Eva, Adan, la costilla…

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    Escrito por Amir Valle y Dulce María Sotolongo como prólogo del libro Té con limón de la Editorial Oriente, 2002

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    Alguna vez, cuando aún se hallaba bajo el influjo bíblico de la dominación de Adán, la mujer miró al cie­lo y se preguntó qué hubiera sido del mundo si la historia se hubiese escrito al revés; o sea, miró el fulgor enfermizo de las estrellas, el color plácido de la luna, se entretuvo escu­chando los sonidos apagados de la noche, el ulular quieto del viento y se dijo que otra sería la vida en aquellos terre­nos de Dios si ella se hubiera sacado a Adán de una de sus costillas.

    La pregunta eterna: ¿qué hubiera sido si…? continúa sig­nando, generación tras generación, esa lucha de la mujer en cualquiera de los sitios habitados de este mundo por re­cordar, y recordarse, que precisamente su papel en el de­sarrollo de la humanidad no ha sido nada prescindible, nada secundario: su marca se halla en la génesis, en la concep­ción, en el nacimiento y en cada uno de los pasos, imperfec­tamente humanos, de esa raza animal que, sin embargo, cada día se empeña en ubicarla en un lugar prescindible, secun­dario.

    Esa lucha, y se hace notar en cada sitio donde se habla del tema de la mujer, parte de la misma hambre que llevó al hombre a comer de la manzana en el árbol prohibido. De ese modo, amor y sexo han sido palabras claves para de­mostrar, en el bando de los hombres, la inferioridad de la mujer, y en el bando de esta, su superioridad, cada uno de los dos (hombre y mujer) con razones poderosas, históri­cas, ancestrales, defendiendo con esas razones la seguri­dad de que el mundo sería distinto si reinara el matriarcado o el patriarcado, según el caso.

    En las artes, la modernidad ha ido imponiendo la voz de la mujer en un espacio compartido, generalmente y por des­gracia, desde la perspectiva de la segregación, desde un dejo condescendiente hacia ellas, y muy escasas veces des­de el natural entendimiento de que a Eva Dios le dio los mismos sentidos que a Adán y que, precisamente, ella fue quien decidió probar del árbol de la sabiduría con la mítica mordida.

    Los cambios ocurridos en el escenario literario interna­cional apuntan cada vez más a una mayor presencia de la voz de la mujer en el concierto de la literatura universal. Si antes eran bien distinguidos y raros los nombres de mujer, de algún modo saliendo a la luz desde y gracias a un movi­miento regido por la creación masculina, a partir de la se­gunda mitad del siglo XX, en cualquiera de las modalidades de la escritura, la mujer absorbe un protagonismo lógico dentro de una sociedad en la cual su lucha agónica por ha­cerse respetar ya no puede ser silenciada de un plumazo, como sucedía en otras épocas.

    Desde la ya conocidísima Corín Tellado, convertida en un clásico de la literatura universal, a pesar de los criterios contrarios que se le opusieron en un inicio, y que en los últimos cincuenta años comparte el escaño de autores más leídos junto a los que salvaron la Biblia, hasta llegar a la aceptación internacional de Isabel Allende, Ana María Ma­tute o Alice Walker, pasando incluso por variados nombres de la literatura light, la de tema religioso, o el bestseller, tan vendidos y comprados en estos días, la creación feme­nina matiza con la perspectiva de la mujer esa mirada mo­derna que las artes de la escritura ofrece sobre la realidad convulsionada, erosionada y compleja de este fin de siglo.

    Clásicos como la Condesa de Merlín, la Avellaneda, Jua­na Borrero o Mercedes Matamoros resultaron anteceden­tes, escasos pero ilustres, en los cuales las escritoras de épocas posteriores quizás hallaron fuerzas nuevas para en­frentar el reto de imponerse en un terreno en el que su voz era escuchada como de soslayo, con cierta irónica lástima. Pero la obra de Dulce María Loynaz, Mirta Aguirre, Dora Alonso, Fina García Marruz o Renée Méndez Capote, por sólo poner algunos ejemplos, está colocada, como se diría por ahí: pésele a quien le pese, en el único Parnaso de la historia de la literatura cubana.

    Dentro del campo que nos ocupa, la narrativa, la eclo­sión creativa abarca aportes importantes con la obra de Mirta Yáñez, María Elena Llana, Marta Rojas, Julia Calzadilla, Nersys Felipe o Mary Cruz; o con el influjo re­novador de Marilyn Bobes, Aída Bahr, Ana Luz García, Ivette Vían, Ena Lucía Pórtela, Anna Lidia Vega Serova o Karla Suárez, como tampoco ha de olvidarse esos logros parcia­les en lo literario y totales en el plano del comercio que han contribuido a despertar el interés internacional por nuestra literatura, presente en la obra de autoras como Zoé Valdés, Daína Chaviano, Chely Lima, Sonia Rivera Valdés, Cristi­na García o Uva de Aragón.

    Una de las características que hicieron notoria, casi es­candalosamente, la presencia de estas narradoras en el escenario de la narrativa cubana de los últimos veinte años, fue precisamente el paso a una mirada totalmente desprejuiciada sobre las cuestiones relativas al amor y al sexo, que anteriormente, incluso en las autoras clásicas del género, habían sido abordadas bajo el tamiz de ciertos pre­juicios morales. El desparpajo a la hora de referir el sexo, la agresividad contra lo establecido como estrategia para la imposición de criterios, la natural plasmación de con­flictos tabúes como el de la homosexualidad femenina y la prostitución, o la apelación a una total liberalización de todo tipo de frenos y trabas morales, políticas o sociales, en la búsqueda de la realización humana, motivaron ese es­cándalo, incentivado además por el aparente simple hecho de que las obras escritas mostraban una calidad que nada envidiaba a la que se escribía en ese entonces “en el lado de los machos

    Esa mirada está presente en los cuentos de estas narra­doras. Las unifica, increíblemente, un particular y distinto abordaje literario del amor y el sexo, bajo la égida de una erótica a veces sensual y tierna, a veces macabra y rispida, a veces irónica y cotidiana, a veces mítica e histórica; a veces hastiada y marchita; a veces…, demostrando que el fenómeno no es privativo de la capital del país, como podrá verse en los textos de las escritoras residentes en “el inte­rior”, y de que ni siquiera es cuestión de experiencia en el género, como se verá en las narraciones de las que, por primera vez, enfrentan los retos del cuento, casi gritando para que las escuchemos.

    Hoy, bajo estos vientos que revuelven el estertor último de un siglo y el nacimiento de otro, estas mujeres salen al patio de sus casas, o a los balcones, o a las azoteas, miran el fulgor enfermizo de las estrellas, el color plácido de la luna, se entretienen escuchando los sonidos apagados de la noche, el ulular quieto del viento y vuelven a decirse, sin descubrir que repiten un ciclo comenzado en el inicio de los tiempos, que otra sería la vida en aquellos terrenos de Dios si Eva se hubiera sacado a Adán de una de sus costillas. Entonces regresan a sus casas, a sus cuartos, se sientan frente al papel en blanco, la máquina de escribir o la computado­ra, una taza de té, aderezada con limón, a la cubana, y es­criben. Simplemente escriben.

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