
Entrevista a Matías Mateus a propósito de su libro Historias olímpicas: la otra cara del oro, publicado por Ediciones Holguín
Por José Luis Serrano
A pocos días de que se encienda el pebetero olímpico en el Jardín de las Tullerías, Ediciones Holguín ofrece la primicia digital de un libro que próximamente circulará en formato físico. Historias olímpicas: la otra cara del oro, escrito por Matías Mateus, narrador y poeta uruguayo a cuya autoría se deben las novelas Paraíso y después (2014), Una hora de eternidad (2015), Otro retorno al vacío (2019), La inmortal del Siglo XX (2021) y La danza del invicto (2022). Entre los lauros que ha recibido por su trabajo literario se destacan el Premio de Narrativa Joven de la Casa de los Escritores del Uruguay (2014), Premio Pablo Neruda de Poesía Joven (2015), Premio Morosoli de Bronce en Letras (2017), Premio Juan Carlos Onetti (2020) y Premio Nacional de Literatura (2020).
Matías Mateus en estos momentos disfruta de la décima etapa del Tour de Francia desde la ciudad costera de Piriápolis. Amablemente nos ha concedido parte de su tiempo para un rápido intercambio que tenemos el placer de compartir con los lectores de Claustrofobias Promociones Literarias.
Como ya sabes, Historias Olímpicas: la otra cara del oro ha comenzado a promoverse en formato digital y hemos pensado, si estás de acuerdo, colocarlo en la biblioteca de Claustrofobias para su descarga gratuita, antes de que se ponga a circular como objeto tangible. ¿Qué opinas de los libros electrónicos? ¿Te parecen un sucedáneo ante las dificultades para acceder a los textos impresos, los consideras una alternativa que puede acompañar al libro de papel?
El libro electrónico es una gran herramienta. Estoy en la recta final del profesorado de Filosofía y el acceso a material bibliográfico muchas veces se hace dificultoso: por disponibilidad del propio material, por falta de recursos monetarios para poder comprarlos u otros motivos. La alternativa en este tipo de soporte democratiza el acceso y eso es positivo.
Si hablamos de preferencia, me quedo con el papel, por el universo simbólico que representa el libro, que va más allá de la experiencia sensitiva con el objeto, también tiene una connotación afectiva que en cada persona puede remitir a diferentes circunstancias vitales. Conservo varios libros cuyo contenido olvidé hace muchísimo tiempo, sin embargo, tengo el recuerdo del momento en que llegaron, de la mano de quién llegaron, por qué llegaron y qué representan esos libros para mí.
Si nos enfocamos en la experiencia concreta, Historias olímpicas es hijo del medio digital. En el año 2021, en vísperas de los Juegos Olímpicos de Tokio, las primeras notas que hoy forman parte de este libro, empezaron a publicarse en CONTRATAPA, suplemento cultural de Uypress. El ciclo en principio no tenía un objetivo específico, fue haciéndose sobre la marcha, fogoneado por la buena repercusión en los lectores y por la propia labor de investigación, hubo historias que me llevaron a otros episodios que merecían un espacio, incluso se necesitaron notas complementarias para que los cuadros de situación pudiesen encajar y no perderse en el vacío.
Sin que me lo propusiera se fue construyendo un libro con un estilo propio, tanto es así, que ni siquiera fui yo quien se dio cuenta de lo que estaba gestándose. Lo notó alguien que vive a en una isla caribeña a miles de kilómetros de distancia de Montevideo y es el responsable de todo esto. No quiero entrar a patinar en el lodo de lo contrafáctico, pero si me permitís ensuciarme las puntas de los pies, creo que no hubiese sido posible la edición de este libro si originalmente el ciclo Historias Olímpicas hubiese sido publicado en el formato tradicional.
También tuve experiencias previas en materia de libro digital. Mi novela Una hora de eternidad fue publicada porque obtuvo un premio, tuvo un tiraje pequeño y hoy no se consigue, pero está disponible en la web. Lo mismo con la novela Otro retorno al vacío, Rodrigo Clavijo confeccionó artesanalmente 80 ejemplares, ese libro puede encontrarse en la web de Ediciones del Demiurgo junto al resto del catálogo de la editorial.
El libro que acabas de publicar es filoso como un escalpelo. Señalas con precisión quirúrgica los males subyacentes en un evento que, según el criterio de muchos, constituye la cita más importante del deporte a escala planetaria. ¿Crees que podamos situar de un lado el ideal de imparcialidad y justicia defendido por los gestores del olimpismo y, en el otro extremo, las interferencias políticas y tramas de corrupción que describes en tu libro?, ¿o son caras de una misma medalla?
