Ciudad letrada: Santiago de Cuba en su discurso literario

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    Escrito por Ronald Antonio Ramírez Castellanos. Universidad de Oriente, Santiago de Cuba, Cuba.

    La ciudad de Santiago de Cuba, fundada por el Adelantado Diego Velázquez en 1515, celebra sus cinco siglos de existencia. De este lapso, comprende apenas poco más de dos centurias los registros de patrimonio cultural y literario que, a pesar de las investigaciones realizadas por estudiosos locales y nacionales, aún aguarda su recuento historiográfico preciso, objetivo, atendiendo a las particularidades de las praxis autorales, sus obras y estéticas afines, según las épocas. Es lamentable -esto lo afirmo con la certeza de asumir los riesgos que presagian las absolutizaciones-, la ausencia de pesquisas encaminadas al análisis, rescate y valoración de la literatura santiaguera, por lo demás vasta, dispersa, en su gran mayoría completamente desconocida, atendiendo a su tipología y procesos evolutivos.

    El establecimiento de la imprenta local, la fundación de instituciones encargadas de fomentar el espíritu humanista, fortalecedor de la patrilocalidad y la conciencia nacional, revestida de ideales emancipadores, así como la paulatina creación de diferentes plataformas divulgativas de la intensa actividad artística y cultural en diversos períodos de la centuria decimonona constituyen algunas de las causas principales que condicionaron la génesis de una literatura, que con el transcurso de los años derivó en un nutrido y heterogéneo corpus de obras en los más diversos géneros, que desempeñó una significativa función social. Puede afirmarse que los autores santiagueros, desde la práctica de su ejercicio ficcional -lírico, narrativo y dramático-, gestaron una literatura expresiva de un discurso identitario que contribuyó a la formación de la imagen ciudad. La historia local, tipos y costumbres, los procesos y acontecimientos de variopinta naturaleza política y social, entre otros, fueron las fuentes nutricias inspiradoras de los escritores de la villa indómita para legar en sus textos huellas palpables de un registro ininterrumpido de una cultura de la tradición. Aun cuando este estudio merece mayores profundizaciones, solo se limita a exponer ejemplos sustanciales de un período, por lo demás, extenso, que abarca desde los años coloniales decimonónicos hasta la etapa republicana prerrevolucionaria.

    En el género poético, el de más temprano surgimiento en las letras locales y nacionales, asombra la existencia de una Trágica descripción que bosqueja la momentánea lamentable desolación de la muy noble, y muy leal ciudad de Santiago de Cuba causada por el terremoto, acaecido a las once, y cincuenta y mas minutos de la noche del miércoles once de junio de mil setecientos sesenta y seis, de don Miguel Joseph Serrano, poema que, como su título indica, en sus 66 octavas reales tiene una marcada intencionalidad historiográfica al describir, sin sobresalientes cualidades estéticas, la magnitud del seísmo que asoló a la ciudad en aquel año. Émulos de esta tradición, aparecerán más tarde los textos poéticos de Federico García Copley (1825-1894), con su Silva elegíaca compuesta con motivo del terremoto que sufrió esta ciudad el día 20 de agosto de 1852 y del aspecto que presentaba la misma en ese y los inmediatos días subsecuentes, y de Antonio María Lorié (1823-¿?), con El viernes 20 de agosto en Cuba. Poema descriptivo (1852). Dentro de la estética romántica, el discurso lírico se complementa con una visión idílica de la ciudad y su entorno natural en poemas como “La Gran Piedra (fragmento descriptivo)” y “Las montañas de Santiago de Cuba”, ambos de Manuel Téllez Girón y de las Cuevas (1816-1892).

    Aún en el siglo XIX, la narrativa, en su evolución ideoestética, aporta textos y autores de notable importancia. No puede olvidarse que en el articulismo de costumbres se encuentra la génesis de esta práctica que, desde la segunda década de la centuria, encontró su mayor difusión en las producciones periódicas locales, incluso en otras de los más diversos rincones de la Isla, particularmente de la capital. Autores como José Joaquín Hernández (1857-¿?), Pedro Santacilia (1826-1910) y Francisco Baralt (1823 [1824]-1910), en su proyecto Ensayos literarios (1846), dieron a conocer esbozos narrativos expresivos del costumbrismo citadino santiaguero, su vida social y política, que hoy representan verdaderos documentos sociológicos, exponentes de la diversidad de nuestra patrilocalidad. En este sentido, vale señalar “Dos palabras sobre el estado actual de Cuba”, “Cuba a fines del siglo pasado”, “La imprenta”, “La cascarilla”, “Las Carnestolendas” y “El mataperros”, algunos de ellos compilados en antologías notables sobre el género.(1)

