CONFESIONES | José Luis Estrada Betancourt: “Nunca es tarde para el amor”

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    Nunca es tarde para el amor. Qué importa su naturaleza, si lo que vale es el estremecimiento, el sentirse vivo, que se te reseque la garganta y desboque el corazón, que la piel se torne un alfiletero… Solo puedo decir que cuando recibí aquella primera clase con el profe Luis Sexto quedé fascinado. ¿Dónde había estado el periodismo que jamás me había fijado en él? ¿Cómo hasta ese momento no le había mirado fijo a los ojos para saber que otro amor verdadero tocaba a mi puerta? Desde el principio esta profesión me conquistó. Y se lo debo a esos profesores, verdaderos monstruos; lo más grande, vaya: José “Pepe” Alejandro Rodríguez, Manuel González Bello, Ariel Terrero, Víctor Joaquín Ortega, Julio García Luis, Antonio Moltó, Herminia Sánchez, Isabel Moya, Caridad Carrobello, Toni Prada, Dixie Edith, Juana Carrasco, René Tamayo… Ellos son los primeros culpables.

    Me esforcé mucho, también debo decirlo. Me lo cogí muy en serio. Recuerdo que a mi grupo le correspondió, desde el primer día, hacer prácticas en las mañanas y recibir clases en las tardes. Empezamos el recorrido por prensa escrita, pero ¿quién encuentra un alma en un periódico a las nueve, diez de la mañana? Me quejé, y fui a dar a la Agencia de Información Nacional (AIN), hoy Agencia Cubana de Noticias (ACN), por lengua suelta; siento que me enviaron como un castigo, y resultó un regalo. Tremenda escuela. Aprendí a escribir notas de hasta lo “innoticiable”. Quería estar en todas partes, cubrirlo todo. Extraordinario entrenamiento. Luego vino Radio Reloj, otra etapa que me marcó. Me dio la síntesis.

    Juventud Rebelde era para mí lo inalcanzable, sin embargo. Tanto que ni siquiera me imaginé en el medio que considero el reino del periodismo cubano. No fui uno de esos alumnos sobresalientes del Diplomado, más bien creí por momentos que los profesores no notaban mi existencia. Por tanto, confieso que jamás esperé terminar en la “pecera” (redacción de promiscuidad total delimitada por cristales). Estaba feliz imaginándome en la AIN o Reloj, pero el destino lo tiene todo muy bien planeado.

    ¿Quién se lo iba a decir a aquel niño que quedó “enredado” primero con el mundo de los números? Era excitante ver un problema matemático y que la solución se fuera dibujando en mi mente a medida que avanzaba en la lectura. Me encantaba que me mandaran a la pizarra a resolver los ejercicios y explicarlos para el aula. Mi casa permanecía repleta de mis compañeros que adoraban los batidos que le tumbaban a Juana, mi madre, a quienes repasaba una y otra vez. Decían que siempre les salvaba la vida. Todavía me lo dicen cuando me encuentran por la calle y me abrazan. “¿Te acuerdas cuando tú…?” y sacan debajo de la manga una historia que ya había olvidado…

    En el preuniversitario tuve los mejores profesores del universo, estoy seguro. En el 2020 se cumplieron 35 años de que nos graduáramos y todavía recuerdo sus nombres, sus rostros, sus clases. La gramática que me enseñó la profe Maribel Vazquez Hidalgo es la que me ha acompañado hasta hoy, con la que me he defendido “a la cara”. Pero el profe Denys jamás eligió mis redacciones para leerlas en voz alta como hacía con las genialidades que escribía mi socia Gisela Paredes para que los demás aprendiéramos. Con esto te quiero decir que imaginé que sería científico, ingeniero, abogado, economista, hasta cosmonauta… pero el periodismo no clasificó ni en la última casilla. Lleno de vanidad, me propuse elegir una carrera que fuera difícil de alcanzar. Era consciente de que había nacido para ser maestro, pero, pobre de mí, pensaba que merecía algo superior y desdeñé la profesión más hermosa y esencial del universo. En una actitud bien autosuficiente, me decidí por las únicas que exigían requisitos casi extraordinarios, las llamadas “Nucleares”, impulsado además por el convencimiento que siempre tuve de que haría la universidad fuera de Cuba. Así me vi viajando para Bulgaria con el propósito de convertirme en uno de los ingenieros físicos que desde la Ciudad Nuclear de Juraguá transformarían a Cuba en un país poderosamente desarrollado…

    Pero la vida… Ay, la vida… El regreso de Bulgaria fue traumático para mí. La caída del campo socialista me obligó a dejar aquella tierra sin siquiera poderme despedir. Todo me tomó de sorpresa. Nada sucedió como lo preví.

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    Me quedaría en La Habana…

    A mi regreso tomé una decisión: me quedaría en La Habana, la única ciudad de Cuba donde consideraba que podía seguir siendo feliz. El sueño de Juraguá había muerto para mí. Permanecía intacto el amor por Las Tunas, pero mi espíritu se había ensanchado tanto que necesitaba de teatros, cines, conciertos, peñas…, y solo la capital podía saciar ese enorme apetito… Parece ser que ya por el año 91, 92, comenzaba a vislumbrarse un serio problema que luego se agudizaría: la escasez de profesores. En un tiempo en que era obligatorio para los graduados universitarios retornar a su lugar de origen, dar a un paso al frente para sumarme a los que darían clases en secundaria básica posibilitó que me librara de que me aplicaran dicha resolución. Y fue así como me volví a conectar con la profesión de mi vida: el magisterio.

