
Fragmento del libro de cuento, Lo que me ha dado la noche, del escritor Yunier Riquenes García, Editorial Oriente, 2007
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Hoy sí creo que hasta la vida es una casualidad. La noticia corre de boca en boca por el pueblo. El hombre de la trompeta se sienta en la acera y se olvida del ejercicio. La gente ha regresado antes de tiempo a las casas. Han salido las lágrimas. A nadie le ha importado quién pueda estar a su lado, indiscretamente se secan los ojos.
A esta edad nadie tiene preocupaciones, dicen, pero puedo entender un poco a René; aunque no hayan sido las mismas razones sé que nos encerramos sin encontrar una salida, creemos que no hay solución. Y René podía ser mi hermano, mi primo, mi compañero de aula. Seguro no quería que la gente hablara de él ni que estuviera presente el director, el secretario, los compañeros y los amigos. Tampoco los de su madre. Seguro quería más silencio, que su madre no pegara los gritos en las nubes y golpeara las paredes a pesar de los sedantes, que la vida siguiera siendo la misma, que el maestro de la trompeta repasara la nota con los estudiantes sin salir a la acera, que nadie dejara de trabajar y que hubieran reservado las lágrimas para otra ocasión.
Quería ir a verlo. Hablaban de su elegancia con los pelos parados con gel. Decían era muy silencioso, no se metía con nadie, y bien se sabe cuánto se guarda en esos silencios.
En la escuela investigarían hasta a la limpiapisos a ver si algún grandulón lo injuriaba o lo humilló en público, si se fajó con alguien. Se sabía de su bravura, no se dejaba abacorar. Para salir del paso dirían el director lo avergonzó en su oficina o la madre lo regañó más de lo que debía el domingo. Pero nadie sabrá las verdaderas razones de René. Los peritos dirán lo hizo por esto o por lo otro, no verán las cicatrices del recuerdo, aunque sería válido que se detuvieran a examinar cada parte de su cuerpo.
Lo sabría René o alguien más, alguien que sí debe existir y a quien le remorderá la conciencia si se desahoga, porque uno lo hace si hay alguien que presione o algún defecto físico o una enfermedad que acompleje. A mucha gente le pareció extraño, se preguntaron quién podría hacerle daño. Nadie se detiene a pensar que vivimos entre hombres. Y el hombre es el peor enemigo del hombre.
II
Hoy me levanté con ganas. Mi madre se fue a las cinco a barrer la calle y la sentí porque aún leía. Apenas se levantó me tiré la sábana arriba y me hice el dormido. Se fue a colar café y volví a leer. Después vino con el sombrero en la mano y me dio un beso. Me dejó el almuerzo para que lo calentara al regresar de la escuela, no sabía que yo no iba hacía dos semanas y no volvería. Me quedaba en casa leyendo los libros que eran el único recuerdo de mi padre. Y a medida que los terminaba les metía candela para que el recuerdo también se hiciera una ceniza y se dispersara.
Mi padre dejó a mi madre porque estaba loca, él mismo lo dijo, y después fue Rosa la Loca para el mundo entero. Había perdido a mi hermano menor y empezaba a protegerme demasiado. Mi madre y yo vivíamos en las afueras del pueblo, cerca de la loma, por donde el tío Manuel, hermano de mi madre, pastoreaba el caballo. Era una casa bastante grande y cómoda para los dos; solo teníamos que buscar la leña para que ella pudiera hacer su café de madrugada. Mi tío llegaba temprano, me volvía loco apenas escuchaba los resoplidos del caballo y enseguida iba a mirarle el lucero en medio de la frente. Quería pasarle la mano, ir a bañarlo en las cajas de agua. Apenas llegaba Manuel corría y me sentaba en sus piernas, le encendía el tabaco y le daba un jarro grande con bastante café. Me le prendía del cuello, no quería soltarlo. Mi madre le había prohibido que me montara en el caballo. Entonces solo iba a ayudarle a cortar la hierba y me revolcaba.
CONTINUA…



