llegan a ponerse de acuerdo. Lo que nos sirve para ver claro en nuestro tema es considerar que el pensamiento y la literatura realista parten de datos reales, objetivos, y se mantienen en contacto y relación con ellos; como que son su fuente y forman su caudal. ¿Que luego el artista trabaja en andamiaje de ideas, de hechos y de cosas para construir la obra? Evidente. Y del mismo modo es evidente que en el juego de construcción de ideas de la realidad puede el autor desligarse de esta para falsearla y transmutarla hasta lo inverosímil, o, por el contrario, puede mantenerse fiel a la realidad y asido a ella para no caer en la mentira. Lo decisivo es alzarse desde raíces firmes.
Luego pueden las ideas florecer, adquirir nuevos matices, elevarse, brillar, embellecer las cosas, adornar la vida, crear personajes y marcarles trayectorias. . . pero todo ello sin que la órbita del vuelo rompa con su origen y sostén, antes bien, permaneciendo unida a él y de él dependiente, como la alta y temblorosa hoja vive de la nutrición radical.
En esto, pues, que nos ocupa de la literatura infantil, ¿hasta qué punto tiene cabida la fantasía en el realismo? La fantasía ¿no falsea la realidad y la traiciona y la suplanta? ¿Ha de quedar, por lo tanto, excluida?
Aventuramos la respuesta de que el autor puede llegar, partiendo de la realidad, inclusive a crear ficciones, siempre que las ofrezca lealmente y sin tapujos como lo que son, y no pretenda hacerlas pasar por verdad de contrabando. Admitida la ficción como auténtica ficción —también es ella realidad una vez creada—, el juego o el artificio pueden prolongarse en ese vuelo sin el peligro del engaño que existe cuando el artificio se esfuerza en hacer pasar verdadero lo falso y absurdo. Es muy significativo que, cuando Martí narra a los niños cosas y hechos del mundo que se salen de lo común y pueden parecer fantásticos, emplee con frecuencia frases como “Nadie diga que no es verdad’’, “Y nadie puede decir que eso no es así porque», y explica luego lo preciso para que la duda no prenda.
Aquello de presentar lealmente la ficción sin ropaje de verdad, como declarada ficción desde el principio, es uno de los muchos aciertos y méritos de los cuentos que Antoniorrobles escribe para los niños. Cuando este singular escritor no teje sus cuentos con la trama de la realidad, los construye con ingenuas y deliciosas ficciones que se ofrecen con auténtico y visible sello de juego, de gracia y de ingenio.
Es la ficción del precioso cuento del dulce Andersen: el ruiseñor de veras que encanta con sus cantos las noches del imperio, suplantado por el ruiseñor mencionado de ruedas y resortes; un ruiseñor de fantasía, pero que se admite fácilmente como obra no imposible a la destreza y al ingenio constructivo del hombre oriental. Y se puede ver en verdad ese ruiseñor mecánico cerca de Pekín, en la sala de la emperatriz Tse Shi, en el hermoso palacio de Verano.
Insisto en que uno de los méritos capitales que hay que admirar en la literatura de Martí para los niños, es ese mantener el pensamiento sin desasirse de fundamentales datos reales; ese operar con ideas y conocimientos anclados en la realidad y en la vida, aunque luego la fantasía juegue con ellos y los rebase y embellezca.
Todo ello no es sino consecuencia de su criterio raíz acerca de la función educativa y de los factores docentes.
Para Martí la idea rectora y el fin a que todo ha de supeditarse es la educación del hombre, la limpia y recta formación de la conciencia de los individuos. Y la base de máxima virtud formativa, el primordial recurso, es para Martí la realidad y la vida. Para él, el hombre se forma en su circunstancia real, de la que su cuerpo y su espíritu son hechura. Y esa idea que sustenta su criterio educativo y docente tuvo que influir, naturalmente, en aquello que para la educación e instrucción de los niños escribió.
Véase lo que en la primera página del primer número de La Edad de Oro promete a sus lectores:
Les vamos a decir cómo está hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres hasta ahora.
Y añade en la última página:
Porque es necesario que los niños no vean, no toquen, no piensen en nada que no sepan explicar.
