El libro en busca del lector

×

    Sugerir cambios

    Escrito por Manuel García Verdecia

    Como bien se sabe, la literatura es conocimiento. En este caso, conocimiento revelado mediante imágenes verbales que hacen más accesibles los conceptos, sentimientos, ideas, juicios y generalizaciones que el autor nos quiere compartir. La diferencia entre el conocimiento literario y el de cualquier otra materia es que, en la literatura, el autor no se atiene a un campo específico (biología, física, química) sino que trata con la vida en su integridad y correlación, o sea, con la multiplicidad de aspectos que se interrelacionan y componen cualquier acontecimiento vital.

    De aquí que un libro es el producto de un complejo proceso de percepción, comprensión, selección, codificación y recreación de asuntos sustanciales de la existencia que un individuo, con las necesarias capacidades, conocimientos y técnicas, o sea el autor, rehace valiéndose del lenguaje que todos empleamos pero apelando a determinadas estrategias que potencian el sentido inmediato y acostumbrado de las palabras para proponer, al que lea el texto escrito, perspectivas, discernimientos, experiencias e implicaciones que pueden extrapolarse a la práctica cognoscitiva del lector y, de cierta manera, ayudarlo en su modo de entender y reaccionar ante determinadas situaciones de la vida.

    De aquí que la lectura sea una actividad intelectual compleja, de las más productivas para el cultivo mental y que exige del lector preparación, información y participación intelectiva.

    De aquí que la lectura sea una actividad intelectual compleja, de las más productivas para el cultivo mental y que exige del lector preparación, información y participación intelectiva. Esto se logra, no solo con un amplio conocimiento del lenguaje de que se trate, ya que este es el vehículo de transmisión de los conocimientos, sino también mediante la familiarización con los mecanismos que se emplean para expresar determinadas connotaciones, pues de lo contrario percibirán los sentidos comunes pero no sus implicaciones de mayor alcance. A leer se aprende no solo leyendo sino dialogando con y escuchando a otros lectores. Este sería uno de los propósitos principales de la presentación de libros.

    Y ya aquí hallamos, precisamente, una acepción básica de lo que constituye la presentación de libros como acción intelectual singular. Podríamos adelantar, antes de entrar en aspectos más sutiles, que ella constituye una forma especial de diálogo entre lectores. La exposición sobre libros no es una actividad formal que se pueda tomar a la ligera. Y no lo es porque el objeto de que trata, el libro, es una creación que resume saberes y valores trascendentes para la educación, el desarrollo y la satisfacción de la mente humana. Por tanto se hace necesario considerar anticipada y juiciosamente algunos factores que garanticen que la presentación sea una realización eficazmente culta.

    El libro en busca del lector 1

    La presentación de un libro

    Hay que tener en cuenta ciertas premisas esenciales a la hora de organizar la presentación de un libro. Una es la elección del libro a presentar; no todo libro demanda una presentación, algunos por el conocimiento que se tiene del autor o de aspectos esenciales de la obra debido a insistentes divulgaciones mediáticas o resultado de una sucesión de reimpresiones que lo vuelven familiar, por tanto los mismos no exigen de una explicación especial para el lector. Otra es que no todo escritor merece inmediatamente una difusión particular de su obra, sea porque aun no alcanza la contundencia sustantiva que lo eleve a la categoría de autor, o sea porque lo que ha escrito no es un producto de especial cualidad.

    Estos dos aspectos serían capitales para planificar la difusión de un libro. La relevancia creativa que el autor ha alcanzado para la cultura nacional o universal es decisiva pues esto ayuda al lector a situarse en un canon de referencia que lo auxilie a la hora de establecer comparaciones y decidir escritores cuya obra le resulte provechosa. Es menester resaltar que la valía de un autor no radica únicamente en lo novedoso del asunto que trata en su obra, aunque es algo apreciable. Tampoco solamente porque adopte una manera distinta, personal, de asumir tanto cuestiones usuales como otras inexploradas. El mérito de un autor se justifica, principalmente, por las ideas, valoraciones, conclusiones e implicaciones sobre algún aspecto de interés humano que él sabe descubrir y exponer en su obra para conocimiento y beneficio de todos. Por tanto, la eficacia cualitativa de un libro puede basarse en lo inexplorado del tema que trata; en la originalidad con que se aborda este, incluso si ya ha sido examinado antes pero ahora se expone desde un enfoque distinto; y, sobre todo, por las apreciaciones, perspectivas y connotaciones de carácter singular o inédito que plantee sobre un asunto humano relevante.

