Morir de sed junto a la fuente

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    Escrito por Aida Bahr para SiC, Revista Literaria y Cultural No.37 de 2008

    Hace un par de años una joven profesional me preguntó, algo irritada, por qué en Cuba no se publicaba a los clásicos. Le pedí que me precisara a qué clásicos se refería y me respondió sin vacilar: «A Pablo Coelho, por ejemplo». Eso motivó una discusión sobre quiénes eran considerados clásicos, o más bien sobre las razones que justificaban tal valoración, en la que de paso comprobé que mi interlocutora no tenía ni la más remota idea de qué cosa era el derecho de autor. Tampoco conocía a Gunther Grass; de José Saramago sabía que era «alguien que ha­bía roto con Cuba» y, por suerte, identificaba bien a Gabriel García Márquez, aunque no me atreví a preguntarle si había leído alguna de sus novelas. Mucho menos indagué si había oído mencionar a Ramón Meza, Luisa Pérez de Zambrana, Enrique Labrador Ruiz o Lino Novás Calvo.

    La anécdota no tiene, por supuesto, nada de extraordinario, ni se pretende con ella demostrar el pobre horizonte de lectura de nuestros universitarios, pero sí creo que da pie para reflexionar —en este 2008 cuando se ha decidido conmemorar los cuatro­cientos años de existencia de nuestro primer texto literario— sobre lo que hacemos y lo que dejamos de hacer a favor del conocimiento de un caudal que ya se va volviendo añejo. Y aunque hablaré básicamente de literatura, quiero aclarar que siempre he sentido una mezcla extraña de orgullo y rechazo por la forma en que se le segrega de las restantes artes, pues me parece que tanto la distingue como la discrimi­na, y perdóneseme la obviedad. Para mí la apreciación del arte en general requiere de la formación de una sensibilidad que no se deslinda en compartimientos, y quien aprende a disfrutar de la literatura, estará preparado para recrearse con otras manifestaciones artísticas —y viceversa—, aunque no todas le gusten en el mismo grado. De ahí mi preocupación ante niños, que se convierten en jóvenes y luego en adultos, reducidos a un conjunto estrecho de placeres materiales en un país que se guía por la filosofía contraria: el enriquecimiento espiritual del hombre.

    La lectura suele ser la puerta de entrada al universo de las artes

    La lectura suele ser la puerta de entrada al universo de las artes. Las ilustraciones y las rimas de los libros dedicados a los más pequeños no solo estimularán su imaginación e irán cultivando su percepción visual, sino que les plantearán una interpretación del mundo, un pri­mer sistema de valores. Tuvimos una época terrible en que se desterró la fantasía de la literatura ofrecida a nuestros niños, y más tarde otra igualmente sombría por la falta de recursos para producir libros infantiles, ni en número suficiente ni con el colorido y la belleza que les son indispensables. Hoy, por suerte, casi la mitad de los títulos puestos a disposición de la población en nuestra dilatada feria nacional del libro, va dirigida a niños y jó­venes, y su factura no se ve ya tan limitada en el orden material. Por lo general, los libros se agotan rápidamen­te, y mientras dura la feria, en todas partes se encuen­tra a una criatura embelesada con uno de ellos. Pero ¿qué pasa después? Nadie se hace lector en un mes. Es tarea de los padres convertir la actividad en hábito, pero a la mayoría los absorbe el torbellino del trabajo y la atención de la casa, y lo peor, muchos de ellos no pue­den promover lo que no poseen: la situación se convier­te en círculo vicioso. Claro que ahí están la escuela y el maestro, o para ajustarnos al género de la mayoría de los educadores primarios: la maestra, que enseña a los niños a leer, solo que no es lo mismo leer como ejerci­cio, como cumplimiento y demostración de una habili­dad adquirida, que leer por diversión, para alimentar los sueños. Para eso primero se necesita una maestra que sepa leer así, segundo, que disponga de libros cuya lec­tura divierta y emocione, además de enseñar —y no me refiero a los textos docentes, sino a libros escritos para comunicarse con el niño con un propósito estético y no didáctico.

