La biblioteca | Jeiddy Martínez Armas

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    Estaban en aquel lugar, donde la claridad era pasada o se había transformado tal vez con la nueva era. En una esquina el gran estante que hacía dos décadas tenía otro color, conservaba aún algunos de esos objetos antiguos.

    —Mira lo que queda de este lugar, parece increíble tanta destrucción —dijo Mario a su esposa.
    —Además del tiempo, la indolencia pasó también por este sitio —expresó ella.

    Él estiró la mano y pudo tocar la encuadernación que tal vez un sabio predigital había escrito.

    Reconoció, aunque con un color trastocado por los años y lleno de polvo, el primer ejemplar que leyó en tal ocasión de El Quijote. Ahí estaba la fecha, en la portada: 5 de julio de 1970. Refulgía aún la alegría en esa desgastada caligrafía infantil. Pudo tocarlo por un instante, pero lo soltó luego de un gran estornudo.

    Caminó varios pasos, para encontrar algún indicio del pasado. Miró a derredor y comenzó a llorar al ver las paredes rasgadas y mustias, el techo corroído, la esperanza perdida y todas aquellas páginas bajo el polvo enterradas.

    —No te acongojes de esa manera. Vinimos a Puerto Rico a pasear, no a estresarnos. Vámonos de aquí por favor —dijo Sofía─.
    —Espera, un instante más —expresó él—.

    Mario buscó su tablet y observó la foto del abuelo, ese anciano que de niño lo enseñó, justo en esa biblioteca a interesarse por la lectura.

     Cerró la puerta y se alejó con pasos vacilantes, mientras una lágrima afloraba la nostalgia, al recordar ese majestuoso arsenal de conocimiento, con paredes blancas y púrpuras que alegraba sus días en la infancia y ahora no era más que un nido de murciélagos y ratas, sin cerradura ni presente.

    Su esposa lo siguió en silencio y esa tarde lloraron juntos en el hotel donde se hospedaban. Pensaron sobre la época en que un libro albergaba el universo.

    Mario recordó entonces, cuando niños como él, sin tanta diversión, ni tecnología, eran sabios al encontrar un buen consejo en la lectura.

    Muchos días de las vacaciones su abuelo José, que era el bibliotecario del pueblo lo despertaba justo a las ocho de la mañana.

    —Vamos Mario, no seas tan remolón, que vamos a llegar tarde —expresaba el anciano.
    —Tengo mucho sueño todavía —eran las palabras del niño inicialmente—.

    Esa morosidad duraba poco. Enseguida el amor por la lectura hacía que el pequeño se pusiera de pie, se colocara la primera ropa que encontrase y esperara porque el abuelo José estuviese listo.

    —Vamos, ahora espero por ti —decía el muchacho jocosamente.
    —Ay Mario, qué serían mis días sin ti.

    Aquel día en específico en quince minutos llegaron a la Biblioteca Miguel de Cervantes. Era la única del pueblo, contenía más de 50 estantes ordenados por orden alfabético de Literatura Universal y de Puerto Rico. Contaba además con una mesa central de caoba con muchas sillas, varias mesitas para los niños; todo modesto, pero organizado. Paredes muy claras y limpias, con grandes ventanales y silencio sepulcral; un lugar que era el paraíso.

    Mientras el abuelo realizaba su trabajo, Mario podía leer a plenitud.

    —Ese libro es demasiado complicado para ti —le dijo al pequeño al ver que había cogido El Quijote de uno de los estantes.
    —Déjame abue, parece interesante la historia, mira qué carátula más linda —respondió él. El abuelo volvió a su faena.

    Ese día, al terminar de leer 40 páginas del Quijote, Mario rubricó la fecha en la portada. Recordaría toda la vida con nostalgia aquella lectura.

    Al día siguiente Mario y Sofía viraron a las ruinas de la biblioteca Miguel de Cervantes y recogieron aquel ejemplar.

    —Vamos a regalárselo a Carlitos, que nunca ha visto un libro impreso.
    —Sí, para que no lea solo en el tablet y conozca un libro verdadero —expresó Sofía—.

    En su camino de regreso hacia Estados Unidos, reflexionaron sobre la época cuando las bibliotecas eran el centro de la sabiduría y las páginas impresas insustituibles. Época distante, muy lejos del presente.

    La biblioteca | Jeiddy Martínez Armas 2

    Equipo Editorial Claustrofobias

    El personal editorial de Claustrofobias Promociones Literaria esta coordinado por dos amantes del mundo literario cubano. Yunier Riquenes, escritor y promotor cultural y Naskicet Domínguez, informático y diseñador.

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