    Un tercer elemento, y no por esto menos decisivo, para garantizar una presentación que devenga un hecho educativo y trascedente es la consideración del público al que vaya dirigida la presentación. Hay que saber de antemano si se trata de una audiencia infantil, juvenil, adulta o mixta, pues el conocimiento, las vivencias, los hábitos lectores y los intereses existenciales de los distintos grupos etarios no son semejantes. Y no se trata sencillamente de llevar a cada tipo de público aquello que pudieran comprender sin mayores esfuerzos. Esto en sí no significaría un empeño de crecimiento cultural. Es que, de acuerdo a las características etarias de la audiencia se puede determinar mejor el libro cuya presentación sería de mayor atractivo para ellos. Esto no quiere decir que no haya libros que puedan introducirse a grupos de edad mixtos. Ejemplos de estos son La Edad de Oro, El principito o Los cuentos del Conde Lucanor, cuyas lecturas dependen en mucho del nivel de intelección y extrapolación existencia del autor. Tampoco se debe deducir de ello que no se presente a determinado grupo un texto cuyo tema no corresponde a su usual interés  o cuya escritura exija esfuerzos intelectivos mayores, pues la divulgación de nuevos libros no solo cumple el objetivo de que se conozcan nuevas obras o autores dentro de los patrones de gusto ya usuales, sino, sobre todo, incentivar las exigencias literarias de los lectores e incrementar sus facultades intelectuales. Entonces el quid radica principalmente en lograr hacer deseable y legible el texto en cuestión mediante una eficaz presentación a la audiencia de que se trate apoyándose en sus capacidades y potencialidades. Conocer a qué público se dirige la exposición sería un elemento estratégico decisivo a la hora de preparar la presentación. En todo caso, la edad de la audiencia es un índice principal para que el presentador considere anticipadamente el lenguaje a emplear, los elementos de sentido vital que va a resaltar, así como los ejemplos ilustrativos de distintos significados relevantes del libro.

    • Producto
    • Especificaciones
    Un piloto cae en medio del desierto, su avión ha sufrido una avería. De pronto escucha la voz de un niño pidiéndole que le dibuje una ovega. Así …
    Autor

    Editorial

    Colección

    Encuadernación

    Estado

    N° de páginas

    128

    Sin embargo, es conveniente referirse a otros factores secundarios pero no menos determinantes en la efectividad de una presentación. En primer lugar, es contundente considerar las circunstancias que conforman e influyen sobre la realidad social del país. Si este transita por ciertos contextos que determinan fenómenos socioculturales específicos para su entorno y desempeño social y se selecciona una obra que intente un acercamiento sensato, esclarecedor o singular al fenómeno, pues inobjetablemente el nivel de interés será mayor. Vinculado con lo anterior, está el aspecto de la trascendencia que la esencia de la obra presente para cierto universo de lectores; a medida que el asunto de la obra sea más relevante y atractivo para mayor número de lectores, pues su presentación será más necesaria.

    Un aspecto circunstancial pero que tiene más peso de lo que muchos creen es la determinación del lugar y el momento en que se planifica exponer la obra. Al tratarse de una acción intelectual que exige atención, concentración y elaboración mental, debe preferirse espacios tranquilos, con mínimas condiciones de confort, en atmósfera agradable (rechazar los sitios calurosos o muy fríos, así como evitar interrupciones o ruidos irritantes), mejor si están insertados en un hermoso ambiente natural que propicie el mejor ánimo espiritual. También debe tenerse en cuenta que la presentación se realice a una hora en que ya la disposición físico-mental esté en tensión óptima para procesar información y distante de horas en que ciertas necesidades corporales perturban la concentración.

    El presentador de un libro

    Sin embargo, quizás el factor decisivo para obtener el mejor provecho de una presentación es la elección del presentador. No cualquiera puede ser un presentador. No basta con ser lector o tener algunos conocimientos literarios. No se trata de alguien que conozca la obra y pueda relatarla aliñándola con algunas citas sacadas de, digamos Wikipedia, o leídas de un reseñador. Un presentador es una mezcla de ilusionista, explorador, consejero y adivino. Su versátil conocimiento, pericia, facilidad comunicativa y hasta su carisma deciden en mucho no solo la atención que reciba sino la motivación lectora que consiga en la audiencia. El presentador eficiente debe ser una persona con un reconocido prestigio profesional, el cual le facilite un suficiente poder de convocatoria en los oyentes; obviamente ello está conectado con la amplitud y diversidad de conocimientos necesarios para analizar comprensible y convincentemente la obra en cuestión así como para resaltar las implicaciones intelectuales y vitales que puede tener para el lector.

