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Aspersores: la casa del dolor

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    Escribir poesía es tal vez el acto más obsceno, como si te amancebaras con la muchedumbre, como si la página en blanco fuese una gran arena donde te debates con tus angustias y temores, y luego de haber desenfundado el alma de su envoltura temblorosa, esa misma muchedumbre inclinase el pulgar hacia la tierra. El libro Aspersores, del poeta Luis Yuseff Reyes, quien resultara ganador del premio de poesía Nicolás Guillén 2012, está escrito bajo estos signos de temblor, bajo el dominio titilante de la palabra. Su autor ha comprendido que la poesía equivale a la imagen de una estrella cuya agonía nos sigue estremeciendo. La escritura de Aspersores va del desgarro al sosiego, como el zunzún que revolotea queriendo imprimir sus rasgos en el viento y luego detiene el vuelo, pareciendo que flotara para libar alguna mielecilla.

    Libro doloroso, pero su angustia asperjada en la página, esponjada en el corazón del poeta, nos deja más bien el asombro que sentimos cuando nos revelan algo muy secreto, igual que de niños alguien nos murmuraba al oído una noticia sorprendente. De igual manera puede entenderse la escritura de Aspersores como un poema libro, lleno de codas y reposos musicales, donde los textos que sirven de título al conjunto constituyen el arrobamiento final del poeta y la palabra, o mejor, la comprensión de que él también está hecho de un gran enjambre de sílabas musicales.

    El poeta exige mediante su escritura el regreso de las primeras inocencias, no solamente la inocencia genésica al vientre de la madre, sino regresar a la escritura primigenia, a la mano niña sin pulso todavía, al papel, a la pulpa alcalina, luego al árbol y por último a la semilla, al poema concebido a partir del dolor ajeno.

    Este tema resulta vital dentro del libro; el dolor ajeno, el dolor de la madre, el dolor por la pérdida de las criaturas que debían acompañarnos en el viaje y nos abandonan en la oscuridad, únicamente con la palabra, que también se va quedando sola, hurtada, como una niña a quien despojan prematuramente de su inocencia. Pero no debemos pensar que el poeta se excluye de este sufrimiento, que él llama ajeno: lo magnifica a través de la poesía para reducirlo, intenta disecarlo, aunque posee la certidumbre de que el dolor es como una de aquellas momias antiguas que conservan adentro parte de sus fluidos. Igual que un árbol al que extraes su savia, igual que un árbol a quien las ramas crecen de otra manera en la ventana que mira a lo insondable. Luis Yuseff mira a lo insondable, al dolor de los otros, al dolor de un muchacho que se arranca los ojos, no para quedarse ciego, mira para no llorar: yo ya no lloro desde que estoy aquí. Pudiera ser en el manicomio. Pero tal vez el poeta pudiera no llorar más desde que está en la vida, desde que ha comprendido la urgencia de seguir viviendo, de arrancarnos las lágrimas, porque vivir es ir perdiendo, extrayendo los restos de los seres amados de la tierra calcárea, pero de la misma forma extraer los restos de nuestros vivos, de la desidia, del abatimiento, de la soledad tremenda en que no pertenecemos ni a nosotros, ni a la vida, ni a la muerte, ni a las palabras, ni a la poesía misma. Porque vivir requiere el asombro del gusano de seda al ver sus restos en la tierra y advertir que también él es una mariposa, que se ha transformado en su envidiada. Luis Yuseff desea revelarnos que estamos más allá de todo, porque nadie es de la niebla completamente, como nadie es del dolor, como tampoco de la felicidad.

    Así en la escritura de Aspersores convergen dolor y esperanza, como si el dolor fuese cauce frenético y la esperanza su aliviadero o desembocadura. Como si el dolor fuese un árbol al que talan y la esperanza ese mismo árbol convertido en casa que alberga a la familia. La casa de la esperanza que es a un tiempo casa del dolor, casa de César Vallejo, donde hemos visto la transformación de las criaturas amadas, las ánforas del descendimiento no acompañado. Los desplomes de la memoria, ese algo anónimo que crece dentro del poeta, y que va de la oscuridad a la oscuridad, lo mismo que si fuera de la luz a la luz, pero con más pánico.

     Libro de agotamientos y resurrecciones, diario en que el poeta apunta las nieblas de su ser y la otra niebla, la que habrá de esparcirnos en el viento. Quiero apuntar además la certera utilización de ciertos sustantivos de manera grandilocuente, no para lograr efectismo alguno, el poeta necesita salirse de las palabras, estirarlas, difuminarlas, que ellas mismas se conviertan en la niebla que se va asperjando sobre todas las cosas, invadiendo los dominios de su escritura, por ello Luis Yuseff dilata los sustantivos: ojazo, solazo, quemazones, incendios elevados a otra magnitud, incendios de la palabra:

    hay que borrarlo todo madre, el día en que nació el hombre y el día en que murió, esas lápidas habrá que cercenarlas, hacerlas desaparecer de los cementerios, borrar palabras santas y palabras humanas, hay que borrar palomas y cualquier otra posible forma de voz. Pero que no sepan que todavía  albergamos el secreto sentimiento de la sobrevida, el júbilo inexplicable de los vencidos, que no puedan advertir nuestra tristeza cuando lleguen, las sucesivas mareas de los tsunamis.

    Quizás lo único que reste agregar con tinta, con la tinta sangrienta del corazón, sea que Aspersores es un libro doloroso, pero es sobre todas las designaciones un libro de misericordia, acerca de la misericordia que siente el poeta ante el paso tembloroso de las criaturas.

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