
Cuando ingresé —como director— en la biblioteca de mi pueblo, encontré una situación que, aunque normativa, resultaba profundamente perturbadora: muchos libros tenían parte de sus títulos ocultos tras un marbete; cierto es que, colocado allí, cumplía con las directrices de catalogación, pero vulneraba la esencia misma del libro como objeto comunicativo. La norma establece que el marbete debe colocarse en la esquina superior izquierda de la cubierta, cuando el texto no excede un número de páginas, pero esta disposición a menudo se encuentra en conflicto con la presentación del título o el autor, elementos fundamentales que constituyen la identidad del texto. A eso había que sumarle un aparente «problema»: el personal de la biblioteca —¡qué suerte!—siempre ha sido muy respetuoso, de las normas y manuales.
Este fenómeno —el del título y nombre del autor cubierto en una de sus zonas— planteaba interrogantes sobre el papel de la editorial, del diseñador y del autor. La labor de estos actores no se limita a la mera producción del contenido; su trabajo incluye la creación de una experiencia estética y cognitiva que facilita el acceso a la información. Al cubrir alguna parte del título de un libro, se desdibuja esta labor y se traicionaba el quehacer de la editorial y los diseñadores.
Las normas
Es cierto que las normas son esenciales para el funcionamiento de cualquier institución, pero deben ser objeto de análisis crítico por parte de ése propio personal. Las leyes y regulaciones no son estáticas; evolucionan con el tiempo y deben adaptarse a las realidades cambiantes del contexto en que se aplican. En este sentido, el personal bibliotecario no solo debe ser competente en la aplicación de normas, sino también en su evaluación crítica. La lectura crítica de las normativas permite identificar fallos y proponer soluciones que optimicen la experiencia del usuario. Pero en eso, por unanimidad, se produjo esa lectura rápida y eficiente.
En una conversación con Belkis Rodríguez, Especialista Principal de la Biblioteca Provincial Rubén Martínez Villena, se enfatizó un principio fundamental, y así no los dijo: «nunca cubran la información del libro, lleguen a un acuerdo que busque siempre la uniformidad, pero no cubran ni título ni autor«. Este enfoque sugiere que es posible alcanzar un consenso que mantenga la integridad de los textos sin sacrificar la organización bibliográfica. La clave radica en fomentar un diálogo constructivo entre las partes interesadas para encontrar alternativas que respeten tanto las normas, como el valor intrínseco de cada obra.
La importancia de la lectura crítica se manifiesta no solo en el análisis de textos literarios, sino también en la evaluación de las normativas que rigen una presentación.
Seguir una norma no significa que no pueda ajustarse con el tiempo y ser reanalizada de acuerdo con las realidades dinámicas del entorno. O como en este caso, evaluar tras descubrir que el marbete, en muchos casos, cubría parte del nombre del autor, o del título del libro.