Los juegos olímpicos son la máxima fiesta del deporte. El deporte en sí mismo es una fiesta, el desarrollo y la evolución de las diferentes aristas que hacen a la actividad deportiva un banquete de precisión. No hay que ser erudito en ninguna disciplina específica para notar el carácter estético del deporte, basta con ver una rutina de nado sincronizado, de suelo en gimnasia, un salto ornamental o cualquier otra ejecución individual o colectiva. Todas y cada una de las disciplinas tienen un desarrollo de técnica que las vuelve un acontecimiento artístico. También está la arista competitiva, donde tiene lugar la épica. Y este elemento también puede ser reseñado desde el punto de vista estético. Para ejemplificar lo que digo: situémonos en Berlín en 1936, el nazismo en plena expansión utilizando los juegos para imponer de forma propagandística el mito de la superioridad aria. Hitler en el palco junto a Goebbels. Leni Refienstahl capturándolo todo para lo que posteriormente sería su obra: “Olympia: los Dioses del estadio”. Y como en toda gran historia aparece un personaje antagónico, en este caso fue el afroamericano Jesse Owens que saltó a la pista en cuatro ocasiones y se colgó cuatro oros del cuello, derrumbando el mito que pretendía imponer el nazismo, convirtiendo su propio cuerpo en una obra de arte. Ahí tenemos el componente deportivo, el estético y el político.
Varias de las historias de este libro tienen como telón de fondo la Guerra Fría, en especial la dedicada a los boicots de Moscú 80 y Los Ángeles 84.
Yendo a la otra parte de la pregunta. Cualquiera que lea los 7 principios fundamentales del olimpismo puede suscribirlos, pero bien sabemos que toda bajada del negro sobre el blanco del papel esconde una trampa. Cualquier proclamación de corte universal a la larga, o más bien a la corta, se vuelve una expresión de deseo o un cúmulo de buenas intenciones, que si miramos con atención se le notan las hilachas y esos deseos bienintencionados empiezan a largar un tufillo sospechoso.
Historias olímpicas precisamente se trata de eso, de hacer un poco a un lado lo estrictamente deportivo, o desplazarlo a un segundo plano y poner el foco en cuestiones que tienen que ver con su contexto histórico y político. Pensar el deporte desde una perspectiva diferente, de poner el ojo a la narrativa que subyace a la estadística.
Hace un rato me dijiste que estabas siguiendo el Tour de Francia minuto a minuto. Para quienes te conocen no es un secreto tu entusiasmo por el deporte de las dos ruedas. Conozco que practicas el ciclismo y que has enrolado a tu hijo en la aventura de pedalear con obstinación y coraje hasta quedar congelado por el photo-finish. ¿Qué significó en el plano personal el derrumbe de Lance Armstrong? ¿Por qué incluyes este capítulo dentro de libro si el Tour de Francia no forma parte del programa olímpico?
Aunque mi segundo nombre sea en referencia a Federico Moreira, un ídolo del ciclismo uruguayo, aunque practique ciclismo de forma amateur y con promedios de velocidad dignos de lástima, aunque cuando me subo a la bicicleta el dolor ocupa un espacio mayor que el placer, asumo el delito de llamar al ciclismo “mi deporte”. Hasta acá se manifiesta el hemisferio irracional.
En mi adolescencia, mientras acumulaba los primeros kilómetros en las piernas sobre una bicicleta de carrera, hubo dos episodios vinculados a este deporte que fueron significativos para mí. La obtención de la medalla de plata de Milton Wynants en Sídney 2000, última medalla olímpica para Uruguay. El otro fue el auge de Lance Armstrong. Se trataba de la historia perfecta: un sujeto que sobrevive al cáncer y regresa al deporte activo para ganar la prueba más dura del deporte: el Tour de Francia.
Desde la ingenuidad de los 14 años puedo decir que estaba maravillado. Miraba las carreras por televisión y luego quería imitar su cadencia, su postura, el pedaleo al ascender una cuesta. Y al igual que muchos, no quería aceptar la realidad cuando las sospechas empezaron a sonar. De hecho, luego de su confesión dejé de mirar las carreras durante muchos años.
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La inclusión de un capítulo sobre Armstrong tiene dos motivos: el primero es totalmente arbitrario y responde a una patología llamada “consumo problemático de ciclismo”. El argumento más sólido tiene que ver con la cadena de historias que se fueron dando conforme se publicaba cada capítulo en CONTRATAPA. Había salido la nota sobre el Plan Estatal 14:25 de la RDA y la trama de Sochi 2014. En ambos casos se diseñó un plan de dopaje sofisticado, en donde se empleó alta tecnología, contó con los recursos y la anuencia de los respectivos Estados. Con ese panorama no había manera de eludir el caso de Armstrong, fue un caso paradigmático en materia de dopaje. Lo de Lance fue una gran ficción que le hizo mucho daño al ciclismo cuando cayó la máscara.
