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Antón Arrufat: «Muchas veces uno se inicia en la escritura reescribiendo los libros de otros»

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    ¿Qué libros leía yo en Santiago de Cuba, cuando era niño? No recuerdo bien. Deben haber sido novelas de Emilio Salgari y de Zane Grey, un narrador norteamericano que nadie recuerda hoy, pero que los muchachos leían mucho en aquella época. Y probablemente algún libro bueno, que no supe entender. Recordar los títulos siempre me ha resultado muy difícil. Supongo que, porque eran libros que yo leía, y voy a emplear la palabra exacta, deportivamente. Es decir, los leía, para buscar una comparación, como una señora mayor ya retirada que se sienta en el quicio de la puerta y lee a Corín Tellado, sin que eso tenga una implicación literaria. Es decir, yo leía sin saber o no si ese escritor valía la pena, pues no sabía qué significaba eso.

    Era algo deportivo, típico de una mente en formación. Leer era para mí, te repito, una actividad deportiva. Yo me leía a Zane Grey del mismo modo que jugaba a la pelota. En la escuela además los libros que podían haberme dado a leer eran libros religiosos. El catecismo, historias sagradas, en fin, libros que no tenían ninguna relación con la literatura. Por tanto, hay ahí un hiato que tal vez un psiquiatra pueda explicar. Un hiato de aquella zona de mi vida y de esa relación mía con los libros. Es una zona para mí borrosa, como si yo nunca hubiera pretendido ser un escritor.

    Eso fue cambiando, y ya cuando vine para La Habana empiezo a tener relaciones con personas que leían mucho. No eran miembros de mi familia, sino amigos y personas de la calle. La zona por donde yo usualmente andaba era Monte, el Parque de la Fraternidad, Prado abajo, hacia el Mercado Único, esas eran las calles por donde yo me movía. Esa era además la zona donde el ómnibus de la escuela me pasaba a recoger, pues las escuelas pías tenían un ómnibus. Era un ómnibus viejo, parecido a esas guaguas de la ruta 12, no sé si las recuerdas, que daban la impresión de estar hechas de cartón.

    Antón Arrufat: "Muchas veces uno se inicia en la escritura reescribiendo los libros de otros" 1

    Un día andaba caminando y vi un gran mostrador donde había muchos libros. La mayoría era de la editorial argentina Thor. Valían cinco centavos, diez centavos. El librero era un señor de apellido Ríos, un español que vino durante la Guerra Civil y que supongo que ha muerto ya. No recuerdo bien si se llamaba Ernesto, pero sí sé que el apellido era Ríos. Tenía un mostrador en los portales de la fábrica de cigarros Gener. Yo empecé a hojear algunos títulos y este señor me preguntó si me interesaban los libros. Debe haberle parecido un poco sorprendente que un muchacho de trece o catorce años estuviera escarbando allí, en los volúmenes que él tenía a la venta. Yo le contesté que sí, que me interesaban los libros. Él estaba sentado en lo que podía ser un cajón de bacalao. Sacó otro y me dijo: Siéntate. Yo me senté y empezamos a conversar sobre autores y obras. Ahí comencé a entender que los libros tenían un sentido distinto al que hasta entonces les había dado, y que casi no era ninguno.

    Una de las cosas más atractivas que ese portal tenía para mí, es que al frente había un prostíbulo. De ese prostíbulo yo vi salir a Jorge Mañach y a otras figuras cubanas. Era maravilloso, porque después que terminaban su trabajo las putas venían a conversar con nosotros. Estaban de pie, o bien Ríos le sacaba un tercer cajón y se sentaban. Las putas contaban lo que hacían con los hombres que nosotros habíamos visto salir. Alguna contó lo que hacía con Mañach, pero no sé si lo debo repetir aquí. En fin, eso no importa ahora. Antes de pasar al prostíbulo, algunos hombres que eran amigos de Ríos o que le compraban libros, se sentaban en un cajón, se tomaban una cerveza Cabeza de Perro y luego cruzaban la calle y se dirigían al prostíbulo. Ilusoriamente, iban ya vitalizados por la Cabeza de Perro.

    Años después, en ese edificio donde estaba el prostíbulo se filmó una escena de Fresa y chocolate. Yo fui uno de los asesores de esa película, como se dice en los agradecimientos al final. Colaboré mucho. Iba a los rodajes con el equipo de filmación, después de haber seleccionado previamente las locaciones. A Tomás Gutiérrez Alea le gustó ese edificio. La primera vez yo entré con una mezcla de sorpresa y conmoción, sin que ellos supieran que a las putas que trabajaban allí yo las había escuchado contar lo que hacían en ese local en el que en ese momento estábamos todos. Después vino el rodaje. Pasamos una noche o una tarde en ese lugar. Por supuesto, ya no es ningún prostíbulo. Pero estaba en ese edificio, y ahí fue donde inicié una estrecha y curiosa relación entre la literatura y la prostitución. Tal relación, naturalmente, no existe, pero lo cierto es que no había más que cruzar la calle para pasar de los libros de Ríos a aquel prostíbulo.

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