Fantoches 2020 | Metinides en el jardín

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    Escrito por Lorenzo Lunar (La piedra Lunar)

    Hoy publicamos este relato de Imanol Caneyada, uno de los más destacados representantes de la nueva narrativa negra mexicana.

    Metinides en el jardín

    Imanol Caneyada

    Jésica Sau se merece su Enrique Metinides. Alguien capaz de inmortalizarla con la destreza con la que el fotógrafo inmortalizó a Adela Legarreta, atropellada por un Datsun. Jésica Sau tiene una expresión muy parecida a la de la periodista fallecida en la intersección de la avenida Chapultepec y la calle Monterrey: un risueño fatalismo, una resignación satisfecha, una fascinación serena. Jésica Sau, al igual que Adela Legarreta, contempla el cielo pútrido aunque amaneciente de la Ciudad de México con sus ojos verde esmeralda. Su cabello negro, largo, esponjado, se despliega como una medusa alrededor de la cabeza, la cual descansa sobre un charco de sangre seca. Recuerda a la amante tendida bocarriba observada por los exóticos pájaros de El jardín de las delicias. Aquí también hay pájaros: Passerdomesticus, gorriones comunes. Desde las ramas bajas de un encino estudian el cadáver de Jésica Sau, pían y picotean inquietos. El cuerpo de Jésica Sau conserva la ropa: un vestido negro, corto, muy ajustado, strapless. Las proporciones, medidas y formas del cadáver son exactas, armoniosas, catedralicias. Algo fuera de lo común. En vida, sobre esos tacones de aguja de cinco centímetros, ha de haber atraído la mirada de hombres y mujeres, niños y niñas, perros y gatos, choferes y vendedores de globos, estatuas y fuentes secas. Puertas y ventanas. Visillos nerviosos. Miles de ojos para verla pasar. Fiu, fiu.

    El jardinero, cuando da la vuelta al recodo del estrecho sendero que lleva al bosque de encinos, deposita la carretilla en el piso, se lleva las manos a la boca y abre los ojos como una lechuza. Pero no grita, no gesticula, no sale corriendo. Quieto como un árbol contrahecho y enfermo, examina a la chica. La belleza de Jésica Sau desplaza el hecho inapelable de la muerte. Anula cualquier posibilidad de reaccionar con la zozobra que se supone despierta un cadáver. El jardinero tiene alrededor de cuarenta años. Su cuerpo es flaco y fibroso. Su cabeza, abombada, asimétrica, como si el lado derecho fuera más grande que el izquierdo. Una cabeza cubista con muy poco pelo. El jardinero se aproxima al cuerpo de la muchacha, se acuclilla y tiende la mano derecha hasta tocar la rodilla de Jésica, marmórea e indiferente. El jardinero nunca en su vida ha estado tan cerca de una mujer tan hermosa. Con delicadeza, venerante, ceremonioso, desplaza el vestido unos centímetros hacia arriba. Surgen unas ingles aladas, blanquísimas, sin vello, que terminan en una tanga negra con encajes rojos. La tanga apenas cubre unos labios vaginales también depilados, púberes. El jardinero extrae su pene terroso, poquita cosa, tímido, del pantalón, y lo acaricia a la vista del cadáver de Jésica Sau. Su miembro se endurece dispuesto a una faena que la pasividad de la mujer no parece interferir; incluso, a primera vista, esa quietud estatuaria podría ser una de las causas de la memorable erección. Saca con la otra mano el teléfono celular. Sin dejar de masturbarse, le toma una foto a Jésica, cuya piel lívida brilla irreal a causa del flashazo, provocando un efecto que después, cuando el escrutinio público celebre su asamblea viral, convertirá a la modelo en una momentánea y rutilante estrella. La mano del jardinero se desplaza arriba y abajo por su miembro y a ese ritmo sigue sacando fotos de la mujer. Hace una breve pausa para, de forma delicada, amorosa, paternal incluso, tirar hacia abajo del escote del vestido. Los senos de Jésica, sin bra, le parecen alucinantes, inverosímiles en su reposado orbitar. Retoma la simultánea actividad de tocarse y fotografiar el cadáver.