    En la novelística, Joaquín Jiménez, Tío Nonilla, había entregado a las prensas de El Redactor, su Bibiana o los Terremotos de Cuba en agosto de 1852 (1852), inspirada en los trágicos sucesos acaecidos ese año en la ciudad de Santiago. Este texto complementa la visión testimonial que inspiró a otros escritores sobre la desoladora imagen de una ciudad destruida por la acción implacable de la naturaleza. A pesar de las endebles técnicas narrativas empleadas, Bibiana… resalta en su estética discursiva por su carácter historiográfico, pues la información anexada a la trama de ficción, procedente de los recortes periodísticos relativos al hecho coleccionados por su autor, entregan al lector contemporáneo un cúmulo de datos importantes que hoy ya no pueden encontrarse en sus fuentes originales.

    Luisa Pérez de Zambrana (1835-1922) lega su desconocida Angélica y Estrella (1864), obra de corte romántico que inicia su trama ambientada en la bucólica región de la Gran Piedra, cuya naturaleza paradisíaca, ya loada por Girón y De las Cuevas en su poema citado, armoniza el romance de los protagonistas César y Angélica. A mi juicio, el texto más importante dentro del género lo constituye la olvidada Misterios de Cuba, de Francisco Ortiz (¿?-1907). Esta novela folletinesca fue publicada en un periódico local, aun no precisado, y mereció, después de su renombrado éxito, edición posterior, en 1891 y 1892, en dos tomos, por la imprenta de los Ravelo. Sobre su autor, apenas conocemos la siguiente referencia reseñada en la revista de esta ciudad, Prosa y verso, de 1894:

    Revelación fidelísima de su carácter es su imagen, todo el aspecto fisonómico de su persona. Benigno, templado, tolerante, refleja en su rostro la placidez de su alma. Es un literato de estimables prendas, muy brillantes un tiempo, cuando los entusiasmos de la juventud le impulsaban a la conquista de la fama, pero siempre legítimas y preciadas por cuantos miran en el autor del romance al Manco de Lepanto (una de sus mejores concepciones), pulcritud de lenguaje, llaneza de estilo y claridad y justicia en el pensar.(2)

    Francisco Ortiz había realizado, además, una carrera política como secretario del Comité Provincial del Partido Autonomista de Oriente y, en 1892, ejerció la vicepresidencia del mismo. Por otra parte, en la Revista de Santiago, de 1907, una breve reseña da cuenta de su fallecimiento en la madrugada del miércoles 3 de julio de ese mismo año.(3) Dentro del género narrativo publicó, de forma fragmentada y en varios números de la revista El Álbum, de Santiago, su cuento “La loma del Cascabel”, de factura romántico-legendaria, adscrito a la tendencia del indianismo literario, texto en el cual se aprecian las dotes narrativas de este escritor. Pero es sin dudas Misterios de Cuba la obra que le permitió consagrarse en el espectro literario local.

    Inspirada en la legendaria Misterios de París, de Eugène Sue, novela que tuvo resonancias en el espectro cultural europeo y particularmente en Cuba,(4) la obra de Francisco Ortiz cuenta con varias subtramas que tienen como hilo conductor la historia de una intriga familiar, cuyos protagonistas, Osian y Francisca, William y Teresa, acaparan la atención. Acción, pasión, drama, intriga, suspense, Misterios de Cuba resalta por la agilidad del relato novelesco, no exento de digresiones narrativas y deficiencias estilísticas, pero articulado, sin dudas, con los resortes de la trama folletinesca que el autor demuestra conocer muy bien.

    Ambientada principalmente en Santiago de Cuba -otros escenarios se desarrollan fuera del contexto citadino e insular- a inicios de 1847 y hasta 1869, lo más significativo de la obra radica en el carácter costumbrista que le imprime Ortiz, perceptible en la descripción de tipos y locaciones santiagueras. A través de sus páginas, el lector contemporáneo puede reconocer los lugares recreados en la ficción, muchos existentes en la actualidad. De igual forma, resalta la ficcionalización de acontecimientos históricos -algunos de ellos identificables en las Crónicas de Santiago de Cuba, recogidas por Emilio Bacardí- y de personalidades importantes de nuestra ciudad en la época, mencionados como necesario complemento del hecho verídico que sirve de inspiración a la trama. El espionaje español, a propósito de los preparativos de la contienda independentista en Santiago y la inserción de sus habitantes en la guerra, el cimarronaje, el contrabando de mercancías y esclavos, las fiestas populares locales, la vida política y religiosa, el fenómeno migratorio, entre otros, son asuntos tratados en una compleja amalgama de situaciones que agudiza el conflicto dramático, en el que su protagonista principal, además de los personajes mencionados, resulta Santiago de Cuba o Cuba, según el nombre usado en la época para nombrar a la región, y sus misterios.