    Para mí, la biblioteca fue siempre un lugar mágico

    Morir de sed junto a la fuente 2

    A través de los años la literatura infantil ha crecido tanto que no se da abasto para publicar en medida sufi­ciente lo contemporáneo y lo que ha perdurado desde siglos anteriores. Desde hace algún tiempo, se lleva a cabo en Cuba una política de reedición de textos clásicos que ha puesto al alcance de los niños títulos imprescin­dibles, pero falta mucho camino por recorrer en ese sen­tido. Tampoco todos los padres pueden dedicar tanto dinero como para dotar a su hijo de una biblioteca ade­cuada, y ahí está otro mecanismo de esta cadena que resulta vulnerable a fracturas. De alguna manera las bibliotecas han pasado a asociarse a lugares de estudio y no de diversión. Cuando mis hijos iban a la primaria había una actividad prevista dentro del horario de clases con el nombre de Biblioteca. Ellos decían: Hoy tuvimos Biblioteca, como hubieran podido decir Matemáti­cas. Para mí, la biblioteca fue siempre un lugar mágico donde podía sentarme a leer libro tras libro de cuentos maravillosos sin que nadie me enviase a hacer manda­dos y, para colmo, me dejaban llevarme a casa el que ya no alcanzaba a terminar. Me pregunto a cuántos padres se les ocurre hoy que su hijo puede ir a la Sala Infantil en lugar de a un parque a jugar. Sé que las bibliotecarias organizan narraciones de cuentos, talleres literarios, etc., pero suelen coordinar esto con las escuelas, y así se refuerza mucho más la idea de que ambas cosas son lo mismo, y, por otro lado, el estado de las instalaciones es tan precario la mayoría de las veces que no se dispo­ne de un entorno adecuado para que sea, como debe ser, un lugar atractivo. Y esto sucede con casi todo lo que la sociedad ofrece hoy al niño como opción cultural, tanto en visitas a museos, galerías y monumentos como extensión de la actividad escolar, como en cuanto al deterioro de estos lugares. La música y el teatro, enten­didos como espectáculo y no como funciones elementa­les, sí obligan a la asistencia a una sala, y por lo mismo su caso es todavía más extremo, pues una buena parte de los niños acude a un teatro solo para asistir a una gala de clausura de algún evento relacionado con ellos —cosa poco frecuente. Y a la escasez de locales en funcionamiento se une lo deprimido de la programación (excepto en la capital) y el hecho de pagar por las en­tradas, algo que padres que no aprendieron a disfrutar de tales actividades no encontrarán justificado.

    El libro, las instituciones, el círculo vicioso

    Editorial Gente Nueva

    La última década del pasado siglo golpeó muy duro la infraestructura cultural del país, porque todas las insta­laciones que la componen requieren de costos más o menos elevados de mantenimiento. La crisis económica hizo igualmente inviable el flujo de artistas de un lado al otro de la isla, y volvió difícil, incluso, el simple traslado del público desde sus casas hasta el sitio de la oferta cultural. La industria editorial se vio asimismo muy afec­tada. Fue una etapa en la cual se perdió mucho, inclui­dos hábitos y valores. Pero resistimos, y no es un lema decir que en esa resistencia la cultura fue decisiva. Aun sin salir del Período Especial, la situación se ha modifi­cado sensiblemente, y si en algo se ha visto recupera­ción, dentro de la esfera cultural, es en el libro, gracias a su producción centralizada. No ocurre lo mismo con la reanimación de otras manifestaciones, que depen­den de una comprensión a nivel local de la importancia para la población de disponer de opciones para su tiem­po libre que vayan más allá de ir a un restaurante. Para romper el círculo vicioso de la no transmisión de hábitos culturales, necesitaremos no solo de recursos que escasean, sino de mucha voluntad e inteligencia.