El ajedrez tampoco es una disciplina olímpica, sin embargo le dedicas uno de los mejores capítulos del libro. Aunque en todas las historias se evidencia un trasfondo político e ideológico, es en esta donde se hace particularmente asfixiante la famosa “cortina de hierro”. Era como si Boris Spassky y Bobby Fischer estuvieran destinados a representar una partida similar a la del caballero cruzado contra la muerte en la célebre película de Bergman. ¿Te parece excesiva mi analogía fílmica?
La final de Islandia en 1972 se disputó en simultáneo a los juegos de Múnich, donde ocurrió el atentado contra la delegación israelí dentro la villa olímpica. Este episodio horroroso, que también tiene su lugar en el libro, ocurre 5 días después que Bobby se coronara campeón mundial de ajedrez. El contexto me pedía a gritos que hablara sobre la final Fischer-Spassky.
Varias de las historias de este libro tienen como telón de fondo la Guerra Fría, en especial la dedicada a los boicots de Moscú 80 y Los Ángeles 84. El deporte era una de las tantas arenas de disputa entre los dos bloques y los juegos olímpicos era el lugar para medir fuerzas. Entre Helsinki 1952 y Seúl 1988, ambas potencias pelearon por la supremacía del medallero.
El ajedrez era terreno de control soviético. Tenían grandes escuelas al servicio de la producción de maestros de la disciplina. En occidente, en cambio, Bobby Fischer asoma la cabeza con 13 años al ganarle de forma magistral al experimentado Donald Byrne en 1956, partida que se conoce como “la inmortal del siglo XX”. Estados Unidos encontró en este genio una figura que representara la idiosincrasia liberal. El individuo superdotado que cruza el océano para derrotar solito a la maquinaria soviética. “El mundo libre” imponiéndose sobre el comunismo. La narrativa ¿te das cuenta? Siempre la narrativa presente. La estética en los movimientos de la partida. La épica. Y por supuesto la connotación política permeándolo todo.
Pero el héroe es un ser humano, enfrenta sus contradicciones, lucha con sus demonios. Está solo. Es un hijo de la tristeza. Esta maniatado por la inhóspita jungla de movimientos y variantes que desbordan el tablero. No me parece disparatada tu analogía con la película de Bergman. Todo ajedrecista es un paranoico en el marco de los 64 escaques y en ocasiones lo es afuera. Fischer es un ejemplo de eso, pero no fue el único. Víctor Korchnoi dijo a finales de los 80 que utilizaba a un médium para jugar contra el húngaro Gera Maroczy.
Quiero que tengas en cuenta el hecho de que soy un profano en materia deportiva, aunque tu libro me haya fascinado por múltiples razones, una de ellas la manera en que hilvanas las narraciones. Es prácticamente imposible comenzar a leer un capítulo y abandonarlo a mitad de camino. Cuando te digo que no soy un experto de las temáticas que abordas no lo hago desde la ingenuidad. Soy consciente de que mi impericia me otorga ciertos privilegios, por ejemplo, puedo hacerte “preguntas ingenuas” a quemarropa: ¿el hecho de que Cassius Clay obtuviera una presea dorada en las olimpiadas de Roma 1960 te concede patente de corso para exponer la formidable trayectoria profesional y cívica de Muhammad Ali, un boxeador profesional?
Primero puntualizo lo de Muhammad Ali porque zurró a más de uno que se empeñó en llamarlo por su nombre de cristiano. A Ernie Terrell le preguntó varias veces “what’s my name?” mientras lo castigaba.
Sobre su inclusión en Historias olímpicas trasciende la obtención de su medalla en Roma. Hay dos capítulos dedicados a México 1968. Uno explica la huelga estudiantil que derivó en la masacre de Tlatelolco. El otro se centra en una de las imágenes más icónicas de la historia del deporte: el saludo del Black Power por parte de Tommie Smith y Jhon Carlos durante la coronación de los 200 mts llanos.
En el caso de Muhammad Ali, la necesidad de dedicarle un capítulo tenía un argumento similar al de la inclusión del capítulo sobre Bobby Fischer. Era imperativo abrir un camino lateral y alejarnos del olimpismo. Su capítulo está enclavado en el contexto de los juegos de México 1968. ¿Qué estaba pasando? Guerra de Vietnam, el crimen de Tlatelolco a 10 días de la inauguración. Meses antes del comienzo de los juegos, amenazas de boicots por parte de las naciones africanas porque el Comité Olímpico Internacional había readmitido a Sudáfrica, país que estaba llevando adelante las políticas del Apartheid. En Estados Unidos habían asesinado a Martin Luther King. El OPHR (Olympic Proyect for Human Rights) denunciaba que el comité olímpico estadounidense conformaba equipos multirraciales para dar una imagen de integración, mientras que los atletas afroamericanos eran discriminados dentro del país y exigían que le devolvieran la licencia profesional a Muhammad Ali, suspendido en 1967 por declararse objetor de conciencia y negarse a combatir en Vietnam.