    No es propósito de este trabajo profundizar en los pormenores de esta obra, que debe ser analizada y reconsiderada por la historiografía literaria nacional como una de las más importantes novelas escritas en la narrativa decimonónica insular. El objetivo es llamar la atención sobre un aspecto que inicia la trama de Misterios de Cuba y le otorga, de paso, un rasgo distintivo, pues la temática no había sido abordada por otras narrativas locales de su tiempo: la trata negrera. El negocio del contrabando de esclavos a Santiago de Cuba, como jugoso comercio marítimo que proveerá de fabulosas ganancias a los ricos propietarios urbanos y rurales de la ciudad, introduce la acción. Por lo tanto, la obra clasifica, además de su sello costumbrista, realista, romántico e histórico, dentro de las novelas que se acercan a la esclavitud.(5)

    Bocetos y perfiles

    Por otra parte, en 1895 aparece Bocetos y perfiles. Cuentos sobre temas de la vida militar, de L. R. Aguirre (Tipografía de Juan E. Ravelo), una colección de pequeñas narraciones cuyo escenario principal es la ciudad de Santiago en el contexto de la última guerra de independencia. Como elemento importante a ponderar, resaltamos las historias, fragmentadas en su acción, pero contadas desde el punto de vista del personaje militar español -enfoque poco común en los textos insulares sobre las gestas emancipadoras- donde el enemigo resulta nada más y nada menos que las huestes insurgentes del Ejército Libertador. Desde esta perspectiva, las tramas particularizan el proceso de adiestramiento del soldado peninsular en las tropas oficialistas, su llegada a una ciudad en constante ebullición debido a los preparativos y fornecimientos para sustentar la guerra. El combate en los campos de la región, la muerte y las enfermedades producidas por la contienda forman parte de la visión caótica que su autor, apuntalado bajo los presupuestos de la estética romántica, diseña del entorno santiaguero, fácilmente reconocible por sus calles y zonas topográficas que aún persisten en el imaginario colectivo.

    A su vez, el ensayo, el testimonio, la crónica periodística y variados documentos históricos de estos años aportan una visión heterogénea de la ciudad. La investigadora Julieta Aguilera Hernández, analista de los textos cronísticos realizados por historiadores locales, testigos eventuales, viajeros nativos y foráneos, entre otros, hace referencia a significativos documentos que hoy integran el amplio espectro de registros historiográficos en la práctica escritural de los siglos XVI al XX. Nicolás Joseph de Ribera, en su Descripción de la isla de Cuba (1757) esboza la primera constancia conocida sobre el comportamiento psicosocial de la población local de entonces. Tampoco escaparon, a su atenta y acuciosa mirada, la conformación físico-geográfica y socioeconómica de poblados aledaños a la ciudad, como San Luis de los Caneyes y Santiago del Prado (El Cobre); sus comentarios acerca de la composición racial de los pueblerinos y sus apreciaciones del culto a la virgen de la Caridad abordan, por primera vez, el sincretismo religioso de los cubanos.(6)

    Se incluyen los textos de José María Callejas (1782-1837) con su Historia de Santiago de Cuba, obra precursora de los estudios sobre la localidad en su evolución sociocultural y urbanística en los siglos XVII y XVIII; José María Pérez, con su crónica “Santiago de Cuba en 1800”, compilada por Emilio Bacardí, que se adentra en algunas peculiaridades sobre las costumbres, el comercio, la economía y las festividades de la localidad a inicios de la centuria.

    Agustín de la Tejera y Bazo, español residente en la ciudad, escribe su testimonio “Santiago de Cuba a inicios del siglo XIX, memoria escrita (1801-1847)”, documento descriptivo de la ciudad y su incipiente edificación constructiva; las costumbres de sus habitantes; el comercio marítimo; el contrabando con las colonias vecinas; la especulación de precios y productos; el corso; la deforestación de la ciudad que dio paso a la construcción de nuevas viviendas; las haciendas y fincas pertenecientes a los comerciantes, industriales, el clero y la burguesía criollas; la actividad rutinaria de las clases sociales y la influencia ejercida en la vida cotidiana por las altas autoridades eclesiásticas; lo relativo a la moral, las relaciones amo-esclavo, las mancebías y los gérmenes de la prostitución de las mujeres negras manumitidas; el fenómeno de la emigración española, dominicana y, en especial, la francesa, y su incidencia en la economía, la vida social y costumbres de la población santiaguera. Asimismo, la formación del barrio El Tivolí, los cafetales y asentamientos de la colonia franco-haitiana en las cercanías de la Gran Piedra, así como la posterior expulsión de una parte de esta población inmigrante de dichas tierras, a consecuencia de la creación de la Junta de Represalias en 1809 en la Isla, debido a la invasión napoleónica a España. Las causas que impiden el progreso económico y social de la región, la insalubridad y la proliferación de las enfermedades y epidemias en la población local que descuida la aplicación de medidas higiénico-sanitarias, entre otros aspectos, afloran igualmente con matices descriptivos fascinantes, a pesar de los desaciertos estilísticos en el discurso, que transportan al lector al Santiago colonial, en su esplendor y decadencia.