    Entretanto, el libro está ahí y la promoción de la lectura necesita ponerse a su altura, porque debe competir con la computadora, que ya sedujo a una buena parte de nuestros niños y adolescentes con acceso a ella. Sobre todo, los últimos que viven la etapa fundamental en la cual debe arraigarse la pasión por leer, y se supone que por estar en secundaria debería incrementarse su grado de apreciación de la literatura, pero, por desgracia, no puede decirse que esto ocurra. No se trata solo de que los programas actuales no sean ya tan abarcadores en el estudio de la literatura cubana y universal, sino de que no se enseña al alumno a interpretar, a saborear la obra literaria. De mi época de adolescente recuerdo los folletos El autor y su obra, especie de cápsula elemental de conocimiento de un autor, y que en algunos casos eran más perseguidos para emborronar con tinta la sonrisa proverbial de Félix Pita Rodríguez, o para dibujarle espejuelos a Lope de Vega, que, para leerlos concienzudamente, pero también recuerdo a una profesora capaz de enamorar a toda el aula con la musicalidad de «La canción del pirata», de Espronceda, cuyos versos puedo repetir todavía hoy. Mucho mejoraría el vocabulario y la capacidad de razonamiento de una buena parte de nuestros jóvenes si aprendieran a leer por placer, porque, además, por obligación tampoco leen: buscan al que sí tuvo disposición para hacerlo y copian o le preguntan.

    Pero eso es en lo que respecta a la escuela, otra cosa es fuera de ella. Las editoriales Gente Nueva y Abril sacan a la venta cada año una serie de títulos dirigidos especialmente para los jóvenes. Uno de ellos, El Diablo Ilustrado, y su continuación, Las confesiones del Diablo Ilustrado, son buscados ansiosamente año tras año durante la feria. No cabe duda de que han sido un éxito, pero ¿qué pasa con los otros libros? Por razones económicas ya apenas se ven en la televisión las adaptaciones de novelas importantes que pudieran promover el interés por leerlas; nuestras revistas literarias no están diseñadas para el público juvenil y tienen escaso impacto en él, y las juveniles no dedican apenas espacio para la promoción literaria. Los autores cubanos para niños y jóvenes son prácticamente desconocidos: recuerdo un recorrido por la provincia Granma, en enero de 2005, en el cual Michaelis Cué, el actor que interpreta a Enrique Chiquito, fue asediado por los niños todo el tiempo, mientras Ivette Vian, que estaba a su lado, no recibía la menor atención, ni siquiera cuando él insistía en presentarla. Las campañas que se vienen desarrollando en pro de la lectura están enfocadas en buena medida hacia los centros de estudio, lo cual es lógico porque allí se nuclean los jóvenes, pero no tienen la participación ne­cesaria de mecanismos de divulgación importantes, que se limitan a dar a conocer la celebración de eventos como las Lecturas de Verano, pero que no dedican es­pacio de manera sistemática a informar sobre la apari­ción de títulos destacando su atractivo.

    Tengo la impresión de que mientras la literatura cu­bana para niños y jóvenes se ha hecho más profunda y compleja, la que consumen los jóvenes se vuelve cada vez más superficial y esquemática. Y no hablo de la saga de Harry Potter, enaltecida por unos y vilipendiada por otros con exceso en ambos casos. De hecho, no hablo siquiera de literatura, sino de audiovisuales, gene­ralmente animados en los que no solo la trama desapa­rece, sino que el dibujo se vuelve cada vez más simple y repetitivo. Si los jóvenes que logran mantener una con­dición de lector, comienzan a consumir la oleada de bestsellers que va de Stephen King a Dan Brown, su capacidad para apreciar una literatura de mayores qui­lates quedará completamente atrofiada. De modo que estamos luchando contra un verdadero bombardeo de la mal llamada industria del entretenimiento y no se perfila una clara estrategia contra ella, porque nos fal­tan recursos materiales, pero también comprensión de que nuestros programas juveniles no tienen por qué di­vorciar la literatura de la recreación, algo que llega a extremos tales como que en los programas de corte cultural, como Encuentro con Clío, se entregan solamente libros como premio, en lugar de dar discos, afiches, reservaciones a espectáculos y centros nocturnos, que son destinados a los programas «ligeros», en los cuales parece considerarse que dar un libro provocaría recha­zo y decepción.