    Conectado con lo anterior, resultan provechosos el carisma del que explica el libro, así como una determinada reputación por su sensatez y tino a la hora de emitir criterios. El primero es ganancioso porque no es lo mismo presenciar a alguien cuya persona nos resulta indiferente, antipática o hasta repulsiva, que otro al que uno agradece hallarse cerca de él, escucharlo, interactuar con él, volverse cercano. El carisma no es un don que concede el cielo sino el fruto de la empatía y el buen trato de persona hacia los demás, convencido de que los otros son sus semejantes y que la franqueza, la simpatía y la concordia nos ganan relaciones que siempre son fructíferas para cualquier actividad en las que nos impliquemos. La sensatez y el tino garantizan la confianza y la credibilidad en lo que expone el presentador, pues nos aseguran que es conocimiento sustentado en la razón informada, útil en la práctica, mientras que el tino hace llegar al oyente esas razones del modo más atractivo y convincente.

    Obviamente, las presentaciones pueden hacerse leídas o comunicadas oralmente. Estas últimas son las preferidas por quien esto suscribe por el nivel de empatía que se logra con el auditorio. Pero sea de un modo o del otro, lo importante es no perder de vista la tensión dialógica con el auditorio, el provecho de la oportunidad esclarecedora, así como el empleo de todas las estrategias que garanticen la mejor comprensión y penetración en los asuntos que se examinan.

    La presentación de un libro es un acto comunicativo

    Lo anterior está vinculado con un aspecto esencial. La presentación de un libro es un acto comunicativo, o sea, hay interlocutores que desean intercambiar sobre un tema. Es por ello decisivo el grado de habilidades comunicativas que posea el presentador. No se trata estrictamente de poseer las palabras precisas para decir lo que se tiene que decir. No hay palabras precisas sino contextos determinantes. El contenido y las dificultades del texto, así como el nivel y la edad de los interlocutores determinan en toda regla el lenguaje que se va a emplear. Por supuesto los vulgarismos y groserías son totalmente ajenos a este tipo de actividad que busca enaltecer el empleo creativo del idioma. De esto no puede derivarse el empleo de un lenguaje rebuscado, pomposo y mucho menos pedante, pues por lo general ocasionan una actitud de rechazo en quienes escuchan. La claridad expresada elegante pero comprensivamente es el mejor antídoto contra el desapego y el aburrimiento. Si a esto se suma una apropiada dosis de humor inteligente, nada forzado sino espontáneo y desprendido de forma natural del contexto del libro o de un incidente casual que venga al caso, pues casi se alcanza el cielo. A ello se suman los elementos extraverbales: el tono, el ritmo, los gestos, la proximidad al auditorio. Hay que evitar hablar apresuradamente, aunque no se tenga un largo periodo de tiempo. Es mejor centrarse en unos pocos elementos esenciales y decirlos mesurada e inteligiblemente, que formar un batiburrillo de ideas por forzarse a decirlo todo en un mínimo tiempo. Así mismo se debe evitar la monotonía en la exposición que facilita el aburrimiento y hasta el adormecimiento; en ciertos momentos, la elevación del tono, el cambio del ritmo, las pausas sugerentes, algún que otro gesto del rostro o las manos (¡ahl ese lenguaje que dice sin hablar!) acentúan la expresividad, realzan ciertos contenidos y juicios así que ayudan a una exposición dinámica y a un ambiente de expectación que propicia la concentración en aspectos determinantes.

    Hay presentadores locuaces que son muy aptos para parafrasear o citar a notables críticos y ensayistas, pero no tienen el pensamiento creativo que les permita realizar observaciones y conclusiones que los lectores solo hallaran en su presentación, lo que acrecienta la validez de la misma. Las personas no quieren escuchar lo que han leído o pueden leer, sino la apreciación personal e incitante. La interpretación de cualquier obra literaria no es algo que esté determinado por un mecanismo objetivo y mecánico, un medidor cuantificable, sino por la experiencia lectora, la sensibilidad y el nivel de apreciación de cada lector. Un presentador competente es aquel que tiene conocimientos suficientes y actualizados de la literatura, una perspicacia hermenéutica que le posibilite llegar a zonas de sentido a las que un lector común no accede. Por último, debe poseer una destreza comunicativa amplia, dúctil e imaginativa que le permita, no solo exponer de manera inteligible las ideas previstas, sino además salirse del guion concebido, adecuar su discurso a las repercusiones que vaya recibiendo de su público y elaborar la reacción inteligente ante ellas, explotar la ocurrencia que salta inesperada pero atinadamente, así como el humor atrayente de manera que hechice al auditorio.

