Diana Lio Busquet: Hasta luego muchacha…

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    Por Paquita Armas Fonseca

    Las publicaciones de la Editora Abril desaparecieron con el Periodo especial. En un congreso de la UJC, Iroel Sánchez realizó un emocionado llamamiento y Fidel estaba delante. El Caballo tomó el guante lanzado por aquel ingeniero impetuoso y convincente. Entonces empezó el proceso de buscar profesionales para echar a andar aquella maquinaria de nuevo.

    Iroel me llamó. Yo estaba en Radio Reloj, y seguía con mi sueño de prensa escrita cuando escuché su reto “es para que te encargues de Pionero, con un formato parecido al de la revista Somos Jóvenes donde trabajaste. Te quiero de Jefa de redacción, te va a ayudar tu amigo Oliver y la directora será una muchacha muy capaz, metodóloga del MINED que ahora está en los líos de la maternidad”.

    Miré al director de la Editora Abril y le dije “Sí”, porque me encantan los retos, para adentro pensé “sacar de nuevo una revista y con una novata de jefa, ¡de madre!”. Oli, con la voz cantante, Gladys Gomez, Olga Marta Pérez, empezamos a reunirnos para armar el muñeco aquel. Cada uno aportaba sus ideas, hasta que una mañana llegó Diana Lio Busquet. Nos miramos, y por dentro me dije “ojalá”, vestida de maestra (cada profesión tiene su look), con un hablar suave, bajito y Oli y yo soltando los “tostones” por el aire, riendo.

    Ese fue mi tope con la muchacha que se acaba de ir este nueve de noviembre. Le enseñé qué era una paginación, un plan temático, que los colaboradores eran dioses porque se les pagaba muy mal, me ingenié para buscar revistas dirigidas a adolescentes en otros lugares, le decía que teníamos que hacer concursos para recibir cartas de los muchachos, y poco a poco ella fue “cogiendo cancha”. Claro, Oliver le caía arriba y sacudía esa armadura docente que tenía por profesión. A propósito, no sé en qué momento cambió su atuendo por el de… una periodista.

    Le dije a Diana que yo solo estaría un tiempo en Pionero. Varias veces me dijo “yo me encargo”, cuando yo sacaba chaqueta con Iroel, porque ese hombre al que respeto por su integridad y coherencia era (es) un polemista brillante, gritón, que se gana el cariño de la gente a fuerza de honestidad y coherencia, pero nada fácil de convencer.

    Aquella calma china (nunca mejor dicho) de Diana logró que con un esfuerzo extra: una niña chiquita con todo lo que implica, aprendiendo y aprehendiendo otra profesión, leyendo, estudiando, fue convirtiéndose en un buen cuadro de dirección, porque además de inteligente le gustaba dirigir, lo hacía bien y se buscaba, como todas las personas en esa función, uno que otro enemigo o enemiga, que de todo hay en la viña del señor.

    Fue durante una buena cantidad de años subdirectora editorial de la Abril. Todos nos preguntábamos por qué no la directora cuando designaron a algunos antes que ella, porque Diana se sabía de la A la Z de ese centro al que le entregó cariño y entereza, entonces ser directora le tocaba, no por mandato divino, sino por habérselo ganado.

    Ah!, ¡no era una monja!. No permitía intromisión en su vida privada. Le gustaba beber. Jamás olvidaré como me preguntaba luego de algún “Pacazo”, los encuentros que hacemos en mi casa (el próximo estará dedicado a ella, en la foto el que celebramos antes de la invasión del bicharraco). “¿Qué dije, hice algo…?”, me llamaba porque desde siempre yo le decía “lo que le aplauden a un hombre se lo critican a una mujer, cuídate ¡cojones!, no te regales”. Ella me miraba y sonreía. No aceptó presión en su vida ni cuando nacía del cariño y la experiencia. Por eso también la admiré y la admiro. Practicó el feminismo no desde la teoría, ni desde los manuales, sino desde la convicción de que todos los homosapiens somos iguales.

    Estará presente también en cada reunión del núcleo del Partido Comunista, el nuestro, donde decía las cosas con todos los detalles y acentos, para sus compañeros, o para los visitantes.

    Y habitará en su hija Laurita, ese pichón de periodista a la que le dio ejemplo y amor. Es ella, quizás, quien sienta el mayor vacío. Aunque ese ya inunda los pasillos, el elevador, el salón de reuniones, la biblioteca, el comedor de la editora Abril que hoy amaneció sin su corazón.

    La red está llena de mensajes. Alexis Diaz Pimienta llora en España. Otros se asombran como un amigo que me llamó a las once de la noche, para saber si era verdad, que había pasado.

    Yo, a fuer de honesta, te digo muchacha, así siempre te dije, que te prefiero ausente que sufriendo en una cama por ese cáncer que te llevó en poco tiempo. En mis oídos está aún tu ultimo “cuídate” dicho por teléfono, porque no te llamaba para no molestar. Sabía de ti por nuestros colegas. Pero ese día de nuestra última conversación compartiste un post sobre un premio a Juventud Técnica. Lo vi, te llamé y saliste al teléfono. Si, muchacha, me estoy cuidando, sigo tu último mandato.

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