Laidi Fernández de Juan: “Escribir me salva, me anima, me compromete, y me divierte”

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    Empiezo por decir que al margen de eso tan intrigante y gastado llamado “musa de la creación”, que es algo parecido a la inspiración, necesito sentir presión para escribir. Lejos de padecer pánico ante la página en blanco (otro cliché), cada día lo comienzo sentada frente a mi máquina, y escribo ALGO. A veces brota una estampa de corrido, sin parar, o un cuento casi siempre humorístico, o de golpe siento la necesidad de sacarme alguna pena del alma, y tecleo frenéticamente un texto evocador, pero en muchas ocasiones, solo soy capaz de imaginar un título, o un tema, o un final. En cualquier caso, lo dejo escrito para después.

    Siempre recuerdo un consejo de mi admirada narradora Luisa Valenzuela, que dice “debemos dormir con una libretica al lado de la cama, porque las mejores ideas, y los títulos más originales, siempre llegan a punto de dormirnos, y hay que escribirlos pronto, antes de que se escapen”. Lo recuerdo, pero no lo cumplo. ¡Y lleva razón la gran escritora! ¿Cuántas veces, ya en estado de duermevela, se nos ocurren posibles asuntos llevables a la literatura, que confiamos recordar al día siguiente, y no sucede así? En mi caso, confieso que muchas. Pero siempre olvido la dichosa anotación, de modo que en cuanto me despierto, me siento frente a mi PC, con la esperanza de que algo que pensé en la noche, pueda traducirlo en palabras. Por cierto, ese despertar es muy temprano. Alrededor de las cuatro o a más tardar las cinco de la madrugada, ya estoy en pie. Me gusta mucho escribir cuando reina silencio absoluto. Luego el día se contamina de ruidos, de olores, de reclamos y de fastidios que entorpecen la paz que necesito.

    Desde hace algunos años me dedico a un género literario un tanto pasado de moda: la crónica, también llamada estampa, o literatura costumbrista. No abandono del todo mi gusto por la cuentística, pero demoro más que antes en armar un libro. Después de más de diez volúmenes de narraciones, y de veinticinco años de ser escritora, ahora me divierto más. Sobre todo, si siento presión, como ya dije. Quizás mi profesión original, la Medicina, siempre urgente, siempre bajo fuego, siempre precisada de decisiones veloces, influya en esa necesaria prisa que requiero para crear.

    En estos momentos mantengo (es una forma de decir) tres espacios a la vez: En el Centro Pablo escribo para “Hoy por hoy” y “Letras afines”; para La Jiribilla, “Hablando en plata”, que es la más antigua de todas mis columnas, y la que más me divierte, porque es muy de actualidad, muy efímera, y me exige muchísimo. Por ejemplo, desde hace cinco meses hablo de la pandemia sin caer en el miedo que sentimos todos. Más bien intento aflojar ese terror creando situaciones ligeras, graciosas, cotidianas y verosímiles. La mayoría de las veces, “Hablando en plata” refleja lo que está sucediendo ahora mismo en una tienda, en una casa, en una familia, y, obviamente, lo que me sucede a mí, a mi pareja, a mis hijos, a mis amistades.

    Luego de ser publicadas en esa revista digital, las comparto en mi Facebook, para que quienes suelen leer mis textos, estén al corriente sin necesidad de entrar en ninguna publicación nuestra, que sabemos exige gastar dinero y tiempo. Compartir al gran (e implacable) público de las redes mis estampas no es un acto de vanidad, más bien es un riesgo. Y lo hago porque siento que contribuyo a disminuir el terror que sufrimos en estos tiempos. Creo firmemente en la utilidad del humor, en la sanidad de la risa, en el beneficio que produce sonreír. Leo mucho humor, me refugio en la literatura humorística, y vuelvo una y otra vez a los mejores exponentes literarios que conozco de dicho género: Mark Twain, Will Cuppy, David Sedaris, Evelyn Waugh, Kennedy Toole, Roberto Fontanarrosa, Elina Berro, Eladio Secades, Héctor Zumbado, Francisco Chofre, entre otros.

    Por último, desde hace apenas un mes, dispongo de otro espacio, otra columna, a la que he nombrado “Parece que fue ayer”, en La Ventana. Ahí me explayo en mis recuerdos. Cuento de mi niñez, -que fue particularmente feliz-, y evoco a mis padres, y a sus amistades. Aunque añoro con intensidad la presencia de quienes ya no están de este lado de la luna, intento que los textos no contengan escenas tristes, más allá de mi propio dolor, y del cambio brusco que ha tenido mi vida a partir de la muerte de mis progenitores, que fueron, sin lugar a dudas, mis grandes interlocutores, mis profesores, mis críticos, y mis más severos entusiastas. Comencé en dicha columna el día del primer aniversario de la desaparición de mi padre, el 20 de julio de este año, con un artículo llamado “Hace un año”. Luego, evoqué a mi madre (“La de Juan”), y en septiembre aparecerá “Mario”, conmemorando el centenario de Mario Benedetti. No puedo adelantar más, pero pretendo reverenciar a muchos intelectuales, hombres y mujeres, que marcaron mi infancia, sin yo saberlo en esos momentos. Como ves, no dejo tiempo a la pereza. Escribir me salva, me anima, me compromete, y me divierte enormemente.

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