    La Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana

    La Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana fue también motivo de atención de nuestros escritores regionales. Emilio Bacardí (1844-1922), en sus Crónicas… recoge un interesante testimonio de José Hernández, titulado “Santiago de Cuba en 1898. Memorias de un bloqueado”, que ha servido de referencia a los posteriores estudiosos de este acontecimiento en nuestra historia, que tuvo como escenario principal a la ciudad de Santiago de Cuba. Desiderio Fajardo Ortiz, El Cautivo, legó su Emigración al Caney, clasificado entre los más renombrados textos del teatro mambí, atendible por la caracterización del ambiente, personajes y el entramado histórico de la etapa, muy bien recreados. No obstante, el testimonio de Fernando G. Miranda, casualmente con título similar a la obra de El Cautivo, había sido publicado en el propio año 1898, con especial dedicatoria a uno de los protagonistas más valerosos de la epopeya libertadora: el general Calixto García Íñiguez. El drama de una ciudad amenazada por el bombardeo de la artillería de los barcos norteamericanos anclados en la bahía, la armada más poderosa del Continente; el ulterior traslado de los habitantes a las regiones de Cuabitas y El Caney, las penurias, el hambre, la desesperanza y el temor de sus habitantes asoman en un cuadro apocalíptico descrito en todos sus mínimos detalles y convierten al texto, más que en un documento histórico de valor excepcional, en un testimonio novelado que, junto a la Bibiana… del Tío Nonilla, integran lo que denomino una especie de “narrativa del catastrofismo” en nuestras letras locales.

    Años más tarde, Manuel Bandera, testigo presencial de estos acontecimientos, editaría de forma continuada, en las páginas de El Cubano Libre, su libro Apuntes de un curioso, narraciones seriadas basadas en los cruciales momentos de la ocupación norteña, que adquiere visos de verídica historicidad.

    En la etapa republicana anterior al triunfo revolucionario de 1959, los escritores locales permanecieron fieles a la tradición decimonónica de ficcionalizar, desde las más variadas directrices ideoestéticas, la vida citadina santiaguera. El género lírico, cuya mayor eclosión se registra a partir de la segunda década del siglo XX, con las dos tendencias poéticas fundamentales, el romanticismo y el postmodernismo, propició una praxis renovadora en el tratamiento de temas, denotativos de la actitud escéptica y del pensamiento fatalista del hombre que no supo adaptarse a las circunstancias sociopolíticas y culturales de una República lacerada por el espíritu de frustración nacional. De ahí que poetas como José Manuel Poveda (1888-1926), el colombiano-santiaguero Pascual Guerrero (1894-1946), Fernando Torralva (1885-1913), Luis Vázquez de Cuberos (1889-1924) y otros adscritos a las propuestas del modernismo asuman en sus textos poéticos una descripción descarnada y a veces mustia del provincianismo vulgar en algunas de sus composiciones. Otros autores como Joaquín Navarro Riera, Ducazcal (1872-1950), en su poema “Santiago de Cuba”; José Olano con “El progreso de Santiago” en Musa popular, de 1918; Luis Augusto Méndez (1888-1970) con “Canto a Heredia”, en Del vergel interior, de 1921; Enrique Caignet Salomón con “José Manuel Poveda”, “Emilio Bacardí”, en Lira en bruto, de fecha no precisada, por solo mencionar algunos, se insertan en la variante histórica del género que canta no solo a la ciudad y su belleza natural, sino también a sus personalidades legendarias más ilustres.

