Otra rescritura de la historia. Humanización del héroe en la narrativa de Nersys Felipe

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    Escrito por Eldys Baratute

    Estoy seguro de que si a algún curioso investigador se le ocurriese la idea de hacer un estudio de público entre los niños de las escuelas cubanas, descubriría que el personaje más recurrente en la literatura que consumen en sus años de estudio, es el héroe. Sin embargo, es contradictorio que no son precisamente algunos de los héroes cubanos los que se quedan verdaderamente en el plano emotivo, de nuestros niños.

    A mi juicio este fenómeno tiene dos causas fundamentales:

    1-Los antihéroes nacidos de la narrativa de ficción son por lo general personajes mejores construidos, cargadas de emoción y humanidad.

    2- En la historia de Cuba nos hemos encargado de construir superhombres perfectos, sin humanidad, imposibilitando que se vuelvan atractivos.

    Si ese investigador curioso se atreviese a preguntarle a nuestros pequeños cuales son las cualidades de esos hombres que han engrandecido la épica de nuestro país, nos dirían que cada uno de ellos es valiente, honrado, decidido, inteligente, patriota y antimperialista (aunque ese personaje hubiese nacido antes de la independencia de las colonias norteamericanas), en algunos casos se cambiaría el orden, en otras agregarían alguna que otra cualidad, en dependencia de la capacidad de adjetivación de la maestra, pero estoy seguro de que todos estarían cerca de lo antes dicho.

    Lamentablemente, no se habla de la infancia de estas personas, y cuando se hace se les describe como el más casto, el más tranquilo, el más inteligente, el que nunca tuvo amores de adolescente, nunca se enamoró de la maestra de turno, nunca tiró piedras, discutió con un amigo, un hermano, nunca ninguno faltó a la escuela, nunca tuvo actos de egoísmo y mucho menos puso sus intereses personales por encima de los otros. En fin, convertimos a ese, que pudiera ser el mejor amigo de uno de nuestros pequeños, en un ser distante.

    Quizás por su vocación de maestra, quizás por su amor a Cuba, quizás simplemente por su deseo de que los niños cubanos sean verdaderamente hombres de bien, Nersys Felipe, descontextualiza a algunos de estos héroes y elabora sus propias historias, llenas de humanismo, de emoción y también de verdad, porque nadie puede dudar que estos grandes hombres, antes de convertirse en líderes de la épica, e incluso después, fueron personas de carne y hueso con emociones, sentimientos y dudas.

    En Cuentos de Nato comienza su batalla por la defensa de la humanización, porque desde su escritura les regala a estas figuras la virtud más grande que pueden tener los hombres.

    Ignacio se llama el protagonista de Cuentos de Nato y Amalia, su hermana, nombres que sin dudas toman como referente al mayor general del Ejército Libertador Ignacio Agramonte y Loynaz y su esposa Amalia Simoni Argilagos, tanto él como ella, protagonistas de hazañas determinantes en la Guerra de los Diez Años y que tienen un lugar muy bien ganado no sólo en Camagüey, el pueblo natal de ambos, sino en nuestro país.

    Este Ignacio es un niño, por demás es el narrador, mantiene un discurso muy alejado al de Ignacio Agramonte o por lo menos muy alejado del referente discursivo que se tiene de él. Supongo que con tanto temor andaba la escritora que prefirió llamarle al niño Nato y es así como el protagonista, incluso desde el nombre del libro, queda en el referente de los lectores.

    En la noveleta, publicada por vez primera en el año 1985, Amalia no es la esposa sino la hermana del protagonista y prefieren llamarla Ami, tampoco es la mujer valerosa que prefiere que le corten la mano antes de pedirle a su esposo que sea un traidor. Todavía esta Amalia no sabe de estos sacrificios y se conforma con ser dulce con su hermana más pequeña, la enseña a colorear y acompaña a Nato en sus travesuras.