Que es lo mismo que decir que para conocer las cosas y explicarlas es necesario verlas, tocarlas, entrar en contacto con ellas en la realidad, en la verdad de ellas y no en la ficción de ellas. Y en el número cuatro de la revista se lee este párrafo:
A los niños no se les ha de decir más que la verdad, y nadie debe decirles lo que no sepa que es como se lo está diciendo, porque luego los niños viven creyendo lo que les dijo el libro o el profesor, y trabajan y piensan como si eso fuera verdad, de modo que si sucede que era falso lo que les decían, ya les sale la vida equivocada, y no pueden ser felices con ese modo de pensar, ni saben cómo son las cosas de veras, ni pueden volver a ser niños, y empezar a aprenderlo todo de nuevo.
Estas últimas razones son sobremanera claras y ayudan a que se trasluzca la idea que parece estar presente en los escritos de la revista. Es idea básica, dominante, y puede servir de guía para señalar algunos de los caracteres y méritos de La Edad de Oro.
Dos cuentos de La Edad, de Oro: Meñique y El camarón encantado
En los cuentos Meñique y El camarón encantado hay desorbitada fantasía, como ya Martí anuncia al ofrecerlos como cuentos de magia.
Pero la ficción exagerada y la transmutación mágica, característica de los cuentos que dudamos en recomendar, se presentan en éstos ostensiblemente como un juego de prestidigitador en el que con intención se deja ver el truco para que no haya duda sobre su artificio. “Y les contaremos —decía Martí a los niños en la presentación de la revista— cuentos de risa, para cuando hayan estudiado mucho o jugado mucho, y quieran descansar.” Cuentos de risa son, en que la ficción disfraza la realidad hasta lo grotesco y divertido; pero además cuentos de magia en los que hay alusiones y simbolismo de reivindicación social, como en Meñique que, siendo campesino, llega por sus méritos y su decisión a imponerse al rey y a la princesa, o lección de modestia, en El camarón encantado frente a la ambición egoísta de Masicas.
No es descaminado pensar que Martí puso su intención en desvirtuar la influencia que las imágenes y sucesos mágicos de esos cuentos pudieran ejercer en el espíritu de sus pequeños lectores. Y se valió para ello de la forma y del estilo, en los que se ve que el autor habla por pura broma inventada y sin creer en los prodigios que cuenta.
Recurrió, por ejemplo, al comentario accidental y como de pasada con el que rompe con las ideas convencionales que en los cuentos de la tradición constituyen nociones y juicios aceptados que refuerzan la apariencia de verdad.
Es así como en Meñique, hablando del rey del cuento, dice: “Los reyes son caprichosos, y este reyecito quería salirse con su gusto.”
O cuenta del rey bueno, pero capaz de cortar las orejas a sus súbditos, o de ponerles contribuciones para responder de su falaz promesa, pues, “como buen rey que era, ya no quería cumplir lo que prometió”.
O dice que Meñique, cuando llega a ser rey, que lo quería el pueblo, porque “no les quitaba a los pobres el dinero de su trabajo para dárselo, como otros reyes, a sus amigos holgazanes, o a los matachines que lo defienden de los reyes vecinos”.
Y, sobre todo, no se hace consistir el relato en la ficción por la ficción, sino que Martí procura ponerla en todo momento al servicio de nociones e ideas que difieren de las que el pasado dejó en los cuentos tradicionales.
Véase, por ejemplo, como Meñique, pequeño igual que Pulgarcito, lleva compensada su pequeñez física con las dotes del espíritu, que hacen la verdadera grandeza del hombre. Y de aquellas dotes, la inteligencia, la curiosidad, que es la palanca de todos los hallazgos. No se le ofrecen al pequeño personaje los dones maravillosos por mera casualidad o suerte, sino por su inquieto deseo de saber que va a buscarlos.
El padre de Meñique no arroja cruelmente de la casa a los hijos pequeños, como los de Pulgarcito, sino que “en cuanto los tres hijos fueron bastantes crecidos, el padre les rogó por su bien que salieran de su choza infeliz, a buscar fortuna por el mundo”. Los tres hijos no acuden al pregón del rey movidos —como en todos los cuentos en, que aparece ese tema— por la ambición de conquistar la riqueza, pues “tomaron el camino del palacio sin creer que iban a casarse con la princesa, sino que encontrarían entre tanta gente algún trabajo”.
Desde el principio, en fin, declara Martí el cardinal propósito del cuento que escribe, cuando lo titula, “Cuento de magia, donde se relata la historia del sabichoso Meñique y se ve que el saber vale más que la fuerza”.
El otro cuento parejo, El camarón encantado, también cuento de magia del francés Laboulaye, contiene asimismo elementos de análoga especie.