    De mayor novedad, resultan las Semblanzas orientales del mexicano-santiaguero Wifrido Martínez Chablé (1876?-?), publicadas en cuatro tomos entre 1922 y 1928.(7) Natural de Tabasco, en la tierra azteca, Martínez Chablé emigró a la capital oriental probablemente a finales de la segunda década, donde se incorporó a las labores periodísticas como administrador del rotativo local El Sol, fundado por Max Henríquez Ureña (1886-1968). Sus textos sobresalen por su singular caracterización de los emblemáticos personajes retratados en sus composiciones, todos (o casi todos) figuras destacadas del mundo intelectual, cultural, político, económico y social de la ciudad de Santiago de Cuba. Emilio Bacardí, Rodolfo Hernández Giro, Jorge Mañach, Arturo Clavijo Tisseur, Carlos Forment, Antonio Bravo Correoso, Armando Leyva, Max Henríquez Ureña, Ducazcal y muchos otros entre las centenares de personalidades que se mencionan aparecen representados en sus sonetos con vivacidad, ingenio y vis cómica, de marcado sabor popular. Son textos concebidos, de acuerdo con su prologuista Francisco Martínez Anaya, “a vuelapluma”, probablemente en el deambular cotidiano del poeta por la ciudad, de la cual supo captar con maestría sus tipos y costumbres. Uno de los aciertos de estos volúmenes lo constituyen, sin dudas, las caricaturas realizadas por las firmas más prestigiosas de la época, encargos del propio autor para acompañar las referencias etopéyicas y prosopográficas de los personajes descritos en sus sonetos. Dibujos de Conrado Massaguer, Carlos Ramírez Guerra, Hernández Giro, Eduardo Abril Lamarque, Ernesto Medrano, Martínez Florit y otros incrementan el valor artístico-literario de Semblanzas orientales.

    Arturo Clavijo Tisseur (1886-1958), al decir de Francisco Villaespesa el poeta más popular de Oriente, lega a la ciudad su canto oficial, el “Himno de Santiago de Cuba”, aprobado por decisión solemne del ayuntamiento local el 1 de enero de 1929.

    La poesía de estética vanguardista también contribuyó al fortalecimiento del discurso identitario y de la imagen de la ciudad en nuestra literatura. Ejemplo de ello es la aparición, en 1937, del primer texto de significación trascendental en la poética de tendencia negrista en el contexto santiaguero republicano: A ritmo de tambor, de Arturo Clavijo Tisseur, publicado por la santiaguera Editorial Ros, y bautizado por Primitivo Cordero Leyva como el “Motivos de son orientales”.(8) En el poemario, se observa una unidad funcional desde el punto de vista ideotemático: la vida del negro esclavo y la explotación a la que fue sometido durante la etapa colonial decimonónica. Su mirada retrospectiva hurga en un pasado no distante para la época, demasiado fresco en la memoria de quienes padecieron los horrores del fenecido régimen esclavista. Los caracteres psicológicos del negro, sus rasgos físicos, sus ritos festivos tradicionales, valores culturales e idiosincrasia (“Amor de esclava”, “Psicología de la esclava”, “Filosofía del negro”), el prejuicio racial, las costumbres religiosas ancestrales asociadas a la praxis ritualística pagana y el tanatismo, el culto sagrado a sus ancestros (“Liturgia del camposanto”, “Jerarquía de Changó”), así como la explotación a la que fueron sometidos en la etapa esclavista, se perfilan como los tópicos más significativos abordados (“Responso de Margarita”, “La muerte de Taita Juan”).

    El surgimiento de esta tendencia poética en la capital del Oriente cubano tuvo otros cultivadores posteriores al libro de Clavijo Tisseur. La poetisa local Mary Brooks Catasús (1910-?), en su poemario Pétalos (1939), de notorio matiz neorromántico, inserta dos textos de sabor afrocubano: “En el bohío”, adscrito a la temática rural, más discreto y sin aportes significativos a destacar, así como “La negrita fina”, más atrevido y meritorio, en el que ya se observa el interés por reflejar la vida habitual del negro y el mulato en el ambiente citadino santiaguero contemporáneo. Los saraos, las congas, los bailes de máscaras, las comparsas ofrecen la fotografía del solar y del sudor, de la sensualidad de la mulata objeto de deseo y de la brutal conquista.