    Firma de autores en Matanzas

    Es cierto que nuestro pueblo identifica con bastante facilidad a la mayoría de nuestros Premios Nacionales de Literatura, gracias, creo yo, a la promoción intensiva que genera la Feria del Libro, pero ser capaces de reco­nocerlos visualmente no implica que conozcan su obra. Una autora de gran popularidad como Carilda Oliver Labra es asociada de manera unilateral a la poesía eró­tica, cuando su obra recoge tantas vertientes importan­tes. Caso aparte son Leonardo Padura y Senel Paz, quienes han logrado esa meta soñada por todo escritor de llegar al gran público sin sacrificar sus propias con­cepciones literarias; podrá decirse que el primero se be­nefició con el cultivo del policíaco, y el segundo se vio catapultado por Fresa y chocolate, pero muchos escri­ben novelas detectivescas y no alcanzan el éxito, y En el cielo con diamantes ha aparecido quince años des­pués de la película, que no sin razón ha permanecido como un hito en la memoria de la gente.

    No se trata de conseguir que estos autores, en lugar de excepciones, sean la regla. Siempre habrá libros más vendidos que el resto, y no es arbitrario que no coinci­dan a menudo con los que obtienen el Premio de la Crí­tica. Tal como expresa ese llevado y traído refrán «para gustos se han hecho los colores», es preciso que existan libros para lectores entendidos, exigentes, y libros para lectores más pasivos, más en busca de entretenimiento. También se precisa que tanto unos como otros encuen­tren información sobre sus opciones, y que esta se dé de la forma más efectiva, desde el propio libro (cu­biertas llamativas y ajustadas al contenido, notas de contracubierta veraces y atractivas) hasta en los diver­sos medios de divulgación desde su aparición (y no me refiero solo a las bien escasas reseñas, sino a las escuetas líneas con que aparece en Granma, por ejemplo, la ofer­ta del Sábado del Libro, tan contrastante con el desplie­gue que se realiza en ocasiones para títulos señalados).

    Tenemos un pueblo instruido, con uno de los percápitas más altos del continente de compra de libros (tal vez incluso el más alto, no lo sé), y un Estado que se esfuer­za al máximo por proteger y desarrollar la cultura. Pero se debe revisar todo el sistema diseñado para lograr la aspiración de tener un pueblo verdaderamente culto. Si se descuida la enseñanza de valores estéticos desde los primeros años (por falta de espacio suficiente en los programas o de preparación de quienes deben impartir­los), si no tenemos instituciones culturales con una ofer­ta capaz de atraer a niños y adultos en su tiempo libre, si no hay una política inteligente para dar a conocer lo que ofrecemos como opciones culturales e incentivar el acer­camiento a ellas, si no diseñamos estas opciones tenien­do en cuenta la variedad de intereses y de características de nuestra población, los avances serán dolorosamente pobres. Es probable que entre todas las artes sea la lite­ratura la que más consume nuestra población, pero que­dan demasiadas personas, y sobre todo jóvenes, para quienes la literatura cubana es una asignatura escolar mal estudiada y rápidamente olvidada. No se les llevará a conocerla por la fuerza, no se remediará esta situa­ción en poco tiempo, pero urge recurrir a un empleo más intencional de nuestras publicaciones y más eficaz de nuestros medios de difusión.

    Uno de los más bellos sonetos de amor de nuestro Poeta Nacional, Nicolás Guillén, termina diciendo «A ti, Francois Villon, poeta triste, lejana sombra que también supiste, lo que es morir de sed junto a la fuente». Se trata de eso, de que cada vez sean menos los que viven sumidos en la pobreza por no saber llegar a la riqueza acumulada en cuatrocientos años.

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