    Estos dos pequeños pudiesen muy bien llamarse de otra forma y esto no afectaría el sentido de la trama, pero la autora prefiere llamarlos así para acercar la historia de nuestro país, sin didactismos, sin hazañas, a nuestros lectores. Toma prestados estos dos personajes y los pone a convivir en un espacio y tiempo distintos, una familia muy similar a cualquier familia cubana. ¿Esta familia, con Nato y Ami como protagonistas, no se convierte entonces en puente entre los lectores y la historia de Cuba?

    Años más tarde publica Maísa, un libro en donde el héroe latinoamericano trasciende más allá de la realidad y se convierte en un necesitado/imprescindible, personaje de ficción.

    Maísa ha quedado en el referente de la literatura cubana como esa niña desenfadada que estudia con las monjas, se empolvaba a escondidas, y defiende a su amiga Pichón de las burlas del resto de las muchachas, peor también ha quedado el libro por Sorcita, la monja más vieja del colegio, la misma a la que le gustan los bombones, es mexicana y que, a escondidas amó a Emiliano Zapata, porque tiene que ser amor el brillo que aparece en sus ojos cada vez que hable de él.

    Emiliano Zapata Salazar fue uno de los líderes militares más importantes durante la Revolución mexicana. Aunque el motivo por el que se incorporó al ejército fue el hecho de que había raptado a una jovencita, muy pronto se convirtió en uno de los líderes del movimiento independentista a inicios del siglo XX, odiado por unos y muy querido por otros, fue protagonista de hazañas determinantes que hicieron que, después de su muerte, se convirtiera en el apóstol de la revolución y símbolo de los campesinos desposeídos, al punto que sus seguidores son apodados con el nombre genérico de zapatistas.

    Si antes enunciaba que el héroe cubano de una forma u otra estaba presente un la vida de los estudiantes, el latinoamericano, por el contrario, está ausente. Excepto Bolívar, San Martin e Hidalgo incorporados a nuestros planes de estudio gracias a la revista La Edad de Oro, el resto no aparece con frecuencia en nuestros planes de estudio y desde su sutileza, su maestría, su latinoamericanismo, Nersys le presenta a los niños lectores a Emiliano Zapata. Primero como un hombre que puede crear las mayores ilusiones de amor en una joven y después como el líder imprescindible de la Revolución mexicana a inicios del siglo pasado.

    En Corazón de libélula (y otros duendes y duendas) un libro fantástico por naturaleza, de nuevo aparece el héroe cubano en medio de situaciones tan comunes, tan cotidianas, que refuerzan frente a los niños su condición humana.

    En La Bufanda, uno los dos cuentos, se nos relata el paso de Antonio Maceo, figura imprescindible de la épica cubana, por Mantua. Probablemente otro autor hubiese ubicado al general Maceo en el centro de una sus hazañas habituales, sin embargo juega con los lectores y escoge contar la pasión de Nieves María por un hombre altivo, firme, montado en su caballo y seguido por miles de hombres.

    En casi todo el texto Maceo pierde su nombre y se convierte en Él, pronombre del que inteligentemente Nersys se apodera para no influir en la subjetividad de los lectores. Para ellos la niña no está apasionada por el Titán de Bronce, sino por un Él que por momentos parece de mucha menos edad de la que tenía Maceo cuando entró en Mantua en enero del año 1896.

    Aquí se habla de alguien que es gentil como un príncipe, tiene el pelo crespo, la piel oscura, es apuesto y limpio. O sea, un Antonio como tantos otros Antonio en el mundo, con una infancia, una adolescencia y una adultez llena de pasiones, enfrentamientos, dichas y desdichas.

    En el segundo de los cuentos, Noche en New York, la autora no sólo nos habla de Martí, sino se incorpora su lenguaje, su estilo y de algunas de sus frases más conocidas, al punto que en ocasiones no sabemos cuál de los dos está narrando. Aparecen palabras de ella puestas en boca de él, lo que reafirma su intencionalidad de demostrar que, además de todos sus grandes valores, fue un buen padre y como testigo quedan aún los versos que le escribió a su hijo y de los cuales Nersys hizo suyas, a su vez, algunas palabras.