    En 1948, Carlos Manuel González Palacios (1902-1952) en Villa y alma hace énfasis en algunos aspectos de la vida del negro y sus costumbres en dos de sus poesías: “Barquillero” y “A la charagua”, tópicos que alcanzarán su máxima representación y esplendor en el poemario más importante dentro de la temática y con el cual la lírica negrista santiaguera alcanza su clímax y epílogo en la etapa republicana: A golpes de maracas. Poemas negros en papel mulato, del célebre Félix Benjamín Caignet (1892-1976), publicado en La Habana, en 1950. Los textos del laureado escritor evocan la esencia de lo popular de su Santiago natal, en el que no faltan la tumba, la conga, el bongó, el piropo, el flirt, el costumbrismo; en otras palabras, la vida del negro y el mulato en una ciudad de variopinto colorido revisten a su poesía, en textos como “El bongosero”, “Un piropo en la calle”, “Que muera er son”, por solo mencionar algunos, de un protagonismo singular. No escapa en ellos el trazado humorista que imprime a sus personajes un tinte caricaturesco. De este modo, Caignet insiste en destacar, además del ambiente citadino y solariego, un rasgo característico que imprime realismo a sus personajes: el habla popular.

    Casto Jesús Fabrá, con “La conga del Tivolí”, en Senderos de solipleniums, de 1939; René Pérez Rizo (1902-1980?), con sus poemas “Canto a Heredia”, “Santiago épico” y “Leyenda cubana”, incluidos en Cambula. Canto a Heredia y otros poemas, de 1940; Ricardo Repilado y Parreño (1916-2003), con “Tríptico a Santiago de Cuba”, publicado en la revista Acción ciudadana (año V, n.o 62, Santiago de Cuba, 31 de diciembre de 1945, p. 4); Pura del Prado (1931-1996), con “La Trocha, de Santiago de Cuba” en El río con sed (1956) y Canto a Santiago de Cuba y otros poemas, de 1957, y Lino Horruitiner Caldas (1902-1972), con “Ofrendas de los seis jazmines de plata a Santiago de Cuba”, incorporan nuevas cosmovisiones de la identidad local, desde la estética neorromántica que caracterizó a la lírica regional hasta finales de 1958.

    En la narrativa de esta etapa, los textos de mayor relevancia los aporta, sin dudas, Emilio Bacardí, más conocido por sus novelas Via crucis (1914), Doña Guiomar. Tiempos de la conquista (1916) y su póstuma Filigrana, narrativas de singulares relieves estéticos, que abarcan períodos diversos del Santiago colonial, desde su fundación hasta los años de las contiendas independentistas. Menos divulgadas son las novelas Nydia y Fidel (1920), de Simeón Poveda y Ferrer (1861-1922), y Ciclón (1929), de Pascasio Díaz del Gallego (1900-¿?).

    Afiliado a la estética romántica folletinesca y con palpables evidencias del empleo del método naturalista experimental, Poveda y Ferrer expone en su obra, desde una perspectiva historicista, interesantes acercamientos a temas polémicos como la esclavitud, la racialidad y la lucha de clases en la sociedad santiaguera de la etapa colonial. El argumento principal de la novela aborda la historia de vida de Fidel Lamothe, uno de los dos hijos de un inmigrante francés acaudalado que vino a refugiarse en la jurisdicción de Cuba después del estallido de la Revolución haitiana, y aquí se casa con una esclava de su dotación, quien lo había alertado del peligro de perecer en manos de los esclavos rebeldes. Por tanto, Fidel, el protagonista, es un mulato, fruto de una relación prohibida por los prejuicios raciales de la sociedad colonial de la Isla. A diferencia de las uniones consensuadas producto del amancebamiento, Fidel y su hermana Juana fueron reconocidos por el hacendado francés y ambos tuvieron una educación en el extranjero, en París, a la cual solo podían tener acceso los hijos representantes de la burguesía criolla, pertenecientes al grupo hegemónico dominante en la época, o bien los hijos de peninsulares, por supuesto, representantes de la “raza” blanca. Su predilección por el cultivo de las artes y las letras, y el particular dominio de tres idiomas, hacen del protagonista un prototipo sui géneris, en comparación con los de su propio grupo social. La posterior pérdida de sus progenitores, las deudas económicas contraídas por su padre y el difícil proceso de adaptación a una sociedad que laceraba su condición de mulato, entretejen los avatares de la vida del protagonista que, a inicios de la historia, se define por el desprecio a los de su misma condición social y racial, debido a los escasos valores culturales que estos poseían, moldeados por la hostilidad del medio. El hambre, la miseria, las enfermedades, un matrimonio fallido con la morena Rosaura que posteriormente fallece, la necesidad de aprender otros oficios incompatibles con su formación académica, en tanto único modo de adquirir lo necesario para subsistir, y la asfixiante cotidianeidad del Santiago colonial de 1836 y hasta poco después del estallido insurreccional de 1868 son los principales obstáculos que enfrenta Fidel hasta conocer a Nydia, una hermosa joven blanca, hija de una acaudalada mujer viuda habanera, asentada en la capital oriental, después de que su finado esposo dilapidara prácticamente toda su fortuna. En la trama se ofrecen, de modo paulatino, las estrategias narrativas que posibilitan el futuro noviazgo y matrimonio de Nydia y Fidel.

