Dalila Meneses: La poesía es un dedo que señala a la luna

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    Puedo asegurarles que me considero más fanática de la lectura y promotora de las artes que autora formal. Realmente, de niña quería ser pintora, pasaba horas garabateándolo TODO (al punto que la maestra llegó a prohibirme llevar por una semana mis lápices de colores). Una de las memorias que más atesoro son las visitas de los domingos a la librería. Aún evoco el olor de las cajas de colores y de los libros de cuentos, para mí aquello era el cielo, largas mesas repletas con diferentes títulos y con cajas de crayolas o de veinticuatro lápices de colores. Mi madre siempre acababa gastando más de lo que pretendía.

    Recuerdo lograr algunos premios en pintura y en poesía por aquella época, pero nunca me lo tomé en serio y el arte formal no perdona. Con el tiempo practiqué la fotografía, la instalación, el performance y otras técnicas, hasta comprender que todas esas emociones, paisajes y personajes que fotografiaba o representaba, ya los había descrito antes en las libretas escolares.

    La lectura y los apuntes siempre me fueron tan naturales como pensar, pero no fue hasta la década de los noventa que comprendí que no era normal estar en una clase de contabilidad llenando página tras página de versos o historias. A pesar de esto nunca confié en lo que escribía, cuando una lee y respeta a tantos y tantos autores geniales, duda de sus propias creaciones. Por esa razón publiqué mi primer poemario (Sin buenas nuevas) tardíamente, a los treinta y tantos años, gracias a Ariel Fonseca Rivero que imprimió y envió mi cuaderno a un concurso.

    Cuando escribí mi primer poemario mi familia y algunos poetas reconocidos de mi ciudad no confiaban en que fuera a llegar a algún lugar con aquellos poemas tan cortos, demasiados sinceros y de un lenguaje ajeno a retoricismos.

    Me considero una poeta sencilla, enemiga de las publicaciones excesivas. He publicado solo seis libros y prácticamente todos por ser ganadores de algún concurso o beca. La publicación de un libro que fue premiado en un concurso carga con la responsabilidad de creerte realmente que eres una autora, “una poeta”. Pienso que el oficio del escritor inicia cuando comprendes que debes respetar al lector y al arte de escribir. Recuerdo que solo me atreví a escribir en serio cuando tropecé con la poesía de poetas contemporáneos cubanos como Marcelo Morales, Luis Yuseff, los hermanos Javier y Yanira Marimón, entre otros; que hacía años que se habían aventurado a escribir y a publicar poemas que admiré y que quise desafiar.

    Cuando escribí mi primer poemario mi familia y algunos poetas reconocidos de mi ciudad no confiaban en que fuera a llegar a algún lugar con aquellos poemas tan cortos, demasiados sinceros y de un lenguaje ajeno a retoricismos. Pero siempre he dicho que soy incapaz de escribir un libro difícil de leer. Desde el inicio comprendí, gracias a los maestros del haiku japonés, que la poesía es un dedo que señala a la luna y si ese dedo está cargado de joyas, nadie se fijaría en la luna.

    Me interesa el carácter real del mundo: describir el contexto histórico, los rostros de la gente, los deseos que asaltan a las personas o a mí misma. Ahí radica la necesidad de mi poesía.

    Cuando comencé a enfrentar la hoja en blanco escribía para dar sentido a lo que me rodeaba. A estas alturas, escribir para mí no es solo lo que más respeto, sino lo que necesito. Escribo a lápiz, me siento cómoda abarrotando página tras página, tachando, transformando y limpiando los textos, solo cuando siento que logré algo lo llevo a la computadora. Para mí, escribir es vivir, interpretar, proyectar. Hay un componente espiritual. Como escritora, busco lograr un lenguaje que sea sencillo, anímico y preciso.

    Me interesa el carácter real del mundo: describir el contexto histórico, los rostros de la gente, los deseos que asaltan a las personas o a mí misma. Ahí radica la necesidad de mi poesía. Muchos poetas de hoy, poetas reconocidos, tienen una visión ensayística o híbrida de la poesía. Yo necesito ver gente, percibir olores, escuchar sonidos, apreciar los colores de la vida real.  En este sentido sigo siendo una poeta tradicional.

    No escribo por las palabras en sí: escribo para decir algo sobre el mundo. Hay momentos en que mi poesía y la vida real se acercan demasiado, pero no sé, lo que concibo es raro: trato de escribir los poemas que el lector podría sentir por sí mismo. Lo descubrí hace años, leyendo, claro. Me di cuenta de que cuando leía, trasladaba las ideas que estaba leyendo a lugares familiares. Eso es lo que espero que hagan mis lectores al leer mi obra: apropiarse de lo que leen para trasladarlo a sus propias experiencias, sus recuerdos, sus sentimientos.

    Consejo editorial integrado por periodistas y colaboradores de toda Cuba que gustan del mundo literario.

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