    Pero después de eyacular siente un vacío inmenso que poco a poco va llenándose del horror de la muerte. Entonces se levanta de un salto y corre en busca del vigilante del acceso A8 del bosque de Chapultepec. Trastabilla, pisa en falso, agita los brazos como un niño jugando a ser un avión. Se da cuenta de que lleva el miembro al aire, en la mano izquierda la leche viscosa de sus entrañas y en la derecha el teléfono con su tesoro. Se detiene, se limpia los dedos en la yerba húmeda de rocío y guarda sus aparatos, el reproductor y el inteligente. Continúa con su carrera. Grita. Por fin grita: ¡está muerta!

    Alguien le dijo que era la heredera de María Félix. Que México, de nuevo, le daría al mundo una belleza tan irresistible como la de la nacida en Álamos. Tenía dieciocho años cuando aquel tipo puso sobre sus hombros semejante destino. Se trataba de un reportero babeante y servicial que cubría por igual certámenes de belleza, festivales culturales y eventos de beneficencia con la misma prosa abyecta y empalagosa. La acababan de coronar reina del Carnaval de Mazatlán. El reportero le sacaba fotos. A través del lente podía sentir su mirada húmeda, de una concupiscencia claudicante. Entonces le soltó el vaticinio. Portaba la corona y la banda distintiva como si en ese momento se las hubiera encontrado en un cajón y jugara frente a un espejo a ser una reina. Pero los flashes y el barullo de alrededor le confirmaron que un jurado compuesto por directores de acción cívica, peluqueros amanerados y cantantes de salón de fiestas la habían elegido a ella entre un puñado de muchachas esforzadísimas, proletarias de la hermosura.

    Cuatro años después, haciendo antesala en un casting para un catálogo de lencería, Jésica Sau se pregunta si está sentada ahí, una vez más entre una miríada de obreras de la belleza, a causa de la predicción de ese reportero. ¿Era ese tinterillo idéntico a un gnomo lascivo realmente un oráculo? La espera en una audición puede ser mortalmente aburrida. Todas esas chicas argentinas, colombianas, mexicanas, centroeuropeas que se agitan y contorsionan mientras aguardan a ser llamadas para la prueba, suelen tener muy poco qué decirse. Además, el recelo, la feroz competencia y la amenaza que se cierne sobre ellas cada vez que entra una mujer más alta, más delgada, con senos, piernas, cuello y hombros más firmes, las convierte en fieras cuyos impulsos son apenas contenidos por un civismo frágil. Jésica Sau tiene por norma evitar las conversaciones durante los casting. Recluida en un silencio hostil, en ese momento le ha dado por preguntarse por qué está ahí. Si ese evento de carnestolendas, pobretón y pretencioso, si esa profecía reporteril la condenaron a ser quien es. Su entorno familiar, sus amigos, sus profesores de último semestre de preparatoria celebraron su triunfo de una forma tan apabullante y escandalosa que terminó convenciéndose de que había logrado una hazaña extraordinaria. Lo confirmó en la desesperación, la rabia, el dolor, la impotencia de las muchachas que habían competido con ella. Le había sucedido algo verdaderamente grande. Los ojos de quienes la rodeaban se lo decían. Deseaban, envidiaban, veneraban su cuerpo. Soy este cuerpo, se dijo. Pero la fama de un reinado de carnaval de pueblo es efímera, polvorienta, tiene fecha de caducidad. Cuando fue despojada de su corona, sintió un carnívoro vacío. ¿Cómo podía sentir aquello si sólo era un cuerpo? Se sucedieron una serie de trabajos como edecán de marcas comerciales y congresos, modelo en anuncios para la televisora local o revistas de poca monta. Dos años después se presentó en el concurso Miss Belleza Turismo y quedó finalista. Una de las integrantes del jurado era una afamada propietaria de una agencia de modelos en la Ciudad de México, ex reina de belleza. Altiva, estirada (en todos los sentidos de la palabra), le puso una tarjeta de presentación en las manos y le dijo que si verdaderamente deseaba –subrayó esta palabra con un parpadeo inédito que casi descompone su máscara– hacer una carrera, ingresar en un mundo inaccesible para la mayoría de los mortales, poner a prueba sus límites, se largara de esa imprecisa geografía norteña y la buscara en el DF.