    Los resortes folletinescos a veces resultan inconsistentes y manidos, con cierta dosis de cursilería que a ratos incita a abandonar su lectura. Solo intereses académicos, propios de la praxis investigativa, consiguen salvar esta novela perdida en el tiempo de nuestro pasado patrilocal. El punto de partida témporo-espacial de la trama, es decir, Santiago de Cuba a inicios de 1836, posibilita al autor hacer mención a los acontecimientos protagonizados en esta ciudad por Manuel Lorenzo, entonces gobernador del Departamento Oriental, quien había proclamado en la jurisdicción de Cuba el código constitucional, sin esperar la aprobación del Capitán General de la Isla, Miguel Tacón. La publicación del periódico Libre imprenta, en el que colaboraron Porfirio Valiente, Juan Kindelán, Francisco Muñoz del Monte, entre otros, forma parte de los sucesos que introducen al lector en las tensiones políticas de la etapa. Al mismo tiempo, el autor hace referencia a las repercusiones favorables para el fortalecimiento de la actividad mercantil en la ciudad, que trajo la llegada de los colonos franceses, cuyos primeros asentamientos se registraron en la zona montañosa de Santiago de Cuba y Guantánamo. Desde esta perspectiva, la problemática racial se plantea a partir del proceso de asimilación étnica del componente franco-haitiano con el español-criollo, dando paso así a la mezcla racial con las prácticas sexuales del amancebamiento. La familia Lamothe, de la cual Fidel y Juana son descendientes, constituye el ejemplo tácito de estas relaciones interraciales. El hecho de que ambos jóvenes mulatos fueran reconocidos como hijos legítimos de un progenitor blanco de acaudalada posición, y posteriormente enviados a París para obtener una adecuada educación, introduce, al mismo tiempo, otra de las problemáticas socioculturales del Santiago colonial -y el autor no escatima agudas críticas al respecto-: la carencia de un sistema de enseñanza, tanto para blancos como para negros y mulatos, capaz de proveer de la necesaria cultura a los sectores poblacionales marginados por el régimen esclavista.

    En sus observaciones sobre las consecuencias de la aplicación de prácticas de explotación de los negros en Santiago, Poveda y Ferrer expone cómo la trata de bozales y el fenómeno del contrabando propiciaron el aumento de la población “de color” en la ciudad, a tal punto que duplicó, con mucho, los grupos poblacionales descendientes de blancos existentes en la época. Para ello se apoya en los datos demográficos proporcionados por el censo de población realizado en 1827 durante el gobierno de Vives, cuyo mandato se caracterizó, en sentido general, por el recrudecimiento y la hostilidad contra los negros y mulatos de la Isla. Explica, además, cómo se dictaban los bandos que prohibían la celebración de reuniones entre ellos, las leyes que impedían a estos ocupar lugares de preferencia en las instalaciones teatrales de la ciudad -los lunetarios por ejemplo-; concurrir a colegios donde se enseñaban ciencias y el latín; los azotes y ejecuciones a los que eran sometidos en las plazas públicas y las medidas coercitivas contra el uso de bigotes y barbas en los esclavos, entre otras medidas segregacionistas que incrementaron la hostilidad y el prejuicio racial en los grupos hegemónicos de la sociedad colonial.

    El autor profundiza, aun cuando ello constituye propiamente una digresión, en las agravantes históricas que transparentan el doble rasero de la política española que fomentó, al margen de los tratados firmados con Inglaterra, las violaciones a los acuerdos de no proliferación de esclavos, que entraron clandestinamente a la Isla entre 1814 y 1845. Al mismo tiempo, critica las disposiciones jurídicas y carcelarias que denigraban la integridad del individuo y su posterior inserción en la sociedad colonial, arbitrariedades que Poveda y Ferrer se encarga de indicar que todavía persistían en el lapso republicano. Y es que, si bien la intancia autoral hurga de manera retrospectiva en el pasado colonial, es explícita la alusión al panorama sociocultural que le es coetáneo; de ahí que en diversos momentos de la trama se permita los saltos témporo-espaciales al primer tercio del siglo XX para disertar en torno a los tópicos de la racialidad y sus “progresos” en el seno de la sociedad cubana.

