CONFESIONES | Frank Castell: “He decidido trabajar verso a verso, libro a libro, a la espera de mejores tiempos”

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    Escribo cuando puedo. Lucho todos los días con el tiempo para sacar adelante mi obra. No es fácil cuando se vive lejos de los circuitos promocionales. Mucho menos en un lugar como Puerto Padre (Las Tunas), donde la vida cultural ha ido a menos.

    Sin embargo, he decidido trabajar verso a verso, libro a libro, a la espera de mejores tiempos. Diecisiete años después de llegar a esta tierra, experimento nuevas sensaciones a la hora de enfrentarme a la página en blanco. Dos premios en dos años consecutivos me han permitido hacer visible la obra fuera de Cuba. Primero, el Premio Hispanoamericano de poesía de San Salvador hizo posible la publicación de mi libro El solitario oficio de la resistencia por Valparaíso Ediciones. Viajar a El Salvador y firmar más de quinientos ejemplares en una intensa semana. Luego ir a Madrid y leer mis poemas en la Casa de América y posteriormente participar en la Feria del Libro de Madrid, experiencia que cambió mi vida como autor. Cuando regresé, descubrí que seguí siendo el mismo tipo al que a veces le preguntan en Las Tunas si sigo escribiendo. Así funciona el mecanismo. Por eso, mientras más lejos, mejor.

    Es bueno sentir que tu obra es más reconocida fuera de Cuba que en tu propia aldea, que tus versos acompañan la vida de muchas personas y vale la pena vivir como un ermitaño en mi casa frente al mar, desligado de la vida cultural después de sentirme excluido.

    Ahora comprendo que he recuperado todo el tiempo perdido. Como dije: escribo cuando puedo. Pero en este momento lo hago con toda intensidad. En 2019 obtuve el premio internacional de poesía Pastora Marcela, en España, con el poemario Como un país desierto publicado por Huerga & Fierro Editores, con el que estoy satisfecho.

    Mi familia sabe que amo profundamente escribir. Me apoya en todo lo que puede. Tengo tres hijos: el mayor, que vive en Sanctis Spíritus, comenzará pronto su carrera de Física en la Universidad de La Habana. Los otros, que viven y sueñan conmigo, me ven sentarme frente a mi laptop, con mis audífonos, música en inglés y unos deseos inmensos de asumir un oficio desgarrador, lleno de conflictos, todo un campo de batalla.

    Soy un hombre de bajo perfil. Siempre lejos de las luces y ocupante de las últimas filas. Me siento a gusto. A veces molesto por estar en el silencio. Quien lee mis textos sabe que mi obra está ligada por completo a cada verso, cada palabra.

    Puedo decir con toda honestidad que este año, fatal para muchos, ha sido intenso para mí. Comenzó con la publicación de mi libro en España y mi participación en presentaciones virtuales en El Salvador, el 21 de marzo, Día de la Poesía, en un recital donde compartí lectura con siete poetas de Latinoamérica. En abril fui jurado del Premio Hispanoamericano de Poesía de San Salvador, y a finales de mayo fui invitado al II Festival de Poesía No te pongas bravo, poeta, donde se le rindió homenaje a Roque Dalton.

    Ya está por salir mi novela La maquinaria, lo cual demuestra la intensidad del 2020 para mí. Por lo tanto, me está gustando eso de aprovechar al máximo las horas de libertad que poseo.

    Por más difícil que esté la situación. Por más trabas en mi avance municipal, escribo. Lo hago con honestidad y sin miedo a decir lo que siento. Para mí vale más un lector que una institución porque un lector busca en mi obra lo que muchas veces no encuentra en otras publicaciones. ¿Que soy incómodo? Puede ser. Pero no se puede negar que escribo con una voz que sangra y está sobre la tierra. Por eso opté a quedarme en el silencio de un barrio donde las personas me ven y no saben mi nombre. Eso me gusta. Tengo dos libros de poesía inéditos a la espera de salir a pelear fuera de Cuba. Tengo un libro de teatro en proceso de revisión.

    La soledad me enseña cada día que debo buscar más en Cristo, algo que no te había comentado. Soy nueva criatura, con un poco más de fe. Con orgullo recuerdo, entre muchas conversaciones con Guillermo Vidal, la que sostuvimos una tarde en su casa de la calle Ramón Ortuño 190, y donde ambos llegamos a una pregunta que tal vez alguna vez te hayas hecho: ¿Cuántos centímetros ocuparemos algún día en una biblioteca?

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