    De mi madre heredé, para bien o para mal, un sentido de la responsabilidad, una pasión y un compromiso por cada proyecto que emprendo, que mi entrega se vuelve algo enfermiza. De ese modo ha sido con todo: cuando amo, amo. Y con el amor no tengo límites. No me importa si la otra parte se percata y se aprovecha de mi «debilidad». Estoy incapacitado para darme a medias. Mas las personas como yo, que se levantan a las seis de la mañana y llegan primero a la escuela para limpiar sus tres plantas cuando el esposo de la compañera encargada de la limpieza recibe tratamiento de hemodiálisis, o se toman muy en serio eso de ser Guía Base, de preparar muchachos para concursos nacionales y que con el primer lugar consigan elegir la carrera de sus sueños…, cuando se decepcionan son como el burro negado de Van Van, que ni a palo sube. A mí me pasó alrededor del año 2000, justo en el momento en que “vencido” el período especial los medios de comunicación se sintieron en condiciones de retornar a la normalidad, solo que una buena parte de los periodistas hacía rato que había decidido buscar otros horizontes.

    Jamás me ha pasado por la mente ser periodista

    Fue una gran amiga, Ana María García Salvador, extraordinaria profesora de Historia, quien me habló del Diplomado de Periodismo en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí: un curso emergente e intenso dirigido a egresados universitarios, que de pasar los pruebas de aptitud se formarían en un año. Cuando quiso embullarme para que juntos nos presentáramos, me negué de plano. «Mija, si yo no sé ni escribir una oración compuesta», le dije para que me dejara tranquilo. «Además jamás me ha pasado por la mente ser periodista», proseguí con mis argumentos, pero no entendió. Cuando vine a ver, el número 64 que me identificaba, fue pasando cada una de las rondas eliminatorias hasta que mi nombre apareció en uno de los dos primeros grupos que protagonizaron esa experiencia, que luego tendría dos o tres ediciones más. Así inició mi otra aventura de la Humanidad.

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    ¿Por qué Periodismo Cultural?

    ¿Por qué Periodismo Cultural? Nunca me fue difícil entender esa expresión tantas veces utilizada de que la cultura es escudo y espada de la nación (aunque en nuestros medios lo olviden con frecuencia cuando esa es la primera página que «se va del aire» a la hora de los ajustes, cuando casi nunca constituye un titular de portada o de nuestros noticiarios, etc.). Porque la nación, la patria, a «pequeña» escala termina siendo uno mismo. Y a mí, desde que he tenido uso de razón, la cultura me ha salvado, me ha hecho feliz, me ha dado fuerza para resistir, me ha llenado de esperanzas.

    La toma de La Habana por este tunero en los ya lejanos años 90 fue dura, dolorosa. Y aunque los guajiros somos fuertes, como dicen mis queridos «habaneros», no escasearon los períodos en que pensé rendirme y regresar al calor de mi hogar, a la protección de mi Juana, esa madre a la que tengo en un altar, obstinado de dormir en parques, de «velar» muertos ajenos en funerarias, de tandas especiales en el cine Yara, de alquileres de los que me desalojaban sin previo aviso… Entonces decidía ir a la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana por última vez, solo que el que salía nada tenía que ver con el tipo abatido que entraba. Este José Luis se llenaba de tanta energía, de tanta belleza, de tanta fuerza interior que podía venir la fiera que él la estaba esperando.

    No voy a venir con cuentos a esta hora de que «no lo esperaba», «que ha sido una hermosa sorpresa». No conozco a nadie que haya participado en un concurso pensando que no lo ganará.

    José Luis Estrada Betancourt

    Claro, lejos andaba de imaginarme que mi vida tomaría este rumbo. Cuando en Juventud Rebelde, encabezado por Rogelio Polanco, Pelayo Terry, Ricardo Ronquillo, Herminio Camacho, demostré «que servía para algo» y creyeron no solo que podía escribir de temas culturales sino además intentar encaminar esa Redacción Cultural que privilegiaron firmas como Ángel Tomás, Emilio Surí, Leonardo Padura, Soledad Cruz, Rufo Caballero, Joel del Río, Magda Resik, Tania Cordero, Joaquín Borges-Triana, Reynaldo González, Pedro Herrera… (como después lo han hecho Frank Padrón, Toni Piñera, Osvaldo Cano…) me acerqué al Ballet Nacional de Cuba ansioso por contar una historia llena de gloria de cara al escenario y tras bambalinas. Y de paso, darle las gracias.

    He vuelto a estas confesiones con que atormenté a la genial Liset Prego Díaz a raíz de que la Asociación Hermanos Saíz decidiera hacerme el honor de convertirme en uno de sus Miembros de “Privilegio” (para no ser redundante), porque hasta hoy no he encontrado otra manera de agradecerles a todos, absolutamente a todos los que me han felicitado por el Premio Juan Gualberto Gómez, tantas veces luchado, tantas veces soñado. No voy a venir con cuentos a esta hora de que «no lo esperaba», «que ha sido una hermosa sorpresa». No conozco a nadie que haya participado en un concurso pensando que no lo ganará. Mas llegó la hora, después de tres menciones por este trayecto de luz, recibidas con orgullo tras ser dejado en el camino una y otra vez por ese «tipo bestial» que es Enrique Ojito.

    Cierto: nunca es tarde para el amor, pero qué dicha si es correspondido. Gracias, gracias, gracias, a los maestros por sus enseñanzas, a mis espectaculares compañeros de batalla por compartir, de corazón, llenos de bondad, su espacio y su energía; a los lectores, por abrirme de par en par sus almas; a los amigos, por creer, por empujar, por inundar de post a Facebook con la noticia; gracias a los que viven conmigo este regocijo enorme.

    Consejo editorial integrado por periodistas y colaboradores de toda Cuba que gustan del mundo literario.

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