Recado a una poetisa en vísperas de su aniversario

×

    Sugerir cambios

    La Habana, 27 de abril de 2021.

    Mi “muy agradecida y vieja amiga”:

    Hace exactamente veinte años usted me hizo entender que la contemplación no podrá ser jamás un acto vacío. Por eso vuelvo a mirarla hoy así, con ojos enternecidos, como quien intentó siempre retenerlo todo de su palabra inmensa y llana, incluso el timbre de esa voz apacible con sabor inmemorial.

    Comienzo ofreciéndole disculpas por este capricho mío de interrumpir la quietud de su recogimiento. ¡Ojalá sepa usted perdonarme! Sucede que recién me enviaron esta foto que le adjunto y me conmueve la profundidad de su “rostro sin deseos, inmensamente detenido”.

    Entonces no podíamos saberlo, pero la mañana del 14 de febrero de 2017, cuando la invité a una Habana Vieja que va conmigo y que ya no existe, quedaría registrada como su última “aparición pública”.

    Luego nos vimos dos o tres veces en su refugio, y aunque actualmente no es posible una comunicación directa, puedo decirle que conservo vivísimas sus resonancias, de modo especial esos murmullos lapidarios tan suyos, tan de mi agrado.

    Por cierto: he comprobado que su eficacia radica en desnudar las esencias sin profanarlas, ni renunciar al aliento de lo simple. Y entiendo que la gente pudiera llegar a confundirlos con versos, pero ambos sabemos que no necesariamente lo son.

    Desde luego, ello no contradice que esa huidiza deidad llamada Poesía ‒que como usted no gusta de prodigarse‒ hiciera de los altos de Neptuno 308, luego de Figueroa 358 y más tarde del humilde apartamento del Vedado, eternas sucursales de su reino.

    Sin embargo, usted me mostró que la fama es engreída, vanidosilla, inútil…, mientras la gloria es asunto sublime. ¡Si lo sabrá Martí, ese preceptor espiritual que desde edad temprana asumiera en todas sus líneas sagradas y totales!

    Porque, como me aseguró una tarde memorable, tanto en el mártir de Dos Ríos como en Cristo admiró el desinterés por lo material y el valor del sacrificio, al tiempo que halló la más perfecta explicación de por qué la muerte puede ser principio y no fin.

    Lo ordinario sería esa “mascarada bárbara” enunciada por el Apóstol, así que se aferró usted a la belleza que supone también toda partida. Y se me ocurre que es gracias a dicha convicción que ha podido soportar los golpes tremendos que este siglo le depararía, como si alguien quisiera poner a prueba una y otra vez su religiosa estatura.

    “Paloma acerada” resolvió nombrarla su amigo Lezama, incapaz de definir ese “misterio que se afina”. Pero paloma, al fin y al cabo, nadie puede afirmar que no siga siendo usted dueña absoluta de su vuelo y de su cielo. Qué maravilla, ¿verdad?

    Como hoy, hay días en que extraño más de lo normal su recatada nobleza, su decoro, la pulcritud y altura de miras que bien pude conocerle; esa aristocracia indiscutible que no está asociada a títulos ni vulgares propiedades, sino a la más pura tradición ética cubana.

    Mañana arriba usted a la edad de 98 años y yo me anticipo para confirmarle que sigo intentando ser justo, decente y sin rencores, que es el único modo de ser fiel a su legado y al de Cintio, el amor fugitivo que, en otra orilla, aguarda.

    Al amparo de esa huella gemela he venido encarando también yo los avatares de la vida y hasta el rumor de la decandencia, sin que el fardo se torne insufrible. Y aunque usted se ruborice o hasta se le antoje reprenderme, debo admitir cómo a veces ‒lo mismo cuando escribo que mientras converso‒ me vence la manía involuntaria de citarlos a los dos. Eso sí: no siempre lo consigo, pero me esfuerzo para no sonar demasiado pedante o denso, como va tornándose ya este recado de afecto y salutación.

    Con la herencia de la remembranza y con sus libros me quedo, Fina García-Marruz; también con su silueta menuda agigantándose en el ámbito de lo silente, tan propicio a su individualidad.

    Tampoco me desprendo de ciertas imágenes, como aquella primera vez en que usted quiso bajar conmigo a despedirme y un breve apagón nos dejó atrapados en el ascensor. ¿Cómo olvidar mis sudores y sus rezos? ¿Cómo no evocar aquel poemita que improvisó en honor a los jabones “especiales” que yo solía llevarle a Cintio para intentar calmar sus malestares de la piel en días tristes, junto a algún que otro tabaco furtivo? ¿Quién podría olvidar el abrazo en la oficinita de Calzada y 4 hace once años?

    En este instante, antes de guardarla dentro del sobre donde le haré llegar la carta, vuelvo a contemplar nuestra foto y una antigua estrofa suya parece describir mi incertidumbre:

    Bello tu rostro a la intemperie. Hablabas.
    ¿Qué herida, flor, desconcertante pérdida
    hizo posible la resquebrajadura
    de la enorme mudez?

    Poco importa. De su persona y de su obra aprendí que toda perfección es solitaria, que la alegría es solemne como el mar, que hay crepúsculos verdaderamente impenetrables y que el enigma es tan incitante como el sereno rodar de las constelaciones.

    Solo me permito esta súplica: nunca olvide que en mi cosmovisión permanece usted como estrella fija, “con potencia mayor de eternidad”.

    Sin poder besar su frente la piensa muchísimo, con una dulce gratitud que se acrecienta,
    Mario Cremata

    Etiquetas:

    Periodista, investigador y profesor adjunto de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana y director de la Editorial Boloña.

    Claustrofobias Promociones Literarias
    Logo
    Shopping cart