¿¡Un Decamerón cubano!?

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    Escrito por Edelmis Anoceto Vega
    Colaboración Especial del Centro Provincial del Libro de Villa Clara

    Cuidado, editores, la interrogante parece lógica solo en primera instancia. Más pertinente sería preguntarse cómo es que aún no cuenta nuestra literatura con su Decamerón, o, incluso: ¿no debió ser cubano el primer Decamerón? En efecto, no habíamos reparado en esa carencia hasta que un hombre como René Batista Moreno nos lo anunció (y nos amenazó); porque, como a todo escritor de talla XXL, se le ocurrió un proyecto que siempre estuvo allí, latente, solo que nunca nos dimos cuenta; y porque, como todo cronista de perspicacia excepcional, supo recoger y dimensionar aquello que otros hemos soslayado por intrascendente; porque fue un escritor que tempranamente entendió que existía en el pueblo algo más valioso que sí mismo, que urgía recoger y mostrar, una obra superior a todo legado individual, tan colectiva y al mismo tiempo tan suya propia. Por eso en muchos de sus libros asistimos a una especie de proceso de despersonificación-personificación, en el cual el autor se aparta de sí para asumir la voz plural del pueblo, se rinde ante ella, y al mismo tiempo en ella se personifica.

    Este libro tiene un solo protagonista, que en lo sucesivo denominaremos Ser Cubano: chino, negro, isleño o criollo, campesino o poblano, erótico, bebedor, chulo, pícaro, buscavida, robador, peleador, viajero, trashumante, hijo de pobres, chistoso, malhablado, disparatero, supersticioso, alardoso, aventurero. No puede ser otro que el que tuvo la osadía de coger a la yegua de Valeriano Weyler y luego la desfachatez de gritarle una ofensa al general Machado, y en cuanto puso un pie en La Habana fue multado con diez, veinte, treinta, cuarenta y cincuenta pesos de una sola vez, se le ocurrió hermanar a Songo la Maya con Moscú; es ese que dice: ¡Yo me como ahora mismo un cocodrilo parao en dos patas, que ordeño a un toro!. A ese Ser Cubano la cosa se le puso fea en Camajuaní buscando mujeres malas, se fajó con un güije por la Siguanea y tocó un guaguancó en la entrada de una cueva para cazar a dos negros alzados en el Escambray, sacó candela en Playa Girón En fin, se recogen aquí los avatares, dichas y desdichas porque humana cosa es tener compasión de los afligidos—, que solo pueden compendiarse en los individuos nacidos en la mayor de las Antillas, expuestos no a la manera de la alta literatura, sino a través de la palabra viva y picante de quienes constituyen la multiplicidad que se integra a ese Ser Cubano, apódese Pepe Juñi-juñi, Mangrino, Rolando la Ternera o Mandarria.

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    Acostado en su lecho de muerte René Batista Moreno me habló por última vez de El decameron cubano. Era este el proyecto que más le motivaba cuando la …
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    Autor

    Editorial

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    Estado

    N° de páginas

    232

    Colección

    La otra parte complementaria de este libro la llamaremos en lo adelante Lector Inteligente: ese que no se cuestionará la veracidad de los relatos, ni siquiera pondrá en duda lo que puede engullir un majá de Santa María en toda su extensión, o la manera en que puede interrumpirse un sueño sobre un fusilamiento y luego reanudarse. El Lector Inteligente disfrutara con la historia del hombre que vio a Dios y participó en un concurso literario convocado por el Vaticano, degustará la característica carne con papas que comía una familia, ¡qué familia! y admirará el ingenioso final del relato titulado Orinen aquí orinen aquí. Apreciará el lenguaje popular, la fraseología y el léxico metafóricos en frases como: Y se formó la de San Quintín, un corre-corre del carajo y yo era una máquina de coger.