    Por su parte, Ciclón, de Pascasio Díaz del Gallego, continúa la tradición naturalista. La trama, ubicada en los años veinte, aborda el crecido porcentaje de la delincuencia juvenil, la vida cultural con referencias explícitas a las manifestaciones artísticas y sus principales exponentes, como José Joaquín Tejada, amén de sus comentarios sobre el arte musical y los trovadores callejeros. Por las páginas de la novela desfilan, de este modo, la impronta de la Sociedad Filarmónica y la Sociedad Beethoven, con menciones al maestro Rafael P. Salcedo de las Cuevas, a la malograda pianista Delia Hechavarría; a Matamoros, Sindo Garay y Félix Benjamín Caignet -este último con sus célebres composiciones musicales “Te odio”, “Carabalí” y “Frutas del Caney”-. Asimismo, se alude al progreso constructivo citadino con la edificación de los nuevos repartos Vista Alegre, Fomento, Marimón, Mariana de la Torre, Los Olmos, los chalets en el litoral santiaguero de Punta Gorda, La Socapa y Cayo Smith; la vida nocturna en su deslumbrante esplendor; la creación de centros culturales como la Hispano-Cubana de Cultura de Oriente, el Instituto de Segunda Enseñanza, la Escuela Normal, el Conservatorio de Música de la región y el Museo Municipal.

    Clavijo Tisseur tiene a su Santiago natal como el escenario adecuado para desarrollar sus novelas La morfinómana de San Pedro (1925) y La maestra del pueblo (1952). Esta última representa la trayectoria del héroe Sergio Luis enfrentado a las desavenencias sociales y sus propias dificultades económicas, como exponente de la clase social más humilde, contradicciones salvadas al fin por una especie de suerte heterodiegética que posibilita la concreción del happy-end, al estilo de una trama, a todas luces, de urdimbre folletinesca, sin complejidades en su discurso narrativo. Lo que resalta de la obra es la recreación ficcional de ambientes y costumbres, mosaico pintoresco del Santiago citadino y rural, con sus fiestas populares de carácter político y religioso. Escenas muy bien logradas constituyen, por ejemplo, las que muestran cómo fueron celebradas en el ambiente provinciano los aniversarios de la instauración de la República, o las peregrinaciones al santuario de la Virgen de la Caridad de El Cobre… lo cotidiano, en fin, matizado entre la “civilización” y la “barbarie” de nuestros campos, con buenas dosis de romanticismo y personajes esperpénticos que, por lo general, no trascienden lo caricaturesco y lo superfluo, aunque, justo es decir, consiguen entretener, probablemente el objetivo principal perseguido por su autor.

    En otro orden, las Crónicas de Santiago de Cuba, de Bacardí y su continuación, escrita por Carlos E. Forment (1886-1960); las Narraciones y leyendas… de Raúl Ibarra Albuerne (1901-1966); los textos de Pablo Milá Ortiz (1892-1976), Eduardo Abril Amores (1884-1962), Ramón Cisnero Jústiz (1911-1997), Nemesio Lavié y otros escritores, desde la cronografía, el periodismo, el ensayo y la crítica, ingresan en el nutrido corpus de autores y obras que siempre focalizaron como centro de atención a Santiago.

    A partir del triunfo de la epopeya de Fidel Castro, la ciudad indómita contará con el más ilustre y fiel de sus escritores locales, el siempre recordado José Soler Puig (1916-1996), quien convirtió a su terruño en el verdadero protagonista de sus más encumbradas narrativas.

    REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

    AGUILERA HERNÁNDEZ, JULIETA: “Cuatro siglos de cronografía de Santiago de Cuba”, Sic, n.o 42, Santiago de Cuba, 2004, pp. 37-38.
    ANÓNIMO: “Francisco Ortiz y González”, Prosa y verso, año I, n.o 18, Santiago de Cuba, 13 de diciembre de 1894, p. [6].
    BUENO, SALVADOR (selec., pról., cronología y bibliografía): Costumbristas cubanos del siglo XIX, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1986.
    CLAVIJO TISSEUR, ARTURO: A ritmo de tambor, Editorial Ros, Santiago de Cuba, 1937.
    Conde Rojo [pseud. de Mariano Blasco]: “Crónica elegante”, Revista de Santiago, año I, n.o 24, Santiago de Cuba, 7 de julio de 1907, p. [7].
    FRIOL, ROBERTO: “La novela cubana en el siglo XIX”, en Revolución. Letras. Arte, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1980, pp. 412-440.
    Ramírez Castellanos, Ronald Antonio y Graciela Durán Rodríguez: “Visión de la trata negrera en Misterios de Cuba, novela de Francisco Ortiz”, en Actas de la XIII Conferencia Internacional de Cultura Africana y Afroamericana, Santiago de Cuba, 16 de abril de 2014, ISBN: 978-959-284-019-5, CD ROM.

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