    Como ya advertimos, la presentación de libros es ante todo un diálogo. Esto no implica directamente que se realice una permanente transacción de preguntas y respuestas entre presentador y audiencia a medida que discurre la presentación, aunque, siempre es beneficioso que toda presentación contemple un margen para esta plática. Sin embargo me refiero a diálogo por el hecho de que quien diserta esté continuamente incitando al oyente a cuestionarse, resumir, añadir, parafrasear, incluso contrarrestar de modo que deviene un participante activo. Por supuesto, no se trata de un intercambio cualquiera sino de uno especializado y donde el oyente está, no en desventaja pues su disposición y práctica lectora le confieren ciertas cualidades básicas, sino solo en cierto nivel de incertidumbre respecto al tema. El asistente espontáneo a una presentación no es un oyente meramente receptivo, por el contrario desde su bagaje lector, sus habilidades intelectivas y sus reacciones críticas a las proposiciones del presentador, el oyente ejerce una influencia que el expositor debe tener en cuenta para sustituir derroteros explicativos trazados a priori, pero que por la participación inteligente de los oyentes ya no le funcionarían, y encaminarse por nuevas avenidas de exposición que le permitan establecer un diálogo más eficaz con el presunto lector.

    Una presentación eficaz no puede ser una exposición genérica ni prefijada

    En tal sentido debe hacerse una salvedad necesaria: una presentación eficaz no puede ser una exposición genérica ni prefijada. Incluso si se lleva por escrito, el que hace la exposición debe contar con la suficiente habilidad y la pronta perspicacia que le permitan hacer adecuaciones, interpolaciones y añadidos que le propicien llegar más atinadamente al público al que se dirige e, incluso, percatarse él mismo de aspectos que antes no había considerado. En definitiva la presentación es en sí misma un acto creativo.  Y en esto hay que ajustarse a una pragmática irrenunciable: cada público requiere una presentación específica. No es igual presentar un libro para personas sin mayores conocimientos literarios que para otros con nociones más o menos propicias. Tampoco se puede presentar del mismo modo un libro para un público infantil que para otro adulto. Y de igual modo no se puede tratar con idéntica estrategia la presentación de un libro ya conocido que otro inédito, ni tratar de la misma manera a un autor nacional que a uno foráneo cuyo conocimiento es incierto. En fin, a la hora de prever la presentación de una obra deben considerarse todos aquellos factores que puedan determinar en la comprensión y el aprovechamiento de la exposición. Aspectos como la edad, el nivel de instrucción, la especialización, e incluso el lugar y la hora de una presentación, son fundamentales pues estos determinan factores anímicos que pueden beneficiar o no la presentación. Un auditorio cansado o acosado por el hambre se supone que es reacio a una presentación larga y compleja, solo por mencionar un ejemplo.

    Presentar un libro no es exponer unos cuantos datos sobre la persona que lo escribió y enunciar ciertos sucesos del libro. Se trata no solo de brindar información indispensable para aprehender los significados e implicaciones intelectuales y humanas del libro sino, sobre todo, ofrecer herramientas para que el que se dispone a su lectura acreciente sus habilidades perceptivas y pueda devenir un lector más acucioso, es decir, un mejor explorador del mundo y quienes lo habitan. Hay que tener en cuenta que cada libro demanda una estrategia de lectura diferente y es el presentador el que debe sugerir las estrategias con que debe realizarse la lectura del libro de que se trate. No es lo mismo leer a Conan Doyle, a Dostoievsy, a Borges o a Joyce. De eso trata la habilidad lectora: de emplear las herramientas convenientes al tipo de texto que enfrenta, de modo que siempre el lector salga enriquecido y gozoso.