    Eso sí, el Lector Inteligente se percatará de la sensibilidad de René para incluir en su libro historias en las que difícilmente otro compilador hubiera reparado. ¿Por qué incluye René un relato aparentemente fuera del contexto de su libro como el titulado ¡Tú pitarás, hijo mío! o la anécdota Era el diablo? Simplemente porque su concepto de lo popular es de una inclusividad y de una dimensión irradiadora que pocos podemos divisar; porque cada detalle, hecho, gesto o palabra es atendible a la hora de conformar su concepción de lo popular. ¿Por qué incluye René la narración de los hechos que conducen a la muerte del zapatero y curandero Isaac Pinto, la cual, siendo un casi un thriller, nos resulta tan verosímil? Simplemente porque la muerte está allí latente en toda expresión humana, incluso como portadora de acontecimientos humorísticos, como sucede en el caso del relato tragicómico “Déjeme ver la foto”.

    Por eso en este libro confluyen lo uno y lo diverso de eso que llamamos pueblo, siempre en su relación con los aspectos dolorosos de la vida, con las carencias y las desdichas, que no dejan de ser fuentes para la risa y la jocosidad. Así René nos alecciona a través de esas voces, nos enseña que existe una sabiduría inigualable en la gente sencilla, un yacimiento inagotable porque está en constante creación. Con este libro, como con tantos otros, nos recalca René que su prioridad está en buscar en esa literatura otra (la oralidad) que yace oculta, en lo popular maravilloso y en lo extraordinario de la vida cotidiana.

    Por ahí viene René Batista bajando la loma, de una mano trae al Ser Cubano y de la otra al Lector Inteligente. Vienen cantando:

    Óyeme, sapito,
    ¡qué feo eres tú!
    Allí, allí no hay sesos,
    son como el negro trukutú.

    Y se suman los tres a una reyerta, a taconazo limpio con todo el mundo, en la que ningún bando gana, porque el que gana es el pueblo todo. Se hermanan así el Lector Inteligente y el Ser Cubano; el primero quiere despedirse: “Adiós, adiós, nos vamos pa La Habana”, para Salamanca la Vieja, para Caibarién, pero el segundo sabe que la partida ya no podrá ser definitiva, porque su hermano regresará algún día en el tren con Atanasio, y queda en el andén esperando que sus sueños de cumplan: un bastón de cabo de ébano, un sombrero de piel de castor, una leontina de oro macizo, un sencillo pito al menos, la risa siempre.

    Tanto el Ser Cubano como el Lector Inteligente saben que solo Boccaccio pudo adelantársele al compilador, y únicamente porque le tocó vivir primero. Pero cuidado, editores, la literatura, como todo arte, no evoluciona, si no cada día escribiríamos mejores decamerones y mejores cuentos de guajiros para pasar la noche. Toda literatura es cualitativamente atemporal y en ese sentido todos los escritores, llámense Boccaccio o René Batista, son contemporáneos. Lo que sí evoluciona es la materia prima con que trabaja la literatura: el hombre.

    Demos entonces las gracias al científico de la materia humana, a nuestro más grande guajirólogo, quien fue el autor de criaturas literarias todas con el Ser Cubano en el centro tan queridas y atesoradas por el Lector Inteligente. Entre ellas será esta, seguramente, una de las de mayor y mejor acogida, en difícil competencia con otras invenciones extraordinarias como pueden ser una zoología fantástica cubana, una antología de cangrejos arando, o un anecdotario de bueyes que habitan un tiempo ocre, verdaderas fantasías concretadas en libros.

    Comienza ahora el volumen llamado Decamerón cubano, que puede apellidarse «los pueblos son los que saben reír», y contiene setenta y cinco historias recogidas por René Batista Moreno (Camajuaní, 1941-2010, nuestra era).

    Equipo Editorial Claustrofobias

    El personal editorial de Claustrofobias Promociones Literaria esta coordinado por dos amantes del mundo literario cubano. Yunier Riquenes, escritor y promotor cultural y Naskicet Domínguez, informático y diseñador.

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