    Hace diez meses que llegó a la Ciudad de México. Tiene veintidós años y el tiempo corre en su contra. Los casting le han dejado en la piel la indeleble marca de la zozobra. Ha grabado un par de comerciales, el de una marca de cerveza y el de una marca de condones. Ha posado para algunos anuncios de revista. Una compañera de la agencia le recomendó que tomara un curso de actuación. La belleza no es suficiente, niña, le dijo. Y se inscribió en una academia de arte dramático. Ahora, en su decimoquinto casting, se pregunta qué hace ahí. Qué sentido tiene la vida de un cuerpo.

    Una voz mecánica, humanoide, perteneciente a una mujer cántaro, interrumpe sus cavilaciones. Le solicita que pase a hacer la prueba.

    Es una habitación espaciosa cuya certeza geométrica desaparece a causa de la intensa blancura de las paredes, el techo y el suelo. Jésica Sau siente una punzada de desasosiego. El efecto óptico transmite una ingravidez inquietante. Únicamente tres elementos rompen con la sensación multidimensional: un biombo negro en una esquina, una cámara digital sobre un trípode plateado y una mesa plegable, funcional, roja, con un hombre y dos mujeres sentados a ella. El hombre es un sapo de barba frondosa y cabello largo encanecidos. Su papada, boca y ojos bufónidos parecen estar en reposo, hastiados. A la derecha se yergue una mujer cuarentona que podría ser la hermana gemela de la directora de la agencia de modelos a la que pertenece Jésica. La chica ha descubierto que en ese mundo, después de los cuarenta, todas las mujeres se parecen. A la izquierda reposa la mujer ancha y baja que la hizo pasar. Manipula una tablet con un empeño un poco demencial. Es ella quien le indica que se quite la ropa detrás del biombo. Hay un perchero en el que Jésica cuelga su bolso, su vestido y la chamarra de piel. Se deja los zapatos de tacón. Para la audición ha elegido su ropa interior más sexy y provocativa. Un catálogo de lencería de El Palacio de Hierro puede abrirte muchas puertas, le ha advertido la directora y propietaria de la agencia.

    Camina, le ordena el hombre que, en apariencia, permanece inalterable. Las ensaladas mañana, tarde y noche, los ingentes litros de agua, las tres horas al día en el gimnasio han moldeado el cuerpo de Jésica Sau que se desplaza por la habitación como si flotara. Párate en el centro, gira, otra vez, vuelve a ordenar el hombre. Ahora, coquetea con la cámara. Vamos, niña, con más gracia, saca la estríper que llevas dentro. Así, así. Quítate el bra. ¿Perdón? Que te quites el bra, quiero ver si tus bubis encajan con el concepto que buscan nuestros clientes. No entiendo por qué tengo que enseñar las chichis, ¿no es suficiente con que me miren en ropa interior? ¿De dónde han sacado a esta niña?, le pregunta el hombre a la mujer cuarentona a su lado. De la agencia de Regina, contesta. Ay, Regina, no sé en dónde encuentra estos bultos. Ya puedes vestirte, muchas gracias; la que sigue, le pide el hombre-sapo a la otra mujer. No parece acostumbrado el hombre-sapo a tamaños esfuerzos, su rostro ha enrojecido y un imperceptible jadeo infla y desinfla su estómago. Jésica permanece en el centro de la habitación. Desconcertada y herida. Oiga, don, ¿pero qué se ha creído?, inquiere Jésica. ¿Todavía sigues aquí?, pregunta el hombre con una ironía amanerada, despótica pero jocosa. ¡Sabe que le digo, que se vaya a la verga!, exclama Jésica Sau, trota hacia el biombo, se viste y deja el lugar ingrávido que, con el taconeo de la muchacha, por un momento se vuelve terrenal. Alcanza a escuchar antes de salir: ¡Estás acabada, niña!

