Época de amar, a modo de prólogo

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    Para cualquier cubano mencionar el nombre de Waldo Mendoza es como hablar de un familiar o un amigo que se encuentra en la reunión íntima o en alguna conversación hogareña. Pero, como estoy seguro de que su obra va a trascender fronteras más allá de donde lo ha hecho, diremos que es un verdadero cubano porque su esencia artística conserva los sabores locales consolidados en el encuentro de la diversidad musical, desde la llamada música popular hasta la llamada música académica.

    Como compositor, cantante e integrante de diversos grupos artísticos, logró un sostenido y bien cimentado crecimiento desde su raíz, desbordando los ámbitos regionales y lanzando sus amplias ramas sobre toda Cuba. Ya desde los días en que cursaba estudios en el Instituto Superior Pedagógico de Guantánamo formó el grupo Solidaridad integrado por estudiantes que participaron y ganaron distintos premios en festivales juveniles. Con su canción “Vivirás Feliz” logró cinco premios en el Festival de la Federación Estudiantil Universitaria (1985) que tuvo gran resonancia más allá del Atlántico, particularmente en Angola.

    En La Habana forma la agrupación Son Imagen con la que recibe nuevos premios. Viaja a Moscú. Más tarde realiza giras por Alemania, Checoslovaquia y Jamaica.

    Cuenta ya con cuatro producciones discográficas así como videos, y ha logrado numerosos reconocimientos en su larga y nutrida trayectoria.

    Ahora, Waldo Mendoza y Alex Díaz acometen un importante desafío al musicalizar las misivas entre Simón Bolívar y Manuelita Sáenz. El contenido de las cartas, poético unas veces y tangible otras, se conjuga con la música más inasible, pero en muchos casos más penetrante. Si buscas juntarlas, la letra tiene que hacer una pareja muy armónica con lo que se nos presenta como una dama etérea. Es lo que intentan la obras operáticas no siempre con mucho éxito, donde ya no se trata del poema llevado a la obra musical, sino más bien del teatro.

    El trabajo que han colocado frente a sí Waldo y Alex tienen la ardua síntesis del poema musical y del teatro operático. Atrapar la pasión de dos personajes históricos por lo que cada uno fue y lo que vivieron entre la sublimación del amor y la pasión de los sentidos más elementales y más dominantes del ser humano, es tarea que impone el conocimiento, ya no simplemente de los personajes, juntos o separados, sino también de las circunstancias históricas en las cuales vivieron.

    Bolívar, en medio de toda su grandeza, se duele del deber que lo aprisiona y por el padecimiento de Manuela ante la forzada ausencia. Manuela, patriota, valiente como el que más en las acciones bélicas que le merecieron el grado de coronel en Ayacucho, sabe refrenarse. Pero sufre. La guerra los separa.

    Bolívar, ya conquistada la independencia de Nuestra América, sufre el doble dolor de la creciente lejanía física de su Manuela.

    Recorre el Magdalena en la desembocadura al mar Caribe. Quiere alejarse de una tierra que liberó, pero ahora infectada por rencillas y odios miserables entre aquellos que apenas unos pocos años antes se engrandecían en los campos de batalla. Está doblemente enfermo. La tuberculosis ya le corroe los pulmones y le regatea el oxígeno para su sangre. Y, peor aún, su alma se ve poblada por enjambres de buenos recuerdos batiéndose en retirada ante el ataque de las mayores miserias humanas. Quien alcanzó la cúspide de la gloria, aclamado en cada rincón donde se posaban sus botas se encuentra ahora solitario, apenas acompañado por su fiel José.

    Y tan lejos, cada vez más lejos de Manuela. No se puede contener y le pide que venga junto a él. Solo ella puede acompañarlo y disipar tanto dolor. Pero eso no es posible. Y sigue, litoral al este-sur de Colombia. ¿Quiere volver a Venezuela? ¿A su amada Caracas? En esos territorios también reinan la disensión y los odios mellizales.

    No lo quieren. Su vida se extingue. Quizás, por fortuna, llegará hasta Santa Marta y morirá apenas acompañado por el llanto de José y algunos de sus más fieles generales. Ya no hay más cartas para
    Manuela. Esta, difícilmente, puede extender sus brazos en el vacío.

    Sus manos aletean en la nada. La desesperación desafía la fortaleza de su alma. Ella también vive su doble soledad: la ausencia de su Libertador y los odios de los enemigos que le dejó en herencia
    su amante. Más tarde terminará en Paita, apenas acompañada por
    sus dos fieles esclavas manumisas y sus perros, a uno de los cuales
    llamaba Santander.

    Así pues, Waldo Mendoza y Alex Díaz nos harán recorrer con
    su música lo que de la vida de estos personajes, que despuntan en
    las más altas colinas de nuestra historia, quedó expresado en sus
    cartas. Hermoso y, diría con más propiedad, sublime reto este que
    enfrentan nuestros admirados artistas.

    Dr. Alí Rodríguez Araque
    Embajador de la República Bolivariana de Venezuela en la República de Cuba. La Habana, 14 de noviembre de 2015
    Prólogo a la primera edición

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