Hacer de la lectura un esfuerzo gustoso y productivo

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    Escrito por Ambrosio Fornet para SiC, Revista Literaria y Cultural de la Editorial Oriente, no.37 del 2008

    La inmensa mayoría de los lectores no tiene reparos en admitir que lo que busca en la lectura es «entretenimiento». Nada tiene de extraño, por tanto, que en los últimos tiempos dos de los títulos más vendidos, en el mundo de habla española, hayan sido El código Da Vinci, de Dan Brown, y la última entrega de Harry Potter, de la inefable J. K. Rowling. Pues bien, ¿acaso no se cumple así una de las funciones de la literatura, una función, por cierto, tan respetable como cualquier otra?

    Pero la primera acepción de «entretener», según el DRAE, es «distraer a alguien impidiéndole hacer algo», de manera que en el reflexivo «entre­tenerse» subyace la sospecha de que se trata de un pretexto para eludir o posponer tareas más serias o necesarias, las asociadas, por ejemplo, a lo informativo o lo didáctico. Quevedo hablaba de esos libros «doctos» que le permitían «conversar con los difuntos», y Martín de Riquer, en su famosa semblanza de Cervantes, cita la descripción que en 1611 hace Covarrubias de los libros de caballerías: son —dice— «ficciones gustosas de mucho entretenimiento y poco provecho». Sabemos que el «provecho» —mucho o poco— consiste en la simple satisfacción de ese deseo legítimo, un deseo que responde a la necesidad humana de distraerse, pero sabemos también que el mismo se fue enturbiando a medida que su satisfacción dejó de depender del talento individual o colectivo —el de aedos y rapsodas, griots y cuenteros, hábiles y memoriosas Scherezadas…— para integrarse a lo que hoy conocemos como «industria del ocio» o «industria del espectáculo». Y lo que prima en esta industria es la producción en serie de fórmulas y estereotipos, provenientes de la retórica del folletín, que por su capacidad de satisfacer la curiosidad y las apetencias sentimentales del público —según nos dicen—, tienen garantizado el éxito.

    Ahora bien, hay algo que se degrada en la operación, y lo alarmante es que ese algo, ese vacío imper­ceptible, fue abarcando todas las formas de contar desde que el consumo de modelos narrativos —a través del cine, la radio y la televisión— tuvo que pasar por el tamiz de la tecnología y adecuarse a las exigencias del mercado.

    Lo que se pierde, en la inmensa mayoría de los best- sellers y otros productos semejantes de la cultura de masas, es lo que Borges llamó «la pasión del tema tratado», el factor que permite establecer un diálogo fecundo entre el escritor, su lector y una experiencia de la vida que trasciende lo circunstancial porque, aun estan­do hecha de palabras, va mucho más allá de las palabras. «Basta revisar unos párrafos del Quijote anota Borges— para sentir que Cervantes no era estilista [en el sentido “acústico-decorativo” del término] y que le interesaban demasiado los destinos del Quijote y de Sancho para dejarse distraer por su propia voz».

    El comentario de Borges añade otra preocupación al nuestro; esa alusión al narcisismo literario —que dentro de la tradición hispánica adoptó el problemático nombre de barroco— no puede dejamos indiferentes. Algunos de nuestros más grandes escritores son barrocos en grado superlativo, totalmente ajenos a la visión de la literatura como crónica, periodismo o «entretenimiento». Eso significa, por lo pronto, que a cambio de todo lo que dan, le piden un esfuerzo al lector. Gran parte de la política cultural de una nación debería consistir en dotar a los lectores potenciales de los medios y conocimientos necesarios para realizar gustosa y productivamente ese esfuerzo. Habría que empezar por el principio, es decir, por la escuela…, único modo de ir garantizando la competencia lingüística de los futuros lectores de nuestros clásicos del siglo XX.

    Un país que para afirmarse como nación —plenamente consciente de su identidad histórica y cultural— deba imponerse esa tarea, es un país cuyos pedagogos y funcionarios docentes tienen un serio problema que resolver. Y esto atañe no sólo a la escuela, sino a la sociedad en su conjunto, obligada como está a construir un tipo de lector capaz de interesarse por lo mejor de su cultura. Se eludiría así la trampa de lo «gustoso- pero-no-provechoso» de que habla Covarrubias, o la inversa, porque, si bien se mira, lo que interesa siempre resulta ser entretenido, sea cual sea la textura del discurso. Para que el ciclo del dar y el recibir se cierre venturosamente, es preciso que la sociedad ofrezca a cada ciudadano la posibilidad de acceder a los libros y enseñe a los lectores potenciales a cumplir su parte, esa que hemos llamado «del esfuerzo». Entra a jugar ahí una voluntad que es a la vez individual y colectiva, un empeño que se prolonga desde el aula, cuando el niño memoriza por primera vez un poema, hasta el hogar, cuando ya adulto se niega a escuchar los cantos de sirena del televisor o la computadora para ir a buscar el libro que dejó sobre la mesa.

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