    Y no se trata de que en una presentación de una obra el presentador deje de exponer algún criterio negativo del mismo. Eso es no solo posible sino conveniente para que el lector no se sienta engañado y no pierda la fe en la presentación como un acto que está concebido principalmente para su cultivo y bienestar. Además para que pueda desarrollar su apreciación crítica. En cualquier caso, el presentador debe hallar, estructurar y exponer aquellos aspectos tanto temáticos como formales que sobresalen en la obra expuesta y le impregnan sus valores más instructivos y atrayentes. Se impone desentrañar y explicar diáfanamente las razones que hacen de la obra una pieza para leer y preservar como elemento nutricio del espíritu. Y si la obra en cuestión no alcanza las cualidades que la validen como una pieza notable, no saciarse en sus deficiencias, sino señalar los principales desaciertos y tratar, siempre, de reconocer aspectos que le confieren valores parciales a la obra. Esto no es solo conveniente para los lectores sino es una guía de subsanación para los autores que pueden a partir de ahí, emprender una reescritura restauradora.

    Lo cardinal de la presentación es realizar una enunciación de médulas de sentido que justifiquen la lectura de un libro. Es imprescindible que el presentador exponga, razonada, nítida y convincentemente, aquellos aspectos cognitivos, emotivos, estéticos y éticos que hacen de la obra una vivencia gananciosa para el lector. Este tiene que sentir que si deja de leer ese libro perderá una experiencia de cuya perdida no se repondrá; una experiencia que lo puede ayudar no solo a vivir mejores momentos plenos de sentido sino a ser una persona de mayores posibilidades de gozo y entendimiento. Leer es una forma de vivir otras vidas. La lectura es la entrada en una serie de universos paralelos que, mientras estamos sentados en una silla en el centro de la ciudad de Holguín, Cuba, podemos estar navegando el Atlántico, o peleando en las Galias, haciendo el amor con una hawaiana o cruzando el espacio interestelar descubriendo nuevos mundos. Es siempre una acción de enriquecimiento vital y espiritual.

    Presentar un libro no es solo mostrar la intimidad de un cuerpo

    Presentar un libro no es solo mostrar la intimidad de un cuerpo, mostrar sus formas suculentas, hacerlo deseable; es también ofrecer un perfil vital que nos lo convierta en un sujeto amable o reprobable, pero que nos active nuestra facultad para conocer y tratar a los otros. Para ello, el presentador debe propiciar información novedosa y atrayente a los oyentes; presentar hechos, emociones, ideas que amplíen el horizonte vital de ellos; brindarles juicios debidamente razonados, mostrar facetas que despierten intereses, hacer pasar a los oyentes por una experiencia donde el propio discurso de presentación sea un gozo y una revelación que concluirá con el orgasmo de la lectura. Definitivamente la presentación de un libro es una acción intelectual donde el presentador verificará y hará ostensibles su cultura general, sus conocimientos y destrezas literarias y de asuntos conexos, sus habilidades comunicativas que le permitan crear en el auditorio la urgente necesidad de adentrarse en el libro. A la vez, este acto incrementará su experiencia intelectual al tener que pensar la obra, quizás sin ninguna referencia perceptiva anterior, lo cual es bueno pues lo hace esforzarse en ser un descubridor de caminos hermenéuticos antes que un repetidor de conceptos ya precocidos, desde la responsabilidad del que debe responder por lo que hace ante quienes con su lectura valoraran su talento.

    Ya aquí entramos en el territorio de utilidad y apoyo que constituye la acción del presentador, o sea su aspecto educativo. Un presentador es, ante todo, una suerte de lazarillo que, por haber recorrido ya el mundo por donde ha de conducir a su cohorte de tutelados, puede conducir a estos del modo más expedito, seguro y provechoso para que disfruten el recorrido. Es alguien que, por las destrezas demostradas, hace sentir al lector confiado. La lectura es como la religión, necesita de la fe. Hay que ganar certidumbre en que podemos atravesar los arduos accidentes de expresión que conforman una obra y llegar a los amplios confines de significación que allí nos esperan. Esta es la fe que nos cultiva la labor apostólica de un eficaz presentador de libros.

    Este artículo fue publicado primero en FaceBook por el autor, en Holguín, entre el 11 al 16 de julio de 2024 y autorizado a publicarse en Claustrofobias Promociones Literarias por el mismo.

    Comparte este contenido con tus amigos

    ... Hosting WordPress

    Equipo Editorial
    Equipo Editorial

    El personal editorial de Claustrofobias Promociones Literaria esta coordinado por dos amantes del mundo literario cubano. Yunier Riquenes, escritor y promotor cultural y Naskicet Domínguez, informático y diseñador.

    Claustrofobias Promociones Literarias
    Logo