Quinolvidable

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    Escrito por Liset Pregó Díaz

    Cuando Felipe, Manolito, Susanita y Libertad entraron en mi vida ya yo era adulta, ellos también, llevaban años dándole la vuelta al mundo con sus cosas de niños, pero tan universales que nadie, independientemente de su edad, podía sustraerse de las verdades que en sus voces Joaquín Lavado, puso por años.

    Cuando conocía a Mafalda amé su asertividad a prueba de balas. Sus criterios rebosantes de racionalidad, lejanos al cinismo imperante, divertidos, me hacían pensar posturas de adultos, la necesidad de ser más niños, a veces.

    Cuando se la presenté a mi hija me busqué un lío. Cada dos por tres me preguntaba qué es el comunismo, por qué Mafalda dice esto o aquello, comparaba a su hermano con Guille, sin dejar de tener razón.

    El homenaje en forma de libro que hiciera Casa de las Américas en el 50 cumpleaños de la niña eterna, ha sido, por mucho, su favorito desde que aprendió a leer, hace cuatro años.

    Hemos memorizado juntas las tiras cómicas y las citamos para situaciones a las que apliquen el sarcasmo y la ironía de este genio. Mafalda ¡¿50!? se ha gastado de tanto manosearlo y ya tuve que arreglarle el lomo, una amiga le regaló un nuevo volumen con tiras de Quino y sus muchachos y otra entrañable le dio un llavero gracias al cual Mafalda preside la entrada a nuestro hogar.

    Cuando le conté a mi hija que había quedado huérfana la niña del vestido rojo y pelo alborotado, se puso muy seria. Por eso esta noticia tristísima de que el padre argentino de la precoz y sabia chica se ha ido a los 88 años, nos ha caído como jarro de agua fría, como tomar sopa, como la guerra, como el absurdo de ciertas normas que rigen en sociedad o la hipocresía.

    Pero es cierto, se murió Quino. Así, en un año se nos han ido tantas buenas personas, tantos genios, el mismo Juan Padrón, con quien colaborara en los Quinoscopios y la película Mafalda hecha en Cuba que es una joyita.

    La vida, ciertamente vale más por las memorias que acumules, por las personas que conoces, los sitios que visitas, los amores que siembras y los libros que lees. Y por haber conocido la obra de Quino y presentársela a mi hija, verla disfrutar, indagar, sonreír, vale más, aunque despidamos hoy al creador, la obra se expande, se multiplica y vive por él.

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