Onel Pérez Izaguirre: “Trabajar entre la poesía y la maquinaria social”

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    Existen algunas manías que me controlan cuando escribo. Los libros siempre están dispersos por toda la casa, en la cama, cocina, baño. Cada libro en un lugar especial porque necesita de un lector diferente en cada tiempo determinado. Otra de mis manías pertenece a esa legendaria compulsión de los farmacéuticos por catar con la nariz el resultado de su trabajo; no puedo evitar oler los libros nuevos, ese olor tiene algo místico que solo le satisface a aquel que lee.

    Muchos son los personajes que me interesan y me persiguen. Vuelvo siempre a ellos y ellos a mí. Salen de las Santas Escrituras para interrogarme o darme una zurra. Me impresiona David, tan intrépido y temerario que solo con su honda y su fe pudo derrotar al gran gigante filisteo Goliat. Aquí es donde regresa esa piedra que es la literatura para enfrentarse al corazón del hombre y liberarlo de la estupidez. Otro es el rey Salomón, el que escribió dos de los grandes libros poéticos que existen, el Eclesiastés y el Cantar de los Cantares; sin duda alguna, dos libros para releer.

    ¿Y qué decir de mi familia? Mi madre siempre ha estado en mis poemas, e incluso hasta como un fantasma me persigue y regaña diciendo: hasta cuándo con el libro, descansa. Pero no hago caso, insisto. También la ausencia de mi padre se ha vuelto necesaria en mi escritura y ese dolor inevitable llega hasta inconscientemente a través de los sueños.

    Pero también tengo una familia en el Café Bonaparte, un grupo de amigos y escritores dirigidos por el entrañable y recordado Eduard Encina además, de Jorge L. Legrá, entre otros. Ellos son parte de mi esencia y de mi propia escritura, de mis victorias y mis derrotas como escritor. Son la crítica voraz, pero siempre desde el respeto y la amistad.

    Mi literatura ronda lo marginal, los temas sociales son recurrentes dentro de ella, los borrachos, la familia que no tiene un pan para llevar a la mesa, y el poder visto como una máquina que lo controla todo, que lo vigila todo. Escribir desde Baire se ha vuelto todo un reto y un gozo exquisito. Baire no solo es un pueblo de mambises, sino de muchos poetas. En cada rincón de este pueblo existe un poema que necesita ser hallado.

    He encontrado en Baire mi manigua, allí desfundo el machete lírico y doy una carga contra las máquinas, esas máquinas de Michel que regresan insistentemente para perturbar mis sueños.

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