    Jésica Sau recorre las calles de la colonia Condesa ausente pero resuelta a seguir caminando, como si en cada paso encontrara un consuelo. Son las diez de la mañana y un frío leve, indeciso, acaricia sus largas piernas. La colonia Condesa es un interregno en la tiránica fealdad de la urbe. Un eco trasatlántico. Una aspiración que Jésica Sau, a su paso, hace posible. Aunque se cruce por momentos con pequeños monstruos morenos y sucios que le quieren vender objetos inútiles. Los jardines, los árboles en los bulevares, las aceras libres de vendedores ambulantes y los elegantes perros que pasean a sus dueños la acogen. La chica, en ese momento, a pesar de ser un cuerpo, siente que todo está yéndose al carajo. Encuentra un banco, se sienta. Extrae una botella de agua del bolso, le da un largo trago para calmar la rabia y el hambre, el hambre constante. Solo tiene en el estómago una manzana que engulló a las seis de la mañana. Ese cuerpo ha soportado los dolores y las privaciones inherentes a su ontología. ¿Cómo dejo de ser este cuerpo?, se pregunta Jésica Sau mientras algunos hombres que transitan por el bulevar voltean a verla excitados, siseantes, sorprendidos de ese súbito temblor que dura unos segundos antes de sumergirse de nuevo en el marasmo. Uno de esos hombres se sienta a su lado, aunque parece indiferente a la fuerza gravitacional que ejerce el cuerpo de Jésica Sau. Viste un traje de tres piezas a rayas blancas y negras. No pasa de los cuarenta y cinco años y es atractivo de una forma clásica, señorial y adinerada. Extiende un periódico frente a él. ¿De dónde eres? No pareces chilanga, dice. Te invito a un café, dice.

    Una de las fotos del cadáver de Jésica Sau que sacó el jardinero se vuelve viral. Inicia un recorrido locuaz, se desplaza a la velocidad de la luz por el ciberespacio. Se deja compartir, observar, analizar, admirar, condenar, reprobar, conmover, indignar. Miles de ojos posan su mirada en la anatomía semidesnuda de la modelo. Litros de esperma se derraman en furibundas noches solitarias. Cientos de expresiones de ira se acumulan en muros y RTs. Miles de palabras van formando una cadena interminable de semánticas enloquecidas. Millones de vatios se consumen para darle forma y significado a la imagen. Innumerables baterías mueren y renacen para alimentar la fama de la modelo. Declaraciones de amor y de odio se suceden como antiguos poemas escolares. Caritas alegres, caritas tristes, caritas llorando, caritas de asombro, caritas de enojo, caritas avergonzadas, caritas risueñas, caritas circunspectas contribuyen a significar y resignificar el cuerpo momentáneamente inmortal de la modelo.

    La fiscalía, a través de sus cuentas oficiales, emite posicionamientos y declaraciones, se retracta, se desdice, asegura y desasegura, afirma y niega, criminaliza y victimiza el cadáver de Jésica Sau. Pide, solicita, ruega, se vanagloria, aventura, se ridiculiza, avanza sin avanzar.

    Semanas más tarde, cuando la foto de la modelo asesinada se ha perdido en la marabunta del minuto inmediato, la fiscalía anuncia mediante sus cuentas oficiales que han detenido al supuesto autor del homicidio. Por respeto al debido proceso no revelan las generales del presunto delincuente. Sí suben una foto con una franja negra tapando los ojos del ¡asesino!, ¡asesino!, ¡asesino! Por la forma asimétrica del cráneo y otras particularidades, quienes conocen al jardinero lo identifican de inmediato.

    La foto del detenido, en blanco y negro, con un fondo borroso que remite a una oficina de gobierno, no es compartida ni comentada ni en muros ni en RTs. La indiferencia teñida de conmiseración de la comunidad internauta hace que en unas pocas horas se hunda como una botella de plástico en el mar y descienda lentamente a las profundidades del olvido.

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