La inclusión de un capítulo dedicado a uno de los deportistas más grandes de la historia era ineludible, el contexto histórico, político y social así lo exigían. Y hubiese sido un pecado no hacerlo.

En tu obra de ficción has utilizado referentes deportivos. Estoy pensando en La inmortal del siglo XX y La danza del invicto. ¿Qué puntos de comunicación encuentras entre la literatura y el deporte?
Ambas novelas se inmiscuyen en la vida de personajes que son protagonistas en Historias Olímpicas: Bobby Fischer y Muhammad Ali, respectivamente. El contacto entre la ficción al deporte sucede de un modo similar que en Historias Olímpicas. Tenemos dos deportes: ajedrez y boxeo. En ambos el combate es mano a mano. Toda la atención está puesta en dos personas. En un caso, separados por un tablero y las 32 piezas. En el otro son dos personas prácticamente desnudas dándose golpes de puño. Existe una danza, un estudio, el despliegue de destrezas físicas y mentales.
Las figuras de Bobby y Ali se enmarcan en pleno contexto de Guerra Fría, en un mundo convulsionado por contradicciones ideológicas. Ellos, además de haber sido los mejores en su disciplina, trascendieron lo deportivo y se convirtieron en íconos a escala global, a fuerza de sus virtudes y acarreando sus propias contradicciones. Cuando hablamos de Fischer y de Ali estamos hablando de muchas cosas además del deporte. Acá está el punto de comunicación, es que el deporte se convierte en vehículo para abordar la cosa humana.
La danza del invicto es contada en primera persona por Marcellus Dundee, un excampeón mundial de los pesos pesados. Pero no se limita a contar las peripecias sobre el ring, sino que cuenta todos los combates que se vio obligado afrontar abajo. En esa novela existe una clara distinción de centro y periferia, lo literal dado por los movimientos dentro del cuadrilátero van a lo metafórico de centro y periferia en el mundo, que implicancias tiene estar en el centro y en la periferia. La violencia estructural que se genera desde el centro y explota de forma subjetiva en la periferia.
En el ajedrez dominar el centro del tablero implica dominar la partida. A las historias que se cruzan —de forma metafórica— en el tablero de ajedrez le subyace el dualismo centro-periferia. En La inmortal del siglo XX es una voz narrativa que va explicando la partida y la vida de Fischer, al tiempo que apisona el terreno para que se disputen el resto de las partidas en el tablero de la vida.
El deporte se convierte en combustible para abonar la ficción. Y la narrativa constituye un medio para promocionar el deporte. En Armstrong hay un ejemplo explícito: el hombre que se salva de la condena a muerte, supera el cáncer, regresa del mundo de los muertos y gana 7 Tour de Francia. Es una historia magnífica que debe ser vendida porque le sirve a la Unión Ciclística Internacional, convoca gente en torno al deporte, las marcas que lo patrocinan venden. En el caso de las gimnastas estadounidenses se explicita como la USA Gymnastics facturaba con la imagen del equipo femenino al tiempo que puertas adentro las chicas vivían un verdadero infierno.
Historias de superación personal, historias que rozan lo inverosímil, historia de sueños cumplidos, el deporte es un acontecimiento repleto de historias que los organizadores promocionan con fines lucrativos y en esa narrativa la noción de éxito es sustantiva. Historias olímpicas procura ofrecer una mirada que ponga en cuestión esa construcción narrativa.
Aprovecho la ocasión para agradecerte públicamente por haberle cedido a Ediciones Holguín tus derechos sobre la primera edición de Historias olímpicas: la otra cara del oro. Conozco tu amistad con varios escritores cubanos y sé que has realizado presentaciones en La Habana hace algunos años. Me gustaría saber qué figuras del deporte y la literatura cubana te han impactado para despertar ese interés por nuestra tierra.
Cuba tiene una tradición deportiva muy rica. El boxeo cubano es reconocido principalmente en el ámbito amateur, de hecho tengo un tío paterno que perdió una final panamericana en la década del 70 frente a un boxeador cubano. Tengo el recuerdo siendo muy niño, en Barcelona 92, viendo saltar a Javier Sotomayor. En el circuito femenino de ciclismo está destacándose Arlenis Sierra. En materia literaria Reinaldo Arenas y su novela Antes que anochezca, El hombre que amaba a los perros de Padura, El cordero aúlla de Fragela. Dije tres títulos que me vinieron a la cabeza sin pensarlo demasiado, para evitar caer en arbitrariedades que te llevan a mencionar amigos a quienes admiras por su trabajo, como Daniel Zayas, Osmany Echevarría Velázquez, Yunier Riquenes, Jesús David Curbelo o Susana Haugh.


