Argenis Osorio: “Siempre tendré el juego en contra”

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    Escribir para mí es una aventura, una búsqueda de tesoros, sin mapas ni velas henchidas a mitad del mar. No hay brújulas que indiquen el norte de nada. No hay tripulación ni cuchillos listos para pelar papas, si acaso, algunos botellones de mal vino en las bodegas sucias por muchos días sin agua. Hay, eso, sí, la eterna caña de pescar, la vieja red deshilachada que tiras al agua de vez en cuando, como quien va detrás de alguna esperanza, y la amenaza del gran diluvio. Eso, y, la posibilidad de ser arrastrado por la gran corriente. No lo veo de otra manera, que no sea lanzar la red, subir, e intentar domar la bestia salvaje de las palabras. Caer y levantarse, sufrir y reír, una y mil veces, convencido de que, la mayoría de las veces, el resultado es la nada, es, el sabor agridulce, de la derrota y la frustración. Así es la mayoría de las veces, por Dios, tiene que ser así, cuando se aspira a algo.

    A veces uno tiene suerte, es tocado, alcanza ese estado de gracia, y llega al trance, entonces, solo escribe. Como un endemoniado, un iluminado, y tiene la dicha de sentir que puede escribir de cualquier cosa. Obvio, al concluir, comienza el verdadero trabajo del mulo y su paso en el despeñadero, la poda, los cuchillos afilados para quitar la hojarasca. Y eso depende mucho de la experiencia, de las lecturas, del tiempo abandonado a la vagancia intelectual.

    Hay que ocuparse del trabajo. Este es un oficio de profanador, uno es, maldito hereje donde no se está satisfecho nunca. Hay que enamorarse, hay que odiar lo que se ama, hay que ser infiel, a las cosas mundanas de la vida, pero nunca a tu trabajo.

    No es importante que te publiquen, ni que las novias se encandilen, te entreguen el cielo, y después te lo quiten, así sin más, con cualquier pretexto de mujer desencandilada. Tu guerra es contra la página en blanco, que te ve y se burla, te reta, te saca la lengua y te abofetea, es  a ella a quien tienes que darle la cara. Es novia sedienta, aparentemente pasiva, siempre dispuesta a abrir las piernas para ser engendrada. Te saca hasta la última, gota y sonríe. No puedes hacer nada. Estás condenado si realmente viniste a este mundo a dejar algo dicho. A marcar algo. A guapear.

    A mí no me interesa escribir sobre la realidad. Es demasiado cruda, y sé que nunca va a ser derrotada, por nadie, ni por el mejor ni por el peor de los escritores.  Nunca. Jamás. En ninguna época. Escribo sobre una realidad posible, que trato de hacer verosímil, dentro de la historia que cuento. Me obsesiona la muerte. Me aterra. Cada día sueño con mi santa madre que en gloria esté. Nunca voy a aceptar su partida. Como tampoco la de tanta gente buena, joven, que se ha ido en estos días a causa de la pandemia. Yo mismo estuve hospitalizado y gracias a Dios estoy en franca recuperación. Y me duelen esas muertes. Me anulan, me lastiman demasiado. Sé que nunca podré escribir sobre eso. Me quema las manos. Me supera.

    He escrito en cuartos de hoteles baratos, en alquileres infames oliendo a pescados podridos, en cafetines olvidables y como de otra galaxia, en mitad de una pelea matrimonial, con el llanto de niños jimaguas enloqueciéndolo todo, después del sexo salvaje…

    Escribo sobre la vida, sobre los intentos de la gente por llegar a la felicidad. Me gustan los personajes en problemas, me gusta trazarles una ruta de tierra y echarlos a andar en pos de un deseo básico. Quiero ponerle mil zancadillas, quiero que tropiece con las piedras del camino, que vayan dejando trozos de su alma sobre la tierra desnuda, y descubrir si llegan o no al final del camino. Apenas me preocupa saber cómo llegan. La larga marcha, de Sthepen King, es una novela alucinante, sobre esa idea. El último peldaño de la escalera, también lo es. Esa es la literatura que me interesa abordar.

    He escrito en cuartos de hoteles baratos, en alquileres infames oliendo a pescados podridos, en cafetines olvidables y como de otra galaxia, en mitad de una pelea matrimonial, con el llanto de niños jimaguas enloqueciéndolo todo, después del sexo salvaje, en parques tristes y absolutamente míos, sobre colchones de hierbas secas llenos de chinches, tumbado sobre la sala de mi abuela, en días áridos de mucho amor filial, a mitad de ruidos infernales, de un lado, dos kilos de la peor música del mundo, del otro, bajo el sonido maldito de un soldador que golpea sin piedad, una barra de hierro con una mazo de 45 libras. He escrito siempre. Cuando he tenido algo que decir, lo he dicho, he desflorado la página en blanco, cómo no. Le he dado duro. Bien duro hasta quedar sin aliento. Y pienso seguir haciéndolo. Mientras haya fuerzas en mi brazo, voy a seguir lanzando esa maldita bola en este juego de cien innings. Convencido de que siempre tendré el juego en contra. Pero lo voy a intentar.

    Equipo Editorial Claustrofobias

    El personal editorial de Claustrofobias Promociones Literaria esta coordinado por dos amantes del mundo literario cubano. Yunier Riquenes, escritor y promotor cultural y Naskicet Domínguez, informático y diseñador.

    2 Comentarios
    1. Muy sincera y auténtica exposición de lo que significa para ti el acto de la escritura. Me complace mucho y agradezco a la vida que seas de esos amigos que te encuentras en el camino y se convierten en hermanos por elección. Conozco cada detalle de los que has escrito y me admira tú capacidad para expresarlo, tan brillantemente…

    2. Responder
      Lisbeth Lima Hechavarría 8 octubre, 2021 a 2:28 pm

      Excelente texto, Argenis Osorio. Amigo, a quien admiré desde leer por aquel ya lejano abril, “Las cosas necesarias”, como tú, hermano, necesario entre los que arman mundos aptos para escaparde este.

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