
Lo escuché hace unos días, en una de las tantas conversaciones que se ofrecen para que la Biblioteca reciba —¡al fin!— los servicios de internet. Hablaba yo de los precios, de las tarifas, de los tipos de conexiones, cuando me dijeron que no todo, para una biblioteca, podía ser pensado desde el hecho de RECIBIR en términos económicos. Fue entonces cuando quedé paralizado: ¿y la biblioteca qué da? —me dijeron.
Los programas de desarrollo local, no funcionan igual en una fábrica, que en una institución cultural.
Las bibliotecas son lugares emblemáticos que encarnan el espíritu de compartir conocimiento de manera gratuita. Promueven la educación, el aprendizaje y el enriquecimiento intelectual de las personas sin pedir nada a cambio. Es innegable que las bibliotecas no deben perder su gratuidad, su verdadero valor reside en su capacidad de ofrecer sus servicios sin barreras económicas.
A diferencia de las entidades económicas o mercantiles, las bibliotecas no persiguen fines de lucro. Su principal objetivo es brindar acceso equitativo a la información y el saber, para que todos, independientemente de su condición económica, puedan disfrutar de los beneficios de la cultura y la educación. La gratuidad es esencial.
Los beneficios de las bibliotecas van más allá de lo económico. Su verdadero valor radica en la formación de personas, en su capacidad de fomentar la curiosidad, el pensamiento crítico y el aprendizaje continuo. Las bibliotecas son el espacio perfecto para la lectura, la investigación, el estudio y el descubrimiento de nuevos horizontes. Son el refugio de aquellos que buscan conocimiento y crecimiento personal.
Su valor no puede ser medido en términos económicos, sino en el enriquecimiento intelectual y cultural de la comunidad.
Eso «da» una biblioteca. Eso ofrece. La ganancia no es visible en miles de pesos.
Y sí, necesita Internet. Es el principal centro de información de una comunidad.