El prodigio del estilo
He oído frecuentemente aventurar el juicio de que el estilo de La Edad de Oro, en lo que se refiere a la forma y a las cualidades del lenguaje, no parece que sea muy a propósito para los pequeños lectores. No han faltado maestros que, deslumbrados por el brillo de una aspiración pedagógica muy en boga, que pretende descubrir y presentar bien apuntado y ordenado el vocabulario propio y normal del niño en cada edad, consideraban que La Edad de Oro se va por encima de las normas verbales de las edades infantiles, y resulta libro poco apto como lectura infantil escolar.
Sin duda que esa pretensión pedagógica investigadora de vocabulario puede tener y tiene la virtud de poner sobre aviso, con cierta actitud crítica, frente al estilo chapucero e hinchado de la mayor parte de lo que se escribe para niños; me refiero ahora a lo que se escribe en español. Pero no es menos cierto, que ese concepto de los vocabularios “pedagógicos”, por lo que de recursos expresivos del habla deja de su alcance y consideración, y aun de vocabulario implícito o latente, suele inducir a estimar como ejemplares los escritos sujetos a patrón verbal de vocabulario básico, en seca lengua impersonal y de una corrección ramplona de puro inexpresiva. Creo que aquel juicio, demasiado general, del estilo de La Edad de Oro, no es en cierta medida ajeno a la deformación a que conduce esa “científica” pretensión pedagógica.
Yo tengo aquí un montón de libros escritos para los niños. Al azar elijo uno de ellos. Es una bella edición de Maya, la abeja, de Waldemar Bonsels, en traducción española. Abro el libro por una página, también al azar, y leo y transcribo esto que vertió el traductor:
Por la madrugada habla caído rocío en abundancia; después salió el sol tras los bosques, enviando oblicuamente sus rayos sobre la verde floresta de las gramíneas, donde todo se puso a centellar y resplandecer de tal modo que, ante el espectáculo tan espléndido, no se sabía qué decir ni qué hacer de felicidad y arrobamiento.
Este es el estilo hinchado, hueco, demasiado feo, que invade en distintos tonos de mal gusto muchos de los libros de regalo para los niños y buena parte de los libros hechos exprofeso para servir de lectura escolar.
Este otro párrafo es una muestra de un libro escolar de lectura de los de vocabulario básico, “científicamente”, medido:
Cerca de cuatro horas duró el viaje de San Luis a la capital. El tren, más que correr, parecía que volaba. Los muchachos sentados en los asientos de la ventanilla, miraban atentos los campos; contemplando, ya escenas tranquilas en las que el ganado pasta, y el manso arrogúelo que con sus cristalinas aguas fertiliza las tierras; ya los típicos caseríos de teches de paja, levantados por la mano del campesino; ya él labrador en la ruda faena de remover la tierra con él arado, en un empeño de que produzca más y mejores frutos.
Idioma, si se quiere, gramatical, no viva lengua; fraseología repulsiva de clisé, convencional e inexpresiva, compuesta con la pretensión de que los niños entiendan. ¿Qué entiendan? ¿Qué tienen que entender? ¿Eso?
Yo decía que aquel juicio que ha contribuido a que La Edad de Oro se lea mucho menos de los que debería leerse en las escuelas, no es en cierta medida ajeno a la visión deforme a que conduce la incultura aplicada a las cuestiones pedagógicas.
Pues el caso es que. . . Fijémonos en que Martí no debió de pensar al escribir su revista en los niños demasiado pequeños. Por la índole de los temas que elegía puede inducirse que se dirigía a los niños mayores, que pudieran encontrar en aquellas lecturas sustancia para cierta madurez de juicio. Si alude a los cuentos para que las niñas puedan “entretener a sus visitas y jugar con sus muñecas”, no se olvide que, en aquellos años, las niñas prolongaban el juego de las muñecas más que en los años de ahora.
El caso es que. . . ¿Habéis tratado de escribir o adaptar algún cuento para niños? Hacedlo. Probad tan sólo a escribir una página. Luego leed Meñique o El camarón encantado, que adaptó Martí. No, no hay en ellos vocabulario desmedido. No hay fraseología complicada u oscura. No hay esfuerzo ni artificio. Es el estilo más natural del mundo, del hombre que escribe el cuento lo mismo que lo contaría a un niño oyente. Estilo no de construcción y sintaxis reglamentadas y académicas, sino comunicación verbal de vivo giro, de palabra ágil, precisa, dinámica, clara, sugeridora. . . No lengua común docente, sino conversacional, de expresivo y personal romance. Pero además es que en Martí lo personal en el habla sorprende con recursos cuyo secreto era de él.
