CONFESIONES | Katia Gutiérrez: “No he podido acostumbrarme a escribir en ninguna máquina”

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    Como todos los autores de este mundo, yo escribo por necesidad: me paso todo el tiempo pensando cosas y no tengo más opción que ponerlas en blanco y negro. Da igual si es una fantasía al estilo paja mental o algún deseo menos alucinado. Lo que pasa es que no tengo demasiada disciplina ni demasiada “vanidad”, y me explico: lo que quiero decir con disciplina es que, a diferencia de lo que cuentan casi todos los colegas, no lo hago con un método ni en un momento determinado; eso de organizarme y ponerme a escribir, o sentarme en tal ni más cual lugar y a tal o más cual hora, es algo que no he podido hacer nunca. Claro, en eso también han intervenido las circunstancias, mi vida siempre ha sido de lo más complicada —quienes me conocen lo saben—, desde ocuparme de mis padres viejos y consiguientemente enfermos, hasta los trabajos como “funcionaria” cultural (labor imprescindible en la que creo y que siempre he hecho con todo mi amor) y terminando, en los últimos años, con un hijo. Todo esto ha hecho que practicara, entonces y respecto a la literatura aquello que aconsejaba Santa Teresa: Encontrar a Dios en los calderos. Y así me acostumbré a tener una libreta y un lápiz en la cocina o en cualquier otro lugar donde estuviera. Probablemente por eso, a estas alturas, no he podido acostumbrarme a escribir en ninguna máquina: lo hago con lápiz y en libreta. Y claro, eso también podría influir en que escriba casi exclusivamente poesía, aunque en realidad no lo creo, escribo poesía porque soy poeta, y ya, lo cual es una explicación nada científica, pero es la única.

    Lo de la vanidad entonces, también va mezclado con una dosis de algo parecido a la pereza. Primero porque después de dejar salir “la cosa”, después de expresarme, ya me siento bien y no necesito demasiado el proceso siguiente de la publicación y todo lo demás que siempre es tan engorroso. Además está el hecho de padecer (igual que el resto de los escritores) esta especie de OCD que hace leer y reescribir hasta encontrar la palabra que se ajusta exactamente a la intención; pero en honor a la verdad, está también el hecho de que detesto los textos de circunstancias temporales, porque un poema, como cualquier obra de arte, puede ser tragado por el tiempo, puede diluirse y dejar de ser eso que lo convierte en definición y en esencia y convertirse entonces en una consigna para cualquier acontecer. Pero eso no es lo que yo necesito para mi escritura. Así es que lo evito todo lo posible y los dejo dormir durante mucho, mucho, mucho tiempo. Aunque tampoco es que sea una sociópata con el lector y trate de alejarlo de mi obra, todo lo contrario, me gusta que la gente lea lo que escribo y cuando me ha sucedido que alguien dice que le pareció bueno, me siento de lo más feliz y sobre todo agradecida; pero más que un diálogo es para mí como un intercambio de correspondencia, pero no electrónica, sino postal, algo así.

    Y entonces está la música. No puedo vivir sin escuchar música, todos los días y durante muchas horas y de todo tipo y de todos los lugares. La música me es tan sustancial y a veces más que la lectura. Y siempre acompaña a Marcel Proust o a Bulgakov o a Homero o Shakespeare o a Lewis Carroll o a mis muchísimos libros de cocina. Yo leo, leo mucho, pero en realidad escucho más música. Leo sin tema ni organización, también sin apuro y también releo, me encanta releer especialmente después de mucho tiempo porque ahí uno siempre encuentra cosas que no vio la primera o la segunda vez, sobre todo si han pasado años: los años ayudan a leer porque ayudan a mirar junto con lo otro que uno se aprendió por el camino.

    De todo eso es que sale lo que escribo y cómo lo escribo. Hasta hace poco me sucedía que si estaba feliz no escribía nada. Pero ya no, ahora escribo, aunque esté muy alegre y hasta puedo hacerlo sobre Lo Desagradable incluso si, repito, yo estoy muy feliz. Y supongo que se deba al hecho de haber envejecido lo suficiente.

    Consejo editorial integrado por periodistas y colaboradores de toda Cuba que gustan del mundo literario.

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