    Estamos frente a alguien que dio su vida por la independencia de un país pero que amó con intensidad, a su esposa Carmen Zayas Bazán, a María Mantilla la quiso como a una hija, a la niña de Guatemala la amó con respeto, a Carolina Otero, la bailarina española, la amó desde el silencio igual amó a otras mujeres que estuvieron presentes en su vida, sin embargo por encima de todas ellas amó a su hijo. En segundo plano se quedan el revolucionario, fundador de un partido, de un periódico, el que desembarcó en Playitas de Cajobabo, el gran pensador latinoamericano, el antirracista, latinoamericanista y antiimperialista, en Noche en New York, protagoniza el padre, el amante, el niño fantasioso.

    Es ese mismo hombre el que aparece, con muchos años menos, en un libro posterior y mucho más atrevido: Pepe y la Chata. Si en El ojo del canario, Fernando Pérez resaltó de manera magistral la adolescencia y la juventud del Apóstol, de esa misma forma Nersys dedica su novela a su relación con sus hermanas, su madre, su padre y el medio que lo rodea cuando sólo tenía seis años.

    Entonces, ¿estamos frente a un libro que hablará de hazañas épicas? No, hablará de la infancia de un niño cubano en el siglo XIX. Como mismo hizo en el 1985 con Cuentos de Nato, aquí no se titula la novela con los nombres propios de los protagonistas sino con sus apodos, y los caracteriza desde la cubierta como los niños que son. Este libro hubiese sido otro si se llamase José Julián y Leonor Petrona, nombres quizás hermosos pero alejados de la nomenclatura habitual que usan los niños. Los niños prefieren los apodos, los nombretes, ese otro yo que se construyen cuando comienzan a llamarse Tony, Pulo, Cacha, Lola, o cualquier otro, de tantos que existen en el catálogo de sobrenombres cubanos.

    A partir de ahí se comienza un viaje que, desde septiembre de 1859, termina en enero de 1860, el mismo día que Pepe cumple sus siete años.

    Pepe, como todos los niños a esa edad, era rebelde, peleaba con la Chata por ser el maestro y porque su hermana no entendía que él era mayor, peleaba como suelen hacerlo todos los hermanos que se quieren, también retuerce los ojos cuando está molesto, y también ama con la pasión y la inocencia de un niño de seis años.

    Todo eso nos cuenta la novela, página por página, como si fuese el propio Martí quién nos estuviera contando de esos años.

    Si a alguien queda aún duda de las verdaderas intenciones de esta pinareña que destila patria por sus poros, revise el capítulo palabrotas y descubrirán debajo de la mesa las palabras que el protagonista dejara escritas con su letra de primer grado. Las palabrotas que como dijera su madre (…) están como el aire, en todas partes, haciéndose las simpáticas para congraciarse con los más pequeños y hacerse sus amigas. ¿Entonces él también las decía, era capaz de eso? Por supuesto. Se defiende a toda costa la idea de que tuvo una infancia con particularidades, pero en lo general muy similar a la de cualquier otro niño cubano y como tal se comportó.

    Termina el libro en la celebración del séptimo cumpleaños de Pepe y a partir de esta lectura, cada 28 de enero tendrá un valor agregado para mí, recordaré con nostalgia las celebraciones de la escuela, los poemas, los dibujos que colgamos en el mural del aula, las obras en que todos quieren ser Meñique, pero además recordaré el pollo chorreadito que el hijo de Leonor se comió ese día con las monedas que, quilo a quilo, ahorraba su madre, la horchata de almendra, las torrejas y la mirada del niño cuando vio partir a su padre con el deseo del beso que no acababa de darle. A partir de ahora más nostálgicos serán mis 28 de enero, más entrañables, más cercanos.

    Estamos frente a un libro que cierra un ciclo en la obra de Nersys, un ciclo que comenzó en 1985 mientras le regalaba a los niños un Ignacio Agramonte de carne y hueso, amigo y cómplice y que cierra con el más grande de los cubanos, el más grande de los hombres.

    Ojalá los estudiosos de las ciencias sociales, en algún momento, se percaten del grano de maíz que, a través de sus libros, Nersys ha aportado en la comprensión de la historia por nuestros pequeños.

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