Es cualidad del estilo cuando se escribe para niños el señalar y destacar los detalles de paisajes, de personas y de hechos, a veces con mesurada minuciosidad y con felices pinceladas sugestivas. En estos cuentos que escribió Martí saltan sin cesar como destellos la expresión y el párrafo cuajados en imágenes iluminadas de gracia, o en esquemas pictóricos precisos, limpios, exactos, de las acciones, las situaciones y las cosas.
Al paso saltan los aciertos verbales como sorpresas ágiles. He aquí, tomadas de camino, algunas muestras de Meñique:
El campesino era tan pobre que había fiesta en la casa cuando traía alguno un centavo.
El rey ofreció tres sacos llenos de pesos a quien le quitara de encima al palacio aquel árbol.
Y de ramas en piedras, gateando y saltando, subió Meñique por donde venía el sonido.
Pedro, se echó a reír, se retorció el bigote, se miró los brazos, con aquellos músculos que parecían cuerdas, le dio al hacha dos vuelos por encima de su cabeza y de un golpe echó abajo una de las ramas más gruesas del árbol maldito.
Pero a Meñique no se le achicó el corazón y se le echó al roble encima. . . Y el hacha cortó, tajó, astilló, derribó las ramas, cercenó el tronco, arrancó las raíces, limpió la tierra en redondo, a derecha y a izquierda, y tanta leña apiló del árbol en trizas, que el palacio se calentó con el roble todo aquel invierno.
Y vino Meñique fresco como la mañana, risueño como el cielo, galán como una flor.
En este bosque hay un gigante de veinte pies de alto, que se almuerza un buey entero, y cuando tiene sed al mediodía se bebe un melonar.
Aquí estoy yo —dijo el gigante, con un vozarrón que hizo encogerse a los árboles de miedo.
Y el gigante manso como un perro, echó a andar por delante, hasta que llegó a una casa enorme, con una puerta donde cabía un barco de tres palos, y un balcón como un teatro vacío.
. . .gritó el gigante con una voz que puso azules de miedo a los cortesanos, quebró el estuco del techo e hizo saltar el vidrio de las seis ventanas.
El gigante estaba tan alegre con el matrimonio de su amo, que les iba poniendo su sombrero de tres picos a todos los árboles que encontraba, y cuando salió el carruaje de los novios, que era de nácar puro, con cuatro caballos mansos como palomas, se echó el carruaje a la cabeza, con caballos y todo, y salió corriendo y dando vivas, hasta que los dejó a la puerta del palacio, como deja una madre a su niño en la cuna. Esto se debe decir, porque no es cosa que se ve todos los días.
O algunas muestras de El camarón encantado:
De veras que era pobre la casa de Loppi; las arañas no hacían telas en los rincones porque no había allí moscas que coger, y dos ratones que entraron extraviados se murieron de hambre.
Y a paso de moribundo se fue arrimando al charco a los claros del día. Y las voces que daba parecían hilos, por lo tristes, por lo delgadas.
Loppi no quería ser rey. Almorzaba bien, comía mejor; ¿a qué los trabajos de mandar a los hombres? Pero cuando Masicas decía a querer, no había más remedio que ir al charco. Y al charco fue al salir el sol, limpiándose los sudores, y con la sangre a medio helar. Llegó. Llamó.
El camarón dio una vuelta en redondo, que le sacó al agua espuma y se fue sobre Loppi, con las bocas abiertas. Luego se hundió en el agua, que silbó como cuando mojan un hierro caliente.
Y uno piensa: ¿Dónde está el exceso verbal? ¿Dónde las palabras que aludan a conceptos abstractos por sobre la comprensión de los muchachos? ¡Si es romance de conversación, de diálogo! ¡Si esa hermosa claridad está conseguida con palabras corrientes! Pero el manejo de ellas, su tejido para describir y pintar es de una naturalidad, de una riqueza y de una gracia magistrales.
¿Cómo las escuelas han tardado en darse cuenta de que no pueden ni podrán encontrar, como modelo de idioma que leer y enseñar, ninguno como el de esos cuentos que se encuentran en La Edad de Oro? No pensarían, claro está, los niños lectores de la revista de Martí, en el año 1889 en que se publica, que el hombre de La Edad de Oro estaba escribiendo para ellos los cuentos mejor escritos para niños que se hayan